En esta nueva entrega sobre los horizontes de la literatura moderna universal, Roberto Pliego va en busca de los escritores mexicanos que han publicado ficción recientemente y observa con vuelo de águila cómo escalaron el risco antes de llegar a la cumbre.

Leamos un pasaje de Balada de los ángeles caídos de Israel T. Holtzeimer: “Entonces una nueva corriente, con promesas extravagantes, un candidato vistoso y de bigote revolucionario, fue la respuesta en la que muchos mexicanos quisieron creer. Fue así como una campaña independiente con agudos e inteligentes discursos se posicionó como esa alternativa para regresar el orden con métodos radicales y agresivos. Fue un grito desesperado, un último recurso. Pero en esas desordenadas elecciones del Instituto Electoral, donde miles de casillas no fueron abiertas y otras boicoteadas, su triunfo fue escaso. Su rival más cercano no aceptó la derrota. Por lo que muchos aseguraron que la inestabilidad continuaría durante el sexenio venidero”.

Leamos ahora un pasaje de 49 cruces blancas de Imanol Caneyada: “En este país en el que nadie ve ni escucha nada, ningún vecino me proporcionará un indicio de lo que busco: un vehículo de lujo, probablemente una camioneta, conducida por el chofer de un funcionario que entró y salió de la bodega en los días previos al incendio. Es absurdo. Maldigo al ex empleado. Siempre me queda el recurso de apretarle las tuercas al viejo. Cuando se lo insinué a Alcázar, este fue tajante: Arturo Pacheco también es una víctima, no vamos a revictimizarlo escudados en que el fin justifica los medios”.

En líneas generales, la actualidad de la narrativa mexicana es tan rutinaria y predecible como el informe sobre el clima. Un lector irremediablemente fiel a las novedades editoriales te contará el argumento de alguna novela cocinada en el microondas que transcurre en el mismo México y con los mismos personajes que desfilan por las páginas periodísticas sin más interés que si estuviera repasando la lista del súper.

La visión del diletante resulta optimista, adulatoria, en 3D, formada por el impulso decorativo del cómic y las series de televisión y un caos de reivindicaciones sociales y militancia política. Al diletante, la narrativa mexicana de estos días puede parecerle tan democrática y de fácil digestión como la nota roja, o el noticiario nocturno o el sermón dominical, pero una estimación apenas rigurosa arroja un terrible estado de cosas. Es terrible, sí: afloran de la insoportable realidad formas que imitan a esa realidad sin el propósito de trascenderla, de zarandearla, para terminar siendo igualmente insoportables.

Balada de los ángeles caídos y 49 cruces blancas son dos guías adecuadas para ingresar a esa zona en donde el arte de narrar se ha convertido en el oficio indigno de vapulear el idioma español y donde la reflexión sobre lo que significa nuestra humanidad en un mundo contrahecho ha dado paso a la diatriba bienintencionada. La primera es una versión deshilachada de un país gobernado por un tirano analfabeto y cursilón que emprende una cruzada contra el culto católico y se topa con la resistencia de un grupo de fanáticos religiosos en Iztapalapa. La vida es demasiado corta como para desperdiciarla en esta novela pero un editor complaciente opinó en sentido contrario. La segunda es una cuenta más en el rosario de novelas que han tomado el lugar de la indignación social. Adopta las maneras de una pesquisa detectivesca en torno al incendio ocurrido en la guardería ABC, en Hermosillo, el 5 de junio de 2009, que cobró la vida de 49 niños. No se trata de una investigación periodística, es cierto, y responde a las necesidades de la ficción pero, a medida que las voces de los testigos y las madres de las víctimas van sumándose hasta integrar un coro extático, no podemos evitar la sensación de hallarnos frente a uno de esos mítines en los que sólo se escucha el estruendo del dolor y la rabia. El universo de 49 cruces blancas es pobremente cromático y, por tanto, moralmente limitado: sólo reconoce el blanco y el negro.

Ilustraciones: Kathia Recio

Al compás de esta inercia, Tryno Maldonado ha puesto el ojo en los 43 estudiantes ejecutados en Guerrero (Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos), Emiliano Monge en los migrantes centroamericanos que se juegan la vida al internarse en el camposanto mexicano (Las tierras arrasadas), Daniel Salinas Basave en el del periodista tijuanense Héctor El Gato Félix (Vientos de Santa Ana), Fabrizio Mejía Madrid en Fernando Gutiérrez Barrios y su estela de represión (Un hombre de confianza). La realidad no sirve en estos casos —y en muchos otros, demasiados para siquiera nombrarlos— a la ficción. Nada hay de la intuición con la cual Dostoievski convirtió una noticia sepultada en la nota roja en Crimen y castigo. Hay, tan sólo, la tarea de entretener a unos lectores que esperan la confirmación de lo que ya saben, aunque sea terriblemente oportunista.

 

Tan abundante como la narrativa producida para obtener el aplauso de los públicos buena onda y biempensantes, la llamada novela del narco se reproduce con la misma inmoderación que los gremlins bajo la lluvia. Como si la crónica y el reportaje no fueran suficientes, como si no bastara con la ambición comercial del cine y las series de televisión, la novela del narco prospera bajo la consigna de que tiene asegurado el éxito de ventas. (Un paréntesis: a los espacios dedicados a la Historia, la Filosofía, la Biografía, la Cocina, los libros de consulta, en fin…, las librerías mejor surtidas podrían agregar uno más dedicado al Narco. Mejoraría la atención al cliente.)

Su prosperidad se debe sin duda a Élmer Mendoza, quien ha establecido una fórmula cuyo potencial se mide en virtud de las legiones de imitadores: policía antiheroico de ambigua moralidad, batos locos que exhiben mucha simpatía y nula compasión, mujeres con arrebatos de teibolera, politiquillos ahogándose en dinero y corrupción, balaceras, abundantes balaceras.

El antihéroe nació en Balas de plata (2008) y responde al nombre de Édgar El Zurdo Mendieta, que a un tiempo reúne la sagacidad para resolver crímenes, un cruel refinamiento cuando enfrenta a sus enemigos y un cinismo que le vale para torcer la ley a favor de sus propósitos, no siempre nobles. A una buena dosis de enfrentamientos por el poder local —Culiacán y su lugar privilegiado como productor de opio y puerto de paso en el camino de la cocaína hacia Estados Unidos—, Élmer Mendoza añade una galería de personajes emocionalmente desvalidos que se precipitan sin remedio a su ruina.

Las obsesiones, o las reiteraciones, de Élmer Mendoza han creado un perverso efecto de imitación. Las razones, sospecho, son todo menos literarias. Hay razones de mercado —la estrategia publicitaria que consiste en hacerle creer al lector que se encuentra ante la verdadera andadura de un capo o un pistolero—, razones de pobreza imaginativa —para qué levantar molinos de viento cuando la realidad provee en abundancia—, razones de prestigio mediático —los novelistas del narco suelen llevar el aura del que se ha comprometido a denunciar las bodas entre la alta política y el narcotráfico—, y, claro, siempre existe la posibilidad de que tu novela, o tu libro de cuentos, pueda caer en manos de un productor de cine.

La abundancia obliga a la contención, de modo que ofrezco una lista exigua pero que incluye a los bendecidos por el hit parade: Trabajos del reino de Yuri Herrera; Fiesta en la madriguera de Juan Pablo Villalobos; Todos santos de California de Luis Felipe Lomelí; Entre perros de Alejandro Almazán; El Sinaloa, de Guillermo Rubio; Chinola Kid de Hilario Peña; La primavera del mal de F. G. Haghenbeck; Perra brava de Orfa Alarcón; Un plan perfecto de Iván Farías; Lady Metralla de Juan José Rodríguez…

¿Tiene algo que decirnos la novela del narco? Dice mucho del México de los últimos 30 años pero casi nada de su literatura pues su brío mecánico procede de uno de los mayores agravios de las autoridades políticas y judiciales y no de la exploración verbal y moral de nuestra condición. Leemos a tres o a cuatro de sus encarnaciones y acabamos por entender su propósito: montar un espectáculo a la manera de las grandes producciones hollywoodenses, con persecuciones en automóvil o en helicóptero en las horas vitales del día, intercambios de ráfagas a las puertas de un banco, arreglos en el rincón de una cantina, y una galería de personajes grandilocuentes en los que no es difícil reconocer al Gran Hijo de Puta, el Matarife Abyecto, el Policía Gordo, a la Tipa Que Se Cae de Buena.

Dicen que, con Pedro Páramo, Juan Rulfo sepultó a la novela de la Revolución mexicana. Seguimos esperando a un guapo con esos tamaños para que ponga en su sitio a la novela del narco.

 

El norte es un accidente geográfico. Aunque siempre atractivo como fenómeno cultural, señala más un lugar de nacimiento o destino que un temperamento al menos en la literatura mexicana. Sin embargo, no pasa una temporada sin que oigamos la alabanza de la “novela del norte”. Pregunta: ¿qué tienen en común Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Carlos Velázquez y Alejandro Páez Varela? Respuesta: sólo que nacieron en algún estado del norte de México. Sus novelas, sus relatos, son una expresión afanosamente individual y no la proyección de un alma regional que presume la denominación de origen.

De entre esa ruidosa catalogación, traigo a la página a dos narradores en cuyas obras presentimos eso que llamaríamos “la condición norteña”: Carlos Velázquez y Alejandro Páez Varela.

El registro que va de La Biblia vaquera a La efeba salvaje pone a Carlos Velázquez en la situación del escritor que comienza abriéndose paso mediante unos dones de provocador y termina comprendiendo que el ritmo narrativo —y el efecto que produce— no depende únicamente del talento para encender los ánimos. Su parodia de las relaciones amorosas inevitablemente destructivas, o de los convencionalismos que impone el trato con los demás, encuentran una justa correspondencia en un lenguaje que es a su vez parodia —y no gesto mimético— del habla local. Velázquez ha sabido hermanar un estilo dinamitero y unas atmósferas carnavalescas a través de la práctica ritualizada del exceso y la crueldad.

