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Macbeth en Huatabampo

Héctor Aguilar Camín. Autor de La frontera nómada. Sonora y la Revolución Mexicana (Siglo XXI Editores, 1977) y Con el filtro azul (cuentos) (Premiá Editora. 1979). El texto que publicamos forma parte del ciclo de conferencias sobre Alvaro Obregón organizado por el Centro de Estudios de Historia de México de condumex para conmemorar el centenario del natalicio del expresidente mexicano.

1928

Una de las últimas imágenes de Alvaro Obregón lo recuerda, dos meses antes de su muerte, recluído en su próspera hacienda del Náinari (una maciza y tosca construcción de madera, durante años sin luz eléctrica) en el centro de la profunda planicie del Yaqui. En el calor abrasante de mayo, el general invicto -manco, entrecano y ya presidente reelecto- hace cuentas y expide mensajes desde el pequeño despacho adornado por el orgullo agrícola de una gran mazorca de maíz cosechada en sus tierras. Afuera ladran y aúllan, tan obsesiva como inusitadamente, sus perros de campo. Obregón pide al chofer que los calle y el chofer sale a callarlos, pero los perros siguen ladrando. Ordena que les den de comer y les dan, sin que cesen los ladridos. «Dénles carne fresca», grita por la ventana el general, pero la carne fresca tampoco los calma. Enervado y ansioso, al cabo de una hora de ladridos, el último caudillo de la revolución Mexicana cree ver en la tenacidad de la jauría un augurio formal de su destino. «Sé lo que quieren esos perros», dice sobriamente a su chofer. «Quieren mi sangre».

Dos meses después, esa lenta pesadilla anticipatoria todavía dominaba su ánimo: «La última vez que charlé con él -escribió su paisano Juan de Dios Bojórquez- fue en la hacienda del Náinari. Era el día de San Juan de 1928. El hombre andaba muy preocupado. Charlaba poco, no tenía su antigua locuacidad y parecía presentir la muerte. A ratos se quedaba profundamente pensativo v como que una idea obsesionante le impedía contar sus viejos chascarrillos… Lo dejé así en Sonora. Tuve que regresar el primero de julio y él emprendió su viaje a la capital el día ocho. Estuve en la estación cuando llegó… Lo volví a ver meditabundo, entristecido… Su coche de ferrocarril no pudo detenerse frente al camión en que lo esperaban sus amigos… Descendió del tren preocupado, un poco nervioso quizá. Pasaron dos días. Al tercero iría yo a desayunar con él… no volví a verlo vivo. El martes cayó para siempre».

Ese martes 17 de julio de 1928 del que habla Bojórquez, durante un triunfal desayuno político en La Bombilla, un joven frío y enardecido, apenas disfrazado de caricaturista con su libreta de apuntes, probó la precisión de una de las desnudas certidumbres de su víctima: «Moriré en el momento en que alguien quiera cambiar su vida por la mía». José León Toral dio su vida de católico perseguido e itinerante, galvanizada por el único deslumbramiento de creerse elegido para ese crimen magno por la mano de Dios, a cambio de la vida del héroe de la hora, el hombre providencial ungido por las facciones políticas y militares para reanudar los fastos del destino revolucionario de México, así fuera a costa de los principios antirreeleccionistas que lo habían inaugurado. 

Es un lugar común que las revoluciones devoran a sus hijos; no lo es tanto el hecho de que son los hermanos quienes reparten las muertes. «En este país, dijo Obregón a Vasconcelos, si Caín no mata a Abel, Abel mata a Caín». Quiere la exigente lógica social de las revoluciones que los aliados fraternos de las primeras horas sean los enemigos irreconciliables de las siguientes; que las victorias sucesivas sobre los enemigos externos, ahonden y exhiban las divergencias hasta entonces toleradas en el frente interno; y que las corrientes tumultuosas que acudieron al principio como una sola oleada amorfa a la devastación del viejo régimen, adquieran en el curso de la construcción del nuevo los perfiles precisos e irreconciliables de la realidad social en que surgieron y de la sociedad específica que desde el inicio, aunque fuera a tientas, deseaba cada una construir.

Así confluyeron en 1910 los ánimos antirreeleccionistas contra la mano porfiriana que buscaba contenerlos, para escindirse de inmediato en el frente zapatista tanto como entre las oligarquías intocadas frente a la estrechez del proyecto de una democracia formal, socialmente paralítica, que ofreció el maderismo. Así confluyeron también en 1913 los ejércitos revolucionarios a la destrucción del régimen huertista, para escindirse al triunfar, en 1914, y dar paso a la guerra civil que puso de un lado los proyectos campesinos y populares de Villa y Zapata y del otro los designios de la restauración constitucional, la construcción del Estado y el jacobinismo republicano que compartieron los sonorenses y Carranza. Así, por último, en el horizonte de la construcción del nuevo estado, se escindieron en 1917 los proyectos latentes de la alianza constitucionalista victoriosa: el pulso restaurador y eminentemente político de Carranza y el trayecto emergente, antioligárquico y empresarial, de los pequeños rancheros y agricultores del noroeste, dispuestos a barrer con la clase dominante porfiriana para abrirse ellos mismos un camino e incluir en el orden del Estado las alianzas agrarias y obreras que echaron la raíz de un equilibrio pacificador, socialmente propicio a la reconstrucción y la modernización capitalista del país.

