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Notas de viaje por Centroamérica

Eric Nepomuceno, periodista y escritor brasileño, es autor de varios libros: la novela Setembro na praca, el volumen de cuentos Contradanca; una recopilación de reportajes publicada bajo el título de Cuaderno de notas; un ensayo sobre Hemingway, Madrid no era una fiesta, editado en español. Actualmente reside en México. donde es corresponsal del semanario brasileño Vela.

En esta época del año hace mucho calor en Managua, pero eso no es ninguna novedad. En el Aeropuerto Augusto Cesar Sandino, el viajero es recibido por un cartel que dice: Bienvenidos a Nicaragua Libre. Tampoco llega a ser una novedad: el cartel existe desde agosto del año pasado, en el mismo lugar.

1. DIALÉCTICA DEL SUEÑO Y EL FANTASMA

En el lobby del aeropuerto, luego de haber pasado por Migración, el viajero se encontrará con una muchacha instalada en una mesita, que le pedirá 15 córdobas, o bien un dólar y medio para pagar su impuesto de entrada al país. Y ahí mismo empezará a surgir una de las novedades de este principio de año en la Nicaragua libre; el visitante no deberá sorprenderse cuando, entre dos sonrisas, la muchacha le pregunte discretamente si tiene dólares, además de los del impuesto.

A partir de ese instante, y por donde quiera que camine, el visitante tendrá buenas posibilidades de ser implacablemente perseguido por agitados cazadores de dólares, que llegan a pagar el 70 por ciento más que el valor oficial de la divisa norteamericana que es de 10 córdobas.

Ver cómo prospera ese fértil mercado negro, constituye una novedad molesta y preocupante. Pero el problema no parece estar, ni de lejos, en la primera línea y preocupaciones de los dirigentes de la nueva Nicaragua. Ellos enfrentan otros tipos de sabotaje, de boicot, de acaparamiento. Cada día que pasa, los nicaragüenses entienden que aquello de que «se acabó la guerra, pero ahora viene lo más difícil: hacer la revolución», no era sólo una figura retórica. Por donde uno mire, aparecen problemas, y problemas graves. Falta casi todo, y lo que no falta resulta casi imposible de ser encontrado. El gobierno no ha podido encontrar todavía un método eficaz para garantizar el abastecimiento de artículos de primera necesidad a la población. Los empresarios y los pequeños comerciantes reaccionan con desconfianza y con actos no muy discretos de acaparamiento a los pasos dados por el gobierno sandinista. Hay escasez de aceite, de frijoles, de llantas. de lámparas. Pero uno va al Mercado Oriental, un gigantesco campo cubierto de tenderetes que venden mercancía teóricamente «expropiada» a los somocistas, y encuentra de todo, por el triple del precio límite fijado por las autoridades. Las rentas fueron congeladas y desde enero está en vigor, teóricamente, la ley de reforma urbana, muy similar a la dictada en Cuba en febrero de 1959. Pero en estos últimos meses aumentó de manera alarmante el número de casas vacías en Managua: sus propietarios prefieren mantenerlas cerradas antes que rebajar las rentas.

El desempleo será quizá del 45 por ciento cuando termine la época de las cosechas, a mediados de año. Hay desconcierto, y también una buena dosis de tensión, en sectores no desdeñables de la población. Estos sentimientos son debidamente estimulados, desde luego, por los enemigos del nuevo régimen, los que temen que el gobierno se incline demasiado hacia posiciones «radicales». Y además están ahí, visibles y claras las cicatrices del somocismo. Irónicamente ése es un nombre que sigue vivo en el directorio telefónico: por descuido o por falta de tiempo, el número 2-34-32 todavía consta como perteneciente a un cierto Somoza Debayle, Anastasio. No funciona: unas veces da ocupado, otras no contesta.

