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* La presente reseña de Pierre Luc Abramson apareció originalmente en Tilas (Travaux de l’Institute d’Etudes Iberiques et Latino-Americáines) no. XV, 1975, Université des Sciences Humaines, Estrasburgo. La obra aquí reseñada corresponde en lo sustancial a la más amplia versión española, La cristiada, editada en 3 vols. por Siglo XXI.

– Apocalypse et révolution au Mexique, la guerre des cristeros. Paris, Editions Gallimard. 1974. 

– La christiade, l’eglise, l’etat et le peuple dans la revolution mexicaine. Paris, Ed. Payot, 1975.

Jean Meyer ha publicado dos libros sobre un episodio importante y mal conocido de la historia de México: la rebelión de los cristeros: Apocalipsis y revolución en México, la guerra de los cristeros. 1926-1929, y el segundo, La cristiada, iglesia, estado y pueblo en la Revolución Mexicana. Vamos a referirnos a este último libro que es más amplio, más detallado y más ambicioso. Cuanto se diga de uno se aplica al otro, puesto que el autor desarrolla en ambos la misma proposiciones.

Una alteración semántica

Para Jean Meyer la rebelión de los cristeros, la cristiada, forma parte de la Revolución Mexicana. Es un postulado que puede admitirse si, como lo hace Meyer, damos la fecha de 1940, momento de la estabilización definitiva del régimen, como el año en que concluye la Revolución. Hay que tomar entonces el término «revolución mexicana» en su sentido amplio de periodo histórico. Según Meyer el momento más glorioso de este periodo es precisamente el de esta rebelión. a la que considera como su único episodio realmente campesino. Partiendo de su concepción extensiva de la palabra «revolución», Meyer puede beneficiar a los cristeros con la connotación positiva ligada a este término y sobre todo puede evitar hasta el último momento ubicar al movimiento en la gran revuelta de las masas y los cambios acaecidos en los años de 1910-1920, es decir, la revolución propiamente dicha. Esta alteración semántica causa una vaguedad general propicia a las interpretaciones ambiguas y las omisiones. Es el primer paso en la vía de la exaltación de los cristeros.

Meyer no concede suficiente atención al hecho de que todos los rebeldes, del ideólogo al combatiente, se proclamaban clara y abiertamente «contrarrevolucionarios» y se consideraban a sí mismos totalmente ajenos al largo proceso de violencia que de 1910 a 1920 había desembocado en el nuevo régimen, entonces encarnado por el presidente Plutarco Elías Calles, el Lucifer bolchevique. Para ellos, esta revolución, como todas las revoluciones, era por esencia diabólica ya que los poderes terrenales, siendo una institución divina, no pueden subvertirse; asimismo no podía existir la fe religiosa sin la autoridad política. Y viceversa. Frente a la «tiranía roja», «contra la acción bolchevizante del actual gobierno revolucionario que se inspira en Lenin y Marx»(1), los cristeros querían ser los restauradores: restaurar no sólo a la Iglesia en su derecho sino también la moral pública y privada, al mismo tiempo que la autoridad en el cuerpo social. Todo está ligado. Así el argumento principal, formulado en las numerosas reclamaciones dirigidas a las autoridades en solicitud de reapertura de las escuelas religiosas que el presidente Calles había mandado clausurar, es la necesidad de formar hombres que crean en Dios puesto que son los únicos que pueden gobernarse. Incluso cuando se equivocaban «consciente» o «inconscientemente» acerca de quién era su enemigo, los cristeros eran «reaccionarios», en el sentido estricto de: el que se opone a la acción de la revolución. Esto es lo que no aparece en el estudio de Jean Meyer, y por esto su libro es un alegato a favor de la «motivación religiosa» como origen y motor del levantamiento, presentado como la respuesta del pueblo cristiano en armas a un ataque contra la Religión. Queda por aclarar por qué Calles, el satánico, el «Turco», se enfrenta a la fe religiosa, -suponiendo, claro está, que luchara contra ella-. ¿Es solamente porque el «Estado-Leviatán», (p. 28), «el Estado moderno a punto de volverse totalitario» (p. 51) no soporta a ningún otro poder frente a él? A la voluntad de poder de Calles responde la de Roma. Es hacer poco caso de la historia, de lo que sucedió antes y en otras partes.

