Revertir este presente de gobernantes cínicos, ignorantes y ladrones es una tarea brutalmente desesperanzadora pero no imposible para quienes hoy estudian en las universidades. Junto a ellos, entre ellos y en un terco intento de comprender a cada generación, he transitado los últimos cuarenta años de mi vida.

No puedo mirar el mañana de México sólo desde mi biografía ni desde la capital del país. Lo que iba a hacer, a parir y a imaginar ya quedó atrás. Mi presente está en la docencia dentro de una facultad. No me tocó el privilegio de ser miembro de un instituto de investigación en la UNAM donde la tarea central no se da frente a un enorme grupo de quienes rondan los veinte años. Los investigadores forman alumnos, sí también, pero a los de posgrado, a los que ya destacaron. Yo me enfrento cada semestre a demasiadas decenas de jóvenes que en su mayoría traen un capital cultural pobre, son muy pocos los que proceden de ambientes familiares favorecidos, son excepciones los que exprimieron a sus maestros de prepas y cecehaches, son contados los que de verdad saben pensar por sí mismos.


Ilustración: Adrián Pérez

Me he mimetizado fuertemente con su sentir frente al país. A diferencia de mi generación que tenía delante un futuro luminoso, la mayoría de ellos miran un panorama gris, hostil y cerrado. Persisto en mi sugerencia de que no salgan a repartir currículos en las empresas o en los gobiernos, sino que construyan pequeñas comunidades interdisciplinarias con sus cuates de otras carreras o facultades. Me miran escépticos. El imaginario social los adiestró para buscar un empleo e ir ascendiendo paulatinamente hasta ser jefes poderosos.

No me creen cuando les digo que casi nadie en México se preocupa por su inserción en el mercado laboral, tampoco les parece verosímil que hoy un título de licenciatura no es pase automático a ningún lado. Algunos sueñan con el posgrado que a través del Conacyt les otorgaría unos doce mil pesos mensuales y con ello ganarían más que cualquier salario de recién egresado. ¿Y luego qué? les pregunto. A los tiempos completos de la academia entran pocos y la exigencia de la hiperespecialización va a convertirlos en escaladores de nóminas que suelen alejarlos de las necesidades de quienes sufren varios tipos de pobrezas. No somos Finlandia para estudiar a partir de problemas locales, regionales y globales. Nosotros aprendemos teorías, métodos, sabemos de autores y corrientes epistemológicas, pero no planeamos rutas consistentes para el mañana de una mejor nación.

A ratos me sorprende la diferencia de involucramiento en la política que tienen estas generaciones. No quieren saber de partidos, los detestan a todos. Ante sus gestos de rechazo no puedo olvidar los años ochenta cuando la izquierda mexicana se reorganizaba. Un grupito de mexicanos estudiábamos en Italia cuando se dio la fusión de varias organizaciones con miras a participar unidas en las elecciones federales. El entusiasmo era total. Queríamos volver a México y lo comentamos con nuestro maestro más conspicuo: Cerroni. Su sugerencia fue contundente: dentro de un partido tendrán que defender una parte de la realidad nacional, van a sacrificar la mirada del todo, un país es un ente vivo en el que sus partes son interdependendientes… ahora que pueden estudien bien la historia de esa tierra suya, conozcan sus recursos, a su gente. Nos quedamos allá, por supuesto. Hoy esa gana de participar en política es difícil de ser comunicada a quienes están en la lógica del sálvese quien pueda.

El 2018 es un escenario de tránsito. Por muchas razones se trata de un gozne importante pero no decisivo. La clase política y sus aprendices solo se miran el ombligo e imaginan que el poder se ejerce como en las épocas oscuras, no han calibrado la fuerza y decisión de los líderes en potencia que están a punto de entrar a la escena pública. Si bien los kumamotos y las comunidades con liderazgo no se dan en maceta, sí contamos con jóvenes de diversas procedencias y con organizaciones consistentes dispuestos a reconstruirlo todo. Así, con sus ingredientes de inexperiencia y tal vez con falta de pericia, pero con algo importante: todos intuyen que el presente es de trabajo serio, de cohesión ética, de transparencia y de autocrítica grupal.

El mañana de México será resultado de un proceso no planeado, como diría Norbert Elias. Nadie sabe qué elementos serán los decisivos y qué formato adquiera la organización de lo social. Hay tendencias en lo económico, pero incertidumbre total en lo demás. El mosaico nacional es tremendamente heterogéneo, hay regiones que se montan en la tecnología e inventan salidas, hay otras que se resisten a lo nuevo, unos grupos se sacuden la tutela gubernamental y otros sienten temor a moverse por su cuenta. Por todas partes se gestan escenarios hoy desconocidos. Preparémonos para las sorpresas.

 

Fátima Fernández Christlieb
Socióloga. Académica de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su último libro es ¿De dónde, demonios, salió el eneagrama?

 

Un comentario en “Lo inevitable es que haya sorpresas

  1. De los 96 ensayos que celebran el 40 aniversario de la revista Nexos, el de Fátima Fernández Christlieb resume en una frase la angustia vital que ahoga a la sociedad mexicana: ¡sálvese quien pueda! Habiendo emigrado de México el año que se fundó Nexos, la “sana distancia” temporal y geográfica me permiten apreciar la agudeza de la autora para percibir, entender y escribir sobre el problema. Importante contribución.