La mayoría de los mexicanos, según datos del censo, sólo conoció el coletazo de los 71 años ininterrumpidos del PRI. Vieron una transición pacífica, en la que la oposición recibió el poder sin riesgo de fisura o incluso golpe de Estado. Pensaron —y se les vendió la idea— que el cambio sería el primer paso en el camino a un mejor futuro.

Pero el cambio se fue por otro sendero. Aceleró la muerte de varias generaciones; a otras tantas las destinó a décadas de miseria. Tan grave fue el retroceso, que hubo quienes pensaron que, ante la catástrofe, era mejor tener de regreso en el poder a quienes lo habían ostentado durante casi todo el siglo pasado.


Ilustración: Mariana Villanueva

Craso error. Quienes pidieron una segunda oportunidad y prometieron, ahora sí, algo distinto, en realidad se ensañaron. De 2012 a 2018 los mexicanos han visto, un día sí y otro también, cómo sus gobernantes se hinchan los bolsillos con dinero que no es suyo. Cómo se benefician de contratos públicos que ellos mismos negocian. Cómo le roban a los más pobres a través de los programas que deben ayudarlos. Cómo la clase gobernante vive a expensas de ellos.

Pero la respuesta es tímida. En la corta vida democrática de México la protesta ha sido marginal. La Ciudad de México, sede de los tres poderes nacionales, sólo recibe marchas corporativistas, organizadas, en las que los manifestantes son parte de un juego político donde sólo reciben un sándwich a cambio.

Dos veces en 10 años es que las protestas han sido distintas. Ninguna ha tenido consecuencias. La primera, en 2004, fue en respuesta a la inseguridad en la capital. La autoridad local la descalificó de inmediato. Los ricos no tenían derecho a manifestarse.

La segunda, 10 años más tarde, fue al revés. Fue resultado de un crimen al México más herido, más jodido y más pobre: la desaparición de 43 estudiantes de una escuela normal rural. De 43 jóvenes que querían ser maestros.

Sus efectos fueron invisibles. En 2014 el gobierno federal dejó que los manifestantes se cansaran. Que sus quejas fueran gritos sordos que terminaran por callarse. Para 2015, esos 43 fueron olvidados por una sociedad tan llena de problemas que no podía hacerle espacio a otro más.

Mientras tanto, algunos de los manifestantes terminaron en penales de alta seguridad, acusados de amotinarse, o lo que es lo mismo, de rebelarse contra la autoridad. La cultura represora del siglo XX continuaba igual de latente en el siglo XXI.

Porque la estructura sobrevive. Un México moderno fundado en la cooptación del enemigo, en la compra de los sindicatos, en una prensa que vive de publicidad oficial, ha hecho que cualquier esfuerzo que logre apartarse del canal institucional se desvanezca de inmediato. Quienes no se acoplan simplemente desaparecen. Nunca está de más recordar que el gobierno mexicano es el inventor de los vuelos de la muerte, el primero en pensar que el castigo necesario para cualquier disidencia era aventar a una persona, viva, desde un avión hacia el vacío.

32,277 desaparecidos, según la cuenta de Data Cívica, una organización no gubernamental que ha recogido, con paciencia y cuidado, los nombres de cada uno de ellos, porque el gobierno no lo ha hecho. Los mexicanos deben buscar a sus propios muertos, porque nadie más lo hace.

Las instituciones y sus ocupantes fingen que 32,277 personas no son una crisis nacional. Se lo explican y justifican con la cantaleta de que si algo les pasó es porque algo se merecían.

Bárralas debajo del tapete. Quíteles el nombre. Escóndalas en una fosa común. Siga gozando de sus privilegios. ¿No hay dinero? Asígnele más valor al petróleo en el presupuesto del próximo año. ¿Alguien se pasó de la línea, incluso para los laxos estándares nacionales? Que lo investigue su compadre. ¿La gente tiene hambre? Ignórela y dejará de quejarse.

El Estado mexicano tiene forma de liga. Una liga que se estira y estira pero no se rompe. Que aguanta atropello tras atropello a la espera de que algo cambie. Que resiste sin importar el costo.

Ojalá que en 40 años no sea así. Que esa nueva generación que revive, de manera aún más descarnada, la vorágine de los políticos, pueda romper la liga. Poco a poco, o de un solo golpe si es necesario. Pero que convierta el México mañana del que se habla en este espacio en algo distinto, mejor, y deje de tolerar los abusos de unos cuantos contra otros cuya gran desgracia fue producto de la lotería de nacer en un país donde no le importan a nadie.

 

Esteban Illades
Editor y escritor. Su libro más reciente es Fake news, la nueva realidad.

 

3 comentarios en “Una liga que no se rompe

  1. La culpa la tenemos todos los mexi9canos por comodinos y agachones ( que se haga la voluntad de dios en los bueyes de mi compadre.)

  2. Y porqué han de esperar que pasen otros 40 años? El cambio es Ya o no será jamás. Detesto oír que se diga que en tal año se luchó por el respeto a los derechos de las mujeres y lograron el derecho al voto. Si los derechos ya están desde hace 150 años o más en nuestra constitución política, porque nos los han de dar a cuenta gotas??? Los derechos son para ejercerse y hay que empezar por el 130 y 24 y continuar con el resto. Si los gobernantes no sirven para mejorar la vida de los pueblos con el dinero de los pueblos, se deben ir a su vida civil y dejar de hacer daño!

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