En estas páginas aparecen fragmentos inéditos hasta ahora en español del diario de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), galardonado con el Premio Formentor de las Letras 2018.

       25 de enero [1990]
Las únicas cuatro fuerzas que pueden conducir a un libro real: sufrimiento, soledad, paranoia, histeria. De éstas, no he empleado la paranoia y todo me empuja a hacerlo en Cegador. Todo menos el hecho de que… no soy paranoico. Las otras las conozco demasiado bien.

       17 de agosto [1990]
El escritor es el único que usa su vida por completo. Nada se descarta. Y, al mismo tiempo, medita sobre su uso y el círculo se cierra.


Ilustración: Estelí Meza

       3 de febrero [1991]
Cuando escribo poesía empleo lo que de hecho podría llamarse una técnica de autohipnosis: enfoco la mirada (la palabra es una metáfora) de una manera que no puedo definir hacia un área precisa dentro de mi cráneo, más hacia el lóbulo occipital. De ahí surge —si se da la oportunidad— el torrente de la imagen/palabra. Visualizo la configuración en el espacio que se sublima instantáneamente en descripción.

       25 de julio [1992]
Dos golpes sucesivos han destruido casi por completo el mundo de mi escritura. El primero es el matrimonio, la edad adulta, que a su vez son una especie de símbolo de algo más profundo, como si la literatura hubiera sido una amante a la que hubiera engañado, despreciado y abandonado. De hecho, la soledad, la infelicidad y la frustración erótica fueron el motor de la poesía “de mi juventud” y de una de mis piezas en prosa (en menor medida). Ya no estoy solo y triste. Ya no puedo estarlo. Cuando escribí sobre poesía “que se vaya al diablo, soy más importante que la poesía”, la columna vertebral de mi escritura se fracturó de repente. En ese momento preciso, hace dos o cuatro años, maduré, dejé que mi ensangrentada piel adolescente se secara en el polvo de la calle. El Levante y Lulu (es más extraño con Nada, no se alimenta de la energía que emana del lugar donde la adolescencia rechazada y la madurez asumida se cruzan más bien con inmadurez en un filo extremadamente delgado, irónico y cínico: el filo de un cuchillo; ya que existe la madurez de la adolescencia y la puerilidad de la madurez) tienen su origen en un área diferente, ya que puedes rescatarte —¿totalmente?— y, al eludir la fuente central, rescatar la perla de entre las valvas de la concha. Si la soledad, la infelicidad y la frustración —que son las tres sombras proyectadas por la sexualidad frustrada, excluidas por la fealdad y la neurosis— fueran las únicas capaces de invocar el estado de satisfacción personal del escritor, entonces tendría que renunciar a mí mismo y nunca escribir de nuevo. Pero, por un lado, el sufrimiento que proviene de una vida no del todo satisfactoria no desapareció por completo, sino que aminoró a través de la rutina de la vida en pareja, y, por otro lado, en lo más profundo de mi mente hay una herida del pasado —que, a decir verdad, entró a un estado de latencia—, pero no dejó cicatriz, porque sigue siendo parte de mí en cierto modo. Y tercero, hay una literatura de la edad adulta, menos dramática que la primera, pero más poderosa, etcétera, etcétera. Por lo tanto, tal vez el primer golpe, aunque más serio, no sea decisivo ni letal, pero hace que mi escritura pase del dolor e historia sin límites, como en P. d. A.,1 a una trama de nervios y venas, esbozada con un estilo ligero, calculado e indiferente, pero no del todo desagradable.
Sobre el segundo golpe, en otro lugar.

       12 de abril [1998]
Desde hace tres meses no he escrito ni pensado nada. El único conocimiento de mi presencia entre éstas y las superficies duras y coloridas, a través de las cuales no puedo poner mi mano —la mano: otra superficie dura y colorida— es el miedo —no demasiado dramático— que a veces me invade: de hecho, ¿qué debo hacer? ¿Qué está pasando conmigo? He renunciado durante años (¡años, en verdad!) a todo lo que solía hacerme real. He suspendido deliberadamente mis funciones vitales: de hecho, durante algunos años he estado en un coma afectivo e intelectual y, lo que es más importante: en un coma psíquico que podría ser irreversible. A veces tengo miedo y luego de repente me veo a mí mismo: un hombre de mediana edad, arrastrado hacia una vida diferente y de ahí a otra, un hombre con una vida cerrada, que ya no tiene que luchar por nuevos territorios, sino sólo para resguardar los antiguos, disputados por otros y, a menudo, arrebatados.

       20 de septiembre [1998]
Nunca he escrito mi vida. Siempre fui enemigo de lo autobiográfico. Lo que escribí fue todo lo que pude imaginar para ser más distante y estar más desconectado de mi vida. Sin embargo, a veces llegué tan lejos que mi escritura se curvó como el espacio einsteiniano, alcanzó a mi vida al otro lado de la hiperesfera y se fusionó con ella. Algunas páginas de mi diario y de Cegador son vida escrita y escritura en vivo.

       13 de diciembre [1999]
Lo más importante (quizás incluso de la última década) es que tengo un deseo inusual de escribir. Apenas puedo esperar para comenzar de nuevo y para que lleguen esas dos o tres mañanas a la semana cuando tengo silencio, café, mi cuaderno y mi bolígrafo delante de mí. En noviembre, de pronto sentí que Cegador II estaba tomando forma —me estoy acercando a las primeras cien páginas— y estaba comenzando a enloquecer un poco, con una gota del universo salpicada encima como azúcar en polvo. Me gustaría hacer este libro, que ahora es ce seul objet dont le Néant s’honore2 en mi vida y el pulmón de acero del que sólo se asoma mi cabeza.

       4 de mayo [2000]
Tal vez al centrarnos en la escritura, incapaces de pensar en otra cosa que los libros por venir, somos como un piloto que quiere mantener el avión en la pista el mayor tiempo posible, otros cien metros y luego otros más, cada vez más rápido, pero sin pensar en tirar de la palanca para que el avión pueda despegar. Pensando únicamente en la redención a través de la escritura, nos perdemos de la verdadera oportunidad que tal vez nos fue dada; vivimos en dos dimensiones, incapaces de concebir una tercera.

       25 de junio [2001]
Así como otros temen a la muerte y las enfermedades incurables, me temo que voy a fracasar en Cegador. Me despierto con este miedo y me voy a la cama con él. Sé que Cegador es sólo un libro, que no es toda mi vida, y sin embargo, la idea de que no seré capaz de ponerle fin es insoportable.

       14 de enero [2003]
La pasta, el pegamento, la grasa, un pesado y vergonzoso abatimiento cloacal han ensuciado últimamente los ventrículos de mi mente. Demonios y criaturas abortadas aparecen ante mí. No puedo reprimir pensamientos abyectos, me agobia un peso que no es de este mundo. No puedo entender lo que surge de ahí, desde abajo. Desde mi ángel, desde su gran falda blanca, cuelga una enorme oruga, con piel supurante. Intento ser yo mismo, con mi espada de iridio (mi ángel tiene una espada) atravieso la carne de los anillos peludos. La sangre brota, pero las pinzas siguen apretando. Sucede así: cuando no escribo, el infierno que hay dentro de mí aumenta de tamaño y se desata. Escribiría tanto y con tanta eficiencia para vaciarlo todo, para llegar al fondo del pozo, para pulirlo como el vidrio, para convertirlo en una casa recién pintada en la que pueda vivir.

       4 de febrero [2003]
Estoy en el punto más peligroso de mi vida como escritor: los resultados de tantos años de trabajo y soledad se precipitan sobre mí desde todas las direcciones, arrastrándome con ellos, como si de repente aumentara cien kilos. Esto hace que mis huesos se rompan y mis riñones naden en grasa. Actuar sin querer los resultados de esa acción, pero ¿cómo puedes defenderte de esos resultados? En un momento dado, te sacan de tu esquina y te exponen al público: una araña tan grande como un gorila en una jaula de hierro. Todo lo que puedo hacer —por el tiempo que pueda— es conservar mi ingenio. Si maldigo mucho, todo el día, estoy enojado y atormentado.

       22 de septiembre [2003]
Cuanto más enrarecida es la vida, más pesada se vuelve porque se llena progresivamente con espacios en blanco. Intento levantarme como un boxeador herido. Camino en el otoño tratando de recuperarme, sin perseguir imágenes como Allen3 (Julian me envió una copia autografiada de Aullido, que tendré cuidado de no prestarle a cualquiera) pero en busca de motivos para vivir. Tengo una familia feliz, un niño pequeño realmente maravilloso, una compañera cada vez más cercana a mí, un mundo que hasta ahora no me ha perjudicado demasiado, aunque con el tiempo acabará por matarme (Pero como nube, como nube es la materia de las piedras).4 Si no fuera un autor (“que escriban mi nombre en la lápida…”) sería uno de los hombres más realizados. ¿Por qué siempre lo que más amas es lo que te condena a la infelicidad?

 

Mircea Cărtărescu
Escritor. Ha publicado Lulu, Nostalgia, Las bellas extranjeras, El Levante, El ojo castaño de nuestro amor y Solenoide, entre otros libros.

Traducción del inglés de Álvaro García.

Mircea Cărtărescu, “A Giant Drop of Water Reflecting a Chimera”, traducción del rumano al inglés de Raluca Manea, en Norman Manea (ed.) y Edward Hirsch (ed.), Romanian Writers on Writing, San Antonio, Trinity University Press, 2011, pp. 236-239.


1 P. d. A.: abreviatura de Poemas de Amor (1982) de Mircea Cărtărescu, “A Giant Drop of Water Reflecting a Chimera”. (N. del E.)

2 Stéphane Mallarmé: “ese solo objeto que a la Nada honra”. (N. del T.)

3 Allen Ginsberg (1926-1997). (N. del T.)

4 Richard Wilbur, “Epistemología”. (N. del T.)