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Vicente Leñero: El evangelio de Lucas Gavilán. Barcelona, Editorial Seix Barral, 1979. 317 pp.

Es cierto, como afirma Leñero en la introducción de este Evangelio de Lucas Gavilán, que retomar los evangelios e intentar su recreación a través del cine y la literatura, es un camino ya muy transitado y de cuyo recorrido han resultado los experimentos más diversos: de la maquillada y sublime versión de Zefirelli en Jesús de Nazareth y la mamada sentimentaloide El Cristo del océano con Carlos Piñar en el papel estelar a II Vangelo secondo Mateo de Pasolini y Jesucristo y el juego del amor de Anthony Burgess. Es cierto también, y sorprende la lucidez con que Lucas Gavilán explica el efecto de esta limitante, que la decisión de seguir la estructura y el ordenamiento del evangelio de San Lucas para hallar la credibilidad en la fidelidad al texto original hace estrecha toda invención y forzada más de una de las equivalencias buscadas. Lo curioso es que a pesar de estos evidentes reconocimientos, Vicente Leñero se anima a acometer su propia versión.

Si El evangelio de Lucas Gavilán ofrece una proposición ésta tiene un carácter más político-religioso que literario. No se trata de una nueva manera de contar la vida de Jesús, como es el caso del preciosista filme de Pasolini, sino de inventar una existencia en el contexto social actual, de nuestra realidad mexicana: un interesante juego imaginativo que fracasa por la ortodoxia de su autor: el Cristo de Leñero es capaz de mentarle la madre a la Iglesia institucional pero no de renunciar a su tradicional imagen mesiánica y seguir siendo «ése que vino a salvarnos hace un chorro de siglos» (p. 132. El resultado: Jesucristo Gómez, albañil, hijo de albañil, oriundo de San Martín el Grande, Estado de México, es un hombre consciente de su situación de explotado, que comparte con sus compañeros de clase la necesidad de una genuina liberación. Manifiesta su compromiso como una capacidad de servicio y para ello se lanza a recorrer los alrededores de su pueblo y el interior de la República. Elige entre los pepenadores de Iztapalapa (a quienes convierte en «pepenadores de hombres») a cuatro de los que serán sus discípulos y completa el grupo de los doce con el tesorero de una cabecera municipal, un exguerrillero y otros jodidos más. 

En su afán «racional y desmitificador», Leñero tiene el acierto de no presentarnos un Cristo tramposamente milagrero y de rescatar la esencia subversiva de un Jesús surgido del ambiente popular, pobre y jodido como cualquier trabajador de la construcción, impugnador del orden establecido, de la Iglesia y el Estado. El mejor Jesús de este Evangelio denuncia el fariseísmo de la jerarquía religiosa y la manipulación que ésta ha ejercido sobre el mensaje evangélico, despojándolo de toda acusación contra sus mejores clientes, los ricos: «Miren bien a sus sacerdotes, véanlos tal como son: burgueses de mierda, empleadillos de los poderosos. Con tal de no perder sus influencias y conservar sus mugres privilegios, son capaces de justificar en nombre de Dios las peores injusticias». Acusa de ladrones a los lideres arribistas, evidencia sus trampas y el inconfundible sabor de su demagogia priísta, previene a los obreros de la voracidad de sus patrones y, sobre todo, intenta cristalizar en cada acto su convicción de un inminente proceso revolucionario que impone la necesidad de la organización: «Si ya conocen sus derechos qué esperan para organizarse, carambas, para luchar». En este sentido, el Jesús testigo del discurso de la puta ante el riquillo seudomoralista, el que obliga al gobernador electo a firmar un contrato rezagadisimo en favor de los campesinos de la región, el que despierta la conciencia de una monja dedicada a ser la sirvienta de un santo cura, es un Jesús excitante y vital que todavía tiene mucho qué decir porque comparte nuestras experiencias y está inmerso en nuestra realidad.

Con todo, El evangelio do Lucas Gavilán no se salva del otro Jesús: en su prepotencia de yo-soy-bueno-para-todo y su omnipotencia frente a cualquier necesidad de los desposeídos, Jesucristo Gómez está más cerca de Supermán que del Mesías que pretende ser. Si Supermán surca los aires al grito de «ía luchar por la justicia» para sacar de aprietos a su amigo Jaime Olsen, Jesucristo Gómez predica el acceso al tiempo de la justicia y se entrega a esa causa excelsa, siempre etérea, que nunca se define en términos reales. Así, en el recorrido por la provincia, salva de la muerte a sus discípulos al dominar, heroicamente, el timón de la barca en que viajan y que ellos habían abandonado en medio de la tormenta; dona su sangre, y obliga a los discípulos a hacerlo también, para obtener fondos en favor de una cajera veracruzana casada con un traficante de drogas que le transó quince mil pesos; impide una matanza al negociar ante los miembros del Frente Guerrillero Popular quienes secuestraron al hijo de un militar pero, buenas gentes, también le enseñaron cancioncitas; reprende al hombre que alquila revistas indecentes a los niños, y ante la reincidencia externa su fe suprema en la buena voluntad del ser humano; obtiene el cumplimiento de las condiciones laborales que los obreros cementeros exigen a su patrón; en fin, que este Jesucristo inverosímil e imponente parece más el resultado de un conflicto teológico que literario y que Leñero no supo o no quiso resolver en su novela, aún cuando esté presente: ¿estamos frente a un hombre común y corriente, un dios, un hombre-dios? La pregunta sobraría si la novela no ofreciera dudas sobre la identidad del padre de Jesucristo Gómez, si no dijera «este es mi cuerpo» al repartir el pan entre sus discípulos, y si no exigiera, en dos ocasiones cuando menos, que los beneficiarios de sus favores crean totalmente en él. El evangelio de Lucas Gavilán es, según esto, un personaje inacabado y una profesión de fe a medias.

Frente a una iglesia que dice optar por el pobre pero que obstaculiza el trabajo de quienes no se contentan con una lectura piadosa del evangelio, y frente al marxismo dogmático que ve en cada cristiano a un reaccionario, El evangelio de Lucas Gavilán representa un saludable respiro y la afirmación de una colaboración posible. Sin embargo, el proyecto fracasa en manos de Leñero: la mayor parte de las equivalencias propuestas son fáciles y burdas, la recreación del ambiente mexicano es mínima, el lenguaje popular se encuentra en la parodia de si mismo, en la repetición de sus lugares comunes. 

Lo que más sorprende y decepciona es que Jesucristo Gómez no he convenciendo como nuestro Cristo naco y en su dimensión política: mientras los cristianos progresistas ven en el socialismo la vía que concreta los ideales evangélicos, y en su lucha actual en favor de la organización de los trabajadores la expresión mas nítida de sus convicciones religiosas, Gómez se dedica a recorrer Judea con muy buenas intenciones pero sin una posición vital que nos inquiete.