Recientemente el Pentágono giró una orden para establecer un campo de detención en Fort Bliss con capacidad para 12 mil refugiados e inmigrantes indocumentados; el campo debía entrar en operaciones el 4 de julio, día en que se celebra la Independencia de Estados Unidos. No era la primera vez que esta base militar ubicada en la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez ha servido como campo de internamiento para refugiados. La primera fue hace un siglo.

En 1914 alrededor de tres mil 500 hombres mexicanos, mil mujeres y cien niños fueron “metidos en un corral detrás de alambre de púas” en Fort Bliss. La mayoría de los hombres eran soldados federales que habían cruzado la frontera para escapar del ejército villista.

El campamento de Fort Bliss se convirtió entonces en el dramático escenario para el espectáculo del humanismo y la benevolencia norteamericanos. El general Hugh Scott, oficial a cargo de Fort Bliss, insistió en que la facilidad fuera “un asilo, no una prisión”. Los diarios norteamericanos publicaron caricaturas que mostraban a miles de mexicanos cruzando desesperadamente la frontera para entrar en Fort Bliss, que fue bautizado por uno de los cartonistas como “el restaurante para refugiados mexicanos del Tío Sam”, supuestamente porque la comida y el trato eran mucho mejores que los que recibían en su propio país.

Un artículo publicado en El Paso Herald titulado “El domingo es el día de los fenómenos en el campamento de prisioneros”, describía las multitudes provenientes de ambos lados de la frontera, creando una atmósfera cuasicircense, que se alineaban a los 10 metros reglamentarios de la reja de tres metros para mirar boquiabiertos a los prisioneros, que incluían al menos 50 niños nacidos en confinamiento.

¿Qué más podían desear los mexicanos?, preguntaba el artículo. “Son un grupo feliz esos prisioneros. Tienen suficiente comida, no necesitan trabajar y tienen un techo sobre su cabeza”. Otro periódico texano dijo que la prisión de 10 hectáreas era “la tierra prometida” para sus internos.

Ilustraciones: Estelí Meza

La historiadora fronteriza Ligia Arguilez ha descubierto otra historia de Fort Bliss, una que tiene poco que ver con la propaganda norteamericana de la época. A pesar de ser refugiados de una guerra en la que los Estados Unidos no estaban involucrados, y de que no habían cometido ningún crimen, los internos fueron privados de su libertad. Se les obligaba a trabajar sin sueldo en la construcción y reparación de instalaciones militares, así como en la fabricación de ladrillos de adobe que eran vendidos para obtener ganancias. Si los internos se negaban a trabajar, se mostraban insubordinados hacia los guardias o violaban ciertas reglas de otras prisiones, se les castigaba con tiempo en aislamiento. “Los mexicanos están de mal humor”, reportaba un periódico del este de Estados Unidos, “y se la pasan maldiciendo a los soldados americanos y lanzándoles piedras a los guardias cuando éstos se voltean”. Al menos 140 prisioneros lograron escapar de su maravilloso confinamiento. Las fugas se daban a pesar de los centinelas apostados en plataformas elevadas, en guardia permanente, armados con ametralladoras y con órdenes de tirar a matar. Al menos cuatro internos fueron asesinados cuando trataron de huir del campamento. Los periódicos reportaron que varios niños también murieron en cautiverio y que fueron enterrados dentro del perímetro.

El alambre de púas que rodeaba el campamento de Fort Bliss durante la Revolución mexicana tiene una historia propia. Inventadas y manufacturadas en los Estados Unidos en la década de 1870, las cercas de alambre de púas jugaron antes que nada un papel fundamental en la colonización del oeste americano para contener el movimiento tanto del ganado como de los nativos. El ejército de Estados Unidos utilizó 150 toneladas del “alambre del Diablo” para aplacar la insurgencia nativa en los campos de batalla filipinos durante 1898. Dos años después los ingleses utilizaron cercas de alambre de púas para lo que algunos historiadores consideran los primeros campos de concentración durante las guerras de Boer. El uso de este material en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y después en Auschwitz lo ha convertido en símbolo indeleble de los horrores del siglo XX.

