Tres años después del inicio de la guerra visité el rancho en donde Santiago Meza, El Pozolero de los Arellano Félix, disolvió los cuerpos de más de 300 personas. Yo llevaba una década escribiendo sobre temas relacionados con los cárteles del narcotráfico, y había visto y leído cosas inimaginables. En ese rancho sentí, sin embargo, que había atravesado las membranas de una oscuridad hasta entonces no sentida.

Se encontraba en uno de esos cerros poblados de casuchas que hay en Tijuana, en los que las calles son de tierra apisonada. De uno y otro lado bajaban hilos de aguas negras que se unían a un lado de la carretera, formando charcos.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Era una esquina de México, tal vez la última antes de la frontera, hecha de miseria y atraso; de casas de lámina, tablones podridos y llantas deshilachadas. Cuando entré en el rancho tuve la impresión de que ingresaba en una tierra sin nombre: que pisaba un mundo que no habíamos nombrado, y que era como el centro de la fiebre de muerte que sacudía al país.

El rancho era un terreno rodeado por muros grises de hormigón. En una esquina había una habitación sin puertas en la que El Pozolero dormía: el único mobiliario era el par de frazadas con que se cubría en las noches al tenderse en el suelo.

Del otro lado del predio estaba la mesa de trabajo de El Pozolero: un largo tablón de carnicero en el que había cuchillos, diversos recipientes y guantes de carnaza. A un lado de la mesa aparecían varios tambos. Había también decenas de agujeros cavados en la tierra.

Como he contado en algún número de nexos, El Pozolero desmembraba los cuerpos y —con sosa cáustica— dejaba que se disolvieran en los tambos. Varias horas más tarde vertía la mezcla en las madrigueras que había cavado. Sólo quedaban uñas y dientes. Las uñas y los dientes que vi la tarde en que visité el rancho.

Regresé a la ciudad, seguí haciendo crónicas de estos años de violencia porque la violencia se ha cruzado siempre en mi vida. Crecí en un barrio violento, estudié en escuelas violentas, en las calles donde transcurrió mi juventud podías ganarte una paliza “si pronunciabas un diptongo de más”. He escrito alguna vez que mi inauguración ante las instituciones del país ocurrió el 10 de junio de 1971, el día en que mi hermana y yo presenciamos desde una ventana de la calle Amado Nervo la masacre de estudiantes del Jueves de Corpus.

No entendí que todo eso me estaba hablando de un país. Hasta que ese país regresó a Amado Nervo a buscarnos. Una tarde avisaron que uno de mis tíos, una figura luminosa de la infancia, había aparecido dentro de un tambo con una bolsa de plástico en la cabeza.

Sucedió hace veinte años, los mismos que he pasado intentando averiguar qué ocurrió. Yo trabajaba entonces en la sección cultural de un diario. Él tenía un despacho de abogados, que montó luego de trabajar durante años como funcionario de la PGR. Dediqué los ratos libres a reunir información sobre su caso. Lo hice a través de un método sencillo: buscando en internet los nombres de quienes habían sido sus jefes o trabajaron a su lado. Encontré que muchos de ellos habían muerto. Esos nombres me llevaron a otros, y después a otros. “¿Para qué saber el mal que te hará infeliz?”, se pregunta el personaje de una ópera célebre. No lo supe. Llegué a reunir miles de notas que más que información sobre el hecho que buscaba narraban la historia del narcotráfico en México: del Cártel de los Arellano, de Amado Carrillo, del Chapo Guzmán y de Juan García Ábrego.

Intentando dar respuesta a una pregunta, seguí de largo hasta aquel día en el que en el rancho de El Pozolero creí tocar, en esos cerros del olvido, la raíz del mal. Esta vez sí que creí que aquel rancho me estaba hablando de un país. Y entonces, ese país vino de nuevo a buscarme el sábado en que entraron a robar en la casa de mi tía Yolanda y le dieron 14 puñaladas en la garganta.

Todas estas son cosas que han cabido en una vida. En las madrugadas vuelvo a veces a mi casa mirando por el espejo retrovisor. Y no quiero hacerlo. Ya no quiero hacerlo. Eso es algo que nadie en México debería hacer.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

 

8 comentarios en “El mal que te hará infeliz

  1. Texto estremecedor, maravillosamente escrito, aterradoramente real. Sólo puedo decirte que te admiro y que me indigna muchísimo lo que te ha sucedido y sigue sucediéndote, pero más me indigna nuestra -la de todos- resignacón maldita.

  2. Me encantara darte un abrazo lleno de solidaridad para hacerte saber que en esa lucha contra esa violencia no estas solo, pero también un abrazo con cariño y ternura de esos que son apapachos al corazón para aliviar un poco el dolor que sientes, aunque sea por unos segundos

  3. Yo no lo conocido, un dia por casualties vi El Foco. Me llamo la atencion su porte, su sencillez para narrar en su paseo por lugares historicos de la CDMX. Senti importancia, rabia y una gran tristeza al leer su articulo, le mando un abrazo, y me da gusto leerlo y verlos cada ver Que puedo, no admiration por siempre.

  4. Yo no lo conocido, un dia por casualties vi El Foco. Me llamo la atencion su porte, su sencillez para narrar en su paseo por lugares historicos de la CDMX. Senti importancia, rabia y una gran tristeza al leer su articulo, le mando un abrazo, y me da gusto leerlo y verlos cada vez Que puedo, mi admiration por siempre.

  5. Inicias y no puedes dejarlo, magnífica crónica de una verdad que te raza por dentro, que te consume no dejando ni pabilo. En un país en el que además de esto, la violencia se cierne, sin misterios, sobre periodistas. Que haciendo su trabajo, antes siendo arrancados, como las páginas de un viejo cuaderno, al que ningún político le importa.
    Abrazo Maestro De Mauleón, porqué con tu verdad, amanecemos diariamente los que te seguimos.
    Enhorabuena.

  6. Inicias y no puedes dejarlo, magnífica crónica de una verdad que te razga por dentro, que te consume no dejando ni pabilo. En un país en el que además de esto, la violencia se cierne, sin misterios, sobre periodistas. Los que haciendo su trabajo, van siendo arrancados, como las páginas de un viejo cuaderno, al que ningún político le importe.
    Abrazo Maestro De Mauleón, porqué con tu verdad, amanecemos diariamente los que te seguimos.
    Enhorabuena.

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