Se cumple un año más sin la presencia de Carlos Fuentes como uno de los guías de la discusión intelectual dentro y fuera de nuestras fronteras. Su lucidez, que supo concentrar y subrayar los problemas de su tiempo, el nuestro, queda patente en el siguiente ensayo, inédito desde 2001, en el que el también narrador hace un magistral recorrido por un breve y cruel siglo XX, y esboza con solidez los retos del nuevo milenio, hoy tan vigentes como irresueltos.


Estamos en el mundo. Estamos en la historia.

Detenido en la transición de la Revolución francesa y el imperio napoleónico al mundo de la gran industria, el desarraigo social y la consolidación de las nuevas clases dirigentes, el poeta francés Alfred de Musset, en sus Confesiones de un hijo del siglo, se situaba a sí mismo en el instante que separa el pasado del porvenir, que no es ni pretérito ni futuro, pero que se asemeja a ambos.

“Con cada paso que damos —escribió el poeta en 1836—, no sabemos si caminamos sobre una semilla o sobre una ruina.”

Hoy, nos reunimos al inicio de un nuevo siglo y de un nuevo milenio y no sabemos si pisamos surco o ceniza.

El siglo xx, “cruel y pechador”, como dice el tango, fue también, en palabras del historiador inglés Eric Hobsbawm, “el siglo más corto”.

Un siglo de apenas 80 años, que comenzó en 1914 en Sarajevo y terminó en 1994, también en Sarajevo.

Ochenta años entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando en la ominosa capital de Bosnia-Herzegovina, chispa de la Primera Guerra Mundial, y las luchas interétnicas y masacres de la población civil que han puesto en grave duda el nuevo orden mundial anunciado con campanas de optimismo al caer el muro de Berlín en 1989.

El siglo más corto.

Breve siglo, pero siglo cruel.

La fe ilimitada en el progreso y la felicidad anunciada por la filosofía del siglo xviii y sostenida por el optimismo del siglo xix, no nos preparó para los horrores del siglo xx.

Nueve millones de muertos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Tres millones de judíos asesinados en el holocausto nazi.

Millones sacrificados en las purgas y el Gulag de la Rusia estalinista.

E incontables, también, los desaparecidos, los torturados, los asesinados por la sevicia de las dictaduras latinoamericanas.

Éste no es el retrato del progreso constante e inevitable de la humanidad previsto por los pensadores de la Ilustración y del Positivismo.

Y sin embargo, la terrible ironía de esta negación de la felicidad por la historia estriba en que nunca, como en el siglo xx, alcanzó la humanidad cumbres más altas de adelanto en la tecnología, las ciencias y las comunicaciones.

Por ello mismo, nunca fue mayor el abismo entre el prodigioso desarrollo material y científico, y el deprimente retraso político y moral.

Vivimos el siglo de la violencia como pasaporte de la universalidad. Nadie quedó exento de la capacidad impune de dañar a sus semejantes. Casi se diría que a mayor adelanto técnico, menor adelanto moral.

Siglo corto, siglo cruel y acaso siglo desperdiciado. De los 80 breves años del siglo xx, 12 se nos fueron en sangrientas guerras mundiales y 45 en una Guerra Fría que dividió al globo en dos campos irreconciliables demonizando las fuerzas del cambio en uno y otro.

Los subgéneros de esta guerra mayor los encarnaron —y los pagaron— los países del llamado Tercer Mundo obligados a alinearse con una u otra de las grandes potencias nucleares, al precio de aplazar, durante cuatro décadas, los problemas reales de la convivencia humana, de la sociedad civil, en espera de un día mejor.

Ese día no ha llegado.

Los optimistas pronósticos sobre un nuevo orden mundial y el fin de la historia se derrumbaron trágicamente el 11 de septiembre de este año.

Los escudos antimisiles propuestos por el presidente Bush no hubiesen detenido el ataque de unos kamikazes empleando aviones de líneas aéreas civiles como proyectiles de una fuerza aérea terrorista.

