Entre las vacas gordas y el vacío

 Arturo Warman. Antropólogo, investigador del CIS-INAH. Autor de Los campesinos, hijos predilectos del régimen, y de … Y venimos a contradecir. Ha colaborado en varios Nexos anteriores.

LA EDAD DE LOS CACIQUES

Con la excepción de las universidades como expedidoras de licencias profesionales, las instituciones científicas y culturales del país comparten en cierta medida una historia común: nacieron, sobrevivieron y hasta crecieron a contrapelo, siempre pendientes del tenue hilito de la simpatía de alguien de arriba, aquel ilustrado al que le gustaba la pintura o el ballet casi tanto como la equitación o las corridas de toros, a los que también favorecía. La cronología de la fundación de las instituciones culturales refleja con fidelidad la evolución del gusto de los encumbrados en el gobierno nacional. Las promociones científicas o culturales dependían de que el poderoso tuviera una afición y un amigo que la practicara y al que quisiera alejar o premiar. El amigo se convertía en cacique, en director absoluto y vitalicio de la institución en tanto siguiera la amistad y el amigo conservara un alto grado de poder. Las instituciones tenían dueños que imponían sus convicciones personales como proyectos culturales. -El círculo del poder era estrecho. Cuando el cacique subía, hacía de su cacicazgo una heredad, un mayorazgo en manos de un fiel lugarteniente. Las instituciones se reorientaban conforme a las convicciones de los nuevos directores que substituían a quienes, sin fortuna, pasaban a ocupar la dignidad diplomática de embajador frente a países cultos con los que manteníamos relaciones irrelevantes. No pocas veces, alguna institución y su cacique fueron olvidados en los renglones más ocultos del presupuesto nacional, donde gozaron de un pobre aunque digno y prolongado reposo.

Interpretación del problema de Verlaine, “Gata y mujer”

Sorprendentemente, se podía vivir en la era de los caciques. La creación de cultura y conocimiento era vocacional y estaba limitada a unos cuantos elegidos. Estos, con el apoyo de recursos propios o de otra chambita, aceptaban estoicamente un bajo salario durante la prolongada y a veces inútil espera antes de acceder al cacicazgo. Por otra parte, la presunción de pobreza y sacrificio se podía capitalizar como prestigio social. Realmente, entonces se pagaba por el saber, aunque fuera poco; el quehacer era voluntario y con frecuencia mal recibido en la medida que la obra creaba problemas burocráticos. La idea de la cultura como algo inútil pero personalmente muy satisfactorio era compartida por muchos de sus creadores.

Entre los caciques, no pocos eran excepcionales, ya fuera por una obra personal o por su capacidad de impulsar un proyecto a largo plazo. La diversidad de los proyectos de los caciques, que también compartían ciertas identidades básicas, daba la impresión de correspondencia con un proyecto cultural que no existía. También había cierto pluralismo, que era el resultado de los pleitos y querellas entre los caciques, que se traducía en opciones o en ambiguas áreas de libertad en la tierra de nadie. Las personalidades de los caciques y la interacción entre ellas, una especie de cosa nostra exquisita, dominaba el campo cultural y definía su orientación.

Ciencia y cultura eran, en lo personal y en lo nacional, artículos de lujo. El Estado los financiaba con toda la penuria con que los pobres pagan por los símbolos caros, inútiles e inevitables, pero que son parte de la decencia. Para el poder, ciencia y cultura no tenían relación clara y evidente con el proyecto económico nacional, por entonces enfrascado en la tarea de crear una burguesía nacional por la vía de la sustitución de importaciones. Lo que para este propósito importaba, la tecnología, se compraba en el exterior a precios bajos y con impactos masivos que cambiaban a toda la sociedad. A la cultura nacional le tocó, por eliminación, la ímproba tarea de mantener pura la espiritualidad del mexicano en aquellos aspectos en que no interfiriera en el proyecto de desarrollo. Una visión espiritual y exquisita de la ciencia y la cultura, en donde los caciques definían su propio proyecto, hacía innecesaria hasta cierto punto la formulación de un proyecto cultural por el Estado.