La fatalidad y la historia

Para Meyer el conflicto entre Estado e Iglesia se presenta como fatal: «Al crecer César debe suplantar a Dios» (p. 217). Las dos sociedades, laicas y perfectas son irreconciliables. El monstruo moderno y materialista quiere devorar a la Iglesia, cuerpo de Cristo, testimonio del destino supranatural de la humanidad. Esta fatalidad no nos aclara nada y el conflicto sigue siendo históricamente incomprensible para nosotros. Para ir más allá de los esquemas: Iglesia/Estado y posteriormente persecusión/rebelión, hubiera sido necesario que el autor comprendiese y describiese el ascenso de las fuerzas políticas que se autodeclaran cristianas y católicas y que, entre 1917 y 1925, procuran cambiar a su favor las nuevas relaciones de fuerza nacidas de la Revolución y cristalizadas en la Constitución de 1917.

Origen de esta nueva relación de fuerza es el hecho de que el ala popular y campesina de la revolución nunca pudo ser totalmente aplastada. El poder de Carranza, gran burgués de Coahuila. fue siempre frágil. Sin lugar a dudas lo esencial había sido preservado: la Constitución de Querétaro, fue una constitución burguesa, pero por necesidad debía conceder garantías y pagar la sangre de los obreros y de los campesinos de las varias facciones revolucionarias, muertos en la lucha, a veces unas contra otras. De ahí las concesiones que el ala nacionalista y jacobina del Congreso Constituyente había podido arrancar a Carranza -principalmente las leyes sociales y la reforma agraria. En 1917, la Constitución de México era, en el papel, la más radical y la más progresista de las constituciones burguesas. 

Hay algunos perdedores en este asunto. Primero, la Iglesia que se había opuesto con todas sus fuerzas (Jean Meyer lo reconoce) al levantamiento liberal de Madero y a su continuador, el movimiento constitucionalista(2). En segundo lugar los latifundistas y grandes burgueses del Porfiriato que no supieron o no pudieron llegar a ningún arreglo con los poderosos del momento: la nueva clase de los que se aprovecharon de la revolución. Estos últimos, dominados desde la derecha por Carranza y posteriormente en una forma más jacobina por los sonorenses, tenían interés en ocultar, tras el anticlericalismo, la verdadera naturaleza de su régimen. Todo esto explica la adopción de los artículos 3, 5, 24, 27 (2a. fracción) y 130 de la Constitución, relativos a la enseñanza, los cultos, las congregaciones religiosas y el clero.

El régimen tiene pues enemigos. En esta época de gran demagogia revolucionaria (un poco de reforma agraria y muchos discursos) la oposición de izquierda es muy débil(3), poco integrada, y es necesario ubicar a los descontentos y a los temerosos a la derecha del gobierno. Precisamente, se reagrupan en las numerosas organizaciones seglares católicas, inspiradas en el mensaje de la encíclica Rerum Novarum, que crecen y se multiplican en el México de Carranza y de Obregón. Esos partidos, esos sindicatos, esos movimientos juveniles son los que, llegado el día, se van a federar en la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), el organismo que preparará el levantamiento militar cristero y asumirá su dirección oficial.

La Liga y el Vaticano

Para exaltar mejor lo que describe como un combate sublime y desinteresado y para limitarse más estrictamente a su tesis de un levantamiento inesperado y espontáneo del pueblo cristiano, Meyer deja en la oscuridad importantes aspectos de la cuestión. Por un lado esfuma las relaciones comprometedoras que existían entre el ejército cristero y los políticos de extrema derecha de la LNDLR, así como las relaciones entre éstos y la Iglesia (Santa Sede y Episcopado Mexicano reunidos), que era, por otra parte, lo menos halagador de la acción armada de los cristeros.

