Era mi tercera vuelta al Parque México, entre personas que corrían solidarias al grito de “cadena”, piquetes de ciudadanos que trabajaban codo a codo con militares en los edificios derrumbados, vecinos que miraban desolados las entradas bloqueadas de sus casas. Los sismos de 2017 y lo que dejaron constituyen una buena imagen del país. Esa suma en la que coexisten lo mejor y lo peor de nosotros, lo que nos une (la solidaridad, la familia, las emociones compartidas) y lo que nos distancia (la desconfianza, la corrupción, el privilegio). También nos reveló una nueva generación urbana que tomó las calles y encendió la esperanza.

El país de hoy es bien distinto de aquel en que nací hace poco más de medio siglo. Lo noto en el paisaje, en las ciudades, los supermercados, los cines y los omnipresentes celulares. Pero hay memorias que persisten: los puestos de tacos, el transporte público atestado, el rito del Día de las Madres y, sobre todo, esa terrible desigualdad que abofetea en cada esquina.

Ilustración: Adrián Pérez

Ciertamente hemos logrado mucho. Vivimos más, la escolaridad promedio es mayor, una buena parte de la población cuenta con seguridad social, hay más escuelas y universidades, los servicios básicos han crecido, el voto cuenta, muchas libertades se han expandido y la lista puede seguir. Vale la pena reconocerlo y valorarlo pues es el resultado del esfuerzo de generaciones.

Pero también sabemos que la pobreza persiste y la desigualdad se incrementa. Las promesas democráticas se esfumaron y vivimos, como muchos otros en el mundo, entre el desinterés por la política y el riesgo de la deriva autoritaria —la cual, por cierto, tiñe ya las prácticas de políticos de todos los colores—. Habrá que resistir.

México es el país de las promesas incumplidas. A veces creo que se parece a la selección nacional. Tenemos talento y condiciones. Pero algo siempre falla. Y lo que era posible se vuelve una nueva frustración. Repetimos el ciclo y no aprendemos.

Insistimos en nuestros errores. Pensamos al país como si fuera uno. Desde el centro se construyen remedios, derechos e instituciones que se quieren implementar igual en Chenalhó, Naucalpan y Rosarito. Seguimos sin reconocer la diversidad y las diferencias en capacidades. No entendemos que en buena parte del país subsisten fuertes resistencias a la modernidad.

Quizá esto explique en parte por qué a lo largo de las últimas décadas, aunque hemos incrementado significativamente la densidad institucional y multiplicado las reglas, estas siguen siendo para muchos un llamado a misa. Peor aún, muchas de ellas están cimentadas en la desconfianza, y son aplicadas con impericia por operadores insuficientemente entrenados en su lógica y sentido. El resultado es que las instituciones que deberían generar una gobernanza democrática acaban siendo capturadas por poderes e intereses locales. Y el cambio no acaba de producirse.

Probablemente el mejor ejemplo de lo anterior sean los esfuerzos, inútiles hasta ahora, para reducir corrupción e impunidad, dos de los males mayores de nuestra sociedad. El problema no es moral, sino el resultado de un entorno institucional que los favorece y les permite reproducirse. El reto es cómo modificar los incentivos y generar otros nuevos y distintos. Una parte de la ecuación consiste en reducir la tolerancia a esas conductas. Justo aquí radica una de las mayores posibilidades del cambio. Está en las nuevas generaciones, esas que salieron a las calles, que ven y entienden al mundo de manera distinta a nuestra mirada.

Así, tendríamos que cambiar el entorno y reconstruir el tejido social. Hacerlo implica rediseñar las reglas. Generar incentivos para que se cumplan y consecuencias para quien las rompa. Asegurar, en suma, que el Estado haga lo que tiene que hacer.

Pero esas reglas tendrán que ser facturadas con una lógica distinta. Habrá que alejarse del modelo prusiano de pautas rígidas y uniformes, y apostar en cambio por normas flexibles, dúctiles, adaptables, de aplicación gradual y progresiva. Normas capaces de inducir conductas en un entorno profundamente transformado por las nuevas tecnologías, en particular las de la información y la comunicación, que cambian ya nuestros modos de vida.

Sólo esas reglas servirán a estos jóvenes hijos del milenio. A este país que, como ellos, es inconforme, irreverente, tecnológico, participativo, inquieto, impaciente; que necesita el espacio y la flexibilidad que requiere la creatividad y la innovación. Ellos y las generaciones que siguen necesitan también una educación renovada, pues educar para el nuevo entorno significa algo muy distinto a lo que hacemos ahora.

El país de hoy es distinto y mejor al de hace algunas décadas. Está, ciertamente, lleno de contradicciones y paradojas. Pero son esos contrastes los que generan dinamismo y movimiento, los que dan alma al país e impiden la apatía de quien todo lo tiene.

 

Sergio López Ayllón
Director del CIDE.