Las agencias de inteligencia —la CIA, el FBI— no pudieron detectar la presencia y el entrenamiento de dos docenas de criminales en escuelas de aviación norteamericanas durante dos años.

Es decir: los fondos desviados de programas de desarrollo, salud, educación, vivienda, no fueron capaces de evitar un ataque solapado y salvaje, echando por tierra no sólo las torres gemelas, sino los conceptos de seguridad nacional, los pactos entre Estados reconocidos y las utopías prematuras acerca de una nueva era de paz y prosperidad globales.

Todos sabemos que vivimos un momento gravísimo, sin parangón porque ésta es una guerra inédita, sin mapas de camino, enmascarada, móvil como el azogue.

Y sin embargo, ¿qué respuesta tenemos a la mano sino reforzar los valores de la sociedad civil, darnos la mano, como lo hacen hoy ustedes, para seguir construyendo en medio de la destrucción y llamando la atención sobre esas otras formas de la violencia que son las agresiones contra el equilibrio de la biosfera, la marginación e injusticia impuestas a la mayoría de las mujeres —que son la mayoría del género humano— o la persistente desigualdad entre los mundos desarrollados y en desarrollo?

En el Norte, el 20% de la humanidad recibe el 80% del ingreso mundial y consume las tres cuartas partes de la energía comercial, mientras que en el Sur, dos mil millones de seres humanos, la tercera parte de la humanidad, vive en condiciones de extrema pobreza.

Sólo en nuestra América Latina, uno de cada cinco habitantes padece hambre y la mitad de la población vive o sobrevive con menos de 90 dólares al mes.

Si vamos a vivir en un planeta unido, la globalidad no lo será sin la corresponsabilidad.

A finales de la Segunda Guerra Mundial, avizorando lúcidamente el porvenir, el primer ministro británico, el laborista Clement Attlee, dijo: “No podemos crear un paraíso adentro, dejar un infierno afuera, y creer que vamos a sobrevivir”.

Mantener la continuidad de la vida a pesar de la inevitabilidad de la muerte: ecología, derechos femeninos, cooperación Norte-Sur son sólo tres incisos que se inscriben en una agenda mayor, que los contiene a los tres pero los relaciona con una crisis de civilización que compartimos, Norte y Sur, Este y Oeste: pandemias incontrolables, infraestructuras arruinadas, ancianos abandonados, gente sin hogar, sin salud y sin escuela; inseguridad ciudadana y criminalidad creciente, sobre todo el narcotráfico, que no reconoce fronteras nacionales o jurisdicciones internacionales. Prejuicios arraigados: xenofobia, homofobia, chovinismo.

La crisis de la civilización moderna ya no es privativa de país o sistema alguno, y lo dramático del asunto es que los problemas crecen pero las instancias de resolución disminuyen.

Asistimos, en otras palabras, a un deterioro de las jurisdicciones tradicionales para atender problemas de cuya solución, y no de panaceas ideológicas, depende el destino del ser humano en la tierra.

A partir del fin de la Guerra Fría, que creaba una suerte de jurisdicción compartida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética y se basaba en el equilibrio del terror nuclear, hemos atestiguado la debilidad y, a veces, la desaparición, de las instancias tradicionales de aglutinación social y solución de problemas.

Nación e imperio, Estado y comunidad internacional, sector púbico y sector privado, todas estas apelaciones tradicionales están hoy, de una manera u otra, a veces obvia, a veces paradójica, a veces disfrazada, en crisis.

¿Por qué sucede esto?

Aventuro una idea: porque no hemos sido capaces de crear una nueva legalidad para una nueva realidad.

Ecología, demografía, situación de la mujer, del anciano, del enfermo; narcotráfico, inseguridad, educación; organizaciones internacionales debilitadas, función de la empresa y función del Estado puestas en cuestión, y, subsumiéndolos, enfrentándose, exigencias de la aldea global y demandas de la aldea local: en todos los casos realidad sin legalidad.

