Si hacemos un breve repaso en nuestras bibliotecas notaremos que hay distintas clases de libros: los que vamos a releer varias veces a lo largo de nuestra vida; los que leeremos una sola vez y estarán en la fila de los que pueden irse a otro barco, con el librero de viejo; los que no examinaremos de inmediato, pero que guardamos como una especie de festín para un día en que sean necesarias esas palabras; los que jamás pasaremos los ojos en ellos, sin embargo, da cierta vergüenza expulsarlos de nuestros estantes porque los escribieron amigos; aquellos que poseemos a manera de consulta como una especie de libros de transición que nos conducirán hacia otras obras y los que no dejan de sorprendernos cada vez que hurgamos en sus páginas, como una especie de pozo sin fondo o cueva de los más insospechados objetos. A esta última estirpe de libros pertenece Prosas reunidas, de Wislawa Szymborska (Malpaso, Barcelona, 2017).

Cajón de sastre, pensarán algunos. Y acertarán. En realidad es un libro camaleónico porque puede parecer que ya agotó el tema o que se trata de un asunto banal, pero luego encontramos destellos que brillan. Como cuando los buscadores de oro iban a un río e introducían una bandeja para ver si en medio de la arena, quitando restos de agua dulce, descubrían residuos de ese metal preciado. Eso hará el lector que revise la recopilación de prosas de Szymborska (Kórnik, Polonia 1923-Cracovia 2012).

La cartografía literaria de estos textos viene emparentada con lo mejor del ensayo, desde sus orígenes —Michel de Montaigne— hasta los grandes ejecutores del ensayo al estilo inglés —Addison, Hazlitt, Johnson—. Szymborska, Premio Nobel de Literatura en 1996, no escribe desde poses anquilosadas académicas ni reflectores que impiden que dé un sólo paso en falso sino que bosqueja dudas e inquietudes que la vuelven cercana a sus lectores. A partir de la brevedad y de hallar una manera diferente de asomarse al mundo fragua divagaciones, asociaciones, paseos, recuerdos. El resultado de esas fascinaciones es este mosaico, de corte fragmentario, nítido, casual y entretenido.

La escritora polaca revela que desde pequeña tuvo un especial gusto por acumular saberes de diversa índole y jamás pensó que recurriría a ellos. La intención de elaborar algo que podría llamarse una reseña no convencional, sino atípica, como resultado de un hartazgo de la vida política en su país, fue su principal motivación.

Durante décadas Szymborska escribía una columna de libros que era conocida como “Lecturas no obligatorias”, cuyo común denominador solían ser los temas caprichosos regidos por el azar. Primero empezó publicándolas en Zycle Literackie —un semanario polaco de literatura y cultura—, luego en la revista Pismo u Odra y, a partir de 1993, en el diario polaco Gazeta Wyborcza.

¿Qué hay en estas “Lecturas no obligatorias”? Lo primero que salta a la vista es el desenfado seguido por la ironía con que desarrolla los temas, la frescura y, sobre todo, la capacidad de asombro por localizar un punto de interés y lograr sostener la atención del lector. Como cuando se viaja en metro y vamos viendo en qué estación debemos transbordar; es decir, establecer una conexión para que nuestro periplo no se interrumpa y, en este caso, que la ruta o escritura fluya.

La autora exhibe cierto orden en sus intereses y obsesiones. Figuran temas recurrentes como los animales —pájaros, gatos, perros, vacas, reptiles venenosos, rinocerontes, hormigas, la vida psíquica de las mascotas—; distintas clases de amor —el romántico, el prohibido, las cartas—; la historia de las civilizaciones; la música —Paganini, terapia musical para enfermos de neurosis y alteraciones funcionales, sillas musicales, tango, canciones épicas—; deportes —el alpinismo, la caza— y un apartado dedicado al elogio de la pregunta, entre otros contenidos.