Más concretos y crueles son los números de la catástrofe heredada por los nicaragüenses cuando Somoza se fue: más de 35 mil muertos, 100 mil heridos -de los cuales 40 mil todavía necesitan asistencia médica permanente-, más de 40 mil huérfanos, ausencia casi total de hospitales, más de 4 mil viviendas destruidas, y una violenta contracción en la producción industrial. La deuda externa sigue siendo discutida en la mesa de renegociaciones: supera la marca de los mil 600 millones de dólares, de los cuales 55 ya deberían haber sido pagados en los últimos nueve meses. En los cofres de Somoza, la Revolución encontró 3 millones y medio de dólares, una suma sólo 4 veces mayor de la que cobró Frank Sinatra por cantar hace poco en Río de Janeiro (de donde, por cierto, no llegó un centavo de ayuda a Nicaragua).

La deuda del país equivale al Producto Interno Bruto previsto para 1979, el cual, dicho sea de paso, no cumplió con las metas iniciales. Reactivar la economía nacional es un problema clave, pero no el único. La Junta de Reconstrucción Nacional espera contar con el respaldo de la iniciativa privada y con créditos del exterior. Uno de esos créditos, por 75 millones de dólares, seguía siendo objeto de interminables discusiones en el seno del gobierno de Washington. Pero sin esos 75 millones de dólares será difícil motivar al desconfiado empresario local.

El problema económico integra una problemática más amplia, que incluye síntomas de necesidad de una definición más clara por parte del gobierno. Y todo eso, a su vez, integra la interrogante definitiva: ¿cómo podrá sobrevivir el sueño sandinista a la pesadilla de un país hecho trizas? En Managua y en Masaya, en Matagalpa y en León, la gente en las calles contesta: «cómo, no sé, pero podrá».

Una cosa, sin embargo, parece segura: la revolución de los sandinistas, a pesar de todos sus problemas, sigue teniendo las condiciones ideales para transformarse en la primera experiencia acabada de un proceso renovador en América Central. Hay demasiadas presiones contrarias, internas y externas, que son cada día más fuertes. Luego de la euforia inicial, los sandinistas tuvieron que enfrentar situaciones insólitas, como la de establecer una jerarquía funcional entre sus cuadros, lo que terminó por amenazarlos a todos con el surgimiento de una burocracia aún más surrealista que la de los cubanos. Pero, por otro lado, el campo de acción para los revolucionarios es amplio y fértil.

No por casualidad Nicaragua se transformó en los últimos tiempos, para el resto del continente, en una palabra de doble filo: para la izquierda y los movimientos populares, resulta la prueba concreta de que el sueño es posible; para la derecha y las grandes oligarquías, constituye la prueba concreta de que el fantasma existe, camina y crece.

2. EL SALVADOR: EMPATE SANGRIENTO

Luego de la victoria de los sandinistas, surgieron muchas apuestas sobre cuál país sería el próximo. Quien optó por El Salvador, el gran favorito, sigue teniendo todas las de ganar.

-La tragedia de Nicaragua -afirma el mayor retirado Roberto D’Aubisson, hombre fuerte de los dos principales grupos paramilitares de El Salvador, la Unión Guerrera Blanca y ORDEN- podrá repetirse pronto en mi país. El comunismo internacional tiene los ojos puestos en nosotros, de modo que debemos preparar nuestra defensa a cualquier precio.

Ojos firmes, una voz dura, el mayor D’Aubisson no se ha quedado sentado esperando la tragedia. En El Salvador, las bandas paramilitares están hoy más activas que nunca. Y nadie podrá quejarse, alguna vez, de que D’Aubisson y su gente hayan actuado sin advertencia previa: en febrero de este año, él dijo, en un programa televisivo de casi dos horas de duración:

-Monseñor Romero, cuídese: la izquierda anda buscando un mártir, y usted podrá ser víctima de algún atentado.

