Un país violento, inseguro, desorganizado, sucio, ruidoso, corrupto, contaminado, maleducado. La lista de epítetos negativos podría continuar con largueza, casi hasta completar el límite de palabras de este breve artículo. Los malestares de la vida en México son evidentes, aunque también es un lugar donde los privilegiados podemos tener un nivel de vida difícil de alcanzar en lares más desarrollados: casas de tamaños impensables en cualquier ciudad europea para el mismo nivel de ingreso, trabajadores del hogar de tiempo completo, choferes, jardineros, seguridad privada para paliar el desastre de los cuerpos estatales supuestamente encargados de dar ese servicio, cotos cerrados donde refugiarnos del horror urbano que nos rodea, todo ello basado en la abismal diferencia de ingresos que escinde a la sociedad mexicana.

Mi generación comenzó su andadura adulta precisamente hace 40 años, cuando aparecía el primer número de nexos, con la expectativa del inminente final del régimen del PRI y el arribo de la democracia, promesa pendiente en México al menos desde la Constitución de 1857. La reforma política de 1977 y su correlato electoral de 1979, la insurrección civil contra el fraude electoral de 1986 en Chihuahua, la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas y el cataclismo electoral que le siguió, el levantamiento zapatista de 1994 y el asesinato de Colosio, el pacto de 1996 y, finalmente, la elección de 2000, fueron los hitos que marcaron a aquellos de mi cuerda: los involucrados en la política de izquierda, pero que nunca nos sentimos identificados con los desvaríos revolucionarios que fascinaron, de una u otra manera, a los de la generación precedente, la de los soixante–huitards locales.

Ilustración: Jonathan Rosas

La democracia, entendida como el punto de partida que desataría todos los nudos del atraso nacional, atribuidos al maléfico y corrompido monopolio del PRI, y que permitiría la destrucción creativa necesaria para, por fin, convertir a México en un país moderno en todos sus ámbitos y no únicamente en algunos nichos, convivientes con el atraso y la pobreza predominantes. La democracia a secas, para después colgarle los adjetivos, por lo que lo central era arrebatarle el control electoral al PRI.

Diecisiete años después de la derrota del ogro mitológico, con elecciones cuestionadas ya solo por inercia, pero donde los votos cuentan y se cuentan y el poder se distribuye entre tres partidos, resulta que el monstruo del atraso tiene muchas más cabezas de las que imaginábamos con cierta ingenuidad, pero sobre todo tiene profundas raíces que llegan hasta el estrato virreinal de nuestra historia. Las maneras de hacer las cosas, las improntas culturalmente transmitidas, con sus formas estereotipadas de reacción frente a los intentos de cambio, los modos del orden que no se corresponden con las reglas formales y se reproducen pertinazmente como soluciones a los retos de la cooperación y la competencia en una sociedad desigual y jerárquica, han mostrado una enorme resistencia al cambio, reflejo de una sociedad misoneísta, profundamente desconfiada respecto a la ley y el orden estatales.

El PRI ya no es monopolio, pero el Estado mexicano del final de 2017 sigue siendo la misma organización corrupta e ineficiente y los partidos del régimen del 96 compiten por apropiarse de manera patrimonial de sus distintos trozos, aunque sea solo temporalmente. La pluralidad electoral no trajo consigo la reforma del Estado para hacerlo relativamente autónomo de la política, para hacerlo un cuerpo profesional a prueba de captura clientelista. Tampoco trajo el tripartidismo hoy en crisis la construcción de un orden legal aceptado socialmente y eficaz, no negociable, con derechos generales y protecciones no sujetas a compra por parte de los más poderosos y ricos.

El México del final de la segunda década del siglo XXI, aunque demográficamente distinto del de hace cuatro décadas cumplidas, sigue siendo un país de privilegios, de intermediaciones clientelares donde los políticos medran gracias a la miseria de sus clientelas, a las que les consiguen algunos servicios del Estado, que deberían ser derechos universales, o alguna dádiva a cambio de su apoyo para capturar alguna parcela de rentas estatales. Lo mismo que con el monopolio del PRI, pero ahora sujeto a la rebatiña entre tres.

Con todo, el cambio tecnológico, la baja de los costos de información y las condiciones de la competencia mundial alimentan hoy fuerzas transformadoras. Una sociedad un poquito más organizada, que demanda cambios y presiona a los políticos; jóvenes que como los de mi generación hace cuatro décadas, quieren cambiar las cosas, se movilizan y proponen y han aprendido que no todo se agota en contar con elecciones libres.

El México de hoy no es igual al de hace 40 años. Sin duda es más libre y más abierto al mundo. Cambio ha habido, aunque sea en los márgenes. Dentro de cuatro décadas es muy probable que las transformaciones sean mayores, sobre todo impulsadas por la revolución tecnológica; sin embargo, desde el pesimismo, estoy seguro que aún serán reconocibles las trazas de las contrahechuras de hoy, que son las mismas de siempre.

 

Jorge Javier Romero Vadillo
Profesor titular de la UAM Xochimilco y profesor visitante del Programa de Política de Drogas del CIDE.

 

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