Julieta Campos: El miedo de perder a Eurídice. Editorial Joaquín Mortiz, Nueva Narrativa Hispánica, México, 1979. 169 pp.

La historia es motor y freno de expresiones que fueron novedosas y actualmente son cenizas. En ese sentido, la labor vanguardista, su dialéctica, supone una práctica de renovaciones constantes cuyo auge contiene la próxima caída; sus modelos son siempre rebasados y su audacia termina en la historia de la literatura.

La nouveau roman, que en los cincuentas dio sus primeros frutos y en la siguiente década tuvo sus mejores logros, estuvo llena de audacias y limitaciones que la perdieron en sus propios recovecos. El laberinto se cerraba sobre sí mismo. El reino de este mundo como fenómeno descriptible sufrió los efectos de la disección novelística, en tanto que una realidad dinámica exigía otras maneras de aprehenderla. Quien insista en recorrer tales caminos corre el riesgo del espejismo. Y esto le ha ocurrido a Julieta Campos en El miedo de perder a Eurídice.

Nacida en La Habana en 1932, la Campos ha sido una estudiosa de la narrativa francesa contemporánea, lo que trasluce su producción ensayística y sus textos de ficción. Ya en su primer libro, La imagen en el espejo (1965) establecía que “la novela se ha multiplicado en un infinito poliedro de espejos. Se han desvanecido los personajes pero se ha enriquecido la exploración de la conciencia para rechazar después cualquier conocimiento más allá de los gestos o las palabras. Se ha suprimido el mundo exterior o, más bien, se le ha mirado únicamente desde la subjetividad para reconocer luego en la descripción de ese miedo la única manera de representar la realidad”.

Ese párrafo podría amparar la escritura de Julieta Campos. De ahí que El miedo de perder a Eurídice no es obra que surja casualmente, sino el resultado de una trayectoria literaria que desde su primera manifestación, la novela Muerte por agua (1965) muestra el uso adecuado de las relaciones espacio-temporales y el gusto por hallar y revivir mitos. La búsqueda continuará en Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina (1974), cuya mira se orienta muy directamente a los esquemas de Robbe-Grillet y seguidores.

En una opinión más reciente Julieta Campos encontraba que “la novela es el único modo de conjurar la amenaza constante del deterioro, del acabamiento, de la muerte y lo que es porque quien recurre al relato para organizar lo que a sus ojos no tenía la suficiente coherencia, lo que se presentaba además como amenaza interrumpida de finitud tiene siempre, al hacerlo, la sensación de crear algo con garantía de perduración infinita” (La función de la novela, 1973), Esa lucha de persistencias es uno de los filones que explota El miedo de perder a Eurídice, una historia de amor que es “la historia de un sueño”.

Con el recurso del desdoblamiento, los personajes se hacen múltiples e infinitos, evocando -va la lista- a Venus y Tannhauser, Abelardo y Eloísa, Hamlet y Ofelia, Agatha y Ulrich, Salomón y la Sulamita, el Cónsul e Ivonne, Dafnis y Cloe, Hans Castorp y Clawdia Chauchat, Pigmaleón y Galatea, Otelo y Desdémona (respiro), Penélope y Ulises, Baudelaire y Jeanne Duval, Laura y Petrarca, Humbert Humbert y Lolita, Elizabeth Barret y Robert Browning, Alfonso Quijano y Dulcinea, Leda y el Cisne (otro respiro), Adán y Eva, Wagner y Cósima, Pélléas y Mélisande, Cleopatra y Marco Antonio, Calixto y Melibea, Fausto y Margarita, Orfeo y Eurídice, Romeo y Julieta, Heathcliff y Cathy, Tristán e Isolda, Rilke y Lou Andreas Salomé, Jasón y Medea, Miranda y Fernando. Sin olvidar (renovados bríos) a Kafka y Milena, Electra y Agamenón, Don Juan y Tisbea, Von Aschenbach y Tadzio, Poe y Anabelle Lee, Borges y Matilde Urbach, Diego y Frida, Díaz Ordaz y la Tigresa, Rimbaud y Verlaine, Louis Aragón y Elsa, El Jarameño y Santa, John Lennon y Yoko Ono, Octavio Paz y Marie José, Porfirio Díaz y Carmelita… la lista continúa hasta abarcar el infinito, porque según la Campos, “nadie se enamora de nadie. Todos se enamoran del amor”.

La nouveau roman desarrolló y agotó la narrativa del eco, donde las situaciones se propagan sobre círculos concéntricos que perfilan reflejos y miradas. Julieta Campos aún navega en esos mares, su visión del mundo está enclavada en las concepciones decimonónicas del amor, del encuentro y la pareja que en su reiteración alcanza la unidad y la armonía, justificadas por una serie de referencias bibliográficas: “íTantos libros para contar una sola historia! El telón se levanta y empieza la función. Será otra historia ejemplar y siempre la misma”.

Extraña que en la actualidad, cuando tantas manifestaciones estéticas abordan la desintegración y decadencia de la pareja, aún se la proponga como objeto de sublimaciones novelísticas. Esto no implica que se exija al narrador el empleo de esquemas sociológicos para descodificar la realidad. En todo caso, señala constantes. Las reducciones de El miedo de perder a Eurídice dan la sensación de que la escritora se encuentra encerrada en una serie de formulaciones obsoletas; V por más que se quiera separar la realidad literaria de la realidad social, entre una y otra hay vasos comunicantes, que desde luego no funcionan mecánicamente.

El deseo, la pareja y la isla (el espacio donde se reconocen los amantes) son los ejes centrales de esta novela que hace del sueño un artificio, un ámbito ajeno al tiempo y con múltiples alternativas espaciales. El reconocimiento es línea rectora, las parejas se identifican en el espejo que les da su medida “real”, que los absorbe en una cadena perdida en el horizonte.

La idea de contar el sueño para descubrir los espejos en que se reflejan los amantes es un artificio avejentado. “Contar la historia de una pareja es contar la historia de otra pareja que es otra historia y es la misma”: el discurso cobra un sentido que lo reduce y aprisiona, lo encasilla y sujeta en sistemas de exclusión, abstracciones holladas y razonamientos idealistas. Según la última línea de El miedo de perder a Eurídice, “persiste un intenso fervor de rosas rojas”. Habría que preguntar a Julieta Campos si acaso ella, con su novela, están en un lecho de rosas. Y si la lumbre no los quema.