Este vuelve a ser, hoy, nuestro desafío: una realidad mutante y una legalidad incierta, como lo fue para las sociedades de Occidente en su pasaje del orden seguro de la Edad Media a la incertidumbre del valiente mundo renacentista, en el que se fraguaron los cimientos del primer gran contrato de la modernidad, el contrato de la Nación y el Nacionalismo, del Estado Soberano y el Derecho de Gentes.

Desde sus orígenes con Grocio, Vitoria y Suárez, el derecho internacional, incluyendo los derechos humanos, se ha convertido en patrimonio universal de todos los pueblos. Merece la aprobación de todos, pero a veces se trata de homenajes puramente retóricos y, en la realidad, ocurre con el derecho internacional lo que con las leyes humanitarias de la Corona española cuando llegaban a las colonias americanas y los virreyes se colocaban los papeles jurídicos en la cabeza y proclamaban: “La ley se obedece, pero no se cumple”.

El largo esfuerzo de la civilización por crear una normatividad justa entre las naciones se topó constantemente con dos obstáculos: su carácter no impositivo —la ley se obedece pero no se cumple— y la celosa soberanía de los Estados-nación.

La Liga de Ginebra no pudo contener el desafío de los nacionalismos extremos —el fascismo y el nazismo— y la onu no sólo perdió tiempo y autoridad durante la Guerra Fría. Sus instituciones fueron creadas a finales de la Segunda Guerra Mundial para menos de cincuenta naciones. Hoy, la onu tiene más de 200 miembros. La legalidad ha sido avasallada, de nuevo, por la realidad y la reforma de los organismos internacionales será tarea primordial del siglo que viene, refrendando en su centro mismo, la Declaración de los Derechos Humanos.

Pero a la vez que la jurisdicción internacional se diluye, las soberanías nacionales, némesis anterior del derecho de gentes, palidecen y se debilitan ante un asalto imprevisto hace medio siglo: ese movimiento se llama la globalización y en ella ponen hoy sus esperanzas —pero también en ella ven reflejados sus temores— muchísimos hombres y mujeres en el despertar del siglo xxi.

En su ausencia, se manifiesta una globalofobia, como la llamó el presidente mexicano Ernesto Zedillo: una expresión crítica y a veces violenta como temor ante un mundo indeseable dominado por la lógica especulativa, el olvido del ser humano concreto, el desprecio hacia el capital social, la burla de los restos de soberanías nacionales ya heridas profundamente y la destitución del orden internacional en aras de formas expeditas de la fuerza.

Y sin embargo, no puedo dejar de recordar una frase maravillosa pronunciada en el albor de nuestra cultura iberoamericana por uno de nuestros primeros escritores mestizos, el Inca Garcilaso de la Vega, peruano, hijo de padre español y madre indígena:

“Mundo —dijo el Inca— mundo sólo hay uno”.

Y ese mundo único —la globalidad— ofrece, junto a sus peligros, inmensas oportunidades de bienestar material y moral crecientes, basados en la extensión de la inversión productiva, los veloces avances tecnológicos y la universalidad de las comunicaciones, junto con la de los derechos humanos y el castigo de su violación.

La función del Tercer Sector es reanimar los valores del trabajo, la salud, la educación y el ahorro: devolverle su centralidad al capital humano.

¿Es posible, entonces, socializar la economía global?

Yo creo que sí, por más arduo y exigente que sea el esfuerzo.

Sí, en la medida en que logremos sujetar las nuevas formas de relación económica internacional a la acción de base de la sociedad civil, al control democrático y a la realidad cultural.

Sí, en la medida en que la sociedad civil sea capaz de ofrecer alternativas a un supuesto modelo único.

Sí, en cuanto la sociedad civil rehúse la fatalidad del fait accompli y constantemente reimagine las condiciones sociales, le recuerde a todos los poderes que vivimos en la contingencia y vincule la globalidad a hechos sociales concretos y variables dentro de lo que, a falta de una nueva terminología, seguimos llamando “naciones”.

Globalicemos la solidaridad.  La globalidad en sí no es panacea.

Se requiere la base de sociedades civiles activas, de culturas diversificadas que se opongan al acecho de una cultura mundial de puro entretenimiento, uniforme, excluyente y vacua, que quisiera convertirnos a todos en Robots Alegres, y que es profundamente resentida por quienes no gozan de ella.

Se requiere de sectores públicos y privados conscientes de sus respectivas responsabilidades: la iniciativa privada necesita un Estado fuerte, no grande sino fuerte gracias a su base tributaria y su política social en beneficio de un sector privado que requiere, a su vez, de una población trabajadora educada, saludable, con capacidad de consumo.

Se requiere de un marco democrático que le devuelva a la noción mermada de soberanía su sentido político prístino: no hay nación soberana en el concierto internacional si no es soberana en el orden interno, es decir, si no respeta los derechos políticos y culturales de la población concebida no como simple número sino como compleja calidad: no como cantidad de habitantes sino como calidad de ciudadanos.

Esa base, la única firme, la única creativa para convertir a los procesos globalizadores en oportunidades de crecimiento, prosperidad y justicia, es la identificación activa de la sociedad civil, la democracia y la cultura como depositarias inseparables de una nueva soberanía para el siglo xxi y de una refundación, acaso con un nombre que aún ignoramos, de ese plebiscito diario, que, en palabras de Renan, constituye una “nación”: un plebiscito diario.

Sólo puede haber buen gobierno nacional si hay un sector público y un sector privado conscientes de sus deberes para la comunidad local a la cual deben servir primero a fin de ser parte positiva, en segundo término, de la comunidad global.

Ello exige que entre ambos sectores juegue el papel de puente, instancia supletoria y vigilancia política, el tercer sector.

¿Cómo preparar a los individuos para la era de la nueva y acrecentada competencia en todos los órdenes de la vida a la vez que se reestructuran los programas de bienestar a fin de proteger a los ciudadanos más débiles?

Para lograrlo, se requiere una relación complementaria, no un enfrentamiento hostil, entre el sector público y el sector privado.

A la iniciativa privada le corresponde, y le interesa, invertir, producir, emplear y obtener ganancias. Pero en el mundo de hoy, le corresponde también entender que el mercado no es fin en sí mismo, sino medio para alcanzar el bienestar compartido. Instrumento, no dogma.

Le interesa al sector privado participar en una estrategia nacional de desarrollo a largo plazo que cuente con instituciones de fiscalización y transparencia para establecer la validez y funcionalidad tanto de los organismos privados como de los paraestatales, y evitar o sancionar la corrupción en ellos.

Le conviene al sector privado que los agentes económicos mantengan y acrecienten sus compromisos sociales para lograr situaciones de equilibrio que alejen el peligro de la explosión colectiva, del “ya basta” de los marginados por los actuales procesos de exclusión.

Y le conviene al sector privado colaborar estrechamente con el Estado nacional en las políticas de elevación del ahorro interno, capacitación de trabajadores, fomento de la reconversión laboral, ampliación del acceso al crédito, la asistencia técnica y los sistemas de comercialización y distribución de los pequeños productores.

Se requiere, como lo ha expresado Carlos Slim, que el motor de la economía sea, más que el estímulo externo, la reactivación del mercado interno, el énfasis en la capacitación del trabajo, programas agresivos contra la pobreza y la ignorancia, absorber cada vez más el trabajo y la producción internamente, transfiriendo cada vez más recursos al aparato productivo y consumidor.

Y es en este punto donde la sociedad civil, el Tercer Sector, el sector social, cumple el papel fundamental de crear puentes entre el sector público y el privado, disolver antagonismos inútiles, afirmar compatibilidades de interés colectivo, y actuar por cuenta propia en territorios que los otros dos sectores no son capaces de ocupar, de describir y a menudo de imaginar.

A veces, donde la burocracia es ciega, la sociedad civil identifica con seguridad y velocidad mayores las necesidades del desarrollo: los problemas de la aldea olvidada, del barrio invisible, de la mujer que es trabajadora y madre.

