En este país vivimos acechados por fantasmas. Esta convivencia con los muertos nos ha hecho famosos. El folklor anaranjado que tiñe las calles en noviembre, los altares de papel picado morado y negro, y la relación que tenemos con lo que el antropólogo Claudio Lomnitz describió como un especie de “tótem” de México —la muerte— ha sido uno de los rasgos marcadores más claros de “lo mexicano”. Aquí, como todos proclamamos, la muerte hace parte de la vida de manera muy visible e incluso atractiva: desde las imágenes humorísticas de José Guadalupe Posada que circularon en la prensa hace más de un siglo y hoy inspiran los altares y las catrinas de los barrios de Los Ángeles, hasta el desfile del Día de los Muertos que se hizo este año a partir del legado que le dejaron a la Ciudad de México los directores de arte del filme de James Bond atinadamente llamado Spectre. La manifestación más reciente de esta palpable fascinación con los muertos nos regresó plasmada en los trazos de Pixar y de Disney en Coco, donde el Mictlán de fantasía espejea al país de los vivos: imita sus formas, desde su arquitectura déco con tintes prehispánicos hasta sus lenguajes y modismos, pero sobre todo imita y acentúa su desigualdad, su burocracia y hasta su violencia.


Ilustración: Gonzalo Tassier

En el México de hoy, en el de verdad, fuera del folklor y del colorido “ser mexicano” que celebramos con reconocimientos de la UNESCO y exportamos por doquier, otros fantasmas se apilan y forman densas capas. En el contexto actual de guerra y de inseguridad que vivimos, la burla a la muerte y a sus calaveras se transforma en el horror, en la convivencia forzada con cuerpos desmembrados que aparecen en carreteras, parques y puentes, mantas con amenazas escritas en sangre, jóvenes desaparecidos, y miles de mujeres asesinadas y abandonadas descuartizadas en hoteles de paso, en barrancas, en maletas, y hasta debajo de las camas. Queda en la estela de este horror una sociedad atravesada por el miedo, el duelo, el enojo y la profunda impotencia ante los ausentes mecanismos de ciudadanía y de seguridad que permitirían buscar paz y justicia. Incluso los desastres naturales —cuando la tierra se mueve y nos sacude— exponen en las fisuras y grietas que dejan atrás la corrupción y la ausencia de autoridades responsables. En México, la destrucción de supuestos desastres naturales acaba siendo todo menos natural.

A la vez, y para el colmo, nos acechan fantasmas más antiguos y a veces más difíciles de identificar en este presente tan marcado por la muerte y por la violencia cotidiana. Estos son espectros de un proyecto de nación que nunca fue y que a la vez no termina de soltar su agarre. Desde una capa más profunda de la historia, estos fantasmas nos persiguen de manera menos conspicua, silenciosa, incluso inconsciente. Emergen y nos manipulan cada vez que buscamos manifestaciones de una identidad anclada en un pasado compartido, en antepasados generosos que, a pesar de exterminios y conversiones forzadas, nos hayan legado aunque sea una pizca de su forma de ser y de estar en el mundo. Estos espectros aparecen en las leyes y en las instituciones que siguen proclamando la grandeza de las culturas de las que supuestamente surgimos todos, y elaborando ostentosas ofrendas al pasado glorioso cegados al presente. En México se proclama un orgullo desmedido en nuestras raíces, en nuestro patrimonio, sin lograr jamás ver la complicidad de estos discursos en la producción de la desigualdad, del racismo, del despojo continuo a personas, grupos y comunidades que llevan siglos luchando por salir de los márgenes y de la pobreza que les son impuestos y lograr otros horizontes.

Estos fantasmas hacen que con un nombre como el mío, siempre haya sospechas de extranjería y de otras alianzas, o que una mujer indígena que busca ser candidata a la presidencia tenga que hacerlo desde una plataforma que se articula desde una alteridad domada para satisfacer los deseos exotizantes de una sociedad que venera su patrimonio prehispánico, pero desdeña y despoja continuamente a sus verdaderos herederos. Estos fantasmas no nos permiten llamar las cosas por su nombre. Por ejemplo, rehusamos ver los modos en que vivimos regidos por un complejo sistema que evalúa constantemente el color de la piel e índices fenotípicos porque se supone que en México todos somos mestizos.

Mirando el México de mañana, y a punto de dar a luz a un nuevo ser en estos tiempos y en este país, me pregunto si algún día lograremos lidiar con estos espectros y sus muy tangibles formas de afectarnos. ¿Llegará el día en que iremos al Museo de Antropología y veremos representados a los movimientos indígenas como actores que hacen política y no como maniquís inertes diseñados para colgar textiles bordados de colores? ¿Veremos nosotros o nuestros hijos un reconocimiento por parte del Estado mexicano de la soberanía de otros pueblos sobre sus territorios, sus recursos, sus pasados y los trazos materiales de éstos? ¿Dejarán de rondar en nuestras cabezas los espectros de la nación y de la identidad mexicana que nos han cegado e impedido lograr el país pluricultural, diverso y justo en el que podríamos vivir?

 

Sandra Rozental
Antropóloga, curadora y cineasta.

 

Un comentario en “Espectros mexicanos

  1. Muy interesante. Llevo 64 años de vida en Mexico y todavía conservo esperanzas de que algún día seamos un país civilizado. Por cierto, conocí a Claudio Lomnitz y a su esposa Elena en Ciudad Valles en los 80 y aún conservamos contacto. Me agradaría conocerte, aunque sea por este medio, tan impersonal.