EL MOTÍN CULTURAL Y SUS SECUELAS

Al amparo de los caciques, nuevas generaciones se habían incorporado al trabajo cultural. El científico social le ganaba terreno al letrado. Entre los jóvenes cundían enfermedades graves y contagiosas, como aquella de tratar de adquirir una conciencia profesional para el trabajo intelectual. Demandaban dar más importancia al quehacer que al saber y algunos concebían su tarea como un oficio más en la división social del trabajo. Creían que la cultura era necesaria y que su práctica no debía ser una opción vocacional sino un derecho. La democratización de la cultura, con significado múltiple y ambiguo, era esgrimida por los nuevos profesionales, con lo que de pasadita, retaban a los caciques y les disputaban su territorio.

No sólo los jóvenes intelectuales agredían los viejos conceptos de cultura exquisita y refinada, también lo hacían la televisión, el cine, los otros mass media y la publicidad. Las burguesías tenían su proyecto democratizador del deseo incontenible de consumo. Viajar, usar, ver, gastar, comprar, se convertían en experiencias cada vez más amplias de la clase media. París, la antigua Meca del peregrinar exquisito, se llenó de turistas pobretones que querían ver lo mismo que los cultos. Nueva York surgía como la nueva capital cultural. La cultura como concepto entraba en crisis en la medida en que como patrimonio pasaba a manos de las clases medias.

En eso, con eso y mucho más, sucedió 68. El impacto del movimiento fue más profundo en las instituciones culturales en la medida que llegaba hasta lo cotidiano. Finalmente, los dos conceptos de la ciencia y la cultura se enfrentaron no sólo declarativamente sino en una lucha de poder en la toma de decisiones como la huelga, la declaración, el desplegado. La visión elitista ordenada y autoritaria, se mostró también como conservadora frente a la concepción democrática, confusa y progresista. El primer encuentro lo ganaron los caciques que se beneficiaron de la aplicación tajante y general del principio de autoridad. Con pocas excepciones los caciques nunca entendieron el 68, que no sólo los aterrorizó sino que los ofendió. Para ellos era la pura y simple expresión de la barbarie y los malos modales, del desorden contra la cultura, del populacho contra la aristocracia del saber y el refinamiento.

Pero 68 caló más hondo. El triunfo de los caciques fue revertido sin negar el principio de autoridad. El nuevo gobierno optó por entender el conflicto como una lucha generacional por el poder, como ciertamente lo era en parte. Los espacios en las estructuras caciquiles eran mínimos y a ellos se accedía por la cercanía con el cacique, muchas veces de origen familiar. La gente que no estaba cerca no la pasaba tan bien al final de los años sesenta. En la década siguiente las arcas públicas se abrieron por primera vez a la cultura y la investigación científica. Las viejas instituciones recibieron recursos que no habían ni pedido, mientras que paralelamente nacían, crecían y se reproducían nuevas instituciones culturales. Subieron los salarios y por primera vez se tuvo acceso a condiciones adecuadas de trabajo. El crecimiento dominaba en el mundo cultural. La marginalidad del campo cultural se superaba por el crecimiento.

LAS VACAS GORDAS

La intención de crecer rápida, casi compulsivamente, como una forma de cerrar las brechas que en 1968 se convirtieron en abismos, relegó hasta la inexistencia las preguntas por el rumbo y los propósitos. Salvo el crecimiento, el Estado no definió una política cultural. Pero la ampliación de los espacios, e aumento de peso, tamaño, recursos disponibles y de influencia, cambiaron profundamente las condiciones previa para la creación de la cultura. Otro factores, que no se derivaban de la acción gubernamental, demandaban e nuevo papel para el trabajo cultural. La admisión de la caducidad del proyecto; de país basado en el simple crecimiento económico abría la posibilidad de debatir el modelo futuro. Ante la ausencia el silencio o la falta de reconocimiento para otras fuerzas sociales, los trabajadores culturales de cuya obra se derivaba un pensamiento crítico, tenían un papel central en la discusión. Por participación u omisión, los trabajadores culturales hacían política. Por otro lado, el auditorio, los consumidores de cultura no comercial, habían crecido notablemente. Los exquisitos y refinados eran los mismos, pero había una legión de estudiantes universitarios, más de medio millón, que ni tan elegantes si finos, compraban muchos libros, sufrían estoicamente los espectáculos culturales y se aburrían tan profundamente como los exquisitos con la oferta cultural. A este conglomerado que se iba adueñando de la cultura, se le otorgó fuerza como grupo de opinión. Un proceso limitado de democratización estaba minando las bases del establecimiento cultural.