La rebelión de Agua Prieta contra Carranza en 1920 definió la hegemonía de este último proyecto y dejó pendiente solo, para los años veintes, la lucha faccional por el poder. En la insurrección delahuertista de 1923 tanto como en la conspiración de Francisco Serrano y Arnulfo Gómez de 1927, el establecimiento revolucionario no se jugó primordialmente un nuevo proyecto de sociedad sino la definición de su liderato y de las normas de estabilidad política que habrían de regirlo, sujetas todavía a las manos golpistas de un ejército políticamente invertebrado.

Alvaro Obregón es, o fue hasta la mañana del martes 17 de julio en La Bombilla, el protagonista victorioso de esa larga y cruenta historia deslindadora de proyectos y personas que llamamos Revolución Mexicana: Obregón fue sucesivamente el militar infalible frente a Huerta y Villa, el político abrumador capaz de amplias alianzas frente al clientelismo estrecho de Carranza, el presidente hábil en la manipulación de las fuerzas que garantizaban el equilibrio, el empresario insaciable y transformador que resumió en el orden de sus negocios el tipo de sociedad y de hombre nuevo a que aspiraba, el hermano feroz que reparte muertes físicas y civiles entre sus iguales levantiscos, el caudillo indisputado decidido a salvar el país con una reelección tan aclamada como conflictiva, el sobreviviente rodeado de augurios y fantasmas que entrevió la proximidad de su muerte en el ladrido insistente de sus perros.

NACER EN HUATABAMPO.

Ultimo de los dieciocho hijos que trajeron al mundo Francisco Obregón y Cenobia Salido, Alvaro Obregón nació un 19 de febrero de 1880 en la hacienda de Siquisiva, sobre la margen derecha del Río Mayo, sólo tres meses antes de la muerte de su padre. Era el punto final de la historia de una quiebra familiar progresiva. De la apreciable fortuna que Francisco Obregón había levantado cuarenta años atrás -confiscada en 1867 por sus vínculos mercantiles con un socio del derrotado imperio de Maximiliano- sólo había quedado al nacer Alvaro la propiedad de Siquisiva, en un tiempo rica hacienda ganadera que fue a su vez devastada por una inundación en 1868 y saqueada después por las sucesivas rebeliones yaquis que diezmaron su ganaron y desolaron su terreno. En 1880, valían más que esas tierras visitadas por la desgracia, los vínculos familiares de Cenobia Salido con sus hermanos Jesus, Martín y José María; los más importantes hacendados del Mayo, fundadores porfirianos de la tradición agrícola que hoy sigue dominando al noroeste. Obregón pasó de una niñez pendenciera e irrefrenable -«llevado por mal», como se decía en aquellos pueblos- a la temprana vocación útil de la mecánica, como empleado en el molino de la hacienda Tres Hermanos, la mayor de sus tíos. Probó el destino común a los jóvenes inquietos del sur de Sonora -la emigración, el empleo inestable, el billar y la intemperie- en el ingenio de Navolato Sonora y volvió a Tres Hermanos como jefe del taller de la hacienda para ganar fama a los veinte años como «experto en el manejo de maquinaria, con especialidad de la agrícola». El ejemplo mayor de los Salido en el marco del auge agrícola que vivió el Mayo en las últimas décadas del siglo pasado, selló desde entonces la vocación duradera de Obregón por el cultivo rentable de la tierra, primero como aparecero de la hacienda El Naranjo de Jesús Valderraín; luego, en 1905, como naufragante propietario de las 150 hectáreas de no muy buena tierra a las que bautizó, con humor, La Quinta Chilla.

El talento es proteico, se propaga respondiendo a los desafíos y los estímulos inmediatos; el de Obregón se propagó en el escenario de la guerra y la política porque a los treinta y tres años se le cruzó en el camino una revolución; de otro modo, su desafío hubiera sido sólo el de la tradición agrícola en que crecía, el triunfo económico, la compulsión de abrirse un camino en la marea de la modernización irrigatoria, técnica y comercial de la agricultura porfiriana del Mayo. A los muy pocos años de intentar ese camino, Obregón había dado pruebas de que podría recorrerlo exitosamente. En 1910 era viudo ya -de Refugio Urrea- y se le había muerto un primogénito, pero era también el inventor de una máquina cosechadora de garbanzo cuyo molde de hierro había mandado fundir a Mazatlán para venderla en gran escala a los agricultores afines de Sonora y Sinaloa. Acariciado por la expectativa de esa prosperidad, contra el telón de fondo de la quiebra familiar en que surgía, se recuerda en esos tiempos a Obregón rechazando las arengas maderistas de su vociferante sobrino, Benjamín Hill, líder oposicionista y síndico desbordado de la ciudad de Navojoa. Triunfante el maderismo en el estado, su abstención insurreccional no inhibió en Obregón el impulso de expropiar los motivos revolucionarios y presentarse como abanderado de la nueva causa en las elecciones municipales de Huatabampo de 1911.

