En el intento de responder a esta cordial invitación que me hizo la revista nexos de imaginar el México en el que nos gustaría vivir, pensé en el único derecho que Hannah Arendt consideraba como irreductible y genuinamente político (después de haber señalado que los derechos humanos no eran inalienables pues los apátridas habían demostrado que ellos requerían de un Estado-nación que los garantizara ya que con la pérdida de la ciudadanía les había sido arrebatada su existencia política) que es el de regular los asuntos de la vida humana y sobre todo de la vida pública, en la convivencia, mediante el habla y no a través de la violencia.1 Arendt no se refiere aquí a una teoría de la acción comunicativa sino al derecho de cada uno a la deliberación y a pertenecer a una comunidad política. Por otra parte, el habla tampoco refiere a un conjunto de significados establecidos sino a la posibilidad de construir un mundo con otros e inclusive a establecer el espacio de lo público.

Ilustración: Raquel Moreno

Retomo estas nociones tomando en cuenta que la crítica central de Arendt se centraba en la despolitización de la sociedad y me parece que eso mismo es lo que aqueja a nuestro México. Con esto no quiero decir que la sociedad tenga que adoptar un determinado discurso político ni mucho menos un determinado actuar público, sino justamente que cada individuo se sienta parte de una comunidad política, que la comunidad política se entienda a partir del lugar irremplazable de cada individuo. El derecho a hablar, me hace pensar en lo que sería la violencia como contraparte en la idea de Arendt, violencia como precariedad política de quienes no son escuchados y sus demandas no se articulan políticamente, de quienes viven en tal precariedad económica que la necesidad de sobrevivir los ha puesto al margen de la vida política.

Me parece que en México hay una despolitización de la sociedad y por ende una crisis de representación. De ahí esta explosión de candidaturas independientes, aunque por lo general no buscan un verdadero cambio en el sentido de la inclusión. Quizás la precandidatura de María de Jesús Patricio (Marichuy), que me parece la más interesante, pueda ser leída como una toma de palabra de una parte de la población: las comunidades indígenas pero también de las mujeres indígenas, a quienes les ha sido mayormente denegada la existencia política, al haber sido sus demandas cooptadas por un discurso paternalista o una política asistencialista.

Muchos de los problemas que nos aquejan tendrían un principio de solución con una comunidad politizada; la corrupción, por poner un ejemplo, es un síntoma de una ciudadanía que no se organiza para reclamar lo que le es propio y de unos políticos que no se sienten moralmente presionados por la sociedad. Por ello al hablar de politización quisiera poner en claro que la política no puede seguir siendo entendida como una mera administración de intereses económicos sino como esa posibilidad de construir lo común.

A mi parecer, el derecho a regular los asuntos de la vida pública exigiría también que la institución que imparte justicia dé lugar a juicios transparentes en los que la defensa no esté dictada por el poder económico. Cuando Arendt habla de ese “derecho a tener derechos” para responder a la crisis de la despolitización de los apátridas —y habría que pensar si en nuestro país no existen apátridas simbólicos— no se refiere a la institución de justicia sino a un derecho constitutivo a la existencia política antes que cualquier derecho y que cualquier predicación, incluida la de lo que significa ser humano. Sin embargo, si la institución que imparte el derecho es corrupta, como sucede en nuestro país, se destruye también la posibilidad de la política. En este sentido, el México del mañana tiene que empezar por un derecho al juicio justo como primera lucha contra la violencia.

Por último, para volver a la cuestión del lenguaje, me parece que ese derecho a la pertenencia a una comunidad política se puede leer también como el derecho a la lengua, aquella que da lugar a lo común, pero a una que no implique un sentido único, que no dicte lo que es inteligible y no excluya la pluralidad de lenguas.

 

Miriam Jerade
Doctora en filosofía. Profesora de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1.


1 Retomo aquí el análisis que realizó Werner Hamacher sobre la relación entre el “derecho a tener derechos” y el lenguaje en Hannah Arendt que fue recientemente publicado en español: “Del derecho a tener derechos. Derechos humanos; Marx y Arendt.”, Pléyade 19, enero-junio 2017 pp. 29-66.

 

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