Estoy vivo gracias a una invención humana llamada México. No exagero. La visa de este país le salvó la vida a mi padre. De no haberla recibido, seguramente hubiera terminado en una cámara de gas. Así que, aunque suene cursi, yo le debo la vida a México.

En lo que algún día fue la gran Tenochtitlán, nací, crecí, estudié y me casé. Aquí trabajo y mis hijos están educándose. En un par de ocasiones tuve la tentación de emigrar a otro país. No pude. Se apoderó de mí un sentido tribal. Tenía, literalmente, pesadillas por abandonar la tierra de mi familia, amigos y muertos. No tuve la fuerza para voluntariamente hacer lo que de manera obligada tuvieron que hacer mis abuelos y su hijo: desterrarme.

Mi pasaporte dice que soy mexicano. Muchos no lo creen. “Usted no lo parece”, me dicen con frecuencia. Cuando les digo mi nombre, hasta se ríen. “¿Leo Zuckermann?, eso no suena mexicano”. Parecería que para ser un “verdadero” miembro de esta nación hay que ser de piel morena y tener un nombre castizo. Yo, en cambio, soy güerito de apellido alemán que más bien parece gringo Hay quien me lo señala, particularmente en Estados Unidos, como si fuera halago.


Ilustración: Mariana Villanueva

Yo, por el contrario, me siento ofendido. En muchas ocasiones he estado tentado de sacar mi pasaporte y estamparlo en la cara de los incrédulos para comprobar mi nacionalidad, como si eso fuera a convencerlos.

Lo cual me lleva al tema en cuestión al que nos ha invitado a escribir la revista nexos: ¿qué demonios es México?

Como todo país, es una invención de un grupo de seres humanos. Un experimento social que, para la historia de la humanidad, es un bebé recién nacido de doscientos años. Como dice Yuval Harari en Sapiens. De animales a dioses: una breve historia de la humanidad, para que las grandes sociedades humanas funcionen, se requiere una serie de mitos que promuevan la cooperación de sus miembros.

Hace no mucho, los habitantes del Valle del Anáhuac prosperaron gracias a un orden social que hoy llamamos Imperio Azteca. Luego fueron conquistados por otra invención humana, el Imperio Español, que aquí impuso una entidad conocida como la Nueva España. Después, a ciertos habitantes de esta sociedad les pareció fabuloso lo que estaba sucediendo en el vecino del norte. Lucharon por la independencia y finalmente fundaron un nuevo país que denominaron México. Desde entonces, los mexicanos venimos cambiando, día con día, esta invención. No hemos parado. Han sido muchos los temas: el papel de la Iglesia Católica en la formación del mito nacional, el tipo de capitalismo económico, la integración o no de los indígenas, la apertura o no a la migración extranjera, el poder relativo de las regiones del país, el respeto a la libertad individual, la relación con Estados Unidos (una de las invenciones más exitosas de la humanidad) y la ubicación del país en un mundo cada vez más globalizado.

Así llegamos al día de hoy donde los mexicanos estamos en una situación contradictoria. De acuerdo con las encuestas, somos, por un lado, una de las naciones más felices del orbe. Por el otro, estamos muy enojados por lo que está sucediendo en el país. ¿Cómo explicarlo?

Creo que la respuesta está en nuestra condición de economía de renta media. No somos ni pobres ni ricos. Estamos mejor que en el pasado. Cuando se le pregunta a la gente, la mayoría contesta que vive mejor que sus padres. Hoy, a diferencia de las generaciones pasadas, tenemos niveles superiores de alimentación, educación, salud, vivienda, libertades, democracia y, en general, bienestar social. Pero no hemos dado el gran paso para convertirnos en una nación desarrollada. Estamos lejos de los niveles que ha alcanzado nuestro vecino del norte a quien siempre volteamos a ver para compararnos. De hecho, muchos compatriotas de plano han migrado a esa nación en búsqueda de uno de los mitos fundacionales más poderosos de Estados Unidos: “el sueño americano”. En suma, vamos bien, creciendo poco a poco, pero nos sentimos frustrados por la lentitud de no avanzar más rápido, de no poder hacer añicos el techo de cristal de la prosperidad deseada. Estamos felices con lo que poseemos, pero sufrimos por no tener lo que se nos antoja.

El México del futuro es, en el fondo, el mismo del pasado y del presente. Somos un grupo humano que debemos cooperar para conseguir mejores condiciones de vida, no sólo materiales sino de sentido de pertenencia en el concierto de las naciones. No es fácil que cooperen 127 millones de humanos al mismo tiempo. Hay que motivarlos con mitos y creencias que los movilicen y los hagan sentir satisfechos de lo que son. Ese ha sido el reto de esta invención llamada México y ese seguirá siendo el desafío al futuro.

Yo aquí me quedo a verlo. Como dice la canción ranchera, que entierren mis huesos en este país al que le debo mi vida. Aunque suene cursi, me siento profunda y orgullosamente mexicano. Gracias a este país, mi familia se salvó del nazismo, una de las invenciones más nefastas de la humanidad. Lo único que espero es que ya me reconozcan como mexicano al cien por ciento. Y si no me lo creen, aquí tengo mi pasaporte para acreditarlo. ¿Quieren verlo?

 

Leo Zuckermann
Politólogo, columnista de Excélsior y conductor de La Hora de Opinar en FOROtv.

 

Un comentario en “Una invención llamada México

  1. Estimado Leo: De ojos azules y pelo claro, entiendo tu sentir. Alguna vez gané un carrito de tamales que apostó un paisano, incrédulo de mi nacionalidad. Como porto mi pasaporte todos los días, no tuvo más que conceder, para luego recibir de vuelta su carro, con la moraleja: nunca apuestes, aún ante lo que parece evidente. Para los días en que ésto pesa, nos acomapaña el mismísimo Jorge Negrete: https://www.youtube.com/watch?v=sVinVgCrhQY

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *