Reflexionar sobre el México en el que vivimos desde las propias emociones, como nos invita a hacer nexos, es un desafío poco común. Supongo que dar rienda suelta a la subjetividad producirá un collage de representaciones filtradas por las vivencias, asociaciones y recuerdos personales. Comparto tres de los filtros que dan color a mi idea de México: la experiencia del exilio, la formación como internacionalista y un núcleo familiar de intelectuales de izquierda. Siendo así, vivo a México como lugar de acogida, como parte del mundo y como país con una aguda e hiriente deuda social.

México es en mi cabeza el mejor destino y la apuesta más alta, aunque también es la escenificación de la tragedia de Sísifo. Sobre este país nutro el optimismo de la voluntad, como hace quien eludió un destino personal que pudo ser siniestro en otros lares. Y mi instinto básico es el de la comparación con la historia colectiva latinoamericana: veo a México a través del cristal de quien sabe que ciertas cosas pudieron ser peores y algunas otras son incuestionablemente mejores. Peor hubiera sido la dictadura militar o la autocracia personalista, la incapacidad de generar mecanismos de sustitución pacífica de las élites en el poder, vivir el mestizaje como una vergüenza o invertir esfuerzos en hipótesis de guerra contra países vecinos. Indudablemente mejor es la sólida tradición del Estado laico hacia adentro y pacifista hacia afuera; la inclinación del poder público a nutrir una relación con los hombres y mujeres de ideas; la política de asilo y refugio; la diplomacia que contribuye a un orden internacional basado en reglas y consensos. Ese país me llena de orgullo y me toca el alma.


Ilustración: Kathia Recio

Sin embargo, en lo cotidiano uno no habita un país sino apenas algunas de sus veredas y esquinas. Mi privilegio —medio heredado y medio ganado— es el de caminar por la vereda de sol sabiendo a cada paso que ocurren cosas innombrables en la vereda de sombra. Están, por ejemplo, los universitarios trilingües a los que he formado a sabiendas de que se convertirán en profesionistas de clase mundial y los niños de la zona pobre de Santa Fe que en jornadas sabatinas me mostraron que el quebrado más básico es una proeza porque la escuela falla y el entorno es de supervivencia. Sé de primera mano que el Servicio Exterior Mexicano es un espacio donde priman el amor a la camiseta, la solvencia técnica y la meritocracia, a la vez que leo sobre los escándalos de corrupción que llegan a altas esferas gubernamentales. Me alienta la fuerza y la creatividad con la que la Cancillería empuja en el mundo una agenda progresista a favor de los derechos de las mujeres y de las personas LGBTI, pero se me cierra el puño con la siniestra numeralia de feminicidios y personas desaparecidas. ¿En qué momento malhadado descendimos a ese círculo del infierno?

Así es que, en este México, que en realidad son muchos, a uno se le expande y se le encoge el corazón. Pero una cosa es cierta: ninguno de los aventajados transeúntes por la vereda de sol tiene derecho al ánimo gastado, ni a desertar de su responsabilidad. Lo que viene es seguir empujando la piedra hacia arriba de la montaña porque está Trump enfrente y en el mundo pulula la intolerancia; porque debemos encontrar la fórmula para que la procuración de justicia sea eficaz y eminentemente civil; porque urge alentar la profesionalización y la probidad de la burocracia; porque los programas sociales no cambian nada sin mayor progresividad fiscal y salarios dignos; y porque en 2018 necesitamos elecciones confiables, concurridas y reconocidas por todas las partes, cualquiera sea el resultado.

Termino por donde empecé, mirando a México como parte del mundo. Me cuentan los multilateralistas que cuando en un foro la delegación de México pide la palabra, la sala se calla y escucha. Hay algo de grande en eso, un prestigio que no proviene ciertamente del poder puro y desnudo. El nuestro es un país atribulado, como he dicho; pero haríamos mal en no reconocer que hay cosas que funcionan bien y que, visto en perspectiva, la piedra tampoco está a pie de ladera. No lo digo con candidez sino desde la certeza de que ninguna nación puede avanzar subsumida en el desánimo colectivo.

Personalmente, contrarresto el pesimismo de la inteligencia con una dosis de nacionalismo que engendré en la infancia y que me permite sentir que trabajo a favor de una entelequia grande e inasible llamada México. Hoy, sin embargo, y por razones que comprendo, el nacionalismo se ha vuelto una mala palabra. Mi preocupación es que nada parece haber sustituido a ese cemento social que permitía organizar la acción colectiva. Mi esperanza, en cambio, es que algún día la democracia rinda los frutos sociales necesarios como para que nuestra identidad pase por la lealtad a la Constitución y las leyes.

 

Natalia Saltalamacchia Ziccardi
Internacionalista. Es profesora con licencia del Departamento Académico de Estudios Internacionales del ITAM.

 

Un comentario en “El optimismo de la voluntad

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