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Elsa Cecilia Frost, Michael C. Meyer y Josefina Zoraida Vázquez (compiladores), El Trabajo y los trabajadores en la historia de México. México, el Colegio de México, 1979, en colaboración con la Universidad de Arizona.

El trabajo y los trabajadores en la historia de México reúne, en un grueso volumen, las ponencias y comentarios presentados en la Quinta Reunión de Historiadores Mexicanos y Norteamericanos que tuvo lugar en Pátzcuaro (octubre de 1977), y cuyo tema central fue también el que da título al libro. Los ensayos abarcan desde la época precortesiana hasta la actualidad, y abordan los más diversos aspectos conservando siempre una perspectiva monográfica. Están ordenados por sesiones de trabajo, al final de las cuales se incluyen los comentarios correspondientes. No obstante la unidad temática, la consulta del volumen presenta dificultades y al lector interesado le convendría la revisión previa de los trabajos de síntesis y evaluación de John Womack Jr. y de Enrique Florescano para localizar los principales puntos de la polémica.

UNA POLÉMICA DE BASE

De entre los múltiples problemas tratados en la ponencias que se refieren al largo periodo anterior a la Revolución Mexicana, son recurrentes los de la condición libre u obligada del trabajo, la intervención del Estado en las relaciones patrón-trabajador y la combatividad de los trabajadores. En relación al primero de ellos parece haber una tendencia a identificar todo trabajo libre de obligaciones con trabajo asalariado o corno su germen y todo adelanto de bienes o dinero como índice de obligación. Mientras en algunos ensayos se subraya el papel del trabajo forzado (peonaje por deudas, esclavitud, prisioneros, etc), en otros se reitera la libertad de movimientos de los trabajadores. En el fondo, lo que está a discusión es si nos encontramos frente a una sociedad precapitalista tradicional, feudal, preindustrial), o si, por lo menos en ciertas ramas o sectores, ya dominan las relaciones de producción capitalistas.

Visto así, se trata de una polémica sin solución. El carácter no lineal del desarrollo económico y social de México durante la Colonia y el siglo XIX, siempre proveerá ejemplos que ayuden a apuntalar una u otra tesis. El equívoco reside en la forma de apreciación del trabajo «libre»: parece haber acuerdo en que «un obrero es un trabajador asalariado que debe vender su trabajo para poder subsistir» (Gómez-Quiñones, p. 464); pero a menudo se olvida que para verse necesitado de vender su fuerza de trabajo, el obrero debe estar desposeído de los medios de producción y por otra parte depender esencialmente para su reproducción del salario que recibe del patrón y que realiza en el mercado en bienes de subsistencia. Para que esto sea posible (y sobre todo para que sea un hecho social relevante y no un caso aislado, es indispensable que todos o la gran mayoría de los productos sean mercancías y especialmente que la fuerza de trabajo se convierta en mercancía. En condiciones de mercado «débil», tanto de bienes como de trabajo -condiciones que imperan en la mayor parte de la Colonia y del siglo XIX- es difícil o casi imposible que estas condiciones se cumplan al mismo tiempo. Esto, obviamente, no descarta la posibilidad de que existan movimientos libres entre los artesanos o mineros, pero su libertad tiene una significación distinta: los artesanos son dueños de sus medios de producción y venden su producto, los mineros calificados reciben ademas de su salario una parte del mineral extraído y que ellos mismos venden al mercado.

ACASILLADOS Y NO

Varias ponencias demuestran claramente cómo el adelanto de bienes y dinero no significó en todos los casos la sujeción completa del trabajador. Y hay razones para que sucediera así: en ausencia de cantidades suficientes de trabajadores y con capital escaso, el ofrecimiento de casa y comida aseguradas era el medio idóneo para atraer la mano de obra a la hacienda y a la mina. No es fácil imaginar que los propietarios sobreexplotaban a la totalidad de peones y operarios permanentes sin exponerse a su huida o a una mala reputación extendida entre la gente de la que obtengan trabajo eventual y fijo. Especialmente en las haciendas, las deudas podían significar retención, pero en dos sentidos: tanto que el peón adeudara al hacendado -el caso más generalizado- como que la hacienda retuviera parte del salario diario fijado, quedando así endeudada con el trabajador.

Es necesario atender (como lo hacen algunas ponencias) el papel específico que cada relación laboral cumplía para la unidad de producción. Así, en la mayor parte de las haciendas, los acasillados cumplían el trabajo diario, mientras las eventuales el de temporada. En las haciendas lejanas a poblaciones indígenas (San Luis Potosí) los arrendatarios podían tomar las funciones de trabajo eventual. También en las minas los trabajadores calificados (barreteros) eran estimulados por el partido o pepena para retener su trabajo, al mismo tiempo que se utilizaban esclavos negros para labores que no requerían calificación, particularmente en las haciendas de beneficio. Puede verse en diversas ponencias el modo en que trabajo libre y trabajo forzado convienen en una misma producción, e incluso hay casos en que elementos de libertad y compulsión se reúnen en un mismo trabajador. La razón se expresa de manera inmediata en el objetivo simple de los propietarios; atraer trabajadores a toda costa.