El alambre de púas se convertiría en un instrumento ubicuo del confinamiento y el control social ejercido en la frontera entre México y Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Ciertamente, ser fronterizo significa vivir simultáneamente en ambos lados de esta valla dentada.

Dos años después del asunto de Fort Bliss, Tom Lea, alcalde de El Paso, propuso que todos los mexicanos que cruzaran a Estados Unidos a través del puerto fronterizo de Ciudad Juárez-El Paso fueran recluidos tras alambre de púas por un mínimo de dos semanas en un campo de cuarentena. “CIENTOS DE SUCIOS MEXICANOS DESAMPARADOS LLEGAN TODOS LOS DÍAS A EL PASO”, escribió Tom Lea en un telegrama urgente dirigido a las autoridades sanitarias de Washington D.C. El alcalde quería frenar la inmigración al sur de la frontera y prevenir que los migrantes mexicanos contaminaran a los estadunidenses con enfermedades contagiosas como el tifus.

El Servicio de Salud Pública de Estados Unidos se negó a considerar este plan. Retomando la propaganda acerca de la naturaleza paradisiaca de los centros de detención fronterizos, los oficiales de salubridad rechazaron la propuesta del alcalde de El Paso, argumentando que estos campos de cuarentena serían muy costosos, ya que atraerían a gente de todo México que se internaría voluntariamente en ellos. En lugar de eso propusieron que todo inmigrante proveniente de México, así como todo ciudadano “de segunda clase” de Juárez debía ser desnudado por completo y debía también entregar su ropa y equipaje para que fueran desinfectados con vapor y fumigados con ácido cianhídrico, además de presentarse ante un inspector de aduanas para que éste les revisara sus “partes peludas” —cuero cabelludo, axilas, pecho, zona púbica y ano— en busca de piojos.

El humillante proceso de despioje continuaría en la frontera durante décadas y utilizaría una variedad de pesticidas químicos extremadamente nocivos que incluían ácido cianhídrico, keroseno y DDT. Estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud han demostrado que el DDT puede ser cancerígeno para los humanos. Este pesticida, que mata a los insectos atacando sus neuronas, fue rociado directamente en la cara y cuerpo de más de cuatro millones de braceros entre 1942 y 1964.

El primer grupo de braceros con destino a California fue transportado a través de El Paso en 1942, cuando la guerra en Europa y en el Pacífico había provocado una seria escasez de mano de obra. Los trabajadores mexicanos invitados eran fumigados en las facilidades sanitarias del Puente Internacional de Santa Fe, El Paso, y procesados en Fort Bliss. Más tarde, El Paso Coliseum, que había fungido como campo de prisioneros de guerra para los soldados de las potencias del Eje capturados durante la Segunda Guerra Mundial, funcionó como centro de procesamiento para los trabajadores mexicanos invitados antes de ser enviados a cosechar los campos estadunidenses.

Cuando el primer grupo de mil 500 braceros llegó a Stockton, California, el 29 de septiembre de 1942, los trabajadores fueron recibidos en la estación de trenes por una banda musical y un público entusiasta que ondeaba banderas americanas. El eslogan “De las democracias será la victoria” estaba escrito con tiza a un costado de los pullman en los que habían cruzado la frontera. Los locales dieron discursos y los políticos de Washington mandaron telegramas vitoreando a los mexicanos como “soldados de la producción” en la guerra global contra el fascismo. Los mexicanos habían llegado para salvar sus granjas y su sustento.

Marjory Collins, una fotógrafa de la Oficina de Información de Guerra, capturó cientos de imágenes de ese día en que los mexicanos sonreían ampliamente haciendo signos de victoria con las manos. Sus abrigos tenían listones con la frase “BIENVENIDOS TRABAJADORES MEXICANOS”. La fotógrafa los siguió hasta los campos donde los hombres seguían sonriendo mientras cosechaban remolachas que colocaban en grandes cubetas de plástico. Sus imágenes fueron usadas por el gobierno de Estados Unidos para promover la solidaridad del hemisferio por toda América Latina. Mostraban cómo los trabajadores mexicanos prevenían que los cultivos norteamericanos se pudrieran en los campos y lograban que los trenes siguieran funcionando. Mexicanos y estadunidenses estaban peleando juntos, hombro con hombro, contra Hitler.

