Nací en el corazón de México el mismo año que la revista nexos: 1978. En la estela de esa gloriosa década de los años 70, cuando según mis padres, la vida no era fácil pero el futuro era una vasija llena de dulces: parecía que había oportunidades para todos. Crecí en los criticados ochenta, cuando el país entró en una recesión económica de la que los expertos dicen que aún no podemos recuperarnos; cuando los ideales revolucionarios se relajaron ante una juventud agotada y asustada: se decía de los jóvenes que ya no querían justicia, sino sólo divertirse y tener una vida normal.


Ilustración: Patricio Betteo

Soy parte de esa generación “puente” entre dos siglos, dos eras y dos Méxicos, con lo bipolar que ya resulta ser mexicano y vivir entre dos mundos: el “primero” de Estados Unidos y el “tercero” de Latinoamérica. Conocí el México del papá que iba todos los días a comer a su casa; de las hordas familiares que cada domingo invadían las casas de las abuelas, de carros largos y pesados que dejaban nubes negras a su paso. Viví el México en el que la información se buscaba en la Biblioteca México de la Ciudadela o en la Central de la UNAM, y también vivo —con alivio— la comodidad de buscarla en Google. Expié mis culpas en los centros de pago de la extinta Luz y Fuerza del Centro y de la antes paraestatal Telmex, fui testigo de la inconformidad social cuando la primera desapareció y cuando la segunda se privatizó, y hoy pago con mi propio salario ambos servicios, no sin quejas de su calidad. Fui gobernada por esa extraña sucursal gubernamental que era el Departamento del Distrito Federal, desde 1997 por el Gobierno del DF y viví la transición de esta Ciudad hacia un estado. Pero lo más trascendente fue conocer el México autoritario del PRI, haberlo visto caer en el año 2000 y luego azorarme al verlo levantarse de nuevo en el 2012. Todavía no logro recuperarme de ese impacto.

El México que he vivido como adulto es, por decir lo menos, asombroso. Atravieso esta etapa —espero que lo sea— de cruenta violencia sin precedentes en el cálido, hospitalario, fraterno y bromista México que pierde su afamado sentido del humor con cada desaparición, cada feminicidio, cada balacera en zonas escolares; pero también he visto en los últimos años sucesos que la niña idealista que fui creyó que nunca vería: conductores cediendo el paso a los peatones; espacios libres de humo de tabaco; ciudadanos reutilizando el agua y reciclando residuos; dos hombres besándose en la calle sin ser señalados y golpeados; hombres y mujeres defendiendo el derecho de ellas a vestir como prefieran; atletas y científicos de origen indígena ganando concursos internacionales; esposas creando empresas en la sierra que sus maridos abandonaron para emigrar al norte; perros adoptados que ya no serán sacrificados.

También creí que nunca vería en vivo y —literalmente— a color esa foto en blanco y negro de un edificio derrumbado con decenas de personas encima, moviendo escombros con las manos sin ninguna protección, buscando entre las losas una señal de vida después del terremoto del 19 de septiembre de 1985, la foto de la mayor tragedia que había sufrido la Ciudad de México en su historia moderna. Pero lo vi, lo vimos. En una corrosiva broma de la historia, repetimos esa escena en la misma fecha 32 años después, y desde ese segundo 19S hasta ahora vivimos un constante déjà vú de “el 85”: el luto, el estrés postraumático, las calles acordonadas, las demoliciones, pero también repetimos —y de ser necesario, repetiremos— ese fenómeno ya mundialmente conocido: los mexicanos siempre nos estamos chingando unos a otros, pero cuando el mundo se nos cae encima ninguno titubea en salvar al otro, arriesgando la vida y la integridad propias.

Sin embargo, el contexto actual es tan duro que me resulta difícil vislumbrar el futuro de mi país. Los avances que vi azorada en años recientes han tomado una tendencia regresiva, donde parece que el rostro oscuro de México se niega a derretirse ante la luz: corrupción, crímenes, un machismo renovado y más violento; trampas, fraudes, vicios de gobierno y gobernados… Después de esto ya no tengo precisamente una buena expectativa, pero sería cobarde tomar el camino fácil de no esperar nada. Si no hay nada, hay que pintarle algo encima.

Veo a México con esperanza. La misma esperanza infundada y pueril que tenía en la infancia. No con la del optimista que se convence de que todo va a estar bien, no. La esperanza como último asidero de quienes queremos ver de nuevo el rostro luminoso de México, ese que los extranjeros nos elogian. La esperanza que guardamos los que en la adolescencia tuvimos la oportunidad de decirle a nuestras madres “tranquila, sólo voy a una fiesta, ¿qué me puede pasar?”.

 

Claudia Altamirano
Periodista.