Ahora bien, esto no puede aplicarse a cuatrocientos años de historia y a todo el territorio mexicano sin caer en esquematismos. La escasez de trabajadores para las unidades productivas orientadas al mercado empezó a sentirse sólo después de la gran depresión demográfica indígena y con diferente fuerza de acuerdo a las regiones. Esta situación parece un mal congénito hasta el último cuarto del siglo XVIII: por lo menos en la región del Bajío (tal como lo muestra la ponencia de John Tutino) el mercado laboral se extendió considerablemente, afectando el tipo de arreglos laborales entre propietarios y trabajadores. La escasez de mano de obra volvió a sentirse durante las primeras décadas de vida independiente. Existen testimonios que dan cuenta de los cambios en las relaciones de trabajo de acuerdo a los grandes flujos y reflujos del mercado laboral.

LÍNEAS DE PODER Y RESISTENCIA

La intervención del estado en las relaciones entre patrones y trabajadores es vista en estos ensayos desde muy diversos ángulos y con distintos enfoques. Unos destacan la legislación de trabajo (minas, abolición de gremios), mientras otros atienden a su intervención práctica (Tlaxcala), y algún otro lo mira como patrón (burócratas). La visión del conjunto no corresponde, en ningún momento, a la de un estado monolítico que sigue en todas sus instancias una política bien determinada. Aunque hubo intenciones definidas de beneficiar las actividades económicas ligadas a la comercialización (particularmente a las orientadas al exterior), no siempre se tuvo la suficiente fuerza y por tanto no siempre se tuvo éxito. Hubo resistencias populares que ni la Corona ni el régimen cambiante de la Independencia fueron capaces de controlar por completo. Estas resistencias se redujeron sólo hasta la dictadura porfiriana.

En torno a la combatividad de los trabajadores mexicanos pueden detectar diferencias de peso. Como apunta John Womack, los burócratas, trabajadores permanentes de las haciendas y trabajadoras domésticas en general no se aglutinaban para protestar públicamente. Por el contrario, los operarios de minas, los indios de comunidad y los obreros industriales que surgen en la época porfirista, se distinguieron por su intransigencia en la defensa de su interés común. Aquí se registra la influencia de tres factores principales: la forma de vincularse al proceso productivo, que se traduce en los arreglos contractuales específicos; la comunidad de intereses vivida cotidiana y colectivamente, que se traduce en formas de organización política; y el papel estratégico de la producción, ligado a la situación en el mercado laboral, que se traduce en fuerza.

LA PARÁLISIS MONOGRÁFICA

El conjunto de las ponencias ofrece una idea clara del estado, orientación y límites de los estudios históricos en las instituciones académicas. Se puede aplicar a los ensayos de este volumen la definición que Florescano da al enfoque de los estudios sobre el trabajo entre 1952 y 1977: «En lugar de continuarse con enfoques amplios, dirigidos a percibir los grandes cambios estructurales, (…) la casi totalidad de los estudios se restringió a la monografía, el examen minucioso y limitado de una forma específica de trabajo, o al análisis fragmentado de las fuerzas productivas» (p. 769). Pero este carácter monográfico de las ponencias -que más bien debiera llamarse monografista- no sólo se refiere a la índole particular y cronológicamente delimitada de cada estudio (quizá no haya más remedio en ensayos de tan poca extensión, sino a la búsqueda del caso concreto que se explica en sí mismo, y no como indagación de las formas particulares en que se expresan fenómenos económicos y sociales más generales. En pocas palabras, el historiador se sigue identificando más por su oficio o por las técnicas que aplica, que por su capacidad de comprender el conjunto social en su dinámica histórica (metodología, teoría).

Este mismo carácter monográfico dirigió y restringió la discusión en esta reunión de historiadores: gustan todavía de refugiarse en inexpugnables castillos de datos, fichas, estadísticas y fuentes, para evadir la crítica como tal. A cada observación interpretativa se le opone el dato concreto. Tal vez por esto mismo el escalpelo de la critica se reblandece ante construcciones tan medievales: muchos comentarios pecan de caballerosos, y no estoy seguro de que los otros, menos condescendientes, hayan sido recibidos con la misma buena intención con que fueron hechos.

De cualquier manera, aunque en puntos muy concretos, la riqueza primordial de este material es su desacuerdo en la interpretación. Este desacuerdo -como dice Womack-, esta capacidad para enfrentar desacuerdos, es lo que puede unir más a los historiadores: «Como el mundo material, nuestras mentes florecen en la contradicción» (p. 749. Es deplorable, al último, que la idea de Womack de hacer accesible a los trabajadores su propia historia no se vea realizada en este volumen, cuando menos en tres cosas: ni por el nivel académico de exposición, ni por su presentación bilingüe, ni por su precio.