Un mes y once días después de la emisión de ese programa, monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue fulminado por una única y certera bala, disparada a una distancia de 40 metros, mientras oficiaba una misa en la pequeña capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Otro de los «advertidos» por D’Aubisson fue el dirigente demócrata-cristiano Mario Zamora. Una noche, Zamora ofreció una fiesta a sus amigos, entre los cuales estaba el abogado José Antonio Morales Ehrlich, integrante de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Pasadas las once de la noche, Morales Ehrlich se retiró de la fiesta, llevándose con él sus guardias. Quince minutos después, cinco hombres enmascarados y armados hasta los dientes entraron en la casa de Zamora, lo llevaron al baño y le dispararon seis tiros en la cabeza.

La violencia política en el país ha provocado, en lo que va del año, más de mil 100 muertos: un promedio, hacia mediados de abril, superior a la decena diaria. Pero las cifras del horror se quedan siempre cortas, en EL Salvador: a las 24 horas, los cálculos quedan holgadamente superados por la violencia desenfrenada, sin control.

Los integrantes de la Junta de Gobierno y los grandes manipuladores de la información a nivel internacional tratan, a toda costa, de hacer creer que las cifras del terror son el resultado de acciones del radicalismo de izquierda y de derecha. Pero las organizaciones que patéticamente tratan de defender los derechos humanos en el país tienen, -fruto de paciencia china- detalles sobre los muertos y desaparecidos: en proporción de 8 por uno, las víctimas son siempre militantes de organizaciones populares, campesinos, obreros, estudiantes. La izquierda radical actúa, es verdad. Pero los asesinatos masivos se deben, de manera ampliamente mayoritaria, a las acciones de las bandas paramilitares y de sectores que, según los miembros de la Junta, «desobedecen» órdenes superiores y actúan «por cuenta propia» contra campesinos, obreros, militantes, estudiantes.

Aquí- asegura Morales Ehrlich- existe una especie de empate. La junta de gobierno cuenta con el respaldo solidario y unánime de las Fuerzas Armadas, pero es presionada de manera intransigente por los radicales de izquierda y de derecha.

Lo del empate es cierto. Pero lo del «respaldo solidario y unánime» de las Fuerzas Armadas resulta un chiste malo. Morales Ehrlich dice también que «el 80 por ciento del pueblo» respalda a la Junta. Y lo dice sin mover un músculo de la cara: hay que reconocer que tiene talento.

La verdad es que la izquierda salvadoreña no tiene condiciones para lanzarse a una ofensiva concreta, definitiva; y la derecha no ha logrado todavía unificarse en torno a determinado núcleo del poder militar y económico del país. En cuanto a la Junta, flota entre las olas provocadas por el temporal. Su único respaldo visible, concreto y activo, es la embajada de Estados Unidos en San Salvador. El gobierno norteamericano se ha convertido en su principal respaldo, y el embajador Robert White no tiene ningún problema en decir cuando se expresa de manera informal frente los periodistas de su país:

– Nosotros pensamos, es decir, la Junta de Gobierno piensa… 

Y así explica planes y programas, que por lo demás cuentan con el asesoramiento de especialistas llevados por Washington a El Salvador, y que trabajan en campos tan variados como la reforma agraria, la reforma bancaria y las técnicas militares de contrainsurgencia.

Una pregunta -¿podría el gobierno sobrevivir sin el respaldo de Washington?- recibió de Morales Ehrlich la siguiente respuesta: No. José Napoleón Duarte, viejo cacique demócrata-cristiano, respondió: No lo sé. Roberto White, el embajador, no contesta ese tipo de preguntas: prefiere hablar -dice- de lo que se está logrando en el país.

Sí, no hay duda: después de Nicaragua, nada será como antes. La política de Washington hacia América Central, pilar básico de los regímenes que se mantienen casi inalterables desde hace varias décadas en la región, busca nuevas líneas. Cuba ya no es más un fantasma solitario: Nicaragua comparte ahora la misión de proveer temores y esperanzas.

3. LA ULTRADERECHA FRENTE A LA EMBAJADA

La nueva política norteamericana -forzar y respaldar reformas para impedir explosiones revolucionarias- ha sido cuidadosamente aplicada en El Salvador. Pero en Guatemala las cosas parecen caminar de manera un poco más accidentada. Algunos emisarios de Washington tuvieron que escuchar, en sus reuniones con empresarios y políticos guatemaltecos, preguntas bastante ácidas:

-Dígame: ¿por qué ustedes no hacen una reforma agraria en Texas o en California, y no nacionalizan la banca de Rockefeller, antes de venir a decirnos a nosotros lo que debemos hacer para impedir una revolución izquierdista? ¿Por qué no invadieron Cuba, como les correspondía hacerlo luego de lo de Afganistán ?

Los tiempos cambian: ahora hay miedo e insolencia. Pero siempre queda una esperanza. En Honduras, por ejemplo, donde la situación todavía está bajo control (por ahora, todo lo que se logra es detonar huelgas en la eterna (United Fruit), el régimen lidereado por el general Policarpo Paz García accedió a convocar elecciones para una Asamblea Constituyente. Uno ya sabe lo que significa, en esas comarcas y bajo esos regímenes, una convocatoria a elecciones. Pero ahora se esta bajo la mirada de Washington y los fraudes tendrán que ser bien estudiados y llevados a cabo con cierta dosis de sofisticación. Entrar en un período de «apertura y normalización democrática» en Honduras significa, para los Estados Unidos, evitar nuevos dolores de cabeza.

Los indicios de turbulencia en Honduras resultan todavía débiles y lejanos, sobre todo cuando uno piensa en los vecinos: Guatemala y El Salvador. Paradójicamente, fueron los sectores dominantes de esos dos países los que se unieron para protestar contra la política oficial de Washington y, a la vez para buscar el respaldo de parlamentarios y representantes de las grandes multinacionales a sus posiciones.

Roberto D’Aubisson lanzó hace poco en Washington -en el Capitolio, para mayor exactitud- su Frente Patriótico, que aglutina a lo más granado de la ultraderecha salvadoreña, en una firme alianza de la oligarquía y los sectores castrenses. Julio Ascencio, de la Asociación de Amigos del País, de Guatemala, que agrupa a la flor y nata del empresariado ultraconservador de su país, me dijo hace pocas semanas que pensaba contratar una agencia norteamericana de publicidad para contrarrestar «la infame campaña comunista contra nuestra patria».

D’Aubisson, el salvadoreño, y Ascencio, el guatemalteco, representan algo concreto y tienen varios puntos en común: su fobia contra el comunismo y su fantástica capacidad para explicar la historia de la humanidad como un incensante enfrentamiento entre la verdadera democracia (o sea ellos) y el tenebroso mal rojo. En los últimos tiempos, salvadoreños y guatemaltecos pasaron a compartir la desesperada tentativa de una acción conjunta. El empresario de Guatemala busca. ansioso, interlocutores válidos para canalizar el apoyo que piensa dar a sus vecinos a fin de salvarlos de una tragedia como la que terminó con el pobre Somoza.

-Le daremos todo el respaldo posible a quien venga a buscarlo -asegura Ascencio- siempre que no venga de la izquierda, claro. Por ahora no le puedo decir si estamos haciendo algo o no. Alguna ayuda sí damos, pero a nivel individual. Millones, no: sólo «poket money».

Confiados en la inevitabilidad del fracaso de la Junta de Gobierno, los empresarios y la oligarquía rural de El Salvador han preferido hostigarla y, al mismo tiempo, reforzar sus lazos con los grupos de extrema derecha, muchos de ellos metidos dentro de las propias Fuerzas Armadas. Apoyar las reformas propuestas por la Junta sería, piensan ellos, acelerar la llegada al poder del comunismo internacional, no postergarla.

Al otro lado de la frontera, algunos centenares de kilómetros al norte, la derecha radical de Guatemala parece pensar de la misma forma: para los que se aferran a sangre y fuego al poder, más importante que pensar en el gobierno vecino es prever lo que vendrá después. El que está. poco se quedará. Los contactos entre las derechas más radicales de los dos países se hacen más íntimos a cada semana. Quieren saber, en primer lugar, cuales son las posibilidades de que la izquierda, aprovechando el vacío de poder y la ineficacia de la actual Junta, desencadene una insurrección popular de «dimensiones catastróficas». En segundo lugar, importa pensar en los medios disponibles para impedirlo. Finalmente, guatemaltecos y salvadoreños tratan de crear los medios anticipados para sostener el futuro gobierno que -de eso están seguros- se establecerá pronto en El Salvador.

-Todo eso -asegura Mario Sandoval Alarcón, líder máximo del Movimiento de Liberación Nacional, en su oficina adornada con fotos de Francisco Franco y Alfredo Stroessner- se lo debemos a la estúpida política de Jimmy Cárter de su gente.

Más cautos, otros guatemaltecos lo acompañan en su juicio pero distribuyen culpas entre los malditos jesuítas, y los comunistas en general y las organizaciones internacionales financiadas y manipuladas por Moscú, como Amnistía Internacional. Inseguros, sintiéndose cercados por comunistas sanguinarios, los hombres fuertes de Centroamérica viven angustiados. Desde luego, existe mucho más sutileza en el anticomunismo de Rodrigo Carazo, el presidente de Costa Rica, que en los discursos del general Romeo Lucas García, presidente de Guatemala. Pero la tensión es básicamente la misma: también eso debe ser cargado a la cuenta de los sandinistas.

4. LA GEOMETRÍA DE LA VIOLENCIA

Fundamentalmente, las causas de la violencia sufrida por los pueblos de América Central son las mismas. Lo que cambia, de país en país, es la intensidad con que se ejerce la otra violencia, aquella más aparente y que tiene como objetivo justamente mantener las reglas del juego.

La violencia de fondo, el terrorismo del sistema, aparece menos en las páginas de los periódicos que en lo cotidiano, en los muertos del día a día. En Honduras, la expectativa de vida es de 49 años. En El Salvador, casi el 40 por ciento de las tierras cultivables están en manos del 0.4 por ciento de los propietarios rurales, y no hay indicios de que eso cambie con la Reforma Agraria de la Junta.

En Guatemala, casi un 8 por ciento de los niños no llega al primer año de vida. Los números de esa violencia no hacen más que resaltar los de la otra: la que balea manifestantes en las calles de San Salvador y asesina campesinos en los montes de Guatemala. Más de la mitad de la población de El Salvador -cerca de 2.5 millones de personas- tiene que sobrevivir ganando 16 dolares por mes. Al norte de Guatemala, los campesinos, en su mayoría indígenas, tratan de mantener pequeñas comunas agrícolas cuyo producto alcanza a duras penas para su propia subsistencia. El analfabetismo en esas regiones llega al 67 por ciento y la subnutrición supera el 73 por ciento.

Y es en esa zona transversal que va del Pacífico al Caribe que las tropas del ejército, como una vieja rutina, realizan masacres constantes. En realidad, las tropas no hacen otra cosa que abrir camino para historias como la que ocurrió hace unos ocho meses, en San Mateo Ixtatan.

San Mateo es una ciudad pequeña perdida en la provincia de Huehuetenango, cerca de la frontera con México. Un día, el alcalde local decidió vender parte de la madera de un bosque perteneciente a la comunidad. El dinero sería empleado en obras comunales. Sin querer, el alcalde dio la pista del tesoro: pocas semanas después fue obligado a firmar la venta, por diez mil dólares, de toda la reserva forestal de la comunidad, una área que vale unos seis millones de dólares. Los compradores son accionistas de una compañía llamada Aserraderos Cuchamatames. Los dos principales accionistas se llaman Otto Spiegler y Romeo Lucas García. Los dos son generales. El segundo de ellos es también presidente de República.

Para que hechos así sigan ocurriendo, es preciso que exista la otra violencia. Pero ocurre que esa modalidad de violencia termina siempre por despertar una tercera; la que viene de abajo y que, cuando uno menos lo espera, estalla.

Que lo diga Somoza…