Nací en un mundo posterior a El Fin de la Historia. Un mundo que, me dijeron, tendía a la paz perpetua y al progreso compartido. Nací, también se me dijo, en un país moderno. Un México que se había librado de sus lastres nacionalistas y revolucionarios. Un México en el que el Estado ya no fabricaba bicicletas. Un país que comerciaba con los gringos, nuestros amigos. En pocas palabras, crecí en el México que había entendido que su ingreso a la modernidad dependía de desmontar al Estado —y dejar que los privados se hicieran cargo.

Pertenezco a una generación cuyos miembros hemos sido llamados nativos digitales. Y en parte es verdad. No recuerdo, prácticamente, mi vida antes de Internet. Pero me parece que de todos los nativismos que se nos achacan este es el menos importante. Se pasa de largo que mi generación es la de los nativos democráticos: mi primer recuerdo político, por ejemplo, es el de Ernesto Zedillo anunciando en cadena nacional el nombre de su sucesor —y el silencio, hondo e insondable, de mis padres. Crecí gobernado por Acción Nacional y, durante mi infancia, la imagen que tenía del PRI era el resultado de sobremesas familiares: aquella, sí, de corporativismo y devaluaciones, pero también de la añoranza de aquellos que sabían gobernar.


Ilustración: Jonathan Rosas

Mi generación acaso sea, también, la primera de nativos neoliberales. El mundo previo al TLCAN nos es completamente ajeno. Se nos repitió, por décadas, que teníamos todo para ser ricos pero que el Estado había administrado mal la abundancia. Crecimos sabiendo que nuestro lugar en el mundo era la maquila, que la precarización laboral nos hacía competitivos, y que eso era perfectamente racional.

A nosotros, se nos dijo, nos tocaría otro país. Un país abierto al mundo. Un país democrático. Un país eminentemente moderno. Porque creceríamos en un México que ya había entendido que el Estado era ineficiente. Que entre más pequeño fuera, mejor. Y en donde habíamos comprendido que el secreto para la prosperidad era confiar en la eficiencia de El Mercado.

Podrá creerse que el cambio fue paulatino y pausado. Pero la transición entre el estatismo y el desmantelamiento del Estado fue veloz y violenta. Para ejemplo estamos nosotros, una generación que creció en un país en donde la idea propia del Estado estaba siendo deslegitimada —y en donde eso era deseable. El país en el que crecí fue aquel que siguió puntualmente la hoja de ruta dictada por el consenso neoliberal, y sin embargo el país en el que vivo ahora no sirve de ejemplo para demostrar que de algo haya servido.

Y comenzamos un año más sin discutirlo. Porque nuestra preocupación se encuentra en otro lado, en el populismo. Y en evitar que perdamos todo lo que hemos ganado, sin saber bien a bien qué es. El PRI se fue y regresó, en el trayecto cambió por completo de identidad, y eso no ha impedido que siga definiendo el espectro político. He vivido toda mi vida en un país en donde no hay discusiones o plataformas programáticas, porque se da por sentado que lo programático está resuelto, las recetas están dadas, y sólo hace falta elegir entre quién las implementa mejor. El así llamado peligro para México, contrario a lo que se piensa, es parte de este mismo problema. No porque sea una alternativa a las políticas neoliberales sino precisamente porque no lo es.

La actual iteración del consenso neoliberal es curiosa y al mismo tiempo perfectamente lógica —también es la última. Busca ciudadanizar una agenda compartida por la izquierda y la derecha (es un decir), pero que es completamente indistinguible de la del partido en el poder. Es trágico, principalmente porque no se ve una salida. Es peligroso, también, porque olvidan que están frente a una generación que en el futuro podría confundir el fracaso de sus políticas con el fracaso de la democracia.

Este último par de años nos han demostrado que la ruptura de este consenso llega por donde menos lo imaginamos, es decir, rebasa lo que en su momento consideramos el límite de lo pensable. Desde Viktor Orbán hasta Donald Trump, pasando por Recep Tayyip Erdogan y el Brexit, hemos visto cómo la realidad reacciona y se impone sobre las promesas incumplidas de un credo vacío.

Hemos seguido puntualmente la hoja de ruta —ahora sabemos a dónde lleva. Mientras la penosa ópera bufa que es la política nacional siga discutiendo cómo desmantelar el Estado o cómo repartir su cascarón en lugar de reconocer que lo que hace falta es una nueva narrativa nacional, posterior al PRI y consciente del fracaso neoliberal, llegaremos más rápido ahí. Y cuando la realidad se imponga de una manera que ahora nos parece impensable, sabremos que es demasiado tarde. Así comienzan los próximos 40 años.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.

 

3 comentarios en “Hoja de ruta

  1. Esta es una pieza muy bonita. Gracias. Pero, respetuosamente, siguen sin observarse las RAZONES. En Mexico, mientras siga gobernando el PRI, se sigue robando el dinero por MALETAS. Ya no se expresa en millones. MALETAS. Todo lo demás esta bien y Mexico obtiene calificaciones muy altas en crecimiento y evolución. Solamente no se logran los objetivos porque SE ROBAN EL DINERO. Que, sera tan complicado de entender y atender este problema? CAMBIAR LAS FIRMAS EN TODAS LAS CUENTAS DE BANCO DE LA ADMINISTRACION PUBLICA. Por favor. No necesitamos literatura Necesitamos acciones. Pocas y sucintas. Pero efectivas. Si no se ventilan ni se ponen en practica, empezaran los próximos 40 años de Mexico. Insufribles. (Y el crimen, desatado, sin ningún aparato de combate al crimen. Pero ese sera otro capitulo que caerá del árbol al cambiar las firmas en las cuentas. Por favor, no echen esto en saco roto.) Felicitaciones y gracias, amigo Juan Pablo Garcia Moreno.

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