La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.


Ilustración: David Peón

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

¿Dónde reside lo repulsivo?, se preguntó Umberto Eco en su taxonomía de la fealdad. Cada cultura tendrá una imagen de lo aborrecido pero tal vez el punto común sea la idea de que lo feo es aquello que carece de integridad. Lo feo es temible porque propaga deformidad. Algo le falta, algo le sobra para ser plenamente, para trasmitir, completo, el código de la vida. Será que bajo la estética se impone un dictado biológico. Heredar los diez dedos y los dos brazos. De ahí que Eco considere que lo feo es, en realidad, “un error de sintaxis”: el desorden que corrompe el sentido de las cosas. Llamamos bello a la trasmisión de un ideal. La fealdad de la ciudad está en ese desequilibrio que envenena la convivencia. El cromosoma de deterioro urbano. La basura en la calle es una invitación a convertir la calle en basurero. Más que el miedo, lo que la fealdad pública provoca es desapego. Nadie se apropia de lo horrible porque ahí nadie puede sentirse en casa. La propagación de la fealdad nos condena a habitar una ciudad de nadie. Una ciudad ajena es una ciudad hostil y es una ciudad enemiga.

Hemos olvidado a la ciudad y estamos pagando las consecuencias. Y al mismo tiempo, entre la empecinada destrucción, remansos. Paréntesis al caos que resguardan el recuerdo o que se atreven al experimento. Pausas a las prisas. En una esquina, en un parque, en un mercado, la ciudad logra de pronto ser lo que puede ser: nuestra segunda naturaleza. No faltan tampoco en nuestra memoria reciente ejemplos de recuperación urbana, de dignificación de los espacios, de inventiva ingenieril, de generosidad arquitectónica, de arte abierto. En la ciudad está el horror pero también la esperanza del país. Si queremos utopía la tenemos frente a la nariz: recuperar el barrio, limpiar la esquina, reconquistar el espacio público, dignificar la plástica urbana, cuidar la herencia, atrevernos al invento. En las ciudades está el fermento de la barbarie pero también está la resistencia. Es que en la ciudad se vive, a la máxima intensidad, el desafío de la convivencia. Y esa es, a fin de cuentas, la gran pregunta al futuro de México: ¿lograremos levantar finalmente la casa común?

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

4 comentarios en “La conspiración de la fealdad

  1. Veo la cdmx desde las alturas en la entrada a indios verdes y no puedo entender como alguien puede invertir en esta urbe? como alguien pude creer que eso tiene plusvalía? que tiene futuro? que seguir “construyendo” en esta ciudad puede ser rentable?..todos por igual respiran esa nata gris de miasmas, azufre, hidrocarburos y poco oxigeno. Y seguirá así otros 20, 30 años más?. Provecho.

  2. La plantita carnívora que ilustra esta perspectiva à la Jackson Pollock de México, D.F., ¿es la de Little Shop of Horrors”? ¿Eh?

  3. Magnífico ensayo. Evocó mis sentimientos y apreciaciones personales acerca de México, con gran precisión, elocuencia y elegancia. Soy de las optimistas que piensa, ahora sí se va a poder “levantar la casa común”, o será que otra vez tampoco?…

  4. Una recreación citadina -es irremediable pensar en la CDMX, y excluir al restos centros de población, aunque sea un error de lectura, pero… también es un error de enfoque por parte del articulista; con olvidos más graves: las comunidades rurales (no conviene recrearse en el vericueto de las densidades humanas entre campo y ciudad)… Simplemente es una colaboración, buena sí, con un derroche de comodidad urbana… Lo comparto