Cuando aparece nexos, ya había pasado el 68 pero el país aún vivía tiempos de confianza en un futuro promisorio, por lo menos es lo que yo pensaba cuando publiqué aquí por primera vez en agosto de 1980. Muy poco después se esfumó el auge petrolero, el desplome fue brutal y cayó una pesada losa sobre el ánimo colectivo que evaporó el entusiasmo y cerró la visión de futuro. Se tuvo otro momento de optimismo, cuando la deuda empezó a ser manejable; se renovó la narrativa y se optó por apostarle a la apertura, a los mercados y muy particularmente, a stados Unidos, con el TLCAN. Pero todo acabó en desgracia en aquél terrible 1994. El siglo nuevo trajo la alternancia, pero no el crecimiento. A mediados de los 2000 y tras una disputadísima elección que dividió al país y lo tuvo en vilo, se lanza la guerra contra el narco e inicia una era de violencia ciega, brutal, que todavía no termina.


Ilustración: Mariana Villanueva

En estas cuatro décadas se fue instalando un nuevo espíritu de los tiempos, un zeitgest extremadamente pesimista y corrosivo, que es ya una especie de ideología dominante y de la cual es difícil escapar: Se dice que en México todo está mal y cada vez peor. Desde luego, razones no faltan. Pero no es así. Muchas cosas en México son hoy mejores. Por ejemplo, tenemos alternancia democrática, una prensa más libre y una sociedad civil más amplia, fuerte y educada. Hay un gran mercado interno y signos inequívocos de avance, pero no basta: el pesimismo llega hasta la médula; quizá porque llegamos demasiado lejos y tocamos fondo. Pensemos en las estremecedoras masacres de San Fernando o en Ayotzinapa.

El crecimiento económico se esfuma y las instituciones se debilitan más allá de su saludable transformación; los indicadores de pobreza y bienestar se estancan, o de plano, se contraen. Hoy, México se parece cada vez más a una plutocracia egoísta, excluyente y sin proyecto nacional. Un país donde el gobierno (y el presidente) es cada vez más débil y una mayoría de gobernadores ha convertido a sus estados en verdaderas satrapías. Vemos cómo se pierden territorios y juventud en el crimen, el narco y el sicariato. El país vive una profunda deriva institucional. El país de las fosas.

Me temo que el futuro es impredecible y que estará poblado por cisnes negros que no dejarán de sorprendernos. Aun así, el perfil demográfico está establecido y conocemos los contornos de la cuarta revolución industrial y sus tecnologías de crecimiento exponencial que nos afectarán profundamente —la digitalización de casi todo, la Inteligencia artificial y sus potentes algoritmos— y cancelarán infinidad de empleos. El único antídoto será contrarrestarlo creando más empleos nuevos. Para ello debemos mirar hacia adentro.

Para crecer y ampliar el mercado interno, necesitamos, por lo menos, aumentar la inversión y el ahorro. Pero esto no puede lograrse, si no se fortalece la política fiscal. Se requieren más recursos para detonar inversiones y empleo. No sé si eso resuelva el tenaz acertijo del estancamiento secular, pero por lo menos es condición necesaria.

Para cambiar, hay que mirar al sustrato profundo de nuestra sociedad: El racismo, la exclusión y la desigualdad. El racismo de mil rostros, el racismo hipócrita de nosotros los mexicanos. Los territorios cedidos al crimen, nuestros paisajes devastados por la pobreza y la juventud sin esperanza. Casi todos coincidimos en lo que hay que hacer: sobre todo, renovar y recrear las instituciones; las de procuración de justicia en primer lugar y combatir el desapego a la legalidad, tan arraigado en los mexicanos. Respetar y exigir la observancia de los derechos humanos; construir ciudadanía.

México ya cuenta en el mundo, a pesar de sus problemas: por su tamaño y geografía, su historia difícil pero singular. Sin cerrar puertas a nadie, atrevámonos a ver más al mundo de mañana, no tanto al de ayer. Pienso en Asia del Este, en la India, en África, y desde luego en América Latina que, con más de 630 millones de habitantes sí cuenta. Ya sabemos, que no es posible un futuro colgados del estribo de Estados Unidos.

Para sacar al país de la mediocridad, la violencia y el estancamiento, hay que atrevernos a mirar primero hacia adentro. Tenemos que poner a producir a nuestras regiones, a nuestras ciudades pequeñas, a su gente y sus territorios hoy secuestrados y silenciados por el crimen y la miseria. Hay que fomentar una potente red de pequeñas y medianas economías regionales. México, por fortuna, no es ni será nunca un país homogéneo, su riqueza está en su diversidad asombrosa. Respetémosla, dejémosla ser; en Juchitán la gente es como ha sido siempre, pues que siga así; lo mismo con los sonorenses y los huastecos. Se puede ser modernos, ciudadanos y celebrar la fiesta del pueblo.

Sobre todas las cosas, devolverles a nuestros jóvenes la esperanza de futuro. En la desesperanza se anida el cinismo y el rencor. Que ellos sí puedan trascender este zeitgeist. No hay de otra, hay que atreverse.

 

Cassio Luiselli Fernández
Economista y diplomático. Doctor en geografía y medio ambiente.

 

Un comentario en “Atrevernos a mirar hacia adentro

  1. Todo lo expuesto en este artículo está muy bonito, pero dificilmente puede lograrse sin atacar los privilegios de una clase dominante parasitaria, que se ha adueñado del Estado para usufructuarlo. Reforma fiscal progresiva, combate enérgico al lavado de dinero y mayor regulación del sistema financiero… diezmar a la alta burocracia y retirarle todos sus privilegios (¿porque pagarles planes médicos privados cuando ese dinero podría reforzar a la seguridad social pública?)… en fin, reorientar nuestra economía a la satisfacción de las necesidades de todos y no a los deseos de algunos. La nación mexicana es una muy buena y hermosa vaca… lo único que necesita es una buena desparasitada.

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