Bajo el enérgico patrocinio del hermano José J. Obregón, nombrado por el maderismo triunfante presidente interino del pueblo, el menor de los de Siquisiva pulsó los primeros secretos y las reglas desnudas que sustentan el aterte terrenal de la política. Por la vieja solidaridad en la persecusión de pandillas y abigeos, ganó el apoyo de un gobernador de la tribu mayo -el Chito Cruz- que ordenó a sus parientes que votaran por él; hacendados de la región hicieron lo mismo con sus cuadrillas de peones y sus vaqueros; una autoridad municipal propicia y fraterna, difundió en el pueblo el rumor de que quien no votara por su hermano seria castigado; quince soldados maderistas destacados en la plaza amedrentaron e hicieron huir a votantes adversos; la policía local hizo lo suyo obstruyendo la actividad de los antagonistas y se forjaron boletas extras para permitir el voto obregonista a ciudadanos ajenos al municipio. La planilla triunfante dejó entrar como síndicos por igual a miembros de las familias de hacendados de la región, a los amigos irrenunciables y a representantes de toda esa zona inerme y ansiosa de los pueblos que van del boticario al tendero al maestro de escuela. Así, la curiosa coyuntura que trajo a Alvaro Obregón a la vida política fundió tres factores: el uso pragmático de los recursos de una autoridad constituida, el apoyo de los indios mayos -cabalmente la clase trabajadora de la región- por la consigna vertical de su gobernador, la coalición municipal de hacendados, pequeños agricultores y comerciantes en ascenso. Por último, el intento de apropiarse los atributos políticos del oponente, un cierto oportunismo capaz de vestir todos los colores pero sobre todo los que engalanan al enemigo. Obregón llamó a su organización política Mártires de Sahuaripa, con lo cual pulsaba al mismo tiempo la fresca devoción local por un grupo de insurgentes maderistas de Huatabampo ejecutados en Sahuaripa y diluída las ventajas que pudiera extraer de ella su contricante. Pedro Zurbarán, yerno del coronel Talamante, el dirigente sacrificado de aquella acción insurreccional.

LA OPORTUNIDAD LA PINTAN CALVA, I

El primer triunfo pues, estaba ahí, pero la legitimidad revolucionaria del triunfador seguía pendiente. Cuando a principios de 1912 la rebelión orozquista golpeó las fronteras de Sonora y el gobierno pidió a los municipios que reclutaran gente para repelerla, la puerta se abrió. Obregón percibió con claridad que la ocasión de remendar su pifia maderista había llegado, y su desdeñado sobrino de otro tiempo, ahora figura central de la revolución triunfante, Benjamín Hill, se lo confirmó con aspereza: «Ahora tienes una buena oportunidad que debes aprovechar para vindicarte. Tú, que no has sido ni eres otra cosa que un caciquillo». El caciquillo acudió tropezándose a la oportunidad que se abría, pulsó amistades e influencias, prometió que reclutaría mil voluntarios, reclutó 110 y marchó con ellos a la capital del estado para adherirse a la columna expedicionaria antiorozquista. Poco más tarde, caía audazmente sobre un campamento enemigo desprevenido en Ojitos, ganaba la batalla de San Joaquín, asimilaba sin moverse el impacto de una metralla que cayó sin estallar a unos metros de donde estaba parado y era presentado como promesa de la patria a Victoriano Huerta en Casas Grandes. Octubre de 1912 lo sorprendió transformado en una especie vertiginosa de héroe local. Erguido y vanidoso, deslumbrado él mismo con las luces apenas probadas del brillo militar, es la época en que se le veía caminar por las calles de Hermosillo con su sombrero tejano y las dos estrellas recientes de coronel, mejorado por la aureola de sus triunfos, coleccionando los primeros sueños y rencillas del prestigio. Rechoncho y robusto, el bigote fino y el chascarrillo continuamente a flor de labio, hacía ya alternativamente la impresión de una enorme simpatía y la de un fanfarrón ávido de agradar y convencer que exhibía sin escrúpulo por igual sus méritos reales y los ilusorios.

Los años siguientes habrían de convertir esa debilidad de la vanagloria pueblerina en las virtudes de un comandante seguro de sí mismo y de un político confiado en los recursos de su liderato. Al empezar 1913 era sólo la espuma de una reputación local que la muerte de Madero y la ruptura de Sonora con el régimen golpista de Huerta pusieron de nuevo en el centro de las oportunidades. Ningún gobierno estaba como el de Sonora tan preparado para ese rompimiento. Por la resistencia del gobierno maytorenista a las órdenes del licenciamiento en 1911 y su reclutamiento antiorozquista en 1912, al momento de la muerte de Madero había en Sonora una estructura militar propia y una generación de jefes y oficiales no sólo ajenos sino agresivamente opuestos a las jerarquías del ejército federal: Juan Cabral, Salvador Alvarado, Manuel Diéguez, Benjamín Hill, Plutarco Elías Calles, Esteban B. Calderón, Pedro Bracamonte. Entre ellos y contra ellos, bajo el signo de la disputa por el mando y la supremacía, se abrió paso en los siguientes meses la carrera de Obregón (marcado aún por el parche de su incorporación de última hora) frente a la violenta determinación de jefes como Alvarado, extraordinariamente celosos de su subordinación al revolucionario improvisado de Huatabampo. Hombres de armas y de gobierno, ninguno de aquellos dirigentes llegó a la revolución bajo el libre impulso de una insurrección popular que eligiera su liderato por la base, como fue el caso de los primeros ejércitos villistas y de los ejércitos zapatistas. Todos entraron a la revolución constitucionalista ceñidos a las decisiones y proyectos de un gobierno estatal legalmente constituido que alzó un ejército propio, unificado y vertical, contra el de la usurpación huertista.

En la lógica de esa incorporación, a la hora de repartir jerarquías privaron los criterios políticos y militares del gobierno, y no los del arraigo de los jefes entre las tropas o su trayectoria revolucionaria. Como héroe reciente de la defensa estatal, Obregón recibió el mando de la campaña contra el ejército huertista, ensayó sus primeras prosas bélicas incitando a la población a cercenar los tentáculos ensangrentados que el pulpo (Huerta) hundía en las entrañas laceradas de la patria, y salió rumbo al norte con sus tropas para caer sobre los puertos fronterizos cuya posesión garantizaría el abasto financiero y material de la guerra contra el centro.

