La casa de mi infancia ya no existe; ese país, la sensación de libertad al caminar por un bosque, sin más temor que el de perderse, ya no son más. Ese pasado se hace presente, a ratos, como nostalgia, fantasiosa tal vez, ante una jacaranda en flor, un callejón en el Centro, un edificio arruinado.

Vivir un país es caminarlo, caminar sus calles, caminar una ciudad, la Ciudad de México, deambular por un parque, subir un cerro, admirar una laguna. México no es la Patria, ni sólo un país. Es un atardecer, el llano de Rulfo, la piedra aparente de Garro, un abismo y una desilusión. Colectivos y personas. Un presente extraño, un futuro incierto.


Ilustración: Pablo García

Hoy caminar la ciudad es mirar el piso, evitar baches o piedras, anhelando el silencio, una pausa para la contemplación, en un tiempo acotado por las sombras de la noche. Vivo en una ciudad hostil que a cada paso irrita. Zona gris, asfixiada de coches, que parece odiar los árboles y las huellas del pasado. Caminarla es enfrentar día a día la desigualdad, los rostros de la miseria, el cinismo de la corrupción, la obscenidad del lujo, la mediocridad. Es sentir la violencia: solapada, en la mirada perdida de unos jóvenes drogados a la salida del metro; hiriente, en la palabra degradada y soez; cruda, en las portadas de los diarios, en las mil historias de violaciones y asesinatos.

Semejante a la capital, México es un país de contrastes, que me parece perderse en un presente sin visión de futuro. De espaldas a la historia, el discurso oficial niega la realidad, los gobernantes viven en un limbo dorado; la sociedad se polariza en torno a pleitos de poder coyunturales, o se paraliza de miedo en las zonas de silencio donde se ensaña la violencia, o se niega, por miedo, a reconocerse en la desgracia de los otros, o se afana por sobrevivir pese a la precariedad. O, harta, se moviliza en busca de un cambio, y avanza pero no logra unirse con otros para avanzar más. El miedo, el protagonismo, el peso de la necesidad, la falta de costumbre del diálogo o, de nuevo, la violencia, obstaculizan o impiden el paso.

Reconocer esa realidad, aunque existan facetas más luminosas, importa. Vivir en un país donde, desde hace décadas, se mata vilmente a mujeres y no pasa nada, donde se pierden millones de talentos potenciales por la pésima educación y la desigualdad, donde se juega con el hambre de millones, es cargar —se quiera o no— con una deuda ética. Aplaudir los esfuerzos heroicos ante la desgracia o la resistencia ante el dolor y la represión, es reconocer el valor de unos cuantos o de muchos. Pero quizá deberíamos preguntarnos por qué parece normal vivir en estado de emergencia, por qué no hemos construido las condiciones para que esa energía creativa, solidaria, se despliegue en arte, conocimiento, bienestar, en acciones colectivas y personales que enriquezcan la política y la convivencia social, que nos permitan a todas y todos caminar y crear en paz.

¿Qué futuro nos espera? Si nada cambia, un país más miserable, una ciudad inhabitable, un infierno. Temo que el 2018 traiga más polarización, que el diálogo sea más y más difícil, que la palabra se siga vaciando de sentido en el discurso oficial y social, que la violencia extrema que azota a muchas regiones ya, cubra todo el país, que la imposibilidad de respirar y pensar en mi ciudad acabe por expulsarme.

Por espíritu de sobrevivencia, o rebeldía, sin embargo, quiero creer que el porvenir puede ser otro. La historia no está en el discurso oficial ni sólo en los actos de corrupción y barbarie. Pienso en las madres de Ciudad Juárez y Chimalhuacán, en las familias de desaparecidos que siguen buscando a sus hijas e hijos. Ellas hacen hoy un trabajo que nos toca a todos: buscar justicia y verdad. Resisten así a la inercia de la degradación. Pienso en las jóvenes, hartas de la discriminación y el acoso machista, que han tomado la calle y me digo que en ellas está algo de esperanza para el porvenir. Pienso en las comunidades indígenas que defienden sus bosques y aguas y resisten así al falso progreso. Pienso en quienes denuncian y documentan: con imágenes y palabras resisten a la mentira. Pienso en quienes crean belleza o cultivan saberes varios y nos abren ventanas a horizontes inesperados.

No puedo imaginarme un México mejor mañana si no se mantienen las resistencias individuales y sociales, si no logramos transformar la educación desde el grado cero, si no frenamos la depredación de personas y medio ambiente, si no reconocemos a los todavía “olvidados” como iguales con experiencias valiosas.

Me pregunto cómo hacerlo. La verdad, no tengo más respuesta que apostar por el diálogo y el sentido crítico, por la palabra y la acción conjunta. Y seguir caminando.

 

Lucía Melgar
Crítica cultural y profesora.

 

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