Hablemos primero de esta cadena de solidaridad política, al final de la cual se encuentran el general Enrique Gorostieta y su ejército. Gorostieta fue nombrado por la Liga, como indica Jean Meyer (p. 60). Pero no fue el único, también fueron nombrados por la liga los principales jefes civiles y militares del movimiento: Capistrán Garza, Degollado Guízar, Rodolfo Gallegos. En cuanto a los jefes locales de los levantamientos improvisados, la Liga los reconoce, les otorga su grado y fija sus atribuciones. Todos dependen del Comité Especial y después del Comité Militar de la Liga, que a su vez, reúne todas las organizaciones católicas y laicas de México. Esta Liga es una organización de guerra civil, que tiene como meta la toma del poder(4). Para este fin, se da a sí misma un programa político -el manifiesto de René Capistrán Garza- así como un proyecto de constitución para el México liberado. Estos dos textos no figuran en La cristiada. Está claro su aspecto reaccionario, que deja muy atrás la «motivación religiosa» y el proyecto de reforma de los artículos anticlericales de la Constitución(5). La Liga integra en su estado mayor a varios eclesiásticos y cuenta con el beneplácito de los obispos mexicanos y del Vaticano(6). La aprobación y el apoyo de Roma se manifiestan desde el verano de 1926 en una serie de artículos del Osservatore Romano relativos al problema mexicano; los artículos se vuelven cada vez más violentos, el del 11 de agosto examina serenamente la posibilidad de una rebelión católica. Dice así: «Por lo tanto, para las masas católicas que no se quieren someter a la tiranía y a las cuales no logran contener ya las exhortaciones pacíficas del clero, no queda más salida que la rebelión armada». Este artículo titulado La verdadera causa de los desórdenes actuales en México. Respuesta al Presidente Calles, tiene especial importancia ya que su probable autor es el cardenal Pietro Gasparri, Secretario de Estado; por lo menos fue Gasparri quien lo repartió el 14 de agosto a todos los representantes diplomáticos acreditados en la Santa Sede. El 18 de noviembre, cuando ya la Liga no oculta sus proyectos belicosos, el Papa en persona, en su encíclica «Iniquis afflictisque», felicita expresamente a esta organización por sus iniciativas. Otro documento importante y de fácil acceso que no aparece en La cristiada.

El liderato impoluto

Jean Meyer comenta, es cierto, la carta pastoral que José Marín González y Valencia, arzobispo de Durango, escribió desde su exilio romano. Está fechada el 2 de febrero de 1927, un mes después del comienzo oficial de la guerra civil por la Liga, el 1o. de enero. Citemos de este documento los renglones inmediatamente anteriores a los que transcribe el autor: «íQué consuelo tan grande el que inundó nuestro corazón al oír en boca del Jefe Supremo de la Iglesia las palabras santas de elogio, bendición y amor tan especiales que habéis merecido! Lo hemos visto conmovido con el relato de vuestra admirable resistencia, lo hemos oído admirar todos vuestros actos y todos vuestros heroísmos». El texto está claro pero el autor pretende que esta carta pastoral no compromete a la Santa Sede puesto que fue lanzada «fuera de la puerta Flaminia» (p. 78). Es un argumento discutible. ¿Es concebible que un texto que compromete tan abiertamente al Papa haya podido ser escrito en Roma y publicado sin el beneplácito del Vaticano?

Por todo lo anterior parece difícil sostener que la guerra fue una sorpresa para la Iglesia (p. 56), la cual apoyará el movimiento hasta diciembre de 1927. Resulta más fácil seguir a Jean Meyer cuando afirma que Roma, en este asunto, demostró «la autoridad que ejercía sobre la Iglesia mexicana y sobre los laicos» (p 218). La iglesia influyó de hecho, con todo su peso sobre el levantamiento; al suspender el culto(7), al apoyar a la Liga y al concluir con la guerra, firmando los acuerdos de junio de 1929. Sin embargo, el autor afirma repetidas veces que la Liga no es los cristeros y que los ligueros son ajenos a su mundo (p. 91, por ejemplo). La respuesta es que en México, como en otras partes, los jefes y los políticos de la retaguardia, siempre son ajenos al lodo y al sudor, a la sangre y a la pólvora. A veces son, como los de la Liga, incapaces, irresponsables, poco realistas. Pueden existir tensiones entre los jefes y los combatientes del frente, pero nada permite creer, como lo hace Jean Meyer, que son ajenos a la lucha heroica de los demás. Se comprende por consiguiente, que el autor niegue los fundamentos reaccionarios del movimiento y todo lo que en la diaria realidad puede enturbiar su imagen.