Parte de un tema general, aporta datos curiosos que encuentra en el libro al que se refiere y, en ocasiones, aborda una experiencia personal; ahí es cuando, a la manera de Montaigne, se asoma el Yo. Cabe señalar que en ningún momento es el Yo pretencioso, ese que parece saberlo todo y quiere anteponerse a cualquier situación; al contrario, emerge cuando es necesario para enfatizar un comentario.

Como bien apunta Manel Bellmunt Serrano —traductor y prologuista del libro—, “Szymborska se olvida de las obligaciones del articulista y divaga sobre temas que guardan poco o ninguna relación con el libro. Rara vez se centra exclusivamente en la obra en cuestión, sus características formales o su calidad literaria, pero siempre arroja una valoración crítica —a veces sutil; otras despiadada— sobre el asunto en cuestión. Esas opiniones son las que brindan la oportunidad de conocerla mejor. Sin embargo, no caeremos en el error de identificarla plenamente con lo expuesto en los artículos: hay algo de ficción también en ellos”.

La lectura de estas prosas no debe limitarse a un orden estructurado, el lector podrá comprobar que puede acercarse a esta diversidad temática de manera aleatoria, o bien, regido por sus intereses. Una anécdota se engarza con otra y así quedan disueltos esos que, a fin de cuentas, resultan ser destellos de oro entre tanta información —la mayoría de las veces— innecesaria que nos llega desde diversos medios. Por ejemplo, a partir de una reseña sobre un libro de Isadora Duncan recuerda que la bailarina es vegetariana y que, “al igual que Bernard Shaw, creía que comer carne era la causa de todas las guerras”. Siguiendo con el tema de la comida y ahora relacionado con la cocina mexicana, se refiere al tlacatlaolli —carne humana cocinada con maíz—, “un platillo de hace 500 años que, incluso, ya no se sirve en ningún lado y se ha perdido la receta”. Aquí Szymborska sugiere que la ceremonia que más espanto provocaba a los conquistadores era el sacrificio de humanos a dioses y la ingestión de su carne. “Tampoco eso debería cogernos por sorpresa. En todas las mitologías del mundo antiguo resuena el eco de prácticas idénticas. La única diferencia es que la población precolombina de México aún no había llegado al punto de sentir repulsión por dichas prácticas”.

Otro tema inquietante es cuando se ocupa de las brujas, la manera que tenían de detectarlas. En Europa, entre los siglos XVI al XVII, las personas se vieron en la necesidad de comprobar que no estaban relacionadas con la brujería. En un pueblo holandés llamado Oudewater había una báscula con la que se pesaba el queso y la harina en los mercados. “Regía en aquellos tiempos la creencia de que las brujas pesaban menos de lo que indicaba su altura y su corpulencia y, por ello, esta práctica se llevaba a cabo en muchas localidades siempre con sus consecuencias fatales para las sospechosas”. De ese modo varias mujeres regresaron a sus hogares con un certificado, en donde se daba constancia de su peso y quedaba claro que no estaban relacionadas con la hechicería. La báscula aún se conserva como un monumento.

El siguiente dato va a interesarles a varias personas. Habría que considerar que en ciertas colonias de la Ciudad de México, aproximadamente desde hace dos décadas, tratan a los perros como a los elefantes en la India. En “La vida psíquica de las mascotas” señala que los perros sufren y mueren de lo mismo que las personas con quienes conviven. Destaca también que “cada vez que salimos de casa, el perro se desespera, pues cree que nos marchamos para siempre. Y cada vez que volvemos es para el perro una alegría que linda con la conmoción: como si un milagro nos hubiese salvado”. Tal parece que los perros están condenados a una larga espera. Una señal de que el perro está perdiendo contacto con la realidad es cuando persiguen su cola. “En los humanos, dado que no tenemos cola, esa etapa de la enfermedad pasa inadvertida”, ironiza la autora.

De asuntos en apariencia triviales germinan páginas con referencias interesantes. Pese a todas estas cualidades en sus textos, la propia Szymborska insiste en definirse con una sencillez extrema, pues aclara que estamos ante una “lectora amateur”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y editora.