Me gustaría encontrar un motivo para mirar el futuro del país con algún optimismo. Y que no fuese un ejercicio perfectamente arbitrario. Pero no puedo. Desde luego, hay siempre alguna buena noticia: no se trata de eso. Sin duda crecerá la economía, a veces; con suerte aumentará el empleo, aunque sea precario; pero con eso no alcanza para nada.

Acaso el rasgo más característico del presente sea la miseria de las elites. El saldo del régimen revolucionario es discutible en muchos terrenos. En una cosa fracasó trágica, estrepitosa, indudablemente: no fue capaz de formar elites con mínimos de dignidad, de decencia, responsabilidad, mínimos de capacidad. Y me refiero a todas. La elite política, por supuesto, pero igualmente las elites económicas, culturales, científicas, los liderazgos de eso que llamamos sociedad civil. Es igual donde se mire, la calidad de las élites mexicanas es subterránea.


Ilustración: Belén García Monroy

El indicador más simple, más claro, es el salario mínimo. A estas alturas, no debería haber discusión: el salario mínimo no es un precio que se defina en ningún mercado, sino el límite inferior de los contratos laborales, que se establece políticamente. Es un estándar moral. El salario mínimo dice lo que en nuestra sociedad es aceptable como remuneración para alguien que trabaja ocho horas. Y bien: a nuestras élites no les parece indigno, escandaloso, no les parece inmoral que alguien gane cuatro dólares al día. Es un retrato de cuerpo entero de políticos, funcionarios, académicos, empresarios, sindicalistas.

Se dice una y otra vez que no es posible subir el salario mínimo porque la economía no lo permite, porque repercutiría sobre la inflación, porque la productividad y lo que sea. Y se dice, con la formalidad que corresponde a las verdades técnicas, como si sirviera de disculpa. Pero entonces es peor todavía, significa que han creado una economía que depende de la miseria —y no tienen imaginación, capacidad, energía, voluntad para otra cosa. Significa que se sienten cómodos todos como parásitos de la indigencia.

El drama de la desigualdad es que todo contribuye a reproducirla: la educación, las oportunidades de empleo, las redes de confianza. Eso pasa en todas partes. Ahora bien, cuando alcanza la magnitud que tiene entre nosotros, las élites adquieren una sensación de seguridad muy característica, saben que sus hijos no tendrán nunca motivos para preocuparse —desde antes de nacer están del otro lado. Ese sentimiento resulta profundamente corrosivo, porque significa que vivimos en países distintos, no hay ni la sombra de ninguna forma de solidaridad. Es el germen de la violencia.

Pero esa seguridad tiene además otro precio: la destrucción de los sistemas de reconocimiento, para eliminar la posibilidad de que el mérito cuente para algo. De modo que todo venga a quedar en política, pequeña política, de hoy por ti mañana por mí, intercambio rastrero de favores innobles: grilla. Para los nombramientos, para las promociones, los empleos, los premios, los contratos, los reconocimientos.

El mecanismo básico, aparte de la desvergüenza, es la destrucción de los recursos de exigencia: la prensa, los medios, la institucionalidad del espacio público. En una sociedad medianamente funcional, alguien señalaría un nombramiento absurdo, un premio, alguien podría pedir cuentas —alguien, quiero decir, con suficiente autoridad para que hubiese que tomarlo en cuenta. No hay eso, ni remotamente. Tenemos una prensa de boletín, grabadora y filtración, que se apoya en la ignorancia y la desmemoria, una prensa escandalosa pero poco exigente, poco o nada exigente, que empieza por no exigirse a sí misma estándares mínimos de veracidad. En lugar de denuncias, donde podría haberlas, hay una gritería inane, mendaz, interesada y tramposa, de modo que la prensa resulta ser un instrumento ideal, que ni mandado a hacer, para reducirlo todo a la grilla.

Eso nos promete un futuro por lo menos igual de gris que el presente. O peor, seguramente peor.

Me viene a mano, como ejemplo, el sistema de evaluación de la educación superior. Todo es público, a nadie le da vergüenza exhibirlo —al contrario. Una empresa privada, ACCECISO, evalúa los programas de licenciatura de El Colegio de México, que en otro tiempo formaba a la élite del sector público, de la educación superior. En resumen, las que encuentran como debilidades reseñables son las siguientes: la carga de trabajo es excesiva, pesa a los estudiantes; hay sistemas para recompensar a los mejores promedios, y eso provoca nerviosismo; quienes reprueban salen del programa, y eso resulta desmoralizador; se pide una tesis para obtener el grado, y eso hace más difícil, más lenta la titulación. O sea, que lo que tiene que hacerse es reducir la carga de trabajo, evitar la competencia, ofrecer más oportunidades a quienes reprueben, y eliminar la tesis. Así aprobarían todos, más de prisa, y sin esfuerzo. A eso se le llama calidad. No es sólo que nuestras élites sean mediocres, sino que están organizadas para asegurar la mediocridad. Y aplaudirla.

Como bajo continuo, la cuenta de los muertos.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

3 comentarios en “El mañana efímero

  1. Después de todos los años al pendiente de nuestra situacion, México no cambiará y muy desgraciadamente seguiremos en un estado corrupto y lleno de incongruencias, fidicultades para alcanzar un buen nivel o siquiera mediano económicamente, en México no se puede progresar si no eres corrupto. Pobre de la gran clase pobre cada vez más grande.

  2. Los cambios en el mundo dado la globalización son inevitables,el gobierno que tenga la oportunidad de aprovechar las reformas estructurales y adecuarlas a las sicustancia de los tiempos históricos del México de hoy,tambien tendrá la responsabilidad de asegurar la equidad en la distribución de la riqueza,la sociedad a despertado, México no puede continuar sin evaluar el trabajo de su gobierno, el salario mínimo y el desarrollo deben de ir de la mano.

  3. No es acaso esta mediocridad la que se viene dando desde la década de los setentas. Una educación deficiente, fuentes de empleo precarias y poca o nula participación de la sociedad en los asuntos públicos. Claro que esto se viene generando y degenerando de muy arriba de la ” clase política ” nacional.

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