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Había tres hombres de la tribu de los Filala que vendían pieles en Tabelbala -dos hermanos y un sobrino joven, hijo de una hermana; los comerciantes adultos eran serios y barbados, y les gustaba enredarse en complicadas discusiones teológicas durante el lento paso de las abochornadas horas en su hanoute cerca del mercado, naturalmente el muchacho se dedicaba casi por completo a las chicas negras del pequeño quartier réservé. Una de ellas lo atraía especialmente, y por ello se entristeció un poco cuando sus tíos le anunciaron que pronto los tres marcharían a Tessalit. Pero casi todos los pueblos tienen su quartier, y con bastante razón Driss estaba seguro de conseguirse cualquier muchacha guapa de cualquier quartier, cualesquiera fueran los enredos sentimentales en que la encontrara. Así que la melancolía de Driss al oir los proyectos del viaje no duró mucho.

Los tres Filala aguardaron hasta que el clima refrescara para partir rumbo a Tessalit. Como querían llegar pronto, escogieron la ruta más occidental, que es también la que atraviesa las regiones más apartadas, lindando con los dominios de los Reguibat, tribus de bandidos. Hacía mucho tiempo que los bárbaros hombres de las montañas no bajaban de los hammada a asaltar caravanas, y la mayoría de la gente opinaba que desde la guerra del Sarrho habían perdido gran parte de sus armas y municiones, y sobre todo de su coraje; de modo que un pequeño grupo de tres hombres en sus camellos difícilmente podría provocar la codicia de los Reguibat, tradicionalmente ricos con los atracos que hacían por todo tío de Oro y Mauritania.

Sus amigos de Tebelbala, que en su mayoría también eran comerciantes en pieles y pertenecían a los Filala, los acompañaron a pie, entristecidos, hasta el límite del pueblo; los despidieron, los miraron montar en sus camellos y alejarse lentamente hacia el horizonte luminosos.

-Si se topan con algunos Reguibat, que vayan delante de ustedes- les recomendaron.

El peligro estaba principalmente en el territorio por el que pasarían sólo después de tres o cuatro días de viaje desde Tabelbala, y después de una semana habrían dejado totalmente atrás los límites de la zona amagada por los Reguibat. El clima era fresco a excepción del mediodía. Se relevaban los turnos de guardia en la noche. Cuando a Driss le tocó sentarse a velar, sacó una pequeña flauta cuyas notas agudas irritaron y pusieron ceñudos a los adultos, hasta que le pidieron que fuera a sentarse a cierta distancia del lugar de las cobijas. Y se sentó toda la noche a tocar cualesquiera canciones tristes que recordara, pues las animadas, en su opinión, pertenecían al quartier, donde uno jamás estaba solo.

Cuando el turno de velar les tocaba a a los tíos, se sentaban tranquilamente con la vista fija en la noche. Sólo ellos tres ocupaban el desierto.

Y un día apareció un figura solitaria, avanzando hacia ellos entre la inerte planicie del oeste. Un hombre en camello; no se veía seña alguna de más gente, aunque escudriñaron todas las direcciones del desierto. Se detuvieron un rato; el solitario cambió levemente el rumbo. Prosiguieron la marcha, y él volvió a cambiarlo. No había duda de que quería hablar con ellos.

-Que venga- gruño el mayor de los tíos, avizorando una vez más el horizonte vacío-, cada uno de nosotros tiene su rifle. 

Driss se rió. Le parecía absurdo incluso sospechar que un hombre solo pudiera traer algún peligro.

Cuando finalmente la figura se acercó hasta donde podían oírlo, los saludó con una voz como de muezzin: «!S’I’m aleikoum!». Se detuvieron, pero sin desmontar, y esperaron que el hombre se acercara otro poco. Pronto los volvió a saludar, y ahora le respondió el mayor de los tíos, pero era todavía tan grande la distancia que el extraño no alcanzó a escuchar el saludo. Luego se acercó lo suficiente para que ellos constataran que no vestía el atuendo de los Reguibat. Murmuraron entre sí: -Viene del norte, no del oeste. Y todos se sintieron contentos. Sin embargo, no se desmontaron ni cuando estuvo junto a ellos; y sólo inclinaron solemnemente las cabezas, sin dejar de examinar el rostro y las ropas del extraño, en busca de alguna nota falsa que revelara la posible verdad- que el hombre era una avanzada de los Reguibat, quienes estarían aguardándolos en los hammada a unas cuantas horas de camino, o incluso podrían venir marchando en sentido paralelo a esta ruta, acercándose de modo que no pudieran verlos sino hasta después del atardecer. 

Desde luego el extraño no era un Reguibat; era despierto y alegre, con la piel clara y la barba muy corta. Driss pensó que no eran agradables sus ojos, pequeños y activos, que parecían aprehenderlo todo sin dar nada a cambio; pero esta reacción efímera sólo resultó un detalle de la general desconfianza inicial, que se disipó por completo cuando supieron que ese hombre era un Moungari. Moungar es un lugar sagrado en aquella parte del mundo, y sus escasos residentes son tratados con respeto por los peregrinos que van a visitar el ruinoso santuario cercano.

El recién llegado no trató de ocultar el miedo que había sentido de andar solo en esa región, ni el placer de estar ahora acompañado de otros tres hombres. Todos demostraron e hicieron té para sellar su amistad, y fue el Moungari quien proporcionó el carbón.

En la tercera ronda de vasos, propuso que puesto que él también iba más o menos por el mismo rumbo, los acompañaría hasta Taoudeni. Con sus brillantes ojos negros clavándose de uno a otro de los Filala, les explicó que era un cazador excelente, y que estaba seguro de poderles ofrecer buena carne de gacela durante el recorrido, o por lo menos una aoudad. Los Filala reflexionaron; el mayor finalmente dijo: -De acuerdo. Aún si resultaba que el Moungari no era el prodigio de cazador que presumía, serían cuatro hombres en lugar de tres en la partida.

Dos mañanas después, en el poderoso silencio del sol naciente, el Moungari señaló hacia las pequeñas colinas que se veían hacia el este: -Timma. Conozco este territorio. Espérenme aquí. Si me oyen disparar, alcáncenme, pues será seña de que hay gacelas.

El Moungari se alejó a pie, trepando entre las rocas y desapareciendo tras el promontorio más cercano. «Confía en nosotros, pensaron los Filala, pues ha dejado su mehari, sus cobijas y sus bultos». Ninguno dijo nada, pero cada uno sabía que los otros estaban pensando lo mismo, y todos sintieron simpatía por el extraño. Se sentaron a esperarlo entre el viento frío de la mañana mientras los camellos gruñían.

Les parecía poco probable que hubiera gacelas en la región, pero si llegaba a aparecer alguna, y el Moungari resultaba tan buen cazador como decía, entonces podría ocurrir que esa tarde cenaran un mechoui de gacela, lo que seria espléndido.

Levemente el sol se fue alzando en el cielo azul y duro. Un camello se levantó pesadamente y echó a andar, esperando encontrar abrojos secos o yerbajos entre las piedras, algún resto de la última lluvia, que habría caído un año atrás. Cuando desapareció, Driss fue a buscarlo y lo regresó junto a los demás gritando: -íHut!.

Volvió a sentarse. De repente se oyó un disparo, luego un largo intervalo vacío, después otro disparo. Se oían bastante lejanos, pero perfectamente claros en el silencio absoluto. El hermano mayor dijo: -Voy a alcanzarlo. A lo mejor hay muchas gacelas.

Trepó por los peñascales con el rifle en la mano y desapareció.

Esperaron otra vez. Cuando escucharon nuevos disparos. provenían de dos rifles.

– íCon suerte le dieron a una! -exclamó Driss.

– Yemkin. Con la ayuda de Alá -repuso su tío, levántandose y tomando su rifle-. Voy a probar mi puntería.

Driss se desilusionó, esperaba ser él quien fuera. Con sólo haberse levantado un momento antes habría sido posible; pero aún así lo más probable habría sido que lo hubieran dejado ahí a cuidar los mehara. De todas maneras ya era demasiado tarde, su tío había hablado.

-Está bien.

Su tío marchó cantando una canción de Tafilalet, que trataba de datileras y de sonrisas escondidas. Durante varios minutos Driss escuchó trozos de la canción, cuando la melodía alcanzaba sus notas altas. Luego el sonido se perdió en el silencio que todo lo cubría.

Esperó. El sol empezó a sobrecalentarse. Se cubrió la cabeza con su albornoz. Los camellos se miraban estúpidamente entre sí, levantando los pescuezos con pesantez, mostrando sus dientes cafés y amarillos. Pensó en tocar la flauta, pero no le pareció oportuno: se sentía demasiado inquieto, demasiado ávido de estar allá con su rifle agazapado tras las rocas, acechando a la caza tierna. Pensó en Tessalit y se preguntó cómo sería: llena de negros y de Touareg, desde luego más ajetreada que Tabelbala, por el camino que la cruzaba. Hubo un disparo. Esperó nuevos tiros, pero ya no los hubo. Nuevamente se imaginó entre las rocas, apuntando al animal en fuga; apretaba el gatillo, el animal caía. Aparecían más gacelas y él les atinaba a todas. En la oscuridad, los viajeros se sentaban en torno al fuego, atragantándose de rica carne asada, sus rostros destellantes de grasa. Todos estaban felices y hasta el Moungari aceptaba que el joven Filali había sido el mejor cazador.

Se entredurmió en el calor abochornante, y su mente se solazaba con un paisaje de muslos suaves y pequeños senos firmes levantándose como dunas; fragmentos de canciones flotaban como nubes en el cielo, y en el aire se esperaba el aroma de la abundante carne de las gacelas.

Se volvió a sentar y miró rápidamente en torno. Los camellos yacían con los pescuezos alargados sobre el suelo. Nada había cambiado. Se levantó y examinó preocupado el panorama pedregoso. Mientras dormía una presencia hóstil se había colado en su conciencia. Traduciendo a pensamientos lo que había sentido, gritó. Desde el principio, cuando había visto esos ojos pequeños y activos, había sentido desconfianza del extraño; pero el hecho de que sus tíos lo hubieran aceptado había desvanecido sus sospechas que, diluidas, habían permanecido en la región oscura de su mente. Ahora, liberadas por el sueño, reaparecían. Fue hacia la caliente ladera de la colina y miró intensamente entre las rocas las sombras negras. Volvió a escuchar en su memoria los disparos entre los peñascales, y supo lo que significaban. Recuperando su aliento en su sollozo, corrió a montar su mehari, lo forzó a levantarse, y ya había avanzado unos cientos de pasos antes de que fuera consciente de lo que hacía. Detuvo al animal para que se echara quietamente unos momentos, volteando con miedo e indecisión hacia el campamento. Si sus tíos estaban muertos, no había más qué hacer sino adentrarse cuanto antes en el desierto, lejos de las rocas donde podría esconderse el Moungari para cazarlo.

Y así, sin saber el camino a Tessalit, y sin comida ni agua suficientes, emprendió la marcha, levantando a ratos una mano para limpiarse las lágrimas.

Continuó así durante dos o tres horas, casi sin advertir por dónde caminaba su mehari. En un súbito impulso se irguió sobre el camello, murmuró una maldición contra sí mismo, y en un rapto de furia hizo que el camello se regresara. En ese preciso momento sus tíos podrían estar sentados en el campamento con el Moungari, preparando un mechoui y una fogata, preguntándose con tristeza por qué su sobrino los había abandonado. O quizás uno de ellos ya había partido a buscarlo. No habría disculpa valedera para su conducta, consecuencia de un terror absurdo. Mientras pensaba en ello, su enojo contra sí mismo aumentaba: se había comportado de un modo imperdonable. Había pasado el mediodía y el sol estaba en el oeste. Sería tarde cuando regresara al campamento. El prospecto de los reproches inevitables y las risas burlonas que lo recibirían, lo hacía abochornarse, y pateó con crueldad los flancos del mehari.

Poco antes de que llegara al campamento escuchó que alguien cantaba. Esto lo sorprendió. Se detuvo a escuchar: la voz era demasiado lejana como para identificarla, pero Driss sintió con certeza que era la del Moungari. Rodeó la ladera de la colina hasta un lugar donde se dominara la vista de los camellos. La canción se detuvo y la siguió el silencio. Algunos de los bultos habían sido puestos de nuevo sobre los camellos, como preparativo para partir. El sol había descendido mucho, y las sombras de las rocas se extendían en el suelo. No había indicios de que hubieran cazado nada. Gritó, listo para desmontar; casi al mismo tiempo hubo un tiro, disparado desde muy cerca; y oyó el pequeño y abrupto sonido de una bala cerca de su cabeza. Tomó su rifle. Hubo otro disparo, un dolor agudo en su brazo, y el rifle se le resbaló y cayó al suelo.

Por un momento se sentó ahí, agarrándose el brazo, aturdido. Luego desmontó rápidamente y se agazapo entre las piedras, tratando de alcanzar el rifle con su brazo sano. Cuando lo tomó, hubo un tercer disparo, y el rifle se movió en el suelo unos centímetros hacía él entre una pequeña nube de polvo. Retiró su mano y la miró: estaba sucia y sangraba. En ese momento el Moungari saltó y antes de que Driss pudiera levantarse ya lo tenía encima, empujándolo contra el suelo con la punta del rifle. Arriba el cielo permanecía inalterado, y el Moungari alzaba desafiantemente la vista. Se sentó a horcajadas sobre el muchacho tendido, encajándole la punta del rifle en el cuello, exactamente bajo el mentón, y susurró: -íPerro Filali!

Driss lo observaba con cierta curiosidad. El Moungari era dueño de la situación y a él sólo le quedaba esperar. Le miró el rostro a la luz del sol y lo descubrió peculiarmente intenso. Conocía la expresión: es la que da el hashish, arrastrado por sus cálidas bocanadas, un hombre puede escaparse muy lejos del mundo de la razón. Para eludir el rostro malévolo, por los rabillos Driss miró a derecha y a izquierda. No había otra cosa que el sol desvaneciente. El rifle le oprimía la garganta. Murmuró: -¿Dónde están mis tíos?

El Moungari le empujó el rifle con más fuerza contra su garganta, se levantó un poco y con una mano le bajó sus serouelles, dejándolo desnudo de la cintura para abajo; y Driss se revolvía un poco contra las piedras al sentirlas heladas bajo su cuerpo.

Entonces el Moungari sacó su soga y le amarró los pies; luego avanzó dos pasos hacia la cabeza, pero abruptamente miró hacia la parte inferior del cuerpo y le encajó el rifle en el ombligo. Todavía con una sola mano le quitó la ropa que quedaba, sacándola por la cabeza del muchacho, y le amarró las muñecas. Con una vieja navaja de peluquero cortó la soga sobrante. Durante ese tiempo Driss llamaba a sus tíos por sus nombres, a gritos, primero a uno y luego el hombre se levantó y observó el joven cuerpo sobre las piedras. Deslizó un dedo sobre el filo de la navaja, y lo embargó una excitación placentera. Se acercó, lo examinó y vio el sexo que brotaba de la base del vientre. Sin estar del todo consciente de lo que hacía, lo cogió con una mano, y bajó el otro brazo con el movimiento de un segador que empuña la hoz. El corte fue rápido. Quedó un agujero redondo y oscuro, al ras de la piel; lo miró un momento, con ojos ciegos. Driss gritaba. Resaltaban, convulsos, todos los músculos de su cuerpo.

Lentamente sonrió el Moungari, mostrando sus dientes. Puso la mano en el vientre firme y limpió la piel. Luego hizo una pequeña incisión vertical. y usando las dos manos fue sumiendo ahí meticulosamente, el órgano yerto hasta que desapareció.

Cuando estaba limpiando las manos en la arena, uno de los camellos murmuró un súbito gorgoteo ronco. El Moungari saltó y giró salvajemente en todas direcciones con la navaja en alto. Luego, avergonzado de su nerviosismo, sintiendo que Driss lo observaba y se burlaba de él (aunque los ojos del muchacho estaban cegados por el dolor), lo pateó hasta dejarlo boca abajo, con leves movimientos espasmódicos que, al mirarlos, provocaron una nueva idea en el Moungari: sería placentero inflingirle un final ultraje al joven Filali. Se echó sobre él, y esta vez fue vociferante y despacioso en su regocijo. Finalmente se durmió.

Al amanecer se despertó y buscó su navaja, que estaba cerca de él, en el suelo. Driss se quejaba débilmente. El Moungari lo volteó y le hundió y sacó varias veces la navaja en el cuello, con movimientos de costura, hasta asegurarse de haber cortado la tráquea. Luego se levantó, se alejó y terminó la labor de cargar de bultos a los camellos, que el día anterior había empezado. Cuando lo hubo hecho, se tardó bastante en arrastrar el cadáver hasta el fondo de la colina y en esconderlo ahí entre las rocas.

Para transportar la mercancía de los Filalá a Tessalit (pues no encontraría clientes en Taoudeni) era necesario llevarse los camellos. Tardó en llegar casi cincuenta días. Tessalit es un pueblo pequeño. Cuando el Moungari empezó a mostrar las pieles, un viejo Filali que vivía ahí, a quien la gente llamaba Ech Chibani, se enteró de su presencia. Como posible cliente fue a examinar las pieles, y el Moungari cometió la imprudencia de enseñárselas. Las pieles de los Filala son inconfundibles y sólo ellos las compran y venden al mayoreo. Ech Chibani se dio cuenta de que el Moungari se había hecho de ellas ilícitamente, pero no dijo nada. Cuando unos días después otra caravana de Tabelbala llegó con amigos de los tres Filala, y preguntaban por ellos se consternaban mucho al oír que nunca habían llegado, el anciano fue al tribunal. Después de algunas dificultades encontró a un francés dispuesto a escucharlo. Al día siguiente el comandante y dos subordinados fueron a visitar al Moungari. Le preguntaron cómo le había hecho para tener tres mehara de más, que todavía traían equipaje de los Filala; sus respuestas resultaban confusas. Los franceses lo escucharon con seriedad, le dieron las gracias y se fueron; él no advirtió que el comandante les guiñaba a los otros conforme salían a la calle. Y así se quedó sentado en su patio sin saber que había sido juzgado y hallado culpable.

Los tres franceses regresaron al tribunal donde los recién llegados comerciantes Filala estaban sentados con Ech Chibani. La historia correspondía a un patrón viejo: no había duda de la culpabilidad del Moungari.- Es suyo -dijo el comandante-, hagan con él lo que quieran.

Los Filala le dieron profusamente las gracias, sostuvieron una conferencia breve con el anciano Chibani y luego salieron precipitadamente en grupo. Cuando llegaron a donde residía el Moungari lo encontraron haciendo té. Los miró y sintió escalofrío en la espalda. Empezó a gritar su inocencia ante ellos; no dijeron nada, sólo a punta de rifle lo amarraron y lo arrastraron a un rincón, donde él siguió balbuciendo y gimiendo. Tranquilamente ellos tomaron el té que él había hervido, hicieron un poco más y salieron a la hora del crepúsculo. Lo ataron a uno de los margenes mehara, y montados en sus propios camellos marcharon en una silenciosa procesión (silenciosa a excepción del Moungari), que cruzó las puertas del pueblo y se adentró en el desierto infinito.

Caminaron la mitad de la noche hasta llegar a una región totalmente infrecuentada del desierto. Mientras él deliraba acostado, atado al camello, ellos cavaron una especie de pozo; cuando terminaron, lo bajaron del camello, todavía fuertemente atado, y lo metieron de pie ahí. Luego llenaron el espacio en torno a su cuerpo con piedras y arena, hasta que sólo quedó su cabeza sobre la superficie de la tierra. En la débil luz de la luna nueva su rasurado cráneo se veía como una piedra. Y él seguía suplicándoles, invocando a Alá y a Sidi Ahmed Ben Moussa como testigos de su inocencia. Pero no le hicieron más caso a sus palabras que si fueran una simple canción. Finalmente regresaron a Tessalit, y en cosa de nada estaban ya a tal distancia que no se les escuchaba más.

Cuando se hubieron ido, el Moungari calló, y empezó a esperar silenciosamente a través de las horas frías, el sol que traería el primer calor; luego el ardor, luego el fuego, las visiones. La siguiente noche no sabía dónde estaba ni sentía el frío. El viento arrastraba el polvo del suelo y lo soplaba en su boca mientras él cantaba.

SS. Saturnia (New York-Gibraltar) 1948.

Versión (autorizada y revisada por el autor) de José Joaquín Blanco. (De Collected Stories (1939-976), del Paul Bowles, prólogo de Gore Vidal, Black Sparrow Press, Santa Bárbara CA, 1979).