PARA SALIR DEL GALLINERO

Antes de empezar la campaña, golpeado por sus contradicciones y sus incertidumbres, el que había sido hasta entonces líder maderista y gobernador incuestionado del estado, José Maria Maytorena, pidió una licencia y abandonó el poder. La exaltación guerrera de los triunfos y la legitimidad subrogada del gobierno interno de Ignacio Pesqueira, quien suplió a Maytorena, pusieron pronto en el primer plano las voluntades ansiosas y exigentes de los jefes militares. Desafiando y sin prestigio entre un sector de esos jefes que resentian su nombramiento. Obregón sufrió primero la insubordinación conspirativa de Alvarado y Bracamonte en Naco, la mofa y el regateo de sus méritos militares después en las batallas de Santa Rosa y Santa María; y, finalmente, la severa amonestación de Pesqueira por no haber acatado la orden de dar un ataque frontal sobre Guaymas, cuyo cerco levantó a finales de julio de 1913. Herido en su vanidad por los rumores de traición que circularon en su contra y celoso de su mando ante el desafío constante de quienes teóricamente eran sus subordinados, Obregón dijo estar decidido a abandonar la campaña de Sonora y marchar con una columna a Chihuahua. No hacía sino presionar, pero Pesqueira aceptó la propuesta.

Puesto contra la pared, el lesionado comandante jugó entonces la última baraja y se alió con Maytorena que ansiaba volver al gobierno y esperaba en la frontera, boicoteado intransigentemente por los jefes militares. El apoyo de Obregón inclinó la balanza política y militar del estado a favor de Maytorena, el regreso de Maytorena permitió a Obregón contrarrestar a sus malquerientes y afirmarse sin más en la ratificación de su mando.

Obregón cuajaba así la primera de una serie de alianzas características de su desarrollo futuro: la capacidad de situarse en el centro de acontecimientos y fuerzas en sí mismas compensadas, que él inclinaba, como gozne, con su voto. Con Carranza, contra Maytorena, cuajaría la segunda. Carranza llegó a Sonora hacia el mes de septiembre de 1913. Expulsado de su estado, jefe político itinerante de una revolución todavía sin vuelo insurreccional. Carranza acudió al noroeste en busca de la base de apoyo material indispensable que significaba entonces el gran territorio sonorense, practicamente limpio de federales y con las fronteras abiertas al mercado norteamericano. En pugna con Maytorena, el congreso local le había entregado al Primer Jefe constitucionalista el dominio jurídico sobre los recursos de la entidad, pero la nueva fuerza ganada por Maytorena por la alianza con Obregón, ponía en entredicho no sólo el control efectivo de esos recursos sino el mismo liderato revolucionario de Carranza. Someter y arrinconar al gobernador de Sonora haciendo crecer y madurar a sus enemigos internos -Calles, Alvarado, Pesqueira- era una necesidad estratégica del Primer Jefe. Despejar su propio camino como comandante indisputado del Noroeste en el avance hacia el centro del país era ya la de Obregón, quien apoyado en la innegable solidez de sus talentos militares reclamó irreductiblemente su supremacía. Boicoteó en legítima defensa el nombramiento de Felipe Angeles como ministro de guerra de Carranza y a cambio de la jefatura del Cuerpo de Ejército del Noroeste, retiró su apoyo a Maytorena, estacionó frente a Guaymas al belicoloso brigadier Alvarado como jefe del sitio, y dejó atrás el pleito en su entidad a cargo del Primer jefe y sus aliados para iniciar él su despegue hacia el liderato militar de la revolución.

Cuando la pugna entre Carranza y Villa afloró definitivamente le fueron negados al segundo los abastecimientos de carbón para su avance sobre Zacatecas, Obregón, ya en el Occidente, volvió a encontrarse con un voto de calidad en las manos y a ser el intermediario decisivo en un litigio parejo. En efecto, a fines de junio Villa buscó su apoyo contra Carranza pidiéndole que no avanzara sobre el centro. Obregón lo invitó a la conciliación y se aventuró a «creer que si yo estuviera en estos momentos en aquella región, contribuiría en gran parte a la satisfactoria solución de las dificultades surgidas». Pero Obregón había caído sobre Guadalajara, sus columnas habían desbaratado a un ejército enemigo de doce mil hombres y estaba en los linderos del corazón del país, a unas cuantas jornadas de cumplir el sueño que rondaba la cabeza de todos los jefes mayores del constitucionalismo: entrar los primero, al frente de sus tropas, a la despreciada y codiciada ciudad de México. No era más un caciquillo local, había cambiado los cálculos del campanario de Huatabampo por las previsiones estratégicas de una vasta geografía. El llamado del porvenir clausuraba los traspiés del pasado; las amenazas militares de los puertos que había saltado en su prisa (Guaymas, Manzanillo, Mazatlán) y las de la ilegitimidad y oportunismo que manchaban su biografía revolucionaria, eran ahora la retaguardia, un mundo rebasado, trascendió, al que habría que volver como quien vuelve al pueblo de la infancia, a reconocer la estrechez de calles que el recuerdo quería gigantescas.

