Es difícil pensar en el México actual o en el que viene sin tomar en cuenta lo que está a la vuelta de la esquina: las elecciones de 2018. Se trata de un proceso electoral que estará marcado por una agenda temática cuádruple que nos retrata hoy y que definirá el México de mañana.

Primero está una meta-agenda sobre “el sistema” y su viabilidad. Dentro de esta agenda se encuentran argumentos a favor de una “sacudida” y se escuchan dudas de si el sistema aguantaría dicha convulsión. Y si la necesita, es inevitable preguntar quién se la puede dar, si sólo un outsider que no le debe nada a nadie o el perfil adecuado es el de un insider que conoce sus recovecos. ¿Es posible seguir apostándole al gradualismo o es necesario reconocer que el cambio gradual no cambia nada y el único cambio real es uno radical?


Ilustración: Ricardo Figueroa

La segunda agenda es la del hartazgo, producto de los recientes escándalos. El principal de ellos es la corrupción. La percepción es que la cosa no sólo no mejora, sino que empeora y se encuentra fuera de control. La intuición es que la corrupción hoy estorba más que ayer, al ser el principal obstáculo a nuestro desarrollo. Se escuchan dos discursos ante esta situación; unos hablan de corrupción dentro del sistema, otros argumentan que el sistema en sí es corrupto. Un segundo tema de la agenda del hartazgo es la impunidad, que incluye todo tipo de fenómenos: desde la incapacidad de procesar a peligrosos criminales hasta la prevalencia de coches de la CDMX con placas de Morelos. Un tercer eje del hartazgo es el de la violencia que, si bien se viene arrastrando desde el sexenio pasado, al revertirse la tendencia a la baja en homicidios a partir de 2015, ha regresado con fuerza. Un cuarto reto es el de las violaciones a derechos fundamentales que van desde ejecuciones extrajudiciales hasta el espionaje de periodistas y activistas.

Lo que nos muestra esta larga lista es que vivimos no en un Estado de derecho sino con derecho. Es decir, hay leyes pero más que aplicarse se usan, representan un mero punto de partida para una negociación que poco tiene que ver con legalidad y la justicia.

La tercera agenda es la de siempre, es decir los temas que venimos arrastrando durante décadas, algunos dirían desde 1810. Son los familiares debates sobre cómo lograr un crecimiento adecuado y sostenido; qué hacer para elevar la calidad de la educación; cómo lograr una mejor distribución del ingreso; qué hacer para disminuir la pobreza, etcétera.

El debate aquí sí es sobre modelos de desarrollo, una polémica con un claro contenido técnico en el que se detallan y discuten los méritos de políticas públicas específicas. Las reformas estructurales del Pacto son parte de esta querella. Las discusiones alrededor del salario mínimo y las implicaciones del fin del TLCAN también. Se trata de la vieja disputa por la nación y, por más que los términos de aquella disputa han cambiado, en el fondo el debate es el mismo.

Si bien las tres agendas anteriores son las más relevantes, hay una cuarta producto de la llegada de Trump a la Casa Blanca. Dentro de ella están la renegociación del TLCAN, la construcción del Muro y la persecución de migrantes no documentados. Estas posturas nos obligan a repensar la relación bilateral por lo menos en el corto plazo. Trump podría reflejar un nacionalismo resurgente en el país vecino que permanecerá una vez que él se vaya. Dada la importancia de esta relación y el peso de EU tendremos que replantear nuestra política exterior en términos más amplios. Los candidatos del 2018 tendrán que desarrollar una postura más acabada y detallada en las cuatro agendas.

Se requiere gran capacidad para lograr esta narrativa en cuatro pistas de forma coherente. Pero sobre todo se necesita credibilidad de cara a la ciudadanía, algo escaso hoy en México.

En cuanto al electorado, la pregunta es quién le puede dar una sacudida al sistema, la conclusión para muchos sería Morena. Pero si el objetivo es combatir la corrupción, bajo el supuesto de que Morena los perdona a todos y el PRI no persigue a nadie, se optaría por el Frente. Y si la meta es la estabilidad macroeconómica, se podría argumentar que el PRI es el bueno.

Muchos emitirán su voto pensando en las cuatro agendas de forma simultánea. En este caso la complejidad estriba en que en cada una de ellas bien podría operar un “órgano” distinto. En el caso de la agenda de siempre, es la “cabeza” la que decide. En cuanto a la agenda del hartazgo, el “corazón” se expresa. Por lo que toca a la meta-agenda, la “tripa” dicta. Y en la agenda Trump los tres órganos están involucrados. El reto no es trivial, ya que no es fácil combinar cabeza, corazón y tripa.

En suma, si bien toda elección, por definición, genera incertidumbre, en este caso la agenda cuádruple que estará presente en 2018 provoca una incertidumbre mayor y cualitativamente distinta. Hay hoy confusión sobre los múltiples caminos a seguir y mañana nos podríamos encontrar caminando por veredas muy distintas. México ante la encrucijada una vez más.

 

Javier Tello Díaz
Analista político.

 

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