Aunque transcurre en la frontera entre México y Estados Unidos, Oriundo Laredo de Alejandro Páez no tiene intención alguna de proyectar una tipología social sino de capturar a las muchas individualidades que desmienten la noticia de que los habitantes de esa zona ordenan sus vidas según sus rencores o el mero instinto de supervivencia. Sus personajes tienen la complejidad de la gente simple, y sus palabras sirven más para ocultar que para revelar: jornaleros, espaldas mojadas, rancheros, gringos locos y también sabios, buscadores de fortuna sin suerte.

La vida del protagonista se fragua mientras comparte una cerveza o se lanza de nuevo a ganarse unos dólares en algún plantío de Texas o Nuevo México entre 1958 y 1997. Es posible deducir que su vida está hecha de momentos ordinarios que en suma componen un fresco extraordinario. En esta elección de tono y de contenido debemos reconocer el mayor mérito de Oriundo Laredo. No quiere el estruendo ni la ráfaga. Si alguna lección deja esta novela que mantiene una heroica distancia ante la moda literaria es que no hay norte, no hay sur. Hay, como sugiere brillantemente Alejandro Páez Varela, zonas donde la humanidad se expande ante el encuentro con otras humanidades, donde sabemos de nosotros por los otros.

 

Tres primeras novelas publicadas en 2017 dan para pronosticar la buena estrella de sus autores: Apreciable señor Wittgenstein, de Adriana Abdó, una laboriosa maquinaria especulativa que postula al poeta austriaco Georg Trakl, débil e inservible para la guerra, sosteniendo un diálogo epistolar y apócrifo con el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein mientras deja transcurrir las últimas semanas de su vida en el pabellón de alienados del Hospital de la Guarnición en Cracovia; El tiempo del cocodrilo, de Uriel Mejía Vidal, que se instala en el tiempo mítico, pero también amenazadoramente cercano, en el que una bestia enorme impone su fuerza y exige su tributo en sangre antes de ocultarse por largas temporadas en una cueva húmeda; y Las mutaciones, de Jorge Comensal, una radical reflexión sobre el cuerpo —el cuerpo doliente, mutilado o imaginariamente enfermo—, y, por añadidura, una novela sobre la urgencia de ser compasivos.

No guardan parecido entre sí pero comparten una vocación innegociable: la escritura nunca figura como la criada del argumento; es ardua y plena de gracia.

Al otro lado del espectro, el de los narradores a quienes Javier Cercas pondría en un punto ciego por la naturaleza “irónica, equívoca, ambigua y contradictoria” de sus novelas, arriesgo tan sólo una opinión enumerativa: Alberto Ruy Sánchez, Álvaro Uribe, Fabio Morábito, Mauricio Molina, Enrique Serna, Ana Clavel, David Toscana, Guillermo Fadanelli, Pablo Soler Frost, Javier García Galiano, Álvaro Enrigue, Iván Ríos Gascón, Guadalupe Nettel, Bernardo Esquinca, Antonio Ortuño, Brenda Lozano, Carlos Velázquez, Fernanda Melchor.

 

No es posible trazar el derrotero de la actual narrativa mexicana. Hay demasiadas predilecciones, demasiados itinerarios. He hablado de la novela del narco, muy al botepronto, y también de la literatura del norte, muy de paso, tan vastas que haría falta abandonar cualquier otro propósito para dar cuenta aproximada de ellas. Pero no he hablado de los representantes de la novela histórica, que son legión, ni de los visitantes del terror o la ciencia ficción. Tampoco he referido la existencia de quienes presienten realidades distópicas o exploran el suelo resbaladizo de los sentimientos. He pasado por alto la fabulación del erotismo, la memoria personal y familiar, la política.

Sabemos que las estadísticas son mudables, pero no debemos perder de vista que, según una encuesta reciente del INEGI, de entre la población que al menos lee tres libros al año, la “literatura” (vaya uno a saber lo que esa categoría signifique para la mayoría de esos entrevistados) se lleva el 40% de las preferencias. De modo que en México buscamos el cuento, las novelas, el aliento de la ficción.

Pongamos a uno de esos lectores entrando a la librería en busca de una obra “literaria”. Qué verá. El magma intimidante de “los demasiados libros”. Tengo la sospecha de que la oferta desmesurada se entiende más por la voracidad mercantil de los grandes grupos editoriales que por el apetito de los lectores. Si a esta hiperactividad le sumamos la pujanza —o la necedad— de las pequeñas editoriales y el dinamismo de los estados obtendremos una visión de atiborramiento.

Demasiado también significa poco. Si alguna certeza me deja el presente es que un taller de escritura —que ya superan en número a las cantinas— o la simple voluntad es suficiente para contar una historia y, aún peor, verla publicada. El resultado causa vértigo. De los miles de relatos y novelas que aparecen cada año, una orgullosa minoría, como ha celebrado Juan Gabriel Vásquez, puede en verdad enriquecer “nuestra noción de individuo”.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.