Parecía que, por primera vez en la historia, Estados Unidos realmente apreciaba a los mexicanos.

Pero a pesar de las lustrosas fotografías, la música alegre y los discursos entusiastas que mostraban gratitud eterna hacia los hombres del otro lado del río, durante y después de la guerra los braceros serían tratados como extremidades desechables, un par de brazos que serían devueltos al otro lado una vez que cumplieran su cometido. Ser bracero significaba ser transportado en vagones ganaderos, procesado, manoseado, radiografiado, vacunado, dactilografiado, interrogado, desnudado y fumigado con DDT.

Además del DDT, el Zyklon B fue otro pesticida utilizado en la frontera que ofrece otra conexión directa entre lo fronterizo y la historia mundial. A comienzos de 1929 los oficiales de aduanas de Estados Unidos empezaron a usar el Zyklon B como su pesticida de cajón para fumigar la ropa de los mexicanos que cruzaban por el Puente Internacional de El Paso-Juárez en Santa Fe.

En 1937 el uso de Zyklon B como agente fumigante en la frontera inspiró al doctor Gerhard Peters a solicitar su uso en los Desinfektionskammern alemanes. Peters escribió un artículo para la Anzeiger für Schädlinskunde, una revista alemana especializada, que incluía dos fotografías de las cámaras despiojadoras de El Paso. El doctor Peters usó a El Paso como ejemplo de cuán efectivo resultaba el ácido cianhídrico, o Zyklon B, como agente para exterminar plagas indeseables. Peters se convirtió en director general de Degesch, una de las dos firmas alemanas que se hicieron de los derechos para fabricar el Zyklon B en masa en 1940. Durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes emplearon dosis concentradas de Zyklon B en las cámaras de gas donde exterminaron a nueve millones de judíos, gitanos, homosexuales, comunistas y otras “pestes” humanas. En 1946 Gerhard Peters sería enjuiciado y condenado en Nuremberg por su participación en todo esto.

Por supuesto que el Zyklon B no fue utilizado en la frontera con propósitos de exterminio, como en la Alemania nazi. Esa es una diferencia importante. Pero el holocausto europeo no tuvo lugar en un vacío histórico.

Los higienistas raciales alemanes tomaban nota de las políticas eugenésicas de Estados Unidos que promovían la creación de una raza superior. Las medidas de esterilización eugenésica establecidas en el estado de California para frenar la tasa de natalidad de individuos y razas “no aptos” sirvió como modelo para la ley para prevenir la mala progenie que entró en vigor en Alemania el 1 de enero de 1934. Entre 1920 y 1964 la esterilización coercitiva fue aplicada extensivamente en California en contra de aproximadamente 20 mil mujeres de ascendencia mexicana y otras minorías étnicas. Charles Goethe, un banquero millonario que fundó la Comisión de Estudios de la Migración en los años veinte, y que presionó para imponer cuotas estrictas sobre los inmigrantes latinoamericanos, jugó un papel fundamental en el diseño del programa de esterilización. Tras varios viajes a Alemania para estudiar los avances del Tercer Reich en materia de investigación racial, Goethe le escribió entusiasmado a su colega el eugenista Eugene Gosney para felicitarlo por lo mucho que había contribuido personalmente a las medidas de esterilización coercitivas alemanas: “Estará usted interesado en saber que su trabajo ha jugado un papel fundamental en moldear las opiniones del grupo de intelectuales que están con Hitler en este programa que marcará una época”.

Otra ley para frenar la inmigración de aquellos considerados genéticamente inferiores y que influyó al nacionalsocialismo alemán fue la Ley Migratoria de Estados Unidos de 1924, la legislación que estableció por primera vez la Patrulla Fronteriza.

