En el sentido más flojo del término yo no soy religioso, quiero decir que no profeso culto alguno a una divinidad precisa, ni pertenezco a una secta o grupo que se esmere en ello. No guardo ningún rencor, envidia o animadversión respecto a quienes son religiosos o adeptos a cualquier iglesia que posea más de un prosélito. Cada quien sabrá cómo administrar el miedo, y si no lo sabe entonces alguien le venderá un folleto, un instructivo, una tradición o una biblia para que se sienta incluido y protegido. Me causa sorpresa que declaraciones como la anterior no causen ya ninguna sorpresa. En mis años de infancia y adolescencia expresar que eras ateo o no creías en ningún dios poseía aún cierto grado de escándalo y uno prefería, si no quería ser desdeñado, mantener su escepticismo en secreto y no andarlo gritando a los cuatro vientos, pues ello te llevaba al desprestigio y cualquier religioso de pocas pulgas podía golpearte, o convencerte de su devoción con la punta del pie. En la iglesia de San Simón, en la colonia Portales, asistía yo al catecismo los sábados en la mañana por insistencia de mi abuela y lo más emocionante y seductor de aquellas mañanas era que después de la charla del sacerdote se nos permitía, a los oyentes, jugar futbol en el atrio de la iglesia. Entonces sí que se despertaba el ánimo, la alegría y el juego que nos unía más que el sermón religioso. Oscar Wilde escribió en La duquesa de Padua, que “un sermón es una salsa que da lástima cuando no tienes con qué acompañarla”. Y más si este sermón es religioso o quiere convertirte en soldado de una causa trascendente. En el libro publicado por Ediciones Atalanta, El arte de conversar, y que contiene sentencias, pasajes y relatos de Oscar Wilde, elegidos por su traductor Roberto Frías, leo lo siguiente: “Las plegarias nunca deben obtener respuesta; si la reciben dejan de ser oraciones y se convierten en correspondencia”. No hay duda de lo razonable de esta afirmación; qué vanidad la de creer que uno puede establecer un diálogo con un ser divino; no solamente vanidad, sino necedad. No en vano David Hume hizo a un lado la religión para construir y dar así fortaleza a sus disquisiciones filosóficas y a su escepticismo.

Ilustración: Alberto Caudillo

El filósofo español Rafael Argullol sugiere que existen tres tipos de conocimiento —cuyos límites no son estrictos ni están totalmente determinados—, el conocimiento científico, el artístico y el religioso. Esta división nos llevaría, como es de suponerse, a infinidad de especulaciones, pero sobre todo al estudio filosófico del concepto de objetividad (al que tantos científicos toman al pie de la letra). Argullol escribe: “El conocimiento artístico nos introduce a un tipo de conocimiento circular, en el cual no es aplicable una visión lineal del tiempo. Las obras de arte que hoy pueden gustarnos no invalidan las obras de arte de hace dos o tres mil años”. Y después añade: “Si yo tuviera que definir al hombre, cosa que en principio es mejor no hacer, nunca utilizaría la definición tradicional de que el hombre es un animal racional, sino que diría que el hombre es un animal nostálgico, una conciencia de carencia, de separación, de ser extranjero y exiliado de una patria que no es la patria del nacimiento”. Es consecuencia de esta definición que la religión, los dioses y la correspondencia con la divinidad intenten devolvernos a una tierra o patria de la que hemos sido expulsados. Y no obstante ello, ese hombre nostálgico, melancólico, romántico encuentra su motivo de ser, su “realidad” u “objetividad” justamente en el extrañamiento de sí mismo y en la carencia de certezas firmes sobre las que fundar su tranquilidad (una conciencia o confirmación de que la existencia es necesaria). Yo me pregunto, ¿para qué necesitamos una religión si existe el arte? Fuera de la tradición histórica y enfrentados a una mera especulación filosófica el arte y la religión poseen raíces similares y ambos conocimientos han creado sus propias iglesias. Sin embargo, yo prefiero por sobre toda noción religiosa de certeza, al arte y a su producción contradictoria, no dogmática, abierta y estimulante. Podría vivir sin religión, pero no sin literatura o música. De haber expresado algo así en mis tiempos infantes habría recibido más de una bofetada por parte de mis tías y de mi abuela. Me salvó el futbol practicado en el atrio de la iglesia. En sus Reflexiones contra la religión Mark Twain escribe: “No se obtiene más cielo por haber sufrido ochenta años que por morir de sarampión a los tres”. “Yo fui católico hasta los ocho años y asistí al catecismo, así que ya tengo guardado un terrenito en el cielo”, suelo decir a una tía mía que aún vive y detesta mis opiniones sobre el mundo real e imaginario. La comprendo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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