El año pasado, una colega de la Universidad de Iowa me invitó a pasar el puente del Día del Trabajo en la casa de su familia. Mi amiga nació en Estados Unidos, pero sus padres son migrantes indocumentados, oriundos de un pueblo en Guerrero llamado Cocula. Cruzaron la frontera hace más de dos décadas y se establecieron cerca de San Diego. Hace unos años, fueron deportados. Cuando volvieron al norte, decidieron establecerse en un pequeño pueblo en Arkansas, lejos de la migra pero también de familiares y amigos.

Mi amiga y yo pasamos buena parte de nuestra estancia en Arkansas en el restaurante de su familia. El viernes y el sábado, la mayoría de la clientela fue norteamericana. El domingo, sin embargo, le servimos birria a una multitud de mexicanos. Algunos venían del pueblo vecino, donde una planta procesadora de carne emplea a decenas de paisanos, pero los rostros cansados de otros traicionaban que habían manejado desde la madrugada para poder disfrutar de un rito semanal.

Ilustración: David Peón

Mientras mi amiga y yo lavábamos platos, me di cuenta de que aquellos hombres y mujeres habían venido en busca de algo más que un guisado. Lo que querían era un sustento espiritual, un bálsamo para las heridas de la migración. Me di cuenta de que, pese a que mis pies estaban bien plantados en suelo norteamericano, en ese momento estaba en México. Una vez a la semana, a través de una alquimia culinaria, la familia de mi amiga conjuraba un país dentro de otro. Esa tarde de otoño en Arkansas tuve una visión de Anáhuac tanto o más real que aquella que tengo cada vez que vuelvo al valle donde nací, cuando el avión comienza su descenso y la ciudad se me aparece en toda su inmensidad.

Tras casi diez años en el extranjero, he llegado a la conclusión de que México excede a sus fronteras geográficas. Puede que el estudio donde escribo este texto caiga bajo la jurisdicción de Washington D.C., pero yo vivo en un país más allá del tiempo y del espacio. Por supuesto, este país no es idéntico al que habitan los padres de mi amiga chicana. Ellos salieron del pedazo de tierra donde nacieron porque no tenían otra opción, porque la alternativa era el hambre y el terror; yo me fui porque quise, porque podía, porque estaba cansado de la arrogancia indolente e idiota de la burguesía del poniente de la Ciudad de México. Pero, en ambos casos, el país metafísico en el que vivimos es México, un México transnacional que sobrepasa a las leyes, a las convenciones políticas, incluso al idioma y a aquella cosa inasible que llamamos cultura. Un México tan amplio, tan ambiguo, que al concebirlo de esta forma uno arriesga hacerlo un símbolo que pretende significar todo, que es lo mismo que significar nada. Un México, sin embargo, que es también una idea con enorme potencial emancipatorio, en tanto que nos permite ampliar y expandir nuestra solidaridad.

Estas consideraciones parecen abstractas, pero este México del que hablo es una cosa tangible, corpórea. El pedazo de tierra cercado por nuestras fronteras tiene 130 millones de habitantes; al mismo tiempo, unos 37 millones de los habitantes del pedazo de tierra al norte del Río Bravo se identifican como nuestro país. En otras palabras, uno de cada cuatro mexicanos está fuera del territorio nacional. Este hecho nos presenta dos posibilidades: decidimos que nuestras responsabilidades éticas y políticas quedan delimitadas por la ciudadanía y el lugar de residencia, o aceptamos que México existe en Chicago y Los Ángeles tanto o más que en Querétaro y Aguascalientes.

Así, cuando se me pregunta qué futuro quisiera para el México en el que vivo, respondo que me gustaría que mis connacionales al sur del Río Bravo tomaran plena consciencia de nuestra diáspora. Como a muchos de mi edad, me resulta difícil ser optimista. Por generaciones, los mexicanos que vivimos en la República Mexicana hemos bebido el veneno del nacionalismo. Nuestro instinto es subrayar las diferencias que nos separan de los mexicanos en el exterior y entenderlas como deficiencias. En estos días aciagos, en los que la pandilla de nacionalistas blancos que se hace llamar el gobierno de Estados Unidos amenaza con construir un muro, deshacer acuerdos, y deportar a millones, esta actitud se vuelve peligrosa, incluso suicida.

Pero la desesperación es la madre de la derrota, así que a falta de optimismo me aferro a la esperanza. Quizás, en esta visión de Anáhuac en Arkansas, sea posible entrever los contornos de una concepción del contrato social sustentada no en tierra y sangre, sino en comunidades imaginarias, en afinidades electivas. Una política, es decir, sustentada en la solidaridad.

 

Nicolás Medina Mora
Reportero y ensayista. Es miembro del Programa de No-Ficción de la Universidad de Iowa.

 

2 comentarios en “Visión de Anáhuac en Arkansas

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