No vamos en el mismo barco. La tirantez, disparidad y enemistad entre la población mexicana han aumentado de manera considerable. La ilusión de ir en un mismo barco está hecha añicos. Cada vez es mayor el número de quienes actúan al son de “¡Sálvese el que pueda!” y permanecen indiferentes a los lazos sociales. Los vínculos sociales se han debilitado por la asimetría entre los actores o las partes involucradas. El SAT acecha los ingresos de las personas físicas, pero éstas no podemos lograr que Aeroméxico remita la factura de manera automática luego de realizado el viaje.


Ilustración: Víctor Solís

Entre tanta incertidumbre y tiempos turbulentos a la vista, con disminuida capacidad de arbitraje, el gobierno no controla los acontecimientos. El crimen organizado se halla en una fase de metástasis irrefrenable, intercambiando dinero por favores. La obra pública corrupta y corruptora, con sus efectos socialmente selectivos, es el crimen perfecto de la época: causa muertes y lisiados en las carreteras, pero es el pilar del buen vivir de los influyentes que gestionan o deciden las asignaciones de los tramos de éstas, cuyos servicios sanitarios los domingos por la tarde son nauseabundos. Los oligopolios continúan en las pantallas y los teléfonos.

La transición democrática fue distorsionada por la reforma de 2006: salieron los ciudadanos y entraron las cúpulas de los partidos políticos a repartir los cargos del árbitro electoral. El bono democrático se dilapidó.

La redistribución del poder ha sido de facto y a favor de las cúpulas partidistas, de los gobernadores, de los niveles superiores de los tres poderes, de los grandes capitalistas y sus empresas. Sus héroes llegan hasta arriba y aprisa. Su impunidad se nota en las calles y banquetas, los vehículos que hoy las bloquean, como lo hacían las patrullas de la policía judicial federal en los gobiernos de los presidentes Echeverría y López Portillo, son los camiones repartidores de cerveza, refrescos y comida chatarra, irritando el sentimiento colectivo de frustración social, que también se alimenta de la anécdota, del escándalo, del accidente, generando sospechas, técnicamente discutibles, que buscan su verdad política en los coludidos.

El futuro no está en las estrellas, sino en las corrientes profundas. La migración es hoy el fenómeno demográfico más trascendente, anticipo y espolón de cambios sociales y territoriales. El país está surcado por corredores de migrantes. Hasta ahora en su mayoría mexicanos, crecientemente centro y sudamericanos. Faltan políticas públicas que inserten a los migrantes, antes de que se difundan percepciones y manifestaciones xenofóbicas estimuladas por la intemperie social de la población migrante y por una población arraigada, que lucha con sus propios demonios, expuesta a la violencia y al miedo, con sus expectativas disminuidas o amenazadas.

En 2018 parecen jugarse cosas todavía importantes como la confianza en el futuro. En este sentido, como la vía pacífica para el cambio de autoridades, hay que fortalecer la legitimidad electoral, máxime en un escenario de descalabro de la economía nacional e inestabilidad internacional, que golpee los ahorros y la seguridad de las clases medias, y no queden otras salidas que llevar una vida frívola y alocada —entre las casas de empeño y los casinos— o lanzarse a la calle a protestar a pesar de la discordia fratricida, o descubrir la salvación en causas, en una coyuntura en que se buscan respuestas para expresar experiencias amargas y esperanza en la justicia. Un próximo presidente con experiencia y tacto, que culmine la transición democrática, una combinación de Adolfo Ruiz Cortines y Manuel Ávila Camacho, creo que sentaría bien al país.

No hemos podido conjugar elecciones libres y concordia. Un terreno desnivelado de juego electoral fue lo usual en el siglo XX. En el mediano plazo, la legitimidad electoral puede fortalecerse con medidas como la segunda vuelta, campañas cortas, bajar el gasto en los medios de comunicación, respaldar a los consejeros electorales distritales con facultad para contar y recontar públicamente los votos contenidos en los paquetes electorales.

Hay que recuperar el nivel de barrio para que, ante los mecanismos inhumanos de la modernidad, como la base de datos que todo lo excusa, la gente pueda seguir conviviendo: la tienda de abarrotes de la esquina, el centro de salud vecinal, el juzgado de primera instancia, la escuela primaria de la colonia.

 

Ignacio Almada Bay
Historiador. Es profesor-investigador de El Colegio de Sonora. En 2017, publicó con Miguel Ángel Grijalva Dávila, “El papel de los diputados de Sonora en el Congreso Constituyente de 1917: perfiles y propuestas”, en Catherine Andrews (coord.), El constitucionalismo regional y la Constitución de 1917, Tomo III. México: CIDE, SRE, AGN, 469-488.