En ese Obregón que había salido al fin del cerco de sus miserias y rivalidades pueblerinas y se enfilaba a mediados de 1914 al escenario central de la revolución, están ya contenidas todas las facetas, obsesiones y capacidades del que verían los años siguientes. Con ánimo de resumir, podrían subrayarse cuatro vertientes fundamentales que componen menos el saldo de una personalidad, que el aliento personalizado de una tendencia histórica. Esas cuatro vertientes son: la identidad social e íntima de una vocación empresarial agrícola: el instinto supremo de la oportunidad y del ritmo de su aprovechamiento; el pragmatismo altamente creativo capaz de todas las alianzas y de la subordinación de cualquiera de los principios; en fin, la persistente, obsesiva, voluntad de poder.

LA IDENTIDAD AGRÍCOLA

Se cuenta que hacia 1926 el embajador de algún país extranjero buscó al entonces expresidente Obregón en su hacienda del Náinari tuvo dificultad para reconocerlo vestido, como estaba, con ropas de faena agrícola.

El diplomático se disculpó por su distracción aduciendo como excusa que nunca había visto Obregón disfrazado de ese modo. «Disfrazado estaba en la Ciudad de México, como presidente», respondió Obregón. » Aquí visto como soy». La elección va más allá del problema del atuendo o el atuendo expresa la densidad material de un proyecto específico que condiciona no sólo la actividad económica de Obregón sino la orientación prioritaria del país postrerevolucionario, «la utopía -como ha señalado Enrique Krauze- de un México agrícola, próspero gracias a farmers emprendedores que gozarían de buenas obras de riego, caminos, ferrocarriles, crédito y tecnología». Entre 1915 y 1917 fueron expropiadas o confiscadas en Sonora casi todas las tierras y las empresas agrícolas de la vieja oligarquía porfiriana. A ocupar ese rentable vacío acudieron los nuevos agricultores, exgenerales y políticos revolucionarios, pequeños propietarios y viejos demandantes despojados, y hacia allá fue también la mayor parte de los recursos del gobierno federal destinados a fomentar su proyecto agrícola: presas y puertos, comunicaciones, estaciones experimentales, exención de impuestos y facilidades de comercialización. El centro ideológico, empresarial y monopólico de esa tarea de modernización fue, a partir de 1917, el general invicto de Huatabampo. Entre 1917 y el día de su muerte. Obregón levantó ahí el verdadero monumento perdurable de su prosperidad: la ciudad que lleva su nombre y las bases materiales del entorno agrícola, técnico y mercantil que la hicieron posible. En esos once años Obregón cumplió a fondo sus expectativas y compulsiones prerrevolucionarias. Fue él mismo un agricultor de altos rendimientos, organizador de los productores y comercializador de las cosechas sucesivas de garbanzo y algodón, el intermediario entre las necesidades agrícolas de la región y las agencias gubernamentales encargadas de facilitar créditos y emprender obras de infraestructura, el promotor de obras portuarias en Yávaros y de sustanciales mejoras en los sistemas de irrigación de la zona, el negociador de la expropiación de las riquísimas tierras de la Compañía Richardson con cargo a las arcas del Banco de Crédito Agrícola Federal, en fin, el empresario que llevó a su expresión capitalista más alta para la época el viejo impulso porfiriano de colonización y ocupación productiva de los valles del Yaqui y del Mayo.

Desde los asideros constitutivos de esa identidad realizada, Obregón miró y atendió el conjunto del panorama agrario del país, y cedió sólo por razones de utilidad política a la noción agraria del reparto como una demanda social válida en sí misma. Antepuso entonces, como se anteponen hoy, las exigencias de la producción a las de las demandas seculares de la tierra incubadas en los largos litigios coloniales, precapitalistas, de las comunidades y los pueblos. De las 50 millones de hectáreas laborables que según sus estadísticas había en el país en 1921, repartió durante los años de su presidencia 5 millones y medio, es decir, algo más del 10 por ciento. También desde la identidad elegida y practicada de agricultor explicó para consumo de sus próximos las facilidades de su acción triunfal en otros campos, como si el ámbito de su sabiduría agrícola pudiera trasladarse a cualquier otra zona de la experiencia mediante un simple cambio de banda. «Estoy acostumbrado a luchar contra los elementos naturales -dijo significativamente a Juan de Dios Bojórquez-: las heladas, el chahuixtle, la lluvia, los vientos, que llegan siempre inesperadamente. ¿Cómo va a ser difícil para mí vencer a los hombres, cuyas pasiones, inteligencia y debilidades conozco? Es sencillo transformarse de agricultor en soldado».

Decía agricultor -no campesino- y decía bien: la opción obregonista por la tierra tiene tanto que ver con la cultura tradicional del campesino mexicano, como los cultivos de exportación actuales del Noroeste con la agricultura de subsistencia que impera todavía en buena parte del país.

LA OPORTUNIDAD LA PINTA CALVA, II

De todas las virtudes de Obregón como militar, acaso la decisiva sea la que lo encumbró también como político: su extraordinario sentido de la oportunidad, el lúcido balance de sus recursos y del momento o las condiciones en que podían emplearse, en cada caso, con óptimos rendimientos. En los meses de mayo y junio de 1913 las fuerzas revolucionarias sonorenses libraron sobre la línea del ferrocarril que va de Guaymas a Hermosillo dos batallas decisivas con el ejército federal, las batallas de Santa Rosa y Santa María. En ambas ocasiones, antes de empeñar un solo hombre o un solo cartucho, Obregón había puesto al enemigo en clara desventaja por el simple recurso de replegarse y esperar.

Cuando la línea de abastecimientos del ejército federal hacia Guaymas había entrado por sí sola en crisis, Obregón pasó a la ofensiva cancelando punto logísticos claves en la retaguardia y los flancos federales -como los aguajes, esenciales en el sartén del verano sonorense- y descargó toda su fuerza militar intacta sobre un enemigo vulnerado ya por la sed, la fatiga, la inmovilidad y la tensión. En otra modalidad de combate, las batallas de Celaya reprodujeron el perfil de un comandante que resistió atrincherado la embestida villista, hasta que el desgaste del adversario le permitió pasar a la ofensiva con el empuje fresco de tropas de caballería no comprometidas hasta entonces en la lucha. Al término de esas batallas que sellaron el repliegue militar del villismo y decidieron, por ello, el triunfo de la revolución, Obregón confió a Carranza que los ejércitos constitucionalistas habían tenido la inmensa suerte de que Villa fuera el comandante enemigo. Era un comentario implícito de su propio talento militar, la convicción de que puesto en el lugar de Villa, Obregón habría desbaratado a los ejércitos carrancistas mediante el simple recurso de no combatirlos frontalmente sino hasta que el desgaste natural de su avance los pusiera en las condiciones y el terreno propicios. Así lo había hecho antes en Sonora, así lo hizo en 1923 con la rebelión delahuertista, cuyos ejércitos avanzaron acompasadamente desde su base de operaciones en Veracruz, sólo para toparse en el centro del país con la resistencia que los desbarató en unas cuantas batallas formales.

Y como de la guerra, así de la política. Primero en las elecciones municipales de Huatabampo, luego en su incorporación a la campaña contra Orozco, más tarde en el enconado ajedrez de la supremacía estatal, Obregón encontró siempre la brecha propicia y descifró el ritmo que su aprovechamiento exigía. El mismo pulso estratégico guió sus decisiones hacia la ruptura con Carranza y la banda presidencial. En febrero de 1917, una asamblea dividida sancionó el nuevo código fundamental del país y puso fin al período preconstitucional. A fines de abril del mismo año, un altivo e irritado ministro de guerra, brújula política reconocida del ala radical de aquella asamblea, presentó su renuncia al gabinete carrancista para hacer públicas sus incompatibilidades y retirarse a su tierra natal. En el momento de su renuncia, a sólo cinco años de su primera búsqueda formal de las armas contra el orozquismo en Sonora en 1912, Obregón era ya demasiadas cosas: comandante vencedor de los mayoritarios ejércitos villistas, héroe mutilado del brazo derecho por una metralla en Trinidad, artífice de la primera percepción revolucionaria del valor político estratégico de la clase obrera y de la alianza del carrancismo en la Casa del Obrero Mundial en 1914, el jacobino norteño casado por la iglesia en 1916, el político saturado por las intrigas y la deshonestidad flagrante del círculo carrancista, el ambicioso que veía dibujarse en el horizonte la silueta de la silla presidencial.

Había previsto esa posibilidad mucho antes y, en cierto modo, sólo por ella había trabajado. En su particular e insólito humor autodeprecatorio, contestó alguna vez a un interlocutor que le preguntaba si tenía buena vista: «La tengo muy buena. Imaginese que alcancé a ver la presidencia desde Huatabampo». Había vuelto a verla, más de cerca, en la Convención de Aguascalientes, agosto de 1914, con el acuerdo promovido por él y finalmente incumplido, de que Carranza y Villa se retiraran a la vida privada para evitarle al país un nuevo baño de sangre; la oteó de nuevo al triunfo sobre Villa tratando de inducir a Carranza a que asumiera el cargo de la presidencia provisional que inhabilitaría su elección para el término constitucional siguiente. Y decidió asaltarla, por omisión, a partir de 1917, separándose del carro carrancista y de sus errores, para volver con nuevas alianzas a disputar el cargo en la oportunidad siguiente. Se fue a Sonora, renegó implícitamente pero con toda claridad del carrancismo, adquirió el Náinari e inició el levantamiento de su emporio agrícola. Viajó a Canadá y Cuba y a Estados Unidos, se entrevistó con Woodrow Wilson y vio a Carranza perderse en el dédalo de sus vocaciones restauradoras, la corrupción de sus colaboradores y el asesinato de Zapata. El primero de junio de 1919, huyendo de la política faccional que había desgastado enormemente al carrancismo, Obregón se irguió personalmente como punto de referencia autónomo de la política nacional, acogió el carapacho ideológico del partido liberal en su versión juarista y lanzó su candidatura a la presidencia de la república sin comprometer su candidatura al patrocinio de ningún partido y de ninguna corriente. Libre de compromisos previos, se dio a la tarea de recoger todos los hilos sueltos que el esquema del gobierno de Carranza había dejado fuera en su intransigencia; y se encaminó hacia un gobierno de conciliación de lo excluido, en cuya cúspide habría de gobernar, por la negociación y la fuerza, sobre las cambiantes alianzas de un equilibrio frágil siempre al borde de la catástrofe, la mano pragmática e indesafiable del Caudillo.

EL BOSQUE DE LAS ALIANZAS

Al asumir Obregón la presidencia en 1921, había muy pocas cosas en el país que no hubieran quedado incluidas de algún modo en el orden de las alianzas obregonistas. Venustiano Carranza fue muerto en Tlaxcalantongo, en el punto terminal de una rebelión contra su gobierno que atrajo por igual a los altos mandos del ejército con sus tropas y la inmensa mayoría de los grupos rebeldes (Villa en el norte, Zapata en el sur, Pelaéz en Tampico e infinidad de bandas y guerrillas en varios puntos del país). «Huelga de generales» llamó Luis Cabrera a la rebelión de Agua Prieta. Pero a la gran alianza de la candidatura obregonista confluyeron también decisivos factores civiles: los nuevos, incipientes, aparatos de organización obrera por vía de la adhesión de Luis N. Morones y su Confederación Regional Obrera Mexicana; y la intensa resaca zapatista mediante la incorporación al pacto de Genovevo de la O y de los políticos profesionales de esa tradición recogidos por Soto y Gama en el Partido Nacional Agrarista. Por su parte el interinato de Adolfo de la Huerta pacificó finalmente a Villa arraigándolo en la hacienda de Canutillo, apartó del escenario a Pablo González luego de un supuesto intento de rebelión en Monterrey, y abrió las arcas del país a la voluntad querellante de los insumisos.

Ese bosque de alianzas y conciliaciones abrió los primeros años de gobierno estable, sin desafíos armados ni graves cuentas pendientes del establecimiento revolucionario, años que inauguraron el período de reconstrucción nacional, el despegue del proyecto educativo vasconceliano, la búsqueda de normalización de las relaciones diplomáticas, tranquilidad en el ejército, fuerte competencia política en las cámaras y la prensa, y pleno acuerdo en la cúspide del paisanaje sonorense. Pacificado el país, convenido el liderato político y militar, claro e indisputado el mando, en su tercer año de gobierno el presidente Obregón confesaba a sus íntimos: «Ya me está chocando este empleíto. No hay ni siquiera una emoción fuerte. Todos los días son lo mismo».

Y con humor maligno acordó el reparto de la presidencia como quien reparte una oficina de timbres diciéndole a Calles, en presencia de Adolfo de la Huerta: «Tú y yo, Plutarco, no debemos abandonar la política, porque nos moriríamos de hambre; en cambio Adolfo sabe cantar y dar clases de solfeo. En esas condiciones ¿quién crees tú que debe seguir después de mí en la presidencia de la república?» Calles se quedó callado y Obregón pidió entonces su opinión a de la Huerta que no pudo sino balbucir: «Después de tí, debe seguir Plutarco».

Martín Luis Guzmán ha reconstruído magistralmente en La sombra del caudillo la atmósfera de cierta fatalidad trágica que indujo a de la Huerta a la ruptura de ese acuerdo en la cúpula, traído y llevado por fuerzas que apenas comprendió, por su desacuerdo con las conferencias de Bucareli (en que Obregón pretendió llegar a un pacto que garantizara el reconocimiento estadounidense a su gobierno), arrastrado por la beligerancia cooperatista -mayoritaria en el Congreso por el apoyo anterior de Obregón-, envuelto en sus propias declaraciones de que no competiría por la primera magistratura, irritado por la campaña de desprestigio que siguió a su renuncia como ministro de Hacienda, De la Huerta optó al fin por su candidatura presidencial y antes de que pudiera resistirse, la mitad del ejército se alineó tras su causa, y la rebelión prosperó. Sabiendo que la escisión fraterna destapaba una zona impredecible de sí mismo, Obregón advirtió: «De todo lo que suceda de ahora en adelante, no seré responsable». Y lo que sucedió fue el fin de la tregua, la aparición del rostro nocturno del Caudillo, ese que durante su campaña del Bajío había respondido a la queja airada de un cercano jefe yaqui con la escueta y perentoria pregunta: «¿Chito, te quieres morir?»

LA SOMBRA DEL CAUDILLO

Hay como dos Alvaros Obregón -del mismo modo que hay como dos zonas de la política mexicana. Uno es el suntuoso y con frecuencia fallido orador que se envuelve en los tules retóricos del patriotismo y la celebración emocionada de los destinos de México, en cuyo servicio se milita sin otro límite que el de las propias fuerzas. Otro, mucho más sabio, contundente y atractivo, es el que resume en privado los conocimientos de su caudillaje en el medio corrupto y cínico de la política postrevolucionaria, el que acuña aforismos perdurables que autorretratan el impulso profundo de una inteligencia: «No hay general que resista un cañonazo de 50 mil pesos» o «Un pendejo con iniciativa es más peligroso que un toro bravo». Entre esas dos realidades, pero sobre todo en la segunda, oscila y se ejerce la pasión fundamental del caudillo, la pasión del poder y del mando. No hay visiblemente, en la vida de Obregón otra desproporción, otra avidez fáustica, que la del poder. Si acaso, la de la comida: el ánimo pantagruélico de engullir grandes trozos de carne; o la de la ira: el tránsito inopinado de la placidez a la irritación fulminante. Esposo atemperado, bebedor de sobremesa, padre convencional, agricultor eficiente y metódico, rico austero, su único flanco incontrolable es el del competidor por el triunfo y la supremacía. A partir de la ruptura delahuertista, Obregón se rindió a la frecuentación de ese instinto y a la pulsación ilimitada de todos los medios que lo hicieron posible: de la ofensiva militar al terror, de la corrupción al exterminio físico de sus enemigos.

La rebelión delahuertista de 1923 supuso la eliminación, por muerte, exilio o desempleo de 54 generales y siete mil soldados. En previsión a su posible alianza con De la Huerta, Villa fue muerto en una emboscada cuyo perpretador no pasó ni un año completo en la cárcel. Los diputados cooperatistas que apoyaban la causa de De la Huerta fueron expulsados de la Cámara. Morones asumió la ofensiva contra los senadores que obstruían la aprobación de los tratados de Bucareli, que garantizarían para el gobierno de Obregón el apoyo y el reconocimiento norteamericanos ante la inminente rebelión. Morones declaró públicamente: «Los viejos caducos y empolvados que ostentan su desconsoladora ridiculez en el senado sufrirán la acción directa (…) Que se den prisa nuestros enemigos en afilar sus dagas y en apuntar sus rifles asesinos, porque la guerra es sin cuartel, diente por diente, vida por vida».

Una semana después el senador Field Jurado era muerto a tiros cerca de su casa y otros tres senadores cooperatistas desaparecían secuestrados. Disciplinado por el terror, el senado ratificó los tratados de Bucareli; Estados Unidos vendió al gobierno obregonista las armas requeridas para fortalecer su ejército y se negó a especular políticamente con la causa delahuertista.

Entre otras consecuencias fundamentales de esa insurrección, hay que apuntar el hecho de que arrastró tras de sí casi todo lo que quedaba de la primera oleada de jefes militares constitucionalistas, los últimos señores de la guerra ungidos por su prestigio nacional y el mando autónomo de tropas: Salvador Alvarado y Manuel Diéguez, Rafael Buelna, Enrique Estrada, Fortunato Maycotte. Los anteriores se habían llevado al resto. En 1919 Zapata fue acribillado en Chinameca; una mañana de 1920, Lucio Blanco apareció muerto en la orilla del Río Bravo con las manos atadas a la espalda; el Primer Jefe cayó en Tlaxcalantongo; el cáncer se llevó a Benjamín Hill en 1921 y una emboscada a Villa dos años después. Al despuntar el año 1924 con la victoria obregonista y el exilio de De la Huerta -que en efecto sobrevivió del canto y el solfeo en San Francisco- no quedaba en el horizonte ningún jefe mayor, sólo el Caudillo y su sucesor Plutarco, gigantescos en el centro de un vacío de liderato tan notorio como la nómina de los que el remolino había apartado.

Apenas parece lógico que en la constatación de ese vacío prosperaran a la vez las ambiciones presidenciales de un Luis Napoleón Morones y la compulsión reeleccionista de Obregón, y que el establecimiento revolucionario viera en este último la única carta segura, providencial, en la crisis visible de dirigentes que la implacable poda había creado.

Cercado por la crisis económica y por la intromisión continua de Obregón, que recibía en Cajeme caravanas interminables de políticos y pasaba largas temporadas en el Palacio de Chapultepec, pared de por medio con las decisiones del presidente, el primer gobierno de Calles terminó su curva ascendente a los dos años de iniciado, en 1926, en que todo el aparato político y militar hacia el reacomodo impuesto por la maniobra reeleccionista y a la cruda realidad de la guerra cristera. Reacio por igual a la intransigencia jacobina de Calles -cuyo grado militar de otras épocas el sangriento humor obregonista había reducido al de «teniente correlón»- y al radicalismo verbal obrerista de Morones, tan intenso como la corrupción que lo acompañaba, el Caudillo negoció por fuera de los arrebatos presidenciales el entendimiento con la Iglesia y el desmantelamiento del agresivo imperio cromista.

Juntos sin embargo el presidente y su sombra acordaron la ejecución de sus antiguos ayudantes de campaña, hermanos menores en las armas y el riesgo, Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez, que en la inminencia del movimiento reeleccionista se sublevaron en la Ciudad de México, luego de intentar una emboscada golpista contra el presidente y el caudillo, en los primeros días de octubre de 1927. Serrano fue capturado con su comitiva en Cuernavaca y fusilado con sus acompañantes en el atardecer del 3 de octubre de 1927 camino a la Ciudad de México, en Huitzilac. Víctima de una delación, Arnulfo R. Gómez cayó prisionero en la sierra veracruzana, fue llevado a Coatepec y fusilado después de un sumario consejo de guerra el 5 de noviembre del mismo año. La prensa del día siguiente a las ejecuciones de Huitzilac, ostentó mórbidamente las fotos de los cuerpos acribillados. Porque no se trataba sólo de matar, se trataba de matar políticamente, de exhibir el hecho en toda su crudeza y grabarlo en la cabeza de todos y especialmente en la de quienes pretendieran en adelante seguir un camino propio, fuera del gobierno.

Nadie escapó en su momento al influjo de ese terror ejemplarizante y radical. Bajo el impacto de las muertes de Gómez y Serrano, Manuel Gómez Morín levantó como meta común de su generación la de combatir el dolor. Para Obregón, los dados de la fatalidad estaban jugados desde antes. Conversando con Serrano antes de la ruptura, escribió la promesa de que su viejo lugarteniente lucharía por la presidencia en una contienda de caballeros. «Obregón -cuenta Marte R. Gómez- le explicó que no podía ser así, que se separaban para luchar y que lucharían como la fatalidad de las circunstancias imponía entonces en México».

Emergiendo también victorioso sobre la pila de cadáveres ilustres que aquellas circunstancias fatales acumularon en su camino, a los 48 años de edad y rodeado de fantasmas y premoniciones, Obregón se enfiló en 1928 a la inauguración de la nueva era reeleccionista de México. Se dice que en 1914, durante una discusión política en Ixtlán del Río, dijo acaloradamente a Lucio Blanco que el único error grave de Porfirio Díaz había sido envejecer. Las balas de León Toral lo apartaron prematuramente de esa fatalidad biológica, para sumirlo en la bruma inasible en que aún reposa, rodeado de sus armas y sus muertos, en espera todavía del historiador que descifre el ladrido de sus perros.