Querida hermana:

Como últimamente me has preguntado varias veces por qué no regreso a vivir a España, voy a explicarte algunos de mis motivos para quedarme en México. Tienes razón sobre la violencia galopante de estos últimos años, que vivís más acrecentada con las noticias y las series de narcos que pasan en España. Tienes razón también en que México es un ladrón que me ha escamoteado la historia que pude haber tenido en nuestra tierra y que ahora sólo la frecuento de manera intermitente, porque no me puedo despegar del todo; pero no sólo me ha robado, también me ha regalado una buena parte de mi existencia, así es que es ladrón, pero también es el “Dador de la vida”, como diría Netzahualcóyotl, el magnífico poeta de Texcoco, cuya estatua le regaló Coyoacán a Cáceres hace ya 27 años y a la que mis ocurrentes paisanos nombran irrespetuosamente “el Indio de la capa”.


Ilustración: Oldemar González

Entiendo tu preocupación por mí, es muy legítima: Has visto las espeluznantes imágenes de la ciudad herida y humeante, de tantas zonas de derrumbe y derrumbadas; cada vez que te cuento las últimas noticias, son aún más desalentadoras, oprimentes y pavorosas que las que te conté la semana pasada. ¿Te dije que tres de mis amigas acaban en estos últimos días de sufrir asaltos en sus casas donde les robaron todos sus documentos, además de pertenencias valiosas? Sí, ya sé que estarás diciendo: “México es el país del robo, de la impunidad, del crimen”, eso lo repetimos constantemente aquí en pasillos, calles y fiestas ad nauseam. Y es absolutamente cierto.

Recuerdas que el año pasado me robaron mi coche y no podías creer que en la Ciudad de México existiera la Real Universidad de Santo Domingo, donde se preparan los catedráticos cacos y falsificadores, pero lo más espeluznante, a lo que no dabas crédito, es que la cátedra de falsificación fuera conocida, visitada y abiertamente permitida por la autoridad. No creías que se hicieran facturas, credenciales de elector, cheques falsos y miles de documentos destinados al fraude y al robo. Me decías, “tienes que ir a denunciarlo”. Sí, claro, cada vez que algún ciudadano es víctima de esta surrealista universidad del crimen, acudimos al Ministerio Público, sin mucho ánimo ni esperanza alguna de recobrar lo robado, esperando en salas inhóspitas, con colas interminables, sin posibilidad de ir ni a buscar agua y luego te espera la burla del policía en turno: pero ¿cómo no vio que este cheque era falso?, ¿no vio estos sellos?, ¿no tocó el gramaje del papel? Mire, señor, yo detecto las faltas de ortografía de mis alumnos o las incoherencias de sus trabajos, pero no sé cuánto pesa un cheque, le contesté. Y sin embargo, aquí seguimos en la brecha del día a día, sobreviviendo a tumbos, en una ciudad gigantesca, contaminada e inabarcable y ahora, para colmo, sin la seguridad de Uber o Cabify. Ya sabes que lo bueno no suele durar mucho.

Pero yo me reconcilio con México cuando veo vuestra admiración cada vez que me visitáis. Es la misma que experimentaban los cronistas de Indias cuando describían una piña o una planta de maguey y rellenaban párrafos y párrafos con las propiedades útiles o maravillosas de animales, frutas y árboles. Cuando vinisteis toda la familia en primavera os encantaba todo lo que veíais: las alfombras de jacarandas, los colores de las buganvilias de Tepoztlán, las artesanías de Oaxaca, las casas de San Miguel Allende, las calles de Taxco, las playas, los tacos, el guacamole y el buen trato de los mexicanos. Os sentíais como en casa, me decías, mejor que en cualquier otro país. Me consta que lleváis varios meses hablando de México, mostrando las fotos de los lugares mágicos que conocisteis y aún os quedan ganas de volver y estáis pensando en una siguiente ocasión, a pesar de la inseguridad y los terremotos.

Pues eso, México tiene un imán poderoso que me atrae, me reconcilia y me conforta cuando encuentro un alumno que me reconoce en una presentación o en una librería y me agradece lo que aprendió en mis clases; cuando me llaman las amigas para ir a comer a San Ángel, visitamos la iglesia de San Jacinto, su pacífico patio y compramos artesanías en la plaza; cuando saco mis zapatos de taconear y bailo flamenco recordando a España; cuando voy a un archivo y descubro más sobre la ciudad en la que vivo por elección y sobre la que escribí para pagarle una especie de tributo o de agradecimiento; cuando veo las colinas de Tepoztlán o los atardeceres en el Cerro del Enanito.

No puedo volver, hermana, no puedo dejar atrás todo lo que soy, porque aquí me he hecho, aunque, a veces, sienta que no tengo identidad. Aquí están mi casa, mis libros, mis flores, mis nostalgias, y aquí estoy escribiendo mi historia y viendo que mi hijo, ahora más cerca, está escribiendo también la suya.

 

María José Rodilla León
Investigadora y profesora de la UAM-Iztapalapa. Su último libro es: “Aquestas son de México las señas”. La capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos XVI al XVIII).

 

2 comentarios en “Fragmentos a su imán

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