El próximo 4 de junio se conmemorará el 30 aniversario del fallecimiento del filósofo mexicano, militante de izquierda y profesor universitario Carlos Pereyra. Es muy probable que la fecha conmemorativa pase prácticamente inadvertida para buena parte de los partidos políticos, movimientos sociales o personas que se identifican con ese flanco de la geometría política que agrupamos bajo la palabra izquierda. La amnesia, por desgracia, es una enfermedad del espíritu que no ha sido totalmente abolida en nuestro poco generoso ambiente político y cultural. Entre las nuevas generaciones de millennials y anexas el nombre y el legado de Carlos Pereyra quizá no digan mucho. Demasiada agua ha corrido bajo el puente desde las ya lejanas y convulsas décadas de los setenta y ochenta hasta nuestros desencantados días del año 2018.


Ilustraciones: Kathia Recio

Sobre la democracia de Carlos Pereyra es un volumen que reúne un conjunto de ensayos que aparecieron durante los años setenta y ochenta en diversas publicaciones nacionales: nexos, Cuadernos Políticos, La Cultura en México (suplemento de Siempre!), Proceso y Estudios Políticos; además se incluyen conferencias dictadas en coloquios y mesas redondas así como capítulos escritos ex profeso para libros colectivos.

Tres grandes apartados componen este volumen publicado originalmente en 1990. La primera parte, titulada “Teoría política y democracia”, reúne una serie de ensayos escritos en los años ochenta en los que Pereyra defiende una noción de democracia ligada siempre (y necesariamente) con ciertos adjetivos: política, formal, representativa y pluralista, al tiempo que discute las posibles relaciones entre democracia y socialismo. En la confección de estos textos sale a relucir la mejor veta teórica y analítica de Pereyra, quien supo conjugar la rigurosidad del análisis conceptual propio de la filosofía política con la libertad e ineludible toma de postura del ensayo político. A contracorriente de cierto academicismo que contamina nuestro medio, Pereyra coloca los conceptos centrales de la filosofía política al servicio de la interpretación rigurosa de los problemas y desafíos históricos concretos de la democracia y el socialismo de su tiempo.

En la segunda parte, titulada “Hegemonía y democracia en México: sociedad civil y Estado”, el filósofo y profesor mexicano ofrece una clave de lectura teórica e histórica sobre la naturaleza singular del Estado mexicano, su génesis histórica, sus límites internos y, sobre todo, su proceso de construcción y fortalecimiento hegemónico alrededor de un verdadero partido de Estado que eclipsó la autonomía de la sociedad civil mexicana. Un partido, como sostiene Luis Salazar en el prólogo del libro, “capaz de incorporar a la inmensa mayoría de las fuerzas políticas y sociales del país en un complejo sistema corporativo y clientelar de corte autoritario, y que convertía al presidente en turno en el árbitro absoluto e indiscutible de la política nacional, anulando de hecho la pretendida separación de los poderes y el supuesto federalismo establecidos en la Constitución mexicana”.

La tercera parte, “Crisis y democracia en México”, incluye los trabajos de corte económico de Pereyra, quien, no hay que olvidarlo, antes de estudiar filosofía en la UNAM cursó algunos años la carrera de economía en nuestra máxima casa de estudios. En este apartado el autor analiza el impacto y las consecuencias políticas de las crisis económicas recurrentes que sufrió México desde la década de los setenta, poniendo acento en las secuelas antidemocráticas que derivaron de dichas crisis, sobre todo en lo que toca al fortalecimiento y autonomía de los llamados poderes fácticos económicos y financieros y su correlato en términos del debilitamiento de la eficacia de las instituciones públicas.

Por razones profesionales, más bien, por simple deformación profesional, me concentraré en las líneas que siguen en el apartado teórico del libro que hoy nos ocupa, pues sospecho que en éste podemos rastrear las principales contribuciones de Pereyra a la creación de una teoría de la política en clave democrática.