Y otras veces, donde la empresa privada sólo observa la ausencia de lucro, el sector social descubre o inventa la mejor manera de emplear los recursos locales, poniendo en marcha actividades que le permiten a los pobres ayudarse a sí mismos: guarderías, cooperativas, sistemas de crédito, medicamentos y médicos compartidos, limpia y aseo personales y públicos, apoyo a la escuela, y donde no la hay, alfabetización de casa en casa si es preciso, cajas de ahorro, obras vecinales, sistemas de medicina familiar. Pequeñas, flexibles, originales, renovadoras, las organizaciones del Tercer Sector son las aves de buen agüero de iniciativas gubernamentales o empresariales.

Y cumplen una función política no por menos visible, menos indispensable. Contribuyen a establecer la agenda pública. Le devuelven poder a la gente.

Esto es particularmente cierto en Iberoamérica, donde seguimos siendo dos naciones. The Two Nations, como describió Disraeli a la Inglaterra escindida entre desarrollo industrial y retraso social en el siglo xix. O como se llama a sí mismo, con humor escéptico. Brasil, “Belindia”, mitad Bélgica, mitad India. Somos dos naciones. Coexisten en América Latina el Mercedes y el burro, el rascacielos y la villa miseria, el supermercado y el basurero, el barroco y el barrocanrol, pero la antena de televisión es la nueva cruz de la parroquia.

Me parece evidente que el desafío primero del tercer sector en América Latina es crear puentes sobre las dos naciones, confiar en que a partir del desarrollo humano se consolide el desarrollo económico, entender que los problemas globales no se resolverán si no se resuelven los problemas locales, rescatar del olvido a la aldea, la comunidad aislada, la migración interna, la aparecería, los oficios, los caminos vecinales, la escuela rural, la formación vocacional, las artesanías. Es decir:

No habrá salud global si no hay salud local.

Nuestras novedosas democracias latinoamericanas serán puestas a prueba por la capacidad o incapacidad de asociar la idea misma de la libertad política a la idea misma del bienestar social.

El interés público no tiene un defensor único. Cada vez más, la solidaridad y la vocación de participar conducen a la formación, en distintos campos, de organizaciones no gubernamentales cuya labor puede ser tan importante como las de Estado y la Empresa.

Es decir: ¿Podemos democratizar la globalización?

¿Podemos tener disciplina con crecimiento y ambos con justicia?

Es la acción de la sociedad civil la que va a dar respuesta a estas preguntas.

Pero la sociedad civil no vive en el aire.

Necesita el techo protector de la democracia y la savia nutricia de la raíz cultural.

Tenemos que activar las iniciativas ciudadanas, la vida municipal, las soluciones locales a problemas locales, todo ello dentro de un marco formal de división de poderes, elecciones transparentes y fiscalización de las autoridades. Eduquemos a los latinoamericanos para ejercer el poder. No el poder sobre los demás, sino el poder con los demás.

¿Podremos, en el siglo que viene, comunicar el vigor y la continuidad culturales a la economía y a la política?

¿Podremos hacer de la cultura, comunidad activa?

Nuevamente, este pasaje depende de la dinámica de la sociedad civil.

Al fin y al cabo, ¿qué es una cultura sino la pluralidad de nuestro quehacer social? Cultura es la manera como caminamos, comemos, vestimos, amamos, recordamos y deseamos. Es nuestra manera de saludar, amueblar, movernos, luchar, cantar, morir.

Es la manera de no olvidar que estamos en el mundo y que no estamos solos.

Los seres humanos tenemos muchas maneras de organizarnos:

Familia, tribu, clan, feudo, ciudad, Estado, nación, Imperio, comunidad internacional, aldea global.

Ninguna de ellas está inscrita en el orden natural.

La cultura, en cambio, por mínima y rudimentaria que sea, precede a las formas de organización social, a la vez que las exige.

Durante 500 años nos hemos regido por formas e ideologías —nación, nacionalismo, Estado nacional y derecho de gentes— que eran inconcebibles en la etapa histórica anterior, la Edad Media.

El genio de los filósofos, de los juristas y de los hombres de Estado renacentistas consistió en adaptar nuevas realidades a una nueva legalidad.

