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Las diecinueve piezas que conforman Emparejamientos juiciosos. 1924-1958 (Sexto Piso, edición al cuidado de Paola Italia y Giorgio Pinotti) resultan lo que el propio Gadda consideró una “autoantología” de lo mejor de su obra. Presentamos una de las piezas que integran el libro.


Liebres, setas y polenta, con los amigos de labios rojos, pringados; demolida la hogaza, soplan en las tinieblas, desde los labios, algunos granitos masticados, riendo y charlando. Al sombrero, sobre la nuca, se le ha horizontalizado la pluma; delante, el mechón irrumpe de través y de abajo del ala. La criada está en éxtasis. El mesonero, Bàgol, ufano de su escabeche, sube frascos de la bodega, uno tras otro. Los ojos brillantes como oscuras gemas. La puerta del establo está entornada; el burro, al que no se ve, callado como el secretario de Panigarolo. La puerta del huerto entreabierta: un rectángulo está lleno de cielo y de noche y de lejanas luces, la pava aún da vueltas sobre el enladrillado, despertada del sueño; Carletto, persiguiéndola, mea sin saber. ¡Casos y estrellas de septiembre! Y los primeros estremecimientos abajo del Baitone. La lámpara de petróleo chorrea y hace humo “porque en la hidroeléctrica son todos unos ladrones”. Entran dos señoritas, estupendamente pintadas, que “veranean” en una habitación de arriba. Entonces los alpinos, con el dorso de la mano, sienten la necesidad de limpiarse los labios. Dalò se suena la nariz, también, se vuelve a abotonar, se recompone. Una segunda capa de rubor, debajo de la primera y perenne venida de la montaña y de la frasca, le demora en la garganta las gentilezas que habría sido oportuno decir. Con tantas frases amables que siempre había soñado decir a las señoritas, ¡en cuanto hubiera llegado su momento! Y ahora se le evaporan todas, de golpe. Finalmente, después de algunos chillidos y gorjeos, y de algunas risitas que han asustado a la pava, el posadero y su señora (venga y venga) consiguen persuadirlas de que los alpinos, sus clientes, son buenos chicos. Nunca han estirado la mano a la higuera sin pedir permiso, o al cuello de algún pollo. ¡Oh!, podían jurarlo, tanto él como su mujer. Entonces, pues, es posible jugar todos juntos. Se juega a la tómbola, con las alubias. También Cesira, claro; extasiada, presumida.

Algún rostro, alguna mejilla se acerca a otra: para comprobar los números, para ayudarse a leer los números. Las señoritas son muy buenas con los números; son maestras, se descubre. ¡Han estudiado en Brescia! Las manos de los alpinos quisieran, ¡al menos una caricia!, pero no pueden, no se atreven. Colocar un cargador con seis banderitas derechas, en los tiros, ha sido coser y cantar. ¡Pero aquí!

Algunos toques solemnes. Once repiques del campanario del Milagro se expanden, como en círculos, en la soledad de la noche.

Los cinco, con Giovannino a la cabeza, decidieron regresar al cuartel por el lado de la montaña, jugando por añadidura con la pelota, para desahogar las energías acumuladas. Ninguno tenía permiso. Los hierros de los zapatos chirriaban sobre los lastrones y los guijarros del camino de herradura. Alguna centella de vez en cuando: la electricidad se descargaba de los hierros. Molestaron sobremanera al cabo primero Zaniboni, Bortolo, que detrás de la pequeña iglesia de San José (¡monumento nacional!) había encontrado, por casualidad, dos horas antes, a una amiga de infancia de la que se separó en cuanto oyó todo aquel estrépito, las voces y las risas y los zapatos herrados, aterrorizado igualmente al sentir que le pasaba algo así como una bestia entre los pies. Pero no era más que la pelota, que había precedido a los zapatones.

Luego, casi en el pueblo, bajo la ventanita de Mérica, llamado también Gialdone, Giovannino dijo, como si hubiera tenido una idea: “Esperad”. Plantó a dos contra el muro, se izó, cogiéndolos del cuello (eran duros como palos) y por el escabel de sus espaldas alcanzó el alféizar. Gialdone, después de haber impartido una clase de álgebra al hijo del farmacéutico, había dirigido al omnipotente las plegarias de la tarde. Finalmente se había dormido, con un vaso de agua y azúcar sobre la mesilla, porque de noche… nunca se sabe… un sorbo de agua, quizá… Había dejado la ventana entornada, como de costumbre, y