Cristeros y agraristas

Y llegamos al segundo aspecto del libro que ocupa nuestra crítica. Para el autor los cristeros no eran «una guardia blanca». Esto sería una falsa imagen. En los capítulos III y IV de la segunda parte nos da una visión del movimiento casi propia de Rousseau, olvidando varios de sus aspectos. Faltan documentos en el expediente. Si la expresión «guardia blanca» implica actos, agresiones contra maestros de escuelas, sindicalistas, comunistas, incluso algún que otro protestante, entonces sí los cristeros fueron una «guardia blanca». Además los cristeros designaban a todos sus enemigos, desde el presidente Calles hasta los campesinos agraristas, como «bolcheviques». Aun cuando ellos emplearan la palabra sin ton ni son, es significativo su uso. La prensa lo atestigua; por ejemplo, El Machete, órgano del Partido Comunista Mexicano que se interesaba particularmente por estas cuestiones ya que varios de sus simpatizantes o militantes fueron víctimas de los rebeldes(8). También lo atestigua Jean Meyer cuando al referirse a la segunda cristiada, de mucho menor cuantía militar y política que la primera, menciona a cien maestros de escuela asesinados y a doscientos heridos o amputados (p. 213). ¿Y qué pensar de la rabiosa e inexplicable lucha entre los cristeros y los agraristas, campesinos que la reforma agraria acababa de dotar de tierras? Es por lo tanto imposible limitarse a las explicaciones del autor quien ve en los agraristas una «policía rural» combatiendo a pesar suyo, bajo la amenaza de los fusiles que el ejército federal apuntaba a sus espaldas (págs. 114, 115). Los cristeros, tanto en su programa político como en su guerra cotidiana son enemigos de la Reforma Agraria. Los aspectos poco halagadores de la realidad cristera que Jean Meyer difumina o calla son muchos y precisamente son aquellos que merecerían una discusión detallada punto por punto. Citemos a granel: la anarquía y los conflictos personales en las filas de la Guardia Nacional Cristera, las tendencias a la indisciplina, al pillaje y al vandalismo de los combatientes(9), el ataque contra el tren de pasajeros México-Guadalajara(10), el sospechoso mundo de conspiradores y terroristas que gravita alrededor de personajes como la Madre Conchita, José de León Toral, Luis Segura Vilchis, el padre Pro o sus hermanos, y une, en la práctica, al estado mayor de la LNDRL con los combatientes del frente(11).

La prueba de los ricos

Todo esto no preocupa mucho a Jean Meyer; de todos modos, para él los cristeros no son una «guardia blanca», ni un movimiento de extrema derecha ya que «los ricos están de parte del gobierno» y no entre los rebeldes (p. 97). Este es el gran argumento y hay que examinarlo. El autor se apoya en el cuestionario que presentó a los ex-cristeros (págs. 94-97). En efecto, entre las 378 respuestas obtenidas las de los hacendados son una excepción y una minoría las de administradores de hacienda, rancheros y pequeños propietarios. Pero, ¿bastará esto para establecer una línea divisoria clara entre ricos y pobres? Responderemos nuevamente que no es frecuente ver a los «ricos» en primera línea y sobre todo a los «ricos» de la época, quienes después de la Revolución, como lo apuntamos anteriormente, habían quedado divididos en dos clanes de ideología y mentalidad francamente opuestas. Los que se aprovechaban de la revolución, políticos, hombres de negocios, aventureros, muchas veces hombres del norte, de mentalidad fronteriza -el autor tiene mucha razón al recalcar este punto- fascinados por el gran capitalismo americano; y los antiguos, la vieja casta aristocrática, las buenas familias de provincia, de estas provincias católicas y profundamente españolas del Centro y el Occidente, a veces arruinadas, siempre amenazadas por la Constitución y por leyes que ya no son las suyas(12). Tal es el origen de los licenciados de la Liga y de muchos jóvenes oficiales del ejército de Gorostieta. Si, a fin de cuentas, fueron pocos los miembros de estas familias que participaron en los combates, en cambio fueron numerosos los que sostuvieron el movimiento armado militando en las filas de la Liga, de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, o de la Unión Popular.

Cuatro contradicciones

Para cerrar la lista de las críticas que se pueden dirigir al autor de La cristiada, conviene interrogarlo acerca de las contradicciones que contiene su libro. Escogeremos cuatro que nos parecen reveladoras.

1) Si los guerrilleros combatían por la libertad de la fe, para el restablecimiento de la eucaristía en los altares, ¿cómo explicar su rabia, su amargura, su frustración cuando se firma un «modus vivendi» entre la iglesia y el Estado? (p. 210) ¿Será que combatían también por algo temporal?

2) Jean Meyer nos presenta para los años 1900-1925, una iglesia mexicana dinámica, preocupada por una política social, y por las organizaciones de masas, desarrollando «las esperanzas escatológicas de un socialismo cristiano dirigido por el clero» (p. 218), razón por la cual no entendemos por qué, según el autor, esta Iglesia decide a partir de 1925 seguir una política oportunista y egoísta, lejos del pueblo cristiano en armas(13).

3) ¿Cómo es posible escribir en una misma página: «Respaldado con este apoyo (del episcopado) el Comité Director de la Liga lanzó la orden general de levantamiento para los primeros días de enero de 1927, demostrando así su inexistencia militar y su irresponsabilidad política» y «La insurrección psicológicamente posible desde los primeros levantamientos fue masiva y unánime en el Centro y el Occidente en donde las masas campesinas de la U.P.(14) que había transmitido la orden, trataban de revivir la toma de Jericó»? (p. 54) ¿Será demostrar «inexistencia militar» lanzar una insurrección masiva? La preocupación del autor por separar a la Liga de los cristeros, a los combatientes de su estado mayor, lo lleva a tal contradicción.

4) Reconocer al sinarquismo como la variedad mexicana del fascismo no plantea aparentemente ningún problema a Jean Meyer (p. 220). Se le olvida que muchos de los miembros de la Liga se volvieron sinarquistas, que la biblia del movimiento fue, al lado de Mein Kampf, el conjunto de los escritos del obispo Leopoldo Lara y Torres(15), y que el ex-führer mexicano, Salvador Abascal, ocupó su retiro en editar apologías del movimiento cristero.

Una conclusión alternativa

Tratemos por último de formular una conclusión, ya que es necesario rebasar las conclusiones en serie del autor que, atrapado entre la realidad histórica y su entusiasmo hagiográfico, no puede sacar claramente la lección de los acontecimientos, ni situarlos en la génesis del México actual, ni en la historia de la Iglesia. Hacer historia no es «abandonarse al caos» (p. 225), es enfrentar todas las contradicciones de la realidad, lo que es muy diferente.

Empecemos restituyendo al conflicto sus dimensiones históricas. Si el enfrentamiento entre Iglesia y Estado fue forzosamente nacional e internacional, la rebelión en sí misma fue local. Meyer, que tiende siempre a darle importancia a La cristiada, llama «estados escaparates» a los lugares donde no hubo guerra ni persecusión, en donde los católicos no estaban sometidos a la influencia de las organizaciones facciosas, es decir a las dos terceras partes de la federación (p. 32). Estos estados no eran la apariencia exterior del país, sino que reflejaban su más común realidad. En el propio Jalisco, la importancia real de los cristeros estaba lejos de poner de manifiesto «la unanimidad de un movimiento telúrico» (p. 120)

Asentado esto, y conservando la proporción histórica, se puede afirmar que la guerra de los cristeros no fue sino la pieza principal de una compleja operación encaminada a derrocar al régimen nacido de la revolución.

Los cristeros lucharon en favor de la contrarrevolución, al servicio de todos aquellos a quienes molestaba el nuevo estado de cosas. El campesino tenía, claro está, sus propias motivaciones pero ésta, se sumaban a las de todos los perdedores en el gran desbarajuste revolucionario de los años 1910-1920. La Iglesia temía perderlo todo al cambiar su estatuto legal y como lo había hecho con anterioridad en Europa atravesó por una crisis de adaptación a la sociedad capitalista moderna. La vieja oligarquía se sentía amenazada por la demagogia y por un mundo que la olvidaba inexorablemente. Impulsado por ambas, el campesino católico del Centro y el Occidente reaccionó, enfrentando a un gobierno ateo que repartía tierras con la mano izquierda y con la derecha implantaba la economía de mercado, procuró en una forma más o menos confusa restablecer el mundo rural sobre sus bases religiosas, patriarcales y autárquicas tradicionales(16). Las tres fuerzas: Iglesia, antigua oligarquía, campesinos católicos, se apoyan mutuamente y son inseparables: las tres hablan el mismo lenguaje y confunden en el mismo oprobio «el colectivismo bolchevique» y el «capitalismo judeo-masónico» de los gobernantes post-revolucionarios. Esto es lo que se niega a proclamar el autor, deslumbrado por las infanterías heroicas, ofuscado por la belleza de un combate desesperado y perdido de antemano.

