Vol. XI, No. 33, diciembre de 1979. Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM.

CAMBRIDGE, C.U.

Alejandro Rossi, Fernando Salmerón y Luis Villoro iniciaron en 1967 la publicación de Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía. Con ello, como señala su primer entrega, buscaban responder a la necesidad de establecer un órgano de comunicación para buen número de filósofos de lengua española que habían abandonado un viejo estilo de hacer filosofía (reflexión especulativa más o menos libre, generalmente en torno a las características culturales o antropológicas de nuestros países) y se planteaban con mayor profesionalismo la labor filosófica, esto es, como un trabajo de análisis conceptual y de critica donde habría que emplear instrumentos lógicos y procedimientos rigurosos de investigación. No eran los temas ni las tesis las que distinguían a esta tendencia, sino más bien la manera en que se concebía la labor filosófica.

DILETANTE, NO HAY CAMINO

Característico de los filósofos analíticos latinoamericanos sucesores de aquel anhelo de rigor, es hoy el interés por estudiar tanto la metodología como la historia y los resultados recientes de la ciencia, ejerciendo el análisis y la reflexión sobre problemas ligados a distintas disciplinas científicas. Por otro lado, el lenguaje, -en el que cristaliza el aparato conceptual, fuente muchas veces de confusiones y errores conceptuales-, constituye también un foco de interés primordial. El florecimiento de la filosofía analítica en América Latina puede verse además como una reacción contra el diletantismo (y la ausencia de argumentos que lo acompañaba) imperante en el campo de la filosofía en las décadas anteriores. El intento por lograr mayor precisión y claridad en la argumentación conlleva el de hacer de la filosofía una empresa común y no meramente un campo abierto a la creación de “sistemas personales” o a la expresión de puntos de vista subjetivos.

Desde su inicio, Crítica se edita en forma bilingüe (español-inglés), buscando con esto, igualmente, la comunicación con el mundo filosófico anglosajón (donde se han llevado a cabo los mayores avances en filosofía en las últimas décadas). Durante sus dos primeros años Crítica se publicó en forma totalmente independiente contando con escasos recursos económicos. En su tercer año, cuando su prestigio empezaba a consolidarse, fue acogida por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, bajo cuyo patrocinio continúa hasta la fecha.

EL LEGO ESPECIALISTA

Los años han venido a confirmar la pertinencia de la tarea iniciada por Rossi, Salmerón y Villoro. En sus doce años de vida, Crítica ha recogido colaboraciones de más de 50 filósofos latinoamericanos (73 artículos, 24 discusiones, 78 reseñas bibliográficas) y las colaboraciones de filósofos anglosajones son también numerosas (65 artículos, 8 discusiones). El profesionalismo de los materiales publicados está fuera de toda duda. Se trata en todo momento de una publicación dirigida a los especialistas, pero que a la vez permite al lego percatarse de los problemas que actualmente se debaten en los centros filosóficos.

Crítica círcula en la mayoría de los países latinoamericanos, así como en España y algunos países anglosajones. Se puede afirmar que (tal vez con la revista Teorema, publicada por la Universidad de Valencia, España) constituye en la actualidad el órgano de difusión y de discusión más importante para los filósofos analíticos de lengua española. Por esta misma razón, resulta sorprendente (si no lamentable) que el número de reseñas de libros escritos por filósofos hispanohablantes no pase de 17 en los doce años de vida de la revista, en tanto que las reseñas de libros escritos por filósofos anglosajones rebase el número de 60. Buena parte (tal vez la mejor) de la literatura filosófica analítica producida por autores de habla española ha sido pasada por alto en Crítica. Esta es una carencia notable en la revista.