Su viejo vaso y su taberna obscura

El crecimiento de la oferta y demanda cultural en las condiciones posteriores a 68, modificó la estructura y el funcionamiento de las instituciones culturales. Pocos caciques resistieron estos cambios y con variada discreción cedieron el paso a sus sucesores. Pero la estructura autoritaria de las viejas instituciones culturales que habían promovido se sostuvo e incluso se transfirió a las nuevas. En algunos casos, las normas autoritarias fueron ignoradas por los jóvenes directores que se esforzaban por establecer un estilo distinto de trabajo. Pero nunca fueron removidas, quedaron ahí como presagio de otros tiempos futuros. La democratización institucional fue un proceso clandestino y tolerado pero nunca una política deliberada. Sigue siendo ahora una demanda vigente.

En ese período en el que asumieron el liderazgo institucional quienes se habían formado en oposición a los caciques, el pluralismo se ejerció como nunca antes y benefició lo mismo a tirios que a troyanos. Los grupos conservadores, en el sentido de sostener la cultura exquisita como proyecto, también crecieron y se consolidaron. En cierta medida se delimitaron campos y posiciones. Ante la ausencia de un proyecto cultural del Estado, las instituciones trataron de suplirlo con proyectos particulares para resolver de alguna manera la distancia entre sociedad, cultura y modelo de desarrollo. Diversas opiniones se probaron con ese propósito. 

El resultado complejo de esas y otras ocurrencias fue una politización pública del quehacer cultural. El trabajo cultural siempre fue político aunque no quisiera asumirse. La aceptación de un papel y una vocación política en la creación y divulgación de conocimientos creó una situación novedosa frente a la que el Estado no presentaba alternativas propias aunque evidentemente tenía un conjunto desorganizado de posiciones y restricciones. La política cultural ausente se convirtió en un problema político vigente.

LOS NUEVOS ACRES

En los últimos años se ha desarrollado una situación curiosa. El trabajo cultural, por esfuerzo propio y por omisión, adquirió un alto grado de autonomía frente al Estado. Los proyectos de muchas instituciones y de muchos trabajadores se dirigían a propósito o como resultado, a la sociedad civil como auditorio. Con frecuencia y con razones poderosas, los proyectos tienen un alto contenido crítico o simplemente, quedan distantes de la acción estatal. En esto hay obviamente de chile, dulce y de manteca. La crítica y la distancia no tienen un mismo signo ni propósito. Los trabajadores culturales no han formulado una política propia. A penas coinciden en dos planteamientos generales: autonomía y pluralismo. Ninguno de ellos está contemplado en la estructura institucional vigente que es básicamente autoritaria y totalmente dependiente de las decisiones gubernamentales. El conflicto está presente y la negociación en proceso.

La solución no está cerca. Sólo puede darse en la definición de una política cultural que recoja las aspiraciones de autonomía y pluralismo y las enmarque en un proyecto. que cierre el abismo entre cultura y sociedad. Esta política no puede formularla autoritariamente el Estado. Tampoco pueden establecerla los trabajadores de la cultura por su cuenta, no existen ni el foro ni los canales para la comunicación…Estos problemas reales tampoco pueden solucionarse con la recuperación por parte del Estado de los instrumentos de autoridad, con un proyecto neocaciquil, como ha sucedido en varias ocasiones. Tampoco pueden entregarse a la iniciativa privada la definición y realización de una política cultural, como también está sucediendo.

A los que nos tocó el campo de la cultura como chamba tenemos algo que decir al respecto. Nuestra primera tarea es formularlo y organizarnos. Muchos obstáculos lo impiden y pocos factores lo favorecen. Tal vez, precisamente por eso, más trabajo tenemos que dedicar al que parece un tema central en el futuro: la lucha por la definición de una política cultural para el país.