Ciertamente, entre sus conclusiones, Meyer apunta: «La cristiada es doblemente contrarrevolucionaria», pero añade a renglón seguido: «contra la revolución en el sentido mexicano, en el sentido de la ciencia política clásica (y no en el sentido progresista y marxista)» (p. 221). Jean Meyer acaba pues por hablar de contrarrevolución pero pone una condición para hacerlo: la de que los cristeros no aparezcan como «reaccionarios», opuestos a una revolución progresista, lo que a pesar de todo fue la revolución mexicana, aun cuando resulte difícil de catalogar. Este pequeño paréntesis es una manera indirecta de decir que los cristeros fueron progresistas. Es sobre todo una manera de negar la posibilidad de cualquier análisis marxista del fenómeno. Entonces ¿de qué otro tipo de análisis puede ser objeto? ¿de un análisis como el de Jean Meyer que se asume como subjetivo y deja lugar, sin reticencias, a los sentimientos personales? «No queremos acallar nuestros sentimientos que son la tercera dimensión de la historia» escribe (p. 225). Pero este análisis «por simpatía» no convence. Nuestro propósito ha sido demostrar sus insuficiencias y sus limitaciones.

Notas

(1) Dos expresiones frecuentes. Se hallan bajo la pluma, por ejemplo, de Luis Rivero de Val en su memorias, Entre las patas de los caballos. Diario de un cristero Ed. Jus, México, 1953, p. 14 y p. 15.

(2) J.M., p. 20 habla de llamados a la matanza. Hay que recalcar también, como él, que en el interior de la Iglesia se dieron excepciones individuales, sacerdotes zapatistas y maderistas.

(3) El Partido Nacional Agrarista apoyó a Obregón al mismo tiempo que procuraba presionarle y lograr que llevara a cabo una reforma agraria radical. El Partido Comunista Mexicano, fundado en 1919. no empezó a contar hasta 1925.

(4) Meyer se refiere a su «propósito determinado de tomar el poder y ejercerlo sin negociaciones». Sin embargo, añade más adelante: «En 1925 y 1926 la Liga lleva a cabo un combate legal, no violento, inspirado en la Kulturkampf». No por ello hay que dar crédito al mito clerical de la LDLR, obligada a la acción bélica después de haber agotado todos los medios legales para modificar la Constitución. Su presidente, Rafael Ceniceros y Villarreal, escribe por ejemplo: «La Liga, fundada con el propósito de defender todas las libertades y en particular la libertad religiosa, no descartó de su programa la acción armada, como medio de defensa, al contrario, la incluyó en él como su modalidad más eficaz». Historia de la LDLR (manuscrito) citado por A. Barquin y Ruiz en Luis Segura Vilchis, Ed. Jus, México, 1967. p. 119.

(5) Véase por ejemplo el manifiesto de Luis Rivero de Val, op. cit. Además de exigir la libertad de conciencia, de culto y de enseñanza, pide el respeto a la propiedad privada (punto no. 9 que se refiere a la reforma agraria) y garantías para el capital extranjero, acompañado de la no retroactividad de las leyes (puntos nos. 7 y 8) lo cual constituye una toma de posición contraria a la ley de nacionalización petrolera del presidente Calles, que es efectivamente retroactiva en relación a la Constitución de 1917. También es una llamada a los norteamericanos para que ayuden a los que defienden sus intereses. El texto de la constitución ha sido publicado y comentado por Vicente Lombardo Toledano en La constitución de los cristeros, Ed. Librería Popular, México, 1963. Intenta fundar un estado carismático, corporatista y autoritario, rechazando explícitamente la reforma agraria e imponiendo un orden moral apremiante y férreo.

