Cuando era niño no despegaba la vista del camino. Tal vez por eso, cuando tuve más edad, me percaté de lo contrahechas que estaban las banquetas de la colonia donde vivía mi padre y donde ahora vivo yo.1 Las aceras me parecieron un reflejo fiel de nuestra condición nacional: eran una tierra de nadie, entre lo público y lo privado, un espacio híbrido donde las voluntades de los particulares no habían logrado conciliarse para suplir a un Estado ausente ni donde ese Estado de oropel había sido capaz de imponer uniformidad y racionalidad a través de la política urbana.


Ilustración: Víctor Solís

Los caminos nos definen en más de un sentido. Desde que tengo uso de razón recuerdo montarme en el coche para recorrer la carretera de Cuernavaca. El destino era la casa de mi abuelo en Cuautla, donde pasábamos las vacaciones e incontables fines de semana. Mis hermanas y yo nos poníamos de cabeza en el asiento trasero cuando mi madre tomaba las curvas de la pera en un Renault 12 anaranjado. Los cinturones de seguridad no existían. A nadie se le ocurrió que permitirnos realizar ese tipo de acrobacias era una negligencia imperdonable. Me imagino que cualquier padre que permitiera hoy algo así sería multado por la policía federal. Al reflexionar sobre ello es imposible no pensar que el país y nuestras costumbres se civilizaron un tanto. Hay progreso. Desde hace más de diez años recorro esa misma carretera con mucha frecuencia, por los menos un par de veces por semana. Como las banquetas, esa cinta asfáltica de menos de cien kilómetros es un espejo fiel de nuestro estado.

Un domingo por la noche un deportivo, un Audi R8, pasó esquivando coches temerariamente a casi 200 kms por hora. Algunos autos simplemente detuvieron la marcha para evitar una colisión. Ahí, en el acotamiento, estaba una patrulla de caminos. No se movió. Extrañado, bajé del auto para saber por qué había dejado pasar al imprudente conductor. La respuesta del policía federal fue muy reveladora: “no tengo máquina”, dijo mientras alertaba por medio de mensajitos a sus compañeros más adelante para ver si ellos podían detener al vehículo. Décadas atrás, cuando recorría esa autopista, veíamos en el camino automóviles de diferentes tamaños, pero de pocas marcas. No eran tan distintos unos de otros: los caros y los modestos. Ninguno tenía la capacidad de dejar atrás a una patrulla de caminos. Ahora, en cambio, alguien podía comprar un coche de dos millones de pesos, conducir a exceso de velocidad impunemente sabiendo que la policía no podría darle alcance. El Estado mexicano es impotente: no tiene máquina ante la desigualdad y la concentración del poder económico y político en unos cuantos. Sólo mira a la vera del camino. En estas décadas logramos un pequeño logro civilizatorio —que los niños usen cinturones de seguridad y no se paren de cabeza en la pera— pero sufrimos un descalabro mayúsculo. El R8 es epítome de ese fracaso. No volví a ver al Audi blanco. Seguramente llegó impune a su destino.

Sin embargo, eso no quiere decir que el Estado sea inexistente. Esos mismos federales que nada pueden hacer frente a los abusos de los dueños de autos de más de dos millones de pesos, se apostan estratégicamente para detener a conductores menos afortunados que circulan a exceso de velocidad. Nadie respeta los límites de velocidad de esa carretera porque en buena medida son absurdos, lo que garantiza que todos los conductores los violen. A cuáles parar es una decisión arbitraria. Cada policía determina a quién detener. ¿Vehículos último modelo? ¿Los que rebasen un límite de velocidad no escrito, pero real, determinado por él mismo? ¿Los vehículos de carga, que rutinariamente son extorsionados? En una ocasión, después de la aventura con el Audi R8, una patrulla nos detuvo simultáneamente a dos vehículos cerca de la pera porque circulábamos a 100 kilómetros donde el límite era 80. Fue una pesca al azar. Ese es un Estado que puede ensañarse con algunos, mientras deja impunes a otros.

Otras partes de ese camino son también un espejo de un país que cambia. Las casetas de cobro son tomadas por activistas y manifestantes que dejan el paso contra el cobro de “donativos” a la causa.

Cuando era niño las quesadillas de Tres Marías eran una parada obligada para muchos. Ahora los paseantes sólo se detienen con aprehensión en el camino. Quienes recorren con regularidad la autopista cuentan historias de asaltos y persecuciones. Los anhelos de cambio y transformación también están ahí.

El tramo de ocho kilómetros entre la pera y Tepoztlán es de dos carriles desde hace décadas. Esa carretera, donde han perdido la vida muchas personas —entre ellos Adolfo Aguilar Zínser— es insegura y lenta. Su ampliación es una necesidad desde hace años, pero algunos vecinos de Tepoztlán se oponen a ella con buenas y malas razones. La obra inicia y se detiene, como el país en su conjunto. Y no hay mejor metáfora del camino y el país que un agujero que se traga súbitamente a los ciudadanos. Este es, qué duda cabe, el país del socavón.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 “La economía política de las banquetas”, Nexos, agosto 2000.

 

Un comentario en “En el camino

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