I. En el aula me propongo tres objetivos: formar, informar, orientar.

El primero lo afronto con herramientas teóricas que provienen del pensamiento clásico en materia política y constitucional. Pretendo que los alumnos conozcan el significado de los conceptos, sepan interrelacionarlos y capten las implicaciones de sus acomodos. “En materia de regímenes políticos no es lo mismo colocar al orden por encima de la libertad, que viceversa”, les explico. Cada tesis se ilumina con la lectura de autores imprescindibles y con la referencia a ejemplos de la historia.

Cuando el objetivo es informar, recurro —simple y llanamente— a la prensa nacional e internacional. Intento mostrar las diferentes coberturas, evidenciar los sesgos ideológicos, rastrear los intereses que descansan detrás de notas y opiniones. Aspiro a que los alumnos entiendan la diferencia entre lo que sucede y sus interpretaciones y, en simultáneo, el impacto de lo interpretado en lo que podría acaecer más tarde. Pero, sobre todo, intento reconstruir con ellos un diagnóstico certero de lo que está pasando. Así que damos prioridad a los datos sobre los conceptos e intentamos contener las opiniones.


Ilustración: Ricardo Figueroa

En mis cursos, no puedo renunciar a la vocación orientadora. Fomento que los estudiantes tengan una opinión y tomen postura. Que vayan por la vida blandiendo convicciones y, de ser posible, transformando realidades. Quiero que asuman su responsabilidad histórica, como quería María Zambrano. No siempre comparto sus ideas pero promuevo que las piensen y vivan en consecuencia. Para ello, dejando en reposo a la razón y abstrayendo la realidad, me permito hablar sin pudor de la importancia de las convicciones.

II. Me está costando enseñar México.

Una clave conceptual útil para orientar a los estudiantes reza: “la democracia y su contrario”. Es una fórmula muy kelseniana y en apariencia sencilla. La democracia permite la participación de los destinatarios de las decisiones políticas en su confección; su contrario —la autocracia— tiene muchas formas y se caracteriza porque las normas se imponen sin escuchar a su receptores obligados. Autonomía vs. Heteronomía, es la cuestión.

En clase, con esas anteojeras calificamos realidades históricas y yo me arranco a contar la particular y única gesta de la Transición Mexicana a la Democracia. Los alumnos me miran suspicaces mientras les espeto argumentos de autoridad: “ustedes no saben de dónde venimos”; “en el régimen de partido hegemónico no había libertades”; “la prensa libre era inexistente”; “las decisiones políticas fundamentales eran decididas por una camarilla autoritaria”; “lo derechos humanos brillaban por su ausencia”…

Las miradas no cambian, mi ánimo sí.

Vamos a los hechos. Gobernantes corruptos que celan sus intereses particulares. Un gobierno nacional obcecado en el poder, paralizado por disputas palaciegas y miope ante la situación real y concreta en la que viven millones. Senadores y diputados que hicieron de la pluralidad un artilugio para blindar sus propios privilegios y que rompieron amarras con las preocupaciones y reclamos de la sociedad organizada. Partidos políticos volcados al pragmatismo barato. Instituciones de procuración civil de justicia desmanteladas. Fuerzas armadas en las calles, en los pueblos, en las sierras; sin ley, armados y un resentimiento fundado en la ingratitud con que los enterados juzgan sus acciones. Una violencia criminal que amenaza, atemoriza y cumple: nunca tantos homicidios dolosos como ahora. Nunca. Desigualdad, pobreza; discriminación y exclusión. Esto es México.

Los alumnos me miran espantados y comienzan a contagiarme.

Orientar significa: “dar a alguien información o consejo en relación con un determinado fin” o “dirigir o encaminar a alguien o algo hacia un fin determinado”. El quid está en el fin, me queda claro. Para mí es fácil encontrarlo porque siempre he querido que las y los mexicanos vivamos en la triada que concatena a la paz, la democracia y los derechos humanos, como “parte de un mismo movimiento histórico”, como sostenía Norberto Bobbio. Vivir en una sociedad decente e incluyente en la que —como decía Hobbes— las personas tengan la esperanza de obtener “las cosas necesarias para una vida confortable” por medio del trabajo.

Los alumnos me miran incrédulos y yo empiezo a considerar tirar la toalla.

III. Soy un privilegiado que siendo joven pudo sumarse al último momento de la gesta democratizadora y creyó en ella. Ese no es mi único privilegio pero sí mi mayor frustración. La democracia no ha degenerado del todo en su contrario, pero languidece ante el escepticismo de quiénes no la construyeron pero debieron disfrutarla. No llegó el deleite así que podrían abandonarla. Ya pasó allá y acullá.

Temo que mis alumnas y alumnos entiendan por la vía de los hechos, lo que intenté transmitirles en el aula. Sí, temo que nos toque vivir de nuevo en autocracia. Sería nuestra irresponsabilidad histórica, la de todos. Porque de vivir en su tiempo histórico no habrá adulto mayor, persona madura o joven millennial que se salve (Zambrano dixit).

 

Pedro Salazar Ugarte
Director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.