En pleno siglo XXI, y a pesar de una explotación rapaz histórica, México todavía es un país privilegiado en recursos naturales. El petróleo, por ejemplo, sigue siendo un enorme filón. Al grado de que ante el ocaso del yacimiento Cantarell, estamos volviendo a explotar un sinfín de bloques ubicados en buena parte del territorio del país. Los cuales, en su momento, se abandonaron por perseguir este tesoro campechano que dio pie al llamado “milagro mexicano”. Y que ofrecen una producción nada despreciable por varias décadas más. Pero el crudo petrolífero no es el único bien todavía exprimible: minerales, litorales, agua dulce, entre otros, mantienen el potencial de erigirse en el sustrato de una sólida sinergia económica.


Ilustración: Víctor Solís

Esta explotación, sin embargo, para su óptimo aprovechamiento, exige al menos cierta planeación y conocimiento científico. Es decir, requiere de una actuación inteligente para aprovecharlos, darles valor agregado y generar riqueza. Y, luego, por supuesto, someter ésta a los cauces institucionales pertinentes para redistribuirla. Lo cual, desafortunadamente, salvo algunos chispazos, no ha sucedido. Un ejemplo: justo con el reciente desplome petrolero, ciudad del Carmen, Campeche, se hundió en una crisis económica y social desoladora. Lo cual evidenció que, después de décadas de frenesí económico, fruto del azar petrolero, no se logró construir una economía que diese viabilidad a esa región, con independencia del petróleo. La fortuna de tener uno de los yacimientos más generosos en la historia de la humanidad, no sirvió como trampolín para un desarrollo anclado en el conocimiento y la innovación. Lo peor es que el fracaso campechano no es un caso aislado. Sobran ejemplos de oportunidades de la naturaleza que han sido explotadas vorazmente, sin una estrategia adecuada de transformación social, concentrando la riqueza resultante de tales bienes en pocas manos, sin premiar la creatividad empresarial.

Esta misma fortuna en recursos naturales nos ha permitido, a su vez, darnos el lujo de tener un proceso civilizatorio del país lentísimo, sin los costos que de otra manera corresponderían. Por supuesto, hemos concretado logros medulares. Pero la construcción de nuestras instituciones ha sido pausada y defectuosa. Después de décadas, y un sinfín de discusiones y reformas, México cerró el siglo XX desbaratando el sistema autoritario de partido hegemónico, para darle la bienvenida al régimen democrático. Logramos, por fin, acordar cómo repartir el poder político entre los diferentes grupos y partidos. Y, en este sentido, tener elecciones, más o menos, ceñidas a reglas propias de un juego justo. Surgió, entonces, un desafío medular: hacer de tales reglas un hábito y, siguiendo las formas de la conversación democrática, definir un abultado número de pendientes del país: ¿Qué hacer con el federalismo? ¿Cómo abatir la pobreza y desigualdad? ¿Cuál es el camino adecuado para preparar millones de jóvenes ante los retos educativos de la modernidad? ¿De qué manera sumarnos a la discusión científica mundial? ¿Cómo reducir los enormes costos sociales que generan ciertas enfermedades?

Ninguna de estas interrogantes se ha resuelto o, en su caso, lo que tenemos son respuestas deficientes o eufemísticas. Y peor aún: nuestro preciado trofeo democrático peligra más que nunca. Las reglas del pluralismo, con sus inevitables deficiencias, no lograron cuajar. No se volvieron el caldo de cultivo para formar demócratas. La generación de políticos, encargados de consolidar el nuevo régimen, fracasó. Por diferentes vicios y debilidades, ninguno estuvo a la altura del reto. Como siempre, hay excepciones pero son eso: actuaciones sobresalientes, resultado del esfuerzo individual, más que el consenso mínimo por consolidar el cambio social. Así, los encargados de estrenar el juego democrático destacaron por su mediocridad, marcados por una ambición de victorias pírricas. Al observar a nuestros políticos, es inevitable recordar algunas de las reflexiones del periodista Ryszard Kapuscinski respecto los efectos del petróleo en la clase dirigente: concentra y refuerza su poder e, inclusive, les da la sensación de omnipotencia, pero lo cierto es que no sustituye la necesidad de pensar, ni tampoco sustituye a la sabiduría.

En este sentido, ante el reacomodo geopolítico, científico y tecnológico que está viviendo el mundo, México está enteramente desarmado. La lentitud del proceso civilizatorio, junto con la riqueza fácil que nos proveyó el petróleo, impidieron que, al día de hoy, estemos preparados para sumarnos a este proceso que definirá para las siguientes décadas los nuevos centros de poder que concentrarán aún más la riqueza y el conocimiento de la humanidad. Es cierto: el futuro de un país no está atado a leyes inexorables. La historia, más bien, es una caja de sorpresas. Pero, en principio, para los siguientes lustros, no nos queda más que ser proveedores de algunas materias primas valiosas para la economía mundial, con el paupérrimo desarrollo social que esto implica. Y esperar que cuando se presenten nuevas oportunidades, ahora así las aprovechemos de manera inteligente.

 

Saúl López Noriega
Profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.