Existen muchos paralelismos entre la obra del filósofo italiano Norberto Bobbio y la de Carlos Pereyra. Ambos pensadores jugaron un papel relevante en el proceso de aclimatación del lenguaje y la práctica democráticos en un momento en el que la democracia no tenía buenas cartas credenciales tanto en los círculos académicos e intelectuales como en la esfera de los partidos políticos y actores sociales, sobre todo aquellos familiarizados con la izquierda. Bobbio defendió en la Italia de la segunda mitad del siglo XX una definición mínima de la democracia frente al discurso hegemónico de la derecha fascista y la izquierda comunista. Pereyra, por su parte, sentó las bases de una noción de democracia (siempre política, formal, representativa y pluralista) en el México autoritario de las décadas de los setenta y los ochenta. Sus principales interlocutores fueron, por un lado, los herederos y administradores del discurso ideológico de la Revolución mexicana, y por el otro, las diferentes variantes de una izquierda mexicana poco comprometida con los valores y principios democráticos.

Sin embargo, a pesar de que el lenguaje democrático de Bobbio y Pereyra coincide en cuestiones sustanciales: elecciones competitivas, representación política, sufragio libre y universal, libertades civiles y políticas, pluralismo, autonomía de la sociedad civil, etcétera, su discurso se alimenta, al mismo tiempo, de nutrientes diferentes. Bobbio defendió a la democracia desde la plataforma liberal. Entre democracia y liberalismo, sostiene el profesor italiano, existe una línea de continuidad: “El Estado liberal y el Estado democrático son interdependientes en dos formas: 1) en la línea que va del liberalismo a la democracia, en el sentido de que son necesarias ciertas libertades para el correcto ejercicio del poder democrático; 2) en la línea opuesta, la que va de la democracia al liberalismo, en el sentido de que es indispensable el poder democrático para garantizar la existencia y la persistencia de las libertades fundamentales” (El futuro de la democracia, p. 15).

Pereyra, por su parte, recupera a la democracia sin renunciar a los principios socialistas, ya que democracia y socialismo, según nuestro autor, son parte de un mismo proceso histórico de gran calado que supone no solamente la socialización del poder económico —que no su estatización—, sino también la socialización del poder político. Por eso la democracia es una forma de gobierno o, si se prefiere, una forma de distribución social del poder que adquiere sentido no solamente en las sociedades capitalistas, sino también en las sociedades poscapitalistas llamadas también del socialismo real. Pereyra, ciertamente, no fue un liberal, como sí lo fue Bobbio, y el filósofo italiano no fue un socialista, como sí lo fue el filósofo mexicano, pero por aquellas paradojas que suele jugarnos la historia ambos personajes aterrizaron, sin despojarse de sus propios equipajes conceptuales, en el programa del socialismo democrático: un proyecto que pretende sintetizar lo mejor tanto del liberalismo igualitario como del socialismo democrático.

Ahora bien, ¿cuáles fueron los nubarrones teóricos que tuvo que sortear Carlos Pereyra para poder aclimatar el lenguaje de la democracia en el México autoritario de la segunda mitad del siglo pasado? Sus dardos críticos tienen como blanco principal, aunque no exclusivo, a las diferentes expresiones de las izquierdas latinoamericanas y mexicanas, quienes arrastraban confusiones y conceptos equívocos a la hora de aproximarse a la noción de democracia y sus posibles vínculos con el socialismo. Más allá de la crítica de la economía política, nuestro autor considera que las dificultades para otorgarle derecho de piso a la democracia en esos años estaban asociadas no solamente a factores estructurales, ciertamente importantes, como el atraso y poco desarrollo de las economías latinoamericanas o la política militar intervencionista de las grandes potencias imperialistas, sino también, y sobre todo, a la miopía y desdén que mostraba el pensamiento socialista hacia los valores de la democracia. El problema no estaba solamente en la estructura, como repetían cual merolicos los manuales soviéticos de esas prehistorias, sino también se localizaba en el mundo de las ideas, de las ideologías y representaciones.