(6) Meyer admite tímidamente este beneplácito, pero no hay ningún fundamento para hablar como él hace de «una afirmación prudente» de los obispos cuando contestan las preguntas de la Liga relativas a la legitimidad de la guerra. La «legitimidad de la rebelión armada de los católicos mexicanos» se proclamó claramente en la reunión común del Comité Episcopal y del secretariado de la LDLR el 26 de noviembre de 1926.

(7) También a este respecto trata Jean Meyer de aislar lo más posible de la política vaticana a los cristeros. La Iglesia habría subestimado las consecuencias de su decisión (p. 218). Escribe: «De hecho la decisión episcopal de suspender el culto fue lo que desencadenó la cristiada, pero ello no implica responsabilidad formal de los obispos». (p. 77) Después de haber leído el libro no queda muy claro cuál es el propósito del autor, si evitar que la política de la Santa Sede ensombrezca la imagen de los cristeros o tratar de exculpar a la Santa Sede por su política.

(8) Véase El Machete, del 12-11, 1927, del 8-9, 1928, del 19-9, 1928, del 6-10, 1928, del 22-12, 1928, del 9-1, 1929, del 12-3, 1929, del 6-4, 1929.

(9) Sobre estas cuestiones los libros más instructivos son: Por Dios y por la Patria. Memorias de mi participación en la defensa de la libertad de conciencia y culto… Ed. Jus, México, 1964, por Heriberto Navarrete, S.J. antiguo secretario del general Gorostieta. El autor consagra los capítulos 28 al 31 de su libro al significativo caso del coronel cristero Victoriano Ramírez «el catorce». Las Memorias de Jesús Degollado Guízar, último general en jefe del ejército cristero, Ed. Jus, México, 1957. Además del caso que menciona a las citas que hace a lo largo del libro (oficiales fusilados o destituidos) Jesús Degollado Guízar publica en apéndice, entre otros documentos, circulares que castigan con la pena de muerte las violaciones y el robo y que reglamentan los «préstamos forzados».

(10) Indicado sin más comentario por J.M.. p. 69 («ataque al tren de la Barca»). El tren fue dinamitado y asaltado, los vagones incendiados. La cifra más baja de víctimas que indica la prensa de los días 20, 21, 22-4-1927, es de sesenta viajeros quemados vivos, entre ellos treinta niños. Los asaltantes estaban capitaneados por el sacerdote-coronel José Reyes Vega. Calles replicó expulsado del país a los obispos.

(11) Todos complicados en atentados contra el general Obregón, presidente electo de la República.

La Liga quería ejecutarlo porque pensaba que la desaparición del predecesor y sucesor electo de Calles iba a provocar una crisis política grave. Luis Segura Vilchis, encargado por la Liga de la ejecución de Obregón, fracasó y fue arrestado en compañía de los hermanos Pro. El padre Miguel Agustín Pro S.J., cuya participación en el atentado no fue demostrada, era el responsable de propaganda de la Liga en el Distrito Federal. Sus hermanos, complicados en la preparación del atentado, se encargaban de proveer de armas a los cristeros. Concepción Alvarado de la Lata (la Madre Conchita) era superiora de un convento clandestino de México en donde se reunían los ligueros. Ella contrató a León Toral para que asesinara a Obregón, cosa que hizo el 17 de julio de 1928.

(12) La reforma agraria es una amenaza para los propietarios sin apoyo en el nuevo régimen. Bajo Obregón y Calles la reforma, todavía limitada, es una realidad. Ver a este propósito el capítulo del libro de Michel Gutelman, Reformas y mistificaciones agrarias en América Latina: el caso de México, Maspero, París, 1971.

(13) Ibid, p. 46 «Roma persiste en su moderación y procura hasta el final lograr un entendimiento entre las partes, lo seguirá anhelando a lo largo de los tres años de guerra que impone a los católicos mexicanos hasta junio de 1929».

(14) U.P.: Unión Popular, importante partido católico de Jalisco que formaba parte de la LNDLR.

(15) Obispo de Tacámbaro. Apoyó a los cristeros hasta el final, incluso después del cambio de actitud de la Iglesia. Defendió su memoria después de la firma de los «acuerdos» de junio de 1929.

(16) J.M no deja de describir este último fenómeno, en la página 151, por ejemplo, pero no lo relaciona con los fundamentos del movimiento y lo usa como un rasgo hagiográfico más.