Hoy día, quizá más que en otras épocas, en virtud de la experiencia, así como por efecto de la abundancia de información con sus múltiples, más certeros y veloces canales, es probable que se haya acentuado el dilema en que se encuentran los distintos actores que componen cualquier sociedad en términos políticos. Es la lucha entre vivir bajo las normas de lo disfuncional, reformar lo reformable en los límites de la realidad y el tiempo, o habitar en las trampas de la ingenuidad hasta convertir el ejercicio político en la más plena ingenuocracia: una forma de convivencia en la que acciones y dichos están sujetos a la voluntad, a los deseos, a la esperanza —aunque ésta sea absolutamente legítima—, y no a los límites de lo posible, lo prudente, lo sensato y lo real.

Gobiernos, analistas, estudiosos sociales y técnicos, la población, pues, ante lo que aparenta ser la falla del modelo económico, político y social en México y parte de las naciones del mundo, nos vemos obligados a buscar las vías para cambiar los negativos de nuestra condición, con la evidente esperanza de tener buenos resultados y, en simultáneo, aunque menos atractivo, asumir las probabilidades que contienen diversas acciones para salir mal y otorgar resultados, sino peores a los que se rechazan quizá semejantes. Es natural que el primer escenario se encuentra en lo obligadamente descartado y perseguidos por él, no es recomendable escatimar esfuerzos con la intención de alejarse.

Ilustración: Kathia Recio

Para centrarse en el caso mexicano, los niveles de violencia, la ausencia de conciencia sobre los otros, la corrupción, la inequidad e impunidad, son condiciones que deben reducirse con tal de evitar nuestra propia y no necesariamente metafórica mayor destrucción social. Si se quiere contemplar ejemplos más distantes, tanto Europa como Estados Unidos han querido encontrar su lugar en un mundo donde han ido perdiendo hegemonía y seguridades, tratando de reactivar sus nociones identitarias con tal de salvaguardar una visión idealizada de sí mismos: la elección de Trump, el ir y venir alrededor del BREXIT, algo del movimiento independentista catalán así como la reacción del gobierno central español, o el susceptible éxito de las ideologías de extremos en Europa, son cuenta de esto. Los puntos medios desde los que se puede procurar el equilibro dan la impresión de ser con más frecuencia sujetos a desprecio, ignorando que sólo en ellos es probable asirse a una realidad que rara vez se desarrolla sin matices.

Es también argumentable que dicho dilema se ha encontrado por siempre en la conformación de las sociedades, sin embargo, espero sea aceptable considerar que cada vez son más los elementos que interactúan en ellas, aumentando su complejidad. Dentro de este aumento se encuentran los elementos que creímos que funcionarían y no lo hicieron como se esperaba —incorporándolos a la lista de insolutos—, como también las herramientas tecnológicas, las preocupaciones ambientales, el incremento poblacional con sus repercusiones, la interlocución entre ellos local e internacionalmente, etcétera. Es decir, ante lo que podríamos llamar una crisis de modelo, es natural que sea necesaria una dosis de mayor esperanza para modificar lo que afecta. Si hay más afectaciones el aumento de esperanzas es proporcional.

No existe un solo cambio en lo político y social que no haya partido de las esperanzas pero, al mismo tiempo, son muchas las esperanzas que coquetean peligrosamente con la ingenuidad.

A la ingenuidad se le ha confundido con estupidez, y sería de una simplificación pueril convertir dicha acepción en una generalidad. En los niños pude ser fascinante y contener las cualidades con las que se irá conociendo el mundo, y sin cierta ingenuidad positiva será imposible acercarse a las páginas de una novela, para, si hay suerte, permitirle construir una analogía de la realidad. En ninguno de los dos casos, incluso con la complejidad que se pueda encontrar en una novela, la ingenuidad cargará con las responsabilidades de la vida pública, la política y sus consecuencias en la existencia de la gente. Una dosis de ingenuidad es imprescindible para intentar cambiar el estado tóxico de cualquier situación, un exceso de ella pavimenta el camino de la insensatez. En México nos hemos hecho y cada vez somos más participes de las maneras de la ingenuocracia.

El mismo triunfo de López Obrador y la trayectoria que lo llevó a ahí, recuerdan literatura escrita en Occidente en torno a la ingenuidad. El Cándido de Voltaire, convencido de su destino, el más noble de todos, cree que para conseguirlo es necesario el acomodo sincrónico de distintas piezas y sólo falta esperar y trabajar para que éstas se ubiquen en el tiempo y el espacio correcto. Mientras tanto, a cada paso que da, una serie de desgracias normalmente insuperables, de las que nunca es responsable, le impiden completar su designio. Uno tras otro de sus tropiezos lo hacen perder todo, salvo lo mínimo que le permite continuar su búsqueda y que, a la vez, es suficientemente firme como para dar los ánimos que con su ausencia harían claudicar a cualquiera. Cándido no es víctima sino ganador de lo que ha perdido, un raro optimismo le hace aferrarse a lo rescatado. Fueron muchos y diversos los elementos que se salvaron de su desgracia. No es imposible pensar que llegará el momento para que estos, gracias a su esfuerzo, se acomoden a su favor. Cuando por fin da la impresión de que ha conseguido lo que quería, se da cuenta de que ello es sólo la visión idealizada de lo que ya no existe y ahora deberá de sopesar.

“Imaginaos todas las contradicciones, todas incompatibilidades posibles, las veréis en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias, en los espectáculos de esta extraña nación.”

La ingenuidad será hermana del optimismo, pero su vacuna no es el pesimismo como la realidad. Tampoco es irracionalidad, se encuentra un nivel arriba en la escala del pensamiento, enmarcada por la buena voluntad y en sus últimas consecuencias por la necedad. El insumo de toda política es la complejidad. Con ingenuidad no se entiende la diferencia entre lo políticamente posible de lo imposible, entre la diferencia de la razón pública con la razón privada. Como en el cuento de Voltaire, en México la desatención a las pequeñas cosas es augurio de los posibles desastres en lo grande. De tanto hablar de ello desgastamos lo que parece sin importancia y es materia de la organización de las sociedades: el lenguaje, los asuntos de poco impacto y revuelo práctico, los en apariencia intrascendentes, los métodos con los que se procura el cuidado de la política. La visión que el Estado tiene de sí.

Si en las pasiones la ingenuidad es básica, esta condición no participa de forma equivalente en los terrenos de la reflexión; y no se gobierna con pasiones. La ingenuidad del gobernante se emparenta peligrosamente con la del mago seducido por las promesas de la magia. Ninguna preocupación es tal cuando el mago admite que su oficio es un truco, la malicia está de su lado y el poder la necesita. Angustia que el prestidigitador se convenza del acto mágico por los aplausos de un público. Los ha provocado, pero la prudencia deja saber qué tantos son válidos.

El ejercicio del poder y su análisis tienen la obligación de partir y de pensar siempre en el peor escenario. Hacerlo del mejor no sólo encumbra y padece la ceguera del voluntarismo, a menudo optimista, con el que se acepta que un conejo salga del sombrero. Termina por convertirse en peccata de la mayor ingenuidad en el terreno donde ésta no es permisible, porque atenta con irresponsabilidad sobre la vida de los gobernados.

Con ingenuidad se explican todas las cosas, sin ella la reflexión sirve para decepcionarse de causalidades y entender que hay causas fuera del control inmediato. La ingenuocracia como la democracia son un camino, una ruta parecida a la del personaje de Voltaire. Ya una vez en la historia se habló del equilibrio fantástico entre elementos no sujetos a lo real y supeditados al deseo, pieza exacerbada en la edad de la ingenuocracia que se respira hoy en muchas de estas tierras.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, El jardín del honor, la trilogía compuesta por Pensar Medio Oriente, Pensar México y Pensar Occidente, y El mal menor.
Twitter: @_Maruan.

 

Un comentario en “La edad de la ingenuocracia

  1. La ingenuocracia no es algo que se haya inventado ahora, sino que ha estado presente a lo largo de toda la historia nacional e internacional, antiguamente se castigaba a reyes y tiranos mediante revueltas, revoluciones o guerras civiles. Cuando los abusos llegaban al extremo, al grado de hacerse insoportables, reyes, emperadores, monarcas,etc. terminaban defenestrados o con sus cabezas rodando a los lados de la guillotina.
    Hay que tener mucho cuidado con la ingenuidad de las personas porque tanto el espectador como el mago saben muy bien, que el show tiene un tiempo limitado y al final los trucos son descubiertos y el mago expuesto. Los magos del gobierno de México saben que su tiempo se les está agotando, de ahí el interés por reclutar cada dia mas elementos del ejército y la policía, tienen miedo de que lo que les salga del sombrero no sea un conejo sino un tigre lleno de rabia y sed de justicia.

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