HACIA UNA MORAL DEL TIRANICIDA

El número 33 de Crítica, se inicia con un artículo de Javier Esquivel, “Assasination and Tyrannicide” que intenta caracterizar este último tipo de crimen político, distinguirlo de otros afines y discutir las condiciones bajo las cuales el tiranicidio puede resultar moralmente justificable. Según Esquivel, el tiranicidio es un acto híbrido que se caracteriza en parte por los motivos del tiranicida, en parte pro su carácter retributivo (especie de castigo) y en parte por el tipo de consecuencias que intenta provocar (especie de defensa del prójimo desvalido). Para una justificación moral del tiranicidio es necesario apelar a condiciones que tienen que ver en cada uno de sus componentes. En forma esquemática, Esquivel señala seis condiciones sin entrar en la discusión de ellas. Y aunque su trabajo constituye uno de los primeros en abordar este tema desde la perspectiva análitica, hubiera sido deseable el análisis de un caso concreto de tiranicidio que ilustra las condiciones establecidas por él. Las condiciones 1-2 son difíciles de interpretar: ¿quién juzga la bondad de los motivos del asesino?, ¿qué criterios objetivos pueden establecerse para ello?, ¿cómo determinar si las consecuencias señaladas en la condición 2 son “buenas”? Estas cuestiones cruciales no son tocadas en el artículo. El texto de Esquivel resulta sin embargo estimulante precisamente por las interrogantes que abre.

MATERIALISTAS, ABSTÉNGANSE

Otros artículos del número son. “Ontología y Universales en Gustav Bergmann”, por Mauricio Beuchot; “Strawson on Term Ordering”, por Stanley Martens y un interesante trabajo de Adolfo García Díaz. “Notas sobre la similitiud y los colores”. Pero quizá lo mas atractivo de esta Crítica 33 sea el trabajo de Miguel Angel Quintanilla (Universidad de Salamanca) incluido en la sección “Discusiones”. El artículo analiza los argumentos de C. Ulises Moulines en contra del materialismo, y comenta también la (brillante) segunda defensa que el propio Moulines hizo de sus tesis en respuesta a todos sus críticos (“Las tribulaciones del materialismo: respuesta a mis críticos”). Con esto parece cerrarse, por el momento, una polémica que se abrió hace dos años al publicar Moulines, en Crítica 26, su artículo “Por qué no soy materialista”. Ahí se confesaba simpatizante de la actitud cientificista y desmistificadora que ha solido acompañar a los filósofos “materialistas” pero señalaba las serias dificultades teóricas implicadas en todo intento de hacer plausible una tesis ontológica monista de tipo materialista, esto es, las dificultades de dotar de un contenido no trivial a la tesis que pudiera resumirse bajo el rótulo “‘Todo es materia”. Moulines argumenta éste rechazo de dos modos:

(1) Dado el estado actual de la ciencia, resulta un pluralismo ontológico (aceptación de categorías ontológicas mutuamente irreductibles) es mucho más adecuado que cualquier monismo para interpretar los resultados de las teorías físicas actuales. (2) Dado que la noción de “materia” es hoy tanto o más oscura que nunca, consignar “todo es materia” es una afirmación igualmente oscura.

Si el materialista quiere tomar una posición clara y plausible, no le queda más remedio, sostiene Moulines, que revisar los resultados de la ciencia que supuestamente estudia “la materia”, esto es, la física; pero la situación presente de esta ciencia no proporciona una noción unívoca, clara, de “materia”, que permitiera enunciar la tesis materialista con un centro interesante o no trivial. Quintanilla sostiene que los dos argumentos de Moulines son incompatibles, pues el primero supone nuestro conocimiento de muchas propiedades de las cosas reales (cosa que Quintanilla interpreta como la afirmación de que conocemos “parcialmente” la materia), en tanto que el segundo argumento presupone que no tenemos ningún conocimiento de qué es la materia. Moulines aclara en su réplica que los argumentos no son contradictorios sino independientes. Conocer algunas propiedades de las cosas reales no es equivalente a conocer parcialmente la materia. Es necesario distinguir entre una posición epistemológica, el realismo, y otra posición ontológica: el materialismo. Es posible sostener una tesis realista espiritualista. Decir que todo realismo tiene que ser materialista, supone aceptar que no son cognoscibles las propiedades espirituales o lo espiritual, y esta es precisamente la tesis que Moulines pone en cuestión.

Por último, si, como sugiere Quintanilla, entendemos por “materia” todo lo que tiene cualquiera de las propiedades que la ciencia atribuye a las cosas, el materialismo se trivaliza o se hace tautológico. En este trabajo, Ulises Moulines responde también a las críticas que, en distinta publicaciones, presentaron a su posición Carlos Pereyra, Enrique Villanueva, Alvaro Rodríguez Tirado y Mario Otero. La polémica ha sido fructífera, o por lo menos ha puesto a pensar sobre estas cuestiones a filósofos que en alguna etapa “prerreflexiva” se han autodenominado “materialistas”.