“Quiero un pulque frío”, fue lo último que mi bisabuelo Eulalio escuchó antes de que lo mataran a balazos. El asesino había ido a buscarlo porque sabía que o mataba al bisabuelo o éste, eventualmente, le iba a descargar el revolver para vengar la muerte de su hijo Martín, a quien asesinaron porque no se unió a su cuadrilla de bandidos. Quizá el asesino debió matar a toda mi familia porque, después del entierro, una tropa del ejército salió a buscarlo junto al hijo mayor, Francisco, a quien le dieron la oportunidad de vengarse. Así se arreglaban las cosas en la mixteca alta de Oaxaca en la segunda década del siglo XX.

Con este episodio terminaba la vida relativamente cómoda de mi abuela Dolores, la hija menor de una camada de 13 hermanos. Alguna enfermedad había dejado ya a mi abuela huérfana de madre, pero la muerte del bisabuelo la dejó descobijada. Contaban que al bisabuelo no le iba mal, en parte porque había sido el principal heredero del tatarabuelo Andrés Abelino, quien fue, primero, el telegrafista personal de Porfirio Díaz y, después, diputado federal por el estado de Oaxaca. Así que luego de la muerte de su padre, mi abuela quedó prácticamente en el desamparo, o al cuidado del hermano mayor que para el caso fue lo mismo.


Ilustración: Sergio Bordón

A mi abuela le quedaron pocas opciones de vida y terminó casándose muy joven, a los 14 años. Ella aprendió a leer desde niña; en cambio mi abuelo Ismael fue analfabeta. En el pueblo en el que vivían en Oaxaca, él era arriero y vendía los huaraches que hacía en la costa de Oaxaca a donde se desplazaba caminando. La vida no fue fácil para ellos, ni para los 11 hijos que tuvieron. Tres de ellos murieron de niños por anemia, diarrea y alferecía. Los sobrevivientes migraron a Ciudad de México y poco a poco las cosas mejoraron.

Aunque mis padres tuvieron una mejor vida, lo cierto es que no tuvieron estudios universitarios. Yo, en cambio, estudié incluso un doctorado en Estados Unidos. Lo hice gracias a una beca del Conacyt, uno de esos ejemplos de lo que funciona menos mal en México. Cuando pienso en lo que esa beca hizo por mí, me doy cuenta de que así es como me gusta imaginarme el país: un México que pueda ser para todos, que ayude a diferentes generaciones a dar saltos cualitativos en materia de educación, movilidad social y —con suerte— en términos de calidad de vida. Un país donde las brechas entre quienes más tienen (si eres hijo de diputado) y entre quienes menos tienen (si eres hijo de un analfabeta) no sean insalvables.

En el México que quiero no tendría que haber gente que muere de enfermedades curables como los hijos de mi abuela o su madre. Tampoco donde un 89% de los habitantes más ricos logre acceder a la educación superior mientras que sólo un 6% de los más pobres lo consigan (datos del Banco Mundial del 2012). Ese México no dejaría sin acceso a estudios universitarios a un casi 98% de sus miembros de comunidades indígenas (o pueblos originarios). En ese país nadie tendría que vengar la muerte de nadie a balazos y las niñas de 14 años no verían el matrimonio como su única opción.

Para ello, es necesario discutir y construir acuerdos sobre las siguientes fronteras educativas para los grupos más vulnerables y marginados: educación superior, estudios en el extranjero y el posgrado. La pregunta es cómo podemos pensar en una sociedad más justa donde la educación sea un elemento que impulse esa justicia y no un obstáculo. Amartya Sen, en un ilustrativo ejemplo para discutir justicia, equidad y mérito pregunta: de haber sólo un juguete, una flauta para ser más precisos y tres niños que la desean —una niña que la sabe tocar, un niño que no tiene juguetes y la niña que la hizo—, ¿quién se la merece? Si la educación va a ser un vehículo que sirva a la movilidad social y ofrezca mejores posibilidades de vida, entonces, debemos pensar que el niño que no tiene nada es el mejor candidato para obtener dicha flauta. Quizá en un futuro, cuando el país logre ser menos desigual, entonces podemos hablar de quién aprovechará mejor la flauta o quién la merece más. Pero mientras sigamos así, se debe apoyar al que menos tiene.

Reconstruir la historia de mi familia desde hace cinco generaciones me convence del papel que las oportunidades educativas pueden tener en México. En parte mi historia personal resuena con uno de los temas que analizo en mi investigación: ofrecer oportunidades educativas a las poblaciones más marginadas y olvidadas del país como un sólido paso para construir un México más incluyente.

 

Alma Maldonado
Investigadora del DIE-CINVESTAV.

 

Un comentario en “Tres niños y una flauta

  1. Un relato centrado, sin digresiones y claro en su propósito y conclusión. Buen material para ser leído en muchas asignaturas de educación obligatoria.

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