De expectativas e iracundias. El año en que nació nexos estaba al alza el mercado de las expectativas mexicanas. Desde entonces, se ha hilado una sucesión de altibajos en los humores y la autoestima de la nación. No han faltado razones ni motivos, aunque hay saldos favorables en no pocos campos. Tampoco han faltado retrocesos ni nuevos retos —internos y externos— que nublan las percepciones de avance. Lo que no ha cambiado en este tiempo es un murmullo que cíclicamente se vuelve clamor con la conseja de que, ya sea por lo que se hizo o por lo que no se hizo, terminamos siempre igual o peor.


Ilustración: Víctor Solís

Hace 40 años, el presidente López Portillo promulgó un nuevo cuerpo normativo que entre otras cosas encauzó la pluralidad política por la vía parlamentaria. No era poca cosa en una década latinoamericana plagada de cruentos golpes militares y luchas armadas. Las reformas fueron respuesta a la crisis del sistema de partido dominante, que se había vuelto prácticamente de partido único: Sólo el PRI había registrado candidato presidencial en la elección de 1976. Pero además a lo largo del decenio anterior (1968-1978) se habían ahogado en sangre lo mismo manifestaciones civiles que actividades guerrilleras. A las reformas se agregaron la multiplicación de la producción petrolera nacional y el alza de los precios internacionales, con ingresos extraordinarios que elevaron las expectativas e hicieron decir al presidente que nos disponíamos a administrar la abundancia.

Pero la caída de los precios internacionales del petróleo en 1981 seguida de la crisis de la deuda, la insolvencia nacional formalizada a mediados de esa década, devaluaciones en cadena e inflaciones que en esos mismos años llegaron a tres dígitos, lanzaron a la baja el mercado de las expectativas patrias y abatieron la autoestima y el optimismo mexicanos a niveles ínfimos. La ira social se concentró en el presidente que se iba pero que antes de irse estatizó la banca, con lo cual quedó fracturado el entendimiento histórico del gobierno y el capital, lo que a su vez llevó a una parte del empresariado a la oposición política abierta.

Ánimos y desánimos. Un terremoto devastador en 1985 se agregó a las calamidades de esa década, que entre otras cosas generó una percepción de parálisis del gobierno del presidente De la Madrid y una sensación de que se había quedado atrás de la movilización ciudadana. A ello se agregó una rebelión interna en el PRI contra las reformas de mercado que, aunada al mal manejo de la jornada electoral por parte del gobierno, cosecharon en la elección presidencial de 1988 un nuevo ciclo de ira y frustración, contra el resultado.

Las reformas de los primeros noventa del presidente Salinas llevaron al alza nuevamente el ánimo y las expectativas nacionales con la creación del IFE, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Conaculta y el programa Solidaridad. Y en lo económico, con la apertura de los mercados que culminó con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Pero la catástrofe financiera del “error de diciembre” de 1994 no sólo violentó aquellas expectativas sino que la gestión de aquella crisis por el nuevo gobierno del presidente Zedillo enfiló la rabia nacional contra su antecesor y las reformas que promovió, con el efecto de cancelar por más de una década la profundización de esas transformaciones así demonizadas. De inmediato aquella crisis precipitó hasta abismos desconocidos el desánimo y la autoestima nacionales que días antes sustentaban expectativas alentadas por el presidente de llevar al país al primer mundo.

¿Qué sigue? Aquel desánimo, más las reformas democráticas de los noventa, condujeron inevitablemente en el año 2000 a la alternancia de partidos en la presidencia. La transición produjo un repunte inmediato en el mercado de expectativas, pero la ineficacia gubernamental del presidente Fox impidió marcar diferencias con el pasado e incluso indujo diferencias favorables al antiguo régimen. Así se vio en 2006 con la pretensión de triunfo y la toma del corazón de la capital por López Obrador, quien perdió apenas por medio punto con las propuestas del PRI de los setenta. Enseguida, la guerra (perdida) contra las bandas criminales marcó el segundo periodo presidencial panista, el de Felipe Calderón, y ello condujo a una nueva alternancia, la del regreso del PRI a la presidencia. El más alto nivel de expectativas del nuevo gobierno llegó con el Pacto por México suscrito por el presidente Peña Nieto con los principales partidos. El acuerdo produjo una docena de reformas con alto potencial de llevar al país al primer pelotón del desarrollo global. Pero amaga con revertirlas el perdedor de 2006 y 2012, ahora puntero para la elección de julio. Sus principales propulsores: la nueva caída en el mercado de expectativas y autoestima —el caldo de cultivo para el desarrollo de personalidades autoritarias— más la acumulación de frustraciones y la empeñosamente fomentada ira contra las instituciones y sus exponentes. ¿Seguirán los altibajos?

 

José Carreño Carlón
Director general del Fondo de Cultura Económica.

 

Un comentario en “40 años de altibajos en la autoestima nacional

  1. Que desperdicio! Sin argumentos de peso, sin análisis. Pobre, muy pobre esta opinión.