Algún día quise tener un oficio. Yo era un niño responsable y no un dejado, como lo soy ahora. Quería ser policía, pues entonces no sabía que muchos de ellos formaban parte del ejército de la maldad. Me dolió, años más tarde, enterarme de ello, recapacitar y abandonar aquellos sueños absurdos. ¿Quieres destruir a un niño?, dale un poco de autoridad y comenzará a desvariar. Hoy desconfío a priori de la autoridad, hasta que no me muestre que es legítima y que posee un lugar en el mundo de las cosas o actos que sirven para vivir. Tal desconfianza, premeditada y natural, me ha causado serios problemas, aunque no voy a negar que he obtenido algún provecho de mis prejuicios. En El libro de los oficios tristes, poemario de Miguel Maldonado, leo: “Quienes profesan oficios tristes/ tienen hijos que no saben responder/ la incómoda pregunta que llega siempre/ ¿A qué se dedica tu padre?”. Yo fui uno de esos hijos que no sabían qué responder. En cierta ocasión, un compañero de la escuela primaria me informó, soberbio, que su padre era contador público y, enseguida, me preguntó por la profesión u oficio del mío. Le respondí que mi padre era contador privado. A la luz de mis ingenuas deducciones me parecía evidente que lo privado resultaba de mayor importancia que lo público. El tiempo me ofreció, también, una respuesta diferente.


Ilustración: Sergio Bordón

Escribir novelas o ficciones no es razonable, sino más bien un acto algo infantil (si fuera yo alemán o romántico diría: un acto del espíritu). Ustedes lo saben: uno es niño siempre y luego se muere. Y, no obstante, puedo afirmar que tal oficio existe. Lo lastimero es que se trata de un oficio nebuloso y difícil de considerar en la actualidad. Los jóvenes autores de ficción tendrán que tomar en cuenta lo siguiente: cada día que pasa los escritores se depuran más en su oficio y su buena calidad es palpable (hay pruebas suficientes de ello), pero sus lectores parecen haberse marchado del planeta. De modo que no hay más remedio que comenzar otra vez y marchar a contracorriente: construir lectores. Me parece que los escritores de ficción se encuentran en una época feudal de la literatura; cada escritor posee un feudo formado por amigos, lectores y cómplices (su castillo), pero casi no se relaciona con otros feudos, sean éstos literarios o pertenezcan al resto de las artes. En tantos casos —hay excepciones notables— la red aumenta la confusión y transmuta a los lectores en seguidores. Que los escritores puedan volverse virales es una noticia desagradable o, más bien, espantosa. La dispersión, el cultivo de la minoría y el aislamiento son características actuales de este extraño oficio. Ni siquiera tendría que ahondar en el hecho de que una persona común no sabe hoy muy bien qué significa ser escritor. ¿Es un notario? ¿Alguien que redacta escrituras?

El XX fue el último siglo —y probablemente el más importante— de la razón e ilustración literaria. No creo que sea un diagnóstico escandaloso, más bien es decepcionante para quienes han seguido fielmente los pasos de la tradición de la modernidad y de su ruptura. Tal vez sea aquí, sobre las ruinas de los edificios monumentales de la literatura y la filosofía del siglo pasado, donde es posible que el impulso errante, asistemático, individual y escéptico tome fuerza para construir desde el principio, y sobre la nostalgia de los absolutos.

Así sucede; cuando niño quise ser policía para formar parte del bien en contra del mal (era un niño y los grises no existían para mí). El tiempo se encargó de arrojarme un balde de agua fría al enterarme de que los policías podían también ser criminales, muertos vivientes en un barrio de pobres, o criados en un residencial de ricos. Del oficio de escritor, pese a su extravagancia, no me he decepcionado. Me bastó acercarme a Hume, Hamann, Kafka, Herder, Pessoa, Döblin, Dewey o Feyerabend —entre tantos otros— para saber que el ser humano se encuentra sostenido sobre una especie de fe animal y asistemática, y que las verdades abstractas o principios ilustrados, además de dolorosos, son alucinaciones convencionales.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.