Hitler alabó con entusiasmo la ley migratoria estadunidense, declarando que “comparados con la vieja Europa, que ha perdido buena parte de su mejor sangre a causa de las guerras y la migración, los estadunidenses parecen una raza joven y bien seleccionada. La propia Unión Americana, motivada por las teorías de sus propios investigadores raciales, ha establecido criterios muy específicos para los inmigrantes… haciendo que la oportunidad de poner pie en América dependa de requerimientos raciales específicos, así como de un nivel mínimo de buena salud de los individuos”.

Hoy está teniendo lugar un amplio debate en Estados Unidos sobre si es legítimo o no establecer paralelismos históricos entre los sucesos de la América de Trump y la Alemania de los años treinta. Recientemente, el Wall Street Journal publicó un rabioso ensayo del historiador Jay Winik en el que argumenta que estas conexiones históricas no son nada más que un “sacrilegio” y una “obscena mentira”. ¿Cómo es posible comparar el sufrimiento de los reclusos mexicanos y centroamericanos en los campos de detención, donde los niños son arrancados de los brazos de sus madres, con el de las víctimas europeas del régimen nazi? El Holocausto es un fenómeno único que no puede ser comparado con nada, menos con lo que sucede en un país democrático como Estados Unidos, dice Winik.

Lo cierto es que todo ejercicio de historia comparativa es un campo minado. Cuando se comparan dos épocas y lugares distintos siempre hay rupturas y continuidades, variaciones y similitudes.

Trump no es Hitler. Al menos no todavía. Pero cuando Trump usa el término “plaga” para describir a los inmigrantes es imposible no escuchar ecos del pasado, de la propaganda hitleriana que veía a los “judíos errantes” y a los gitanos sin raíces como “pestes nocivas”. Cuando la administración de Trump difunde comunicados de prensa con fotografías que muestran campamentos con aire acondicionado donde los hijos de los migrantes están siendo atendidos, y cuando los oficiales estadunidenses declaran que esa gente nunca había estado mejor, es difícil no pensar en el cine de propaganda del campo de concentración de Theresienstadt, que mostraba niños judíos jugando felices con muñecas y pelotas en lo que los nazis etiquetaron cínicamente como un “campamento spa”. Todo esto también hace que algunos de nosotros recordemos las fotografías de niños encarcelados tras alambre de púas en El Paso hace un siglo.

Estas largas historias de la frontera y sus conexiones transnacionales han estado sucediendo por más de cien años.

Pero aquellos que señalan que el gobierno estadunidense actual está repitiendo e imitando los modales del auge del fascismo europeo de los treinta y cuarenta están olvidando una parte muy importante del contexto.

Un estudio microhistórico global de los campos de desinfección y detención para migrantes no deseados en la frontera entre México y Estados Unidos nos recuerda que las cosas fueron al revés. Fue de hecho el régimen nazi quien primero observó detenidamente para aprender e imitar a Estados Unidos hasta en los más mínimos detalles. Esa es una historia que no podemos permitirnos olvidar.

 

David Dorado Romo
Ensayista, historiador y traductor. Autor de Historias desconocidas de la revolución mexicana en El Paso y Ciudad Juárez.

Traducción de César Blanco.

 

2 comentarios en “Breve historia de los campos de detención en Estados Unidos

  1. “Solo el hombre tropieza dos veces con la misma piedra”, dice un refrán, el racismo sigue vigente en muchos sectores de nuestro vecino país, con guerra o sin guerra el maltrato hacia los que ellos consideran inferiores es una práctica permanente, muy lejos del ideal de una sociedad libre, igualitaria y democrática. Un artículo revelador de los primeros campos de concentración con dedicatoria para los mexicanos; bueno… ahora ya se modernizaron, ahora hay campos de concentración para niños. Excelente artículo. Saludos

  2. Excelente artículo. Recomiendo leerlo y compartirlo, aprendamos de la historia comparada para sensibilizarnos.