El nacionalismo, dijo Ernst Gellner, tomó culturas precedentes y las convirtió en naciones.

¿Podemos nosotros hoy, en los albores del nuevo siglo y el nuevo milenio, adaptar las nuevas realidades que aquí he mencionado a una nueva legalidad que las salve de la anarquía y el terrorismo en un extremo y de la opresión en el otro, es decir, que concilie seguridad pública y derechos públicos e individuales?

La respuesta sólo puede ser positiva si creamos una nueva legalidad que en vez de hacerlas de lado, encarne a las culturas de la humanidad y les ofrezca el apoyo de la sociedad civil y de la democracia política.

Ello no significa uniformidad o nivelación, como lo pretenden, con éxito, muchas formas de comunicación y entretenimiento contemporáneas.

Significa, más bien, regresar a la sabiduría de José Ortega y Gasset cuando nos advierte que la vida es antes que nada una constelación de preguntas a las que contestamos con una constelación de respuestas que llamamos “cultura”, “la cultura”.

Añade Ortega que puesto que muchas respuestas son posibles, ello significa que existen y han existido muchas culturas. Lo que nunca ha existido es una cultura absoluta, esto es, una cultura que responda con éxito a todas las preguntas.

La idea orteguiana de la cultura se corresponde precisamente con la idea de la sociedad civil como una realidad diversificada, dinámica, mutante, atenta a las variedades de la vida social en condiciones tan distintas como pueden serlo la vida en Manhattan o la vida en Malasia, pero imbuida de un respeto hacia el pluralismo que no condena cultura alguna como “retrasada”, sino como portadora de valores propios dignos de respeto. El indígena tzotzil del estado de Chiapas es tan dueño de una cultura —su cultura— como el catedrático universitario en la ciudad de México.

Cultura y sociedad civil nos plantean, por ello, una maravillosa aunque ardua obligación: la de reconocernos en él y ella que no son como tú y yo.

Las amenazas de xenofobia, chovinismo, fundamentalismo y terrorismo, que son como el contrapunto indeseable a la uniformidad sin rostro del “alegre robot” de la globalización, sólo pueden ser contrastadas por la sociedad civil portadora de esta convicción.

No hay culturas puras.

No debemos temer al contacto entre culturas.

Las culturas sólo florecen en contacto con otras culturas.

Todas las culturas son el resultado de encuentros entre razas y tradiciones diversas.

Nuevamente, estamos detenidos entre la ceniza y el surco.

Entramos al nuevo siglo situados entre la prosperidad y la pobreza, la educación y la ignorancia, la comunicación instantánea y el aislamiento instantáneo, la paz y la guerra.

Entre estos antagonismos corresponde a la sociedad civil y su cultura democrática afirmar la continuidad de la vida a pesar de la inevitabilidad de la muerte, reconocer nuestra humanidad en la humanidad de quienes no son como nosotros y afirmar a todos los niveles de la vida social, económica y política, que la historia no ha concluido, que somos hombres y mujeres inacabados que no hemos dicho nuestra última palabra, plantado nuestra última semilla o abarcado a todos los seres humanos que caben en nuestro abrazo.

 

Carlos Fuentes
Escritor y ensayista. En su obra figuran más de 50 títulos —cuento, novela y ensayos—, entre los que se encuentran: Federico en su balcónLa voluntad y la fortunaCuentos sobrenaturalesAuraLa muerte de Artemio Cruz y La región más transparente.

Texto leído el 15 de noviembre de 2001 y recogido en el libro Conferencias políticas. Educación, sociedad y democracia, que el Fondo de Cultura Económica pondrá a circular en breve.

 

Un comentario en “Responsabilidad social y sociedad civil

  1. Han pasado 17 años y es totalmente vigente este texto de Carlos Fuentes no cabe duda que nos hace reflexionar sobre el poco avance y la urgencia de cerrar la brecha social que tanto daño hace a nuestra sociedad, el diagnóstico y parte de la solución está apuntando en este interesante artículo.

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