Me burlé todas las veces que pude de mi padre cuando me decía que vendría una hecatombe. Le encantaba esa palabra y la usaba para pequeñas desgracias y grandes desdichas.

—Cada día, los periódicos están repletos de catástrofes —no necesitamos esperar.

—Esto será una hecatombe —me decía convencido de su conocimiento de la vida mexicana. Fue un obsesivo lector de periódicos, todo su conocimiento político venía de las páginas impresas de los diarios. Ni un día de su vida dejó pasar sin que el papel impreso cubriera la mesa del desayuno.


Ilustración: Alberto Caudillo

Mis padres murieron en la alta vejez, cuando empezó la hecatombe. Recuerdo cuerpos colgados de puentes, una intervención militar en Michoacán, tiroteos, cabezas que rodaban por la calles, venganzas indecibles entre criminales, el presidente Calderón asediado por López Obrador y en busca de un mendrugo de legitimidad.

Nadie sabe leer el presente, no supe ver que mi familia se había roto para siempre y el país también. El futuro de esos días lo ocuparon la violencia que se esparcía por el territorio nacional y mi soledad, o mi corazón bajo la tormenta, en busca de algo que ignoraba y que quizás aún ignoro.

Luego murió mi hermano mayor y una sombra se hizo cargo de mi vida. Desde luego tengo otra familia de felicidades sin pausa, pero la otra, la de mi infancia, se había ido para siempre. Una hermana fuera del país y otras dos ocupadas como yo en sus vidas mientras pasan años. ¿Quién dijo que la familia es la patria del corazón? Me quedé entonces sin la patria de mi niñez mientras la otra se bañaba en sangre. La hecatombe.

En mis años de juventud nunca pensé que vería una guerra civil, o como quiera usted llamarle a la carnicería que ha ocupado nuestro tiempo azorado. Dicen los que saben que sumados los muertos del sexenio de Fox, más los de Calderón y de Peña Nieto, rebasan los 300 mil. Con todo lo que eso trae consigo: secuestro, tortura, robos, exacciones, desplazamiento, dolor, y tragedia. Estoy convencido de que el gran error del México moderno ha sido la guerra contra el narco: la balacera, la masacre, la expansión de las bandas asesinas por todo el país y no la reducción del mal que se combate. Si México pudiera regresar a los niveles de violencia del año de 2005, creo que la vida mejoraría en todos los sentidos y nos permitiría volver sobre nosotros mismos. Sin paz, el futuro es imposible.

La otra oscuridad no tiene arreglo, salvo que una noche, convocados por astros extraños, vuelvan mis muertos y hablemos a la luz de la luna:

—Tuviste razón. Desde que te fuiste esto se convirtió en una balacera sin sentido.

—Te lo dije, Rafa, lo tenías frente a los ojos, pero siempre has sido incrédulo.

—No es bueno ser tan descreído —intervendría mi madre—: ¿te hiciste tus análisis, tu cistoscopía?

—Me los hice, sí —respondería a las sombras hamletianas de mi vida.

—¿Qué has leído en estos años? —me preguntaría mi hermano, ansioso y queriendo saber del mundo de los vivos.

—Apareció el Inventario de Pacheco—: murió un año después de ti; ni un año, sólo seis meses más tarde.

Pensar en el porvenir es abrirle la puerta a los anhelos. Tengo entonces para mañana solamente un puñado de deseos. Lo escribió Tabucchi: la vida es una cita, pero nosotros no sabemos el quién, el cómo, el cuándo, el dónde.

 

Rafael Pérez Gay
Escritor y periodista. Su más reciente libro es Arde, memoria. Antología personal.

 

Un comentario en “Deseo y oscuridad

  1. Un escrito lleno de valores y hábitos, esos que son ejemplo en nuestra niñez para la vida de adulto que hemos de vivir. La familia de la niñez de la que nunca queremos separarnos, de tener a nuestros padres siempre con nosotros, pero al conocer la inseguridad y la perdida de valores, agradezco el lugar en donde ahora esta