El impacto de la revolución rusa en España no puede entenderse al margen de la propia circunstancia española y del ciclo revolucionario específico por el que transitaba el país. De hecho, cabría hablar de un ciclo revolucionario general que afecta a un gran número de países a lo largo de la segunda década del siglo y que supone, en una u otra medida, con mayor o menor éxito, la clausura de las formas políticas decimonónicas.

1917 constituye un momento culminante en esta coyuntura global. La crisis y la desafección se instalan en los países beligerantes agotados por la Gran Guerra, mientras que otros hasta entonces neutrales como España, México o China se ven atravesados por una profunda conflictividad social y política. Esta crisis global se desarrolla bajo condiciones y ritmos históricos propios de cada contexto. Interpretar el impacto de la revolución rusa en España, acontecimiento esencial de esta coyuntura general revolucionaria, debe considerar por tanto las condiciones específicas españolas en las que se estaba desarrollando el proceso de desafección frente al régimen de la Restauración inaugurado en 1875. La pregunta que intentaré responder a lo largo de estas páginas es cómo afectó a cada uno de los principales agentes implicados en esta crisis de régimen las noticias que llegaron durante las primeras etapas de la revolución rusa.


Ilustración: Estelí Meza

Tras el fracaso de la Primera República se produjo la vuelta de la dinastía borbónica a España en calidad de árbitro de un turno pacífico entre los partidos Conservador y Liberal. Apoyado en un sistema caciquil que aseguraba los resultados de las elecciones diseñados desde el gobierno y con un movimiento nacionalista y socialista aún en reconstrucción a partir de los restos del federalismo republicano, el régimen de la Restauración gozó de estabilidad hasta comenzar a resquebrajarse con el anuncio del nuevo siglo. Sin embargo, este proceso de descomposición fue muy lento.

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la neutralidad española generaron en principio una situación de bonanza económica que dotó de cierto respiro al sistema después de la derrota del 98 y la Semana Trágica en Barcelona en 1909. No obstante, hacia 1916 la subida de los precios provocada por esta bonanza y una prolongada contención salarial desembocaron en una importante pérdida de poder adquisitivo de la población. Pero el descontento popular no sería la única causa de la gran crisis que estalla en 1917. Ésta fue resultado de la convergencia de otras crisis sectoriales. En primer lugar, en el ejército. Desde diciembre de 1916 oficiales de diferente graduación constituyeron las Juntas de Defensa, con el fin de dar salida a demandas corporativas insatisfechas. Las Juntas (locales, regionales y central) representaban una amenaza de primer orden para el régimen por lo que, con la aquiescencia del rey, el gobierno liberal entonces en el poder se negó a reconocerlas. En abril de 1917 se ordenó su disolución y algunos de sus integrantes fueron detenidos. La Junta Central exigió en junio la libertad de los detenidos y amenazó con romper el orden constituido si no eran reconocidas oficialmente. Ante el peligro de golpe de Estado, el 11 de junio el rey dejó caer al gobierno y lo sustituyó por el del conservador Eduardo Dato quien, ajustándose al cambio de estrategia de Alfonso XIII, reconoció oficialmente las Juntas además de suspender las garantías constitucionales y clausurar las Cortes.

En la decisión que tomó el rey desempeñó un papel fundamental las noticias que llegaban de Rusia. Recordemos que en febrero se produjo el primer estallido revolucionario y en marzo el zar abdicaba dando paso a un gobierno provisional: en ambos casos la pasividad del ejército había sido clave. De manera que la apuesta por los militares frente al poder civil era una manera de evitar la posible deserción del ejército y de mantenerlo fiel a la Corona. Los acontecimientos rusos llevaron al rey además a cambiar de postura respecto a la posición de España ante la guerra. Este asunto, que desde el principio dividió a la sociedad española entre aliadófilos (progresistas) y germanófilos (conservadores), se fue enquistando con el paso del tiempo y adquiriendo una importancia significativa a medida que la situación era cada vez más conflictiva. El rey, quien en principio había mostrado cierta simpatía hacia los aliados, se fue revelando a lo largo de 1917 como germanófilo.

Por otro lado, desde el mes de julio, tanto en Madrid como en Barcelona se estaban dando contactos entre diputados reformistas, republicanos, socialistas y nacionalistas catalanes demandando la formación de un gobierno provisional que convocara Cortes Constituyentes; ambas pasarían a conocerse como la Asamblea de Parlamentarios (de Madrid y de Barcelona). En la de Madrid, el detonante fue un gran mitin en la plaza de toros a finales de mayo a favor de los aliados, al que asistieron personalidades de todos los partidos que defendían la reforma constitucional, incluyendo a los socialistas de Pablo Iglesias. En este contexto, la Liga Regionalista de Cataluña encabezada por Francesc Cambó hizo público un manifiesto donde se reivindicaba la autonomía catalana y la reforma de la Constitución. Como respuesta, el gobierno mantuvo la suspensión constitucional y Cambó hizo un llamado a todos diputados españoles para llevar a cabo una reunión en Barcelona el 19 de julio, que pusiera en marcha una Asamblea extraordinaria de senadores y diputados para discutir sobre un posible desarrollo constitucional. La reunión se llevó a cabo y a ella asistieron buena parte de los diputados de la Asamblea de Madrid. El gobierno de Dato ordenó detener a los 68 diputados y aunque posteriormente los liberó tomó nota del desafío reformista: el gobierno comprendió que, llegado el caso podría convertirse en un dique de contención frente a la radicalización popular.

Tiempo hubo de demostrarse esta hipótesis a raíz de la convocatoria de huelga general por parte de la Unión General de Trabajadores (UGT) y la Confederación General del Trabajo (CNT) en el mes de agosto. Las noticias que llegaban de Rusia hablaban de manera confusa de manifestaciones masivas en Petrogrado contra la guerra y una desafección creciente al gobierno provisional de Kerenski. En octubre esta desafección llegó a su punto álgido. En este sentido, la Asamblea de Parlamentarios percibió que se enfrentaba a un desafío que amenazaba con rebasar sus reivindicaciones por la izquierda, sustituyendo un proyecto reformista por uno revolucionario: la huelga general convocada de manera conjunta por la UGT y la CNT en agosto de 1917 les llevó a posiciones más conciliadoras con el régimen y a integrarse en el gobierno de concentración promovido por el rey (el propio Cambó formó parte de ese gobierno).

Y es que desde 1916 la conflictividad social había ido en aumento impulsada por el deseo de las bases de lograr la unidad de acción, las direcciones de la UGT y de la CNT comenzaron negociaciones que se traducirían en un acuerdo para julio de ese mismo año. A ello se sumaron las primeras noticias que llegaban de los acontecimientos rusos. Los dos grandes polos del obrerismo hispano no recibieron las noticias de la misma forma. Los anarquistas, profundamente ilusionados con lo que consideraban una situación prerrevolucionaria en España, saludaron con alegría las noticias de la abdicación del zar y la radicalización que iba adquiriendo el proceso. En cambio, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la UGT fueron mucho más fríos. El motivo era la posición ante la Gran Guerra: mientras los anarquistas fueron inequívocamente antibelicistas, los socialistas españoles fueron los más entusiastas aliadófilos de los países neutrales ya que consideraban que el triunfo de los aliados abonaría en una extensión de la democracia. Todo lo que pusiera en peligro el papel de Rusia en la guerra y beneficiara la victoria alemana era visto con suspicacia.

En consonancia con la estrategia gradualista de la socialdemocracia de la Segunda Internacional, el PSOE estaba comprometido con la Asamblea de Parlamentarios, apostando por una reforma del régimen en la línea de un republicanismo democrático con una clara agenda social. No obstante, el acuerdo entre la UGT con la CNT fue un torpedo en la línea de flotación de esta estrategia y abrió la puerta al uso de la huelga revolucionaria como herramienta política. La ocasión se presentó en julio del año siguiente, como consecuencia de la respuesta del gobierno conservador a la huelga ferroviaria convocada por la sección valenciana de la UGT. El gobierno de Dato llevó a cabo una apuesta arriesgada: se puso incondicionalmente de parte de la patronal situando a la UGT en la tesitura de apoyar las medidas de los huelguistas de su sección valenciana y radicalizar así sus posiciones. Como consecuencia, en agosto y en contra de los criterios del propio Iglesias, la UGT declaraba la huelga general. Al llamado respondieron varias secciones de la CNT pero no así el ejército y la Asamblea de Parlamentarios, a los que se hacía mención explícita en el texto de la convocatoria. El gobierno había lanzado un anzuelo a los socialistas a la vez que satisfacía las demandas corporativas del ejército y asustaba a los reformistas de la Asamblea. La represión fue expedita, con un saldo de 71 muertos y con los miembros del comité de huelga detenidos y condenados a cadena perpetua. También aquí las noticias sobre Rusia aceleraron los acontecimientos. Sectores de la UGT y del PSOE consideraron que con el desafío de las Juntas militares y de la Asamblea de Parlamentarios la situación en España era similar a la rusa. La convocatoria de huelga general contaba, de manera errónea, con que ambos agentes se sumaran al llamado, forzando así un cambio de régimen.

Lo que diferenciaba el caso español del ruso residió en el hecho de que el régimen borbónico logró frenar la sangría de deserciones y conjuró la formación de un bloque contrahegemónico, combinando la carta del miedo con la satisfacción de demandas sectoriales. De esta forma el régimen evitó enfrentarse a una impugnación sistémica, conjuró la amenaza reformista y revolucionaria y sorteó el colapso de sus homólogos ruso y austro-alemán. Pero lo logró a un precio: el desfondamiento constitucional y simbólico del sistema de partidos, el divorcio entre el poder civil y el militar y la normalización de la intervención castrense en las sucesivas crisis que irían finiquitando lentamente al régimen hasta 1931.

El desenlace de la revolución y la fundación de la Unión Soviética no dejaron de influir en el posterior desarrollo de los acontecimientos hispanos. Habría que señalar que en estos primeros años las noticias que llegaban eran confusas y siempre a través de intermediarios extranjeros. Hasta 1921-22 con la derrota del ejército blanco y la creación de la URSS, las posiciones de los diferentes sectores de opinión fueron muy volubles e indefinidas. Así, por ejemplo, para los conservadores el peligro no era en sí la revolución de la que poco se sabía, sino el estímulo que podía significar para la agitación local y para la afiliación sindical. El incremento de la agitación obrera y campesina desde 1918 hasta 1920 —el llamado “trienio bolchevique”— venía a confirmar a ojos de la prensa conservadora esta tesis. Los liberales, por su parte, estaban más preocupados por el desenlace de la guerra que por los eventos rusos ya que no creyeron que la revolución se pudiera exportar a España, ni siquiera al finalizar la guerra.

Por su parte, a partir de 1919, anarquistas y socialistas abordaron el debate sobre su inclusión o no en la III Internacional. Los anarquistas, a quienes no habían llegado las noticias de la represión de sus homólogos rusos por parte de los bolcheviques, recibieron con entusiasmo las noticias de octubre en un contexto además marcado desde 1918 por ese incremento de la afiliación y la acción directa, tanto en Cataluña y como en Andalucía. En el congreso celebrado en diciembre de 1919 se tomó por tanto la resolución de adherirse a la III Internacional, al menos provisionalmente, a la espera de que llegara a fundarse la verdadera Internacional de los Trabajadores a partir de los principios de Bakunin. Los socialistas también celebrarían un congreso en diciembre para discutir su posición ante la Internacional. El problema aquí radicaba en las inequívocas señales que emitía la propia Internacional, al deshacerse de los mencheviques y censurar el reformismo de la socialdemocracia. Y aunque en ese momento la mayor parte de las bases del partido eran favorables a la adhesión, la disyuntiva parecía inminente. Así lo percibió Iglesias quien logró dilatar la decisión con la intención de evitar una escisión en el seno del partido. La primera resolución que se tomó refleja estas tensiones: se propuso la celebración de un congreso internacional que desembocara en la fusión de la II y la III Internacional. La confusión y la indefinición fueron, por tanto, la tónica general de esta primera etapa. Mientras que los anarquistas aplaudían la III Internacional invocando a Bakunin, los socialistas proponían a la II Internacional, que acababa de afirmar su identificación con la democracia, una fusión con los bolcheviques.

A partir de 1921 y 1922 tanto la ilusión como el sentimiento de amenaza se atemperan y las posiciones frente a la recién fundada URSS se estabilizan. Primero, se define una línea anticomunista con dos claros perfiles: una católica (cuyos voceros son los periódicos ABC y El Debate) y otro republicano-liberal (con La Libertad y El Sol, este último espacio de encuentro de lo más granado de la intelectualidad española). ABC y El Debate se centran sobre todo en el tópico de la destrucción de la civilización a partir de un lenguaje biologicista (enfermedad, antídoto, morbo, etcétera), mientras que los periódicos liberales lo hacen en la deriva dictatorial y la falta de libertades del régimen soviético.

En el ámbito de la izquierda, sumida en una nueva campaña de represión tras el ciclo alcista 1918-1920, la desilusión y las diferencias con el proyecto soviético comienzan a aflorar. La CNT, por ejemplo, entraría en contacto con la realidad soviética mediante el envío de delegados a Rusia que informarían a su regreso de la distancia entre ambos proyectos. Entre 1921 y 1992 la postura de la CNT viró definitivamente hacia una crítica del Estado soviético y se aprobó por una mayoría amplia la salida de la Internacional. El PSOE, por otro lado, hubo de encarar el peligro que ya atisbara Iglesias y que de hecho ya era una realidad en el resto de sus homólogos continentales: la escisión. En el Congreso Extraordinario de 1921, tras un triunfo por poco margen de la tesis que rechazaba el ingreso en la III Internacional, los delegados que se mostraron a favor anunciaron su salida del partido y la fundación del Partido Comunista Obrero (PCO). Posteriormente, el PCO se fusionaría, no sin dificultades, con el Partido Comunista Español (PCE), pequeña organización fundada en 1920 en el seno de las juventudes del PSOE a raíz de la primera visita a España de dos delegados de la III Internacional. En todo caso, el PCE ocupó una posición marginal en el campo de la izquierda frente al predominio de las organizaciones socialistas y anarquistas. Sólo a lo largo de la guerra civil y como consecuencia de la política de apaciguamiento de las potencias democráticas que dejaba a la URSS como único aliado militar de la República, el PCE fue adquiriendo un mayor peso en la sociedad y en la política española.

 

Alejandro Estrella González
Historiador. Profesor titular del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa.