Silencio total. Afuera, en el hall, tres meseros preparaban los bocadillos y llenaban las copas de vino blanco. Alrededor de las butacas, los auditores que no alcanzaron lugar, recargados en la pared. Carlos Fuentes entonaba el monólogo de un policía que incita a unos mercenarios a reprimir estudiantes. Con furor y de pie. Como para mirar siempre desde el uno setenta y tantos que tiene de estatura.

Fuentes actuaba: conforme a las voces de su texto, podía ser ya el “Famoso” Gómez o el autoritario agitador. Cualquier sargento del Olimpia quedara sorprendido con la representación. A su costado, sentada, María Luisa Puga, que a juicio a del cronista comenzó a demostrar su inexperiencia en esos encuentros vistiéndose de gris; todo el tiempo mantuvo la cebeza baja y a través de su tupé lacio apenas dejó ver los vicaces ojos negros; al parecer, se había dejado apabullar por su compañero de lectura.

De pronto, el Escritor guardó silencio. Abajo, ruido. Fuentes movió los hombros como hacen los boxeadores antes de comenzar la pelea (en él dicho gesto se vio distinguido, delicado) y luego tomó un vaso con Coca-Cola, dio dos pequeños sorbos, de esos que apenas permiten un ligero gorgojeo de la Manzana de Adán. Ni siquiera se mojó el bigote. cuando se reinstaló el silencio, su voz adquirió cada vez más una modulación violenta aunque elegante (Fuentes siempre es elegante, hasta en la procacidad).

EL APLAUSO Y LA MIRADA

Dijo “gracias” y todavía no terminaba de sentarse cuando ya estaba las carretadas de aplausos, las miradas admirativas, embelesadas. Complacido, demostraba saber lo que se requiere para una presentación personal: una pequeña mise en scéne. Leer no tanto para ser escuchado como para ser visto. Tener una noción espectacularmente sutil de estos eventos. Hacerse ver. con todo ello terminó de provocar la total intimidación de María Luisa Puga, que leyó sentada. Aprovechando la ocasión para lucir su famosa caballerosidad, se convirtió instantáneamente en el más atento escucha de la Puga. Con el codo izquierdo sobre la mesa la observaba atentamente, pero sabía muy bien quién era el centro de las miradas.

Cuando terminó, Carlos Fuentes estiró los brazos -casi hasta la altura del rostro de la Puga- y comenzó a aplaudir, antes que cualquiera de los presentes, ante el sonrojo de la ovacionada. Los aplausos, cuya batuta siempre llevó el Escritor, terminaron cuando él bajó las manos. La Puga se levantó y se puso a platicar con dos amigas y una reportera, mientras la mayoría de los asistentes se desbandó sobre Fuentes, que ya esperaba con una pluma en la mano y con esa triunfante, exitosa amabilidad. Por primera vez en su vida, el cronista estuvo a sólo un paso de él, quien se mostró dispuesto, incluso, a firmar el ejemplar de Una Familia Lejana. Lo aguileño no quita lo galán De cerca, Fuentes es un gentleman cosmopolita. Traje ligeramente beige, de solapa delgada y corte como un teodolito de tan exacto, camisa levemente azul corbata definitivamente negra. El cartier asomaba apenas de puño. La tez, con un bronceado de esos que parecen naturales, conseguidos con método y mesura, periódicamente (es bueno recordar que el Escritor ya señaló sus deportes favoritos: hacer el amor y nadar). El pelo, cuidado hasta la perfección (la orzuela sería inconcebible) se ondula, sinfónico, hacia atrás, con un caoba suave y una ligerísima decoloración causada por los rayos solares. El bigote, recortado con toda la naturalidad, recuerda la impresión de una reportera de la UIP que lo entrevistó en New York: como el de Omar Shariff. Las gafas, que parecen diseñadas ex profeso, dar armonía al rostro y a es perfil aguileño que “no quita lo guapo”, según comentaron unas coquetas cincuentonas envueltas en una nube de fragancias de tocador, que se acercaron al escritor y preguntaron “Oiga don Carlos, ¿sabe? queremos preguntarle una cosa, nosotras creemos que la temática de su obra es la ausencia de identidad”… Un silencio de milésimas de segundo felizmente roto por la que sería espontánea carcajada del Escritor y el amistoso “claro, así es”.

UN AUTÓGRAFO NO SE LE NIEGA A NADIE

Con asombrosa facilidad, fuentes despachó a todos. Se notan tablas para sobreponerse a cualquier posible bochorno. Cuando Marco Antonio Campos le dijo su nombre, solicitando la dedicatoria, Fuentes elaboró la siguiente frase. “Ah! ¿escritor verdad? íY muy bueno, por cierto”, todo acompañado por un ademán de personaje de Flaubert que puso feliz al solicitante.

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE CARLOS

A los reporteros también se los quitó de encima con toda galanura y condescendencia, sin denostación alguna. Sus frases, como sus actitudes, lapidarias y sin vuelta. Y lo que es peor: parece que siempre dice la verdad. Sobre la obra de María Luisa Puga, dijo a Javier Molina, de unomásuno:” escritores extranjeros como Lawrence Durrel y Malcolm Lowry, nos han mostrado a México visto por los de fuera; María Luisa Puga nos lo muestra desde dentro, tal y como es nos lo descubre”. A un muchacho que le dio a firmar sólo primeras ediciones de sus obras y que insistía en conseguir una entrevista personal, le dijo: “Un buen reportero puede hacer una entrevista personal de todo lo que estamos diciendo aquí”. El chico sonrió y se llevó sus primeras ediciones.

Una personalidad avasalladora no desprecia la más mínima oportunidad de ensancharse. El joven que dirige cierta colección llamada Terra Nostra, le pidió permiso para usar ese título y Fuentes, con un dejo de sorpresa, exclamó: ” !Pero por supuesto! Anúnciame como padrino de esa colección”. Sin creerlo, haciendo gala de una provinciana candidez, el joven preguntó si podía escribir un parrafito -unas ocho líneas, dijo- y firmar como “Carlos Fuentes”. El escritor correspondió anotando su dirección en Estados Unidos, “para que me escribas”.

REMATAR CON BROCHE DE ORO

Mientras tanto una parte de la concurrencia ya disponía del vino blanco y los bocadillos. Por ahí Silvia Lémus, con un sencillo modelo negro que se le untaba al cuerpo, departía con Barbachano Ponce, quien hablaba de literatura y retorcía las manos en un amaneramiento acorde a las circunstancias. Cierto grupito de cocteleros comentaba un chisme sobre la Lémus: “En París, anduvo con el hermano del presidente Giscard”, lo cual, se añadía, no dejaba de aurolear al propio Fuentes Era cierto. Para esa personalidad elaborada en la Alta Escuela, lo que en otros sería defecto era prestigio. Sonriendo, Carlos Fuentes se acercó a Silvia Lemus y mientras le daba un beso en la mejilla, con la mano derecha acarició, aristocráticamente, el glúteo, con una delicadeza que ningún otro Carlos del país pudiera soñar. Delante de la concurrencia era una aplastante y demoledora muestra de seguridad. Todos asintimos, sonriendo agradecidos. Nadie supo qué comentó a la Lemus, pero había consenso: todo sería aprobado. No somos tan nacos como parece. Echeverría tuvo tino al designarlo embajador: sólo le faltaba el nombramiento oficial, y aunque lo limitaba a un solo país, Se sabía que en cualquier lugar del mundo Fuentes seguiría siendo todo eso, la prueba irrefutable de que en México los trajes de charro ya no se usan.