La forma que utilizó Pereyra para dignificar a la democracia como un conjunto de mecanismos reguladores del ejercicio del poder que valen por sí mismos consistió en descifrar, primero, y confrontar teóricamente, después, algunas confusiones y falsas dicotomías que florecían en el ambiente. En primer lugar, la contraposición entre democracia formal y democracia sustancial, sostenía Pereyra, ha sido fuente de innumerables equívocos. El menosprecio de las libertades políticas, adscritas a la democracia formal, en aras a una vocación igualitaria, orientada a la democracia sustancial, ha sido la vía más segura no sólo para bloquear el control público de las decisiones oficiales, sino también para impedir el propio cumplimiento de la vocación igualitaria, como lo mostró la experiencia de los países poscapitalistas. Asimismo, el uso frecuente en cierta literatura socialista de una noción tan equívoca como la de democracia burguesa ha llevado, según Pereyra, a perder de vista a que la apertura de espacios democráticos en la sociedad nunca fue resultado de la iniciativa de los grupos dominantes, sino más bien fue fruto de la acción política de las clases subalternas. En esta misma perspectiva, sostiene Pereyra, se produjeron conceptos equívocos como democracia social para referirse a circunstancias que se relacionan con la cuestión de la igualdad o la justicia, pero que no tienen que ver con el sentido estricto de la democracia, es decir, con el problema de la elección de gobernantes. Podría seguir la línea argumentativa de Pereyra a propósito de la falsa disyuntiva entre democracia directa y democracia representativa o el problemático vínculo entre democracia y revolución, pero lo que en todo caso me interesa destacar es que Pereyra, a partir de su crítica a una lectura instrumental y economicista de la democracia, sienta las bases de una teoría política de la democracia en la que el poder y el Estado no son visualizados como simples instrumentos de dominación, como cosas que pueden ser asaltadas, sino son representados como relaciones sociales que están abiertas a una lucha política dirigida a la construcción de hegemonía. Pereyra jamás sucumbió al canto de sirenas conservador de la negación de la política, por el contrario, su teoría democrática visualiza a la política como una actividad orientada a conservar o modificar el sistema de relaciones sociales con base en la voluntad organizada de los miembros de la sociedad.

¿Qué interés puede tener el libro Sobre la democracia 30 años después del fallecimiento de su autor? Ciertamente, las coordenadas del mundo que vivió y discutió Pereyra ya están descuadradas: el socialismo realmente existente desapareció, el neoliberalismo ascendió como ideología y práctica dominantes, la hegemonía priista se desmoronó como resultado de un largo proceso de transición democrática. Y las izquierdas latinoamericanas y mexicanas pasaron del poder del discurso al discurso desde el poder. Nuevos y viejos flagelos acechan a la democracia: en el plano político, regresiones autoritarias y presidencialismos cesaristas; y en el plano social y cultural, nacionalismos, violencia e inseguridad, pobreza y desigualdad y un largo etcétera. Y ya no es el socialismo, sino el propio liberalismo, especialmente el liberalismo democrático, el que está hoy en el banquillo de los acusados.

¿Qué diría Pereyra de nuestro tiempo si “ojalá estuviera aquí”, parafraseando a Pink Floyd en su nostálgico homenaje a Syd Barrett? No lo sé, no soy vidente. Lo que sí sé es que las preocupaciones del mundo y el lenguaje de Pereyra están todavía aquí entre nosotros: desigualdad, pobreza, marginación y nuevas formas de dominación. Y ya no es el Estado socialista realmente despótico el que pone en peligro a la democracia, sino el despotismo de un mercado económico ilimitado el que ha colonizado el mundo de la política y la democracia. No se tiene ya, como ha advertido Luigi Ferrajoli, el gobierno público y político de la economía, sino el gobierno privado y económico de la política. Creo que la lectura de Sobre la democracia de Carlos Pereyra puede ayudarnos a pensar los nuevos desafíos que enfrenta actualmente la democracia. Tarea que, esperemos, podamos abordar en otra ocasión.

 

Sergio Ortiz Leroux
Profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Palabras leídas el pasado 24 de abril en la presentación de la reedición del libro Sobre la democracia de Carlos Pereyra. Presentación organizada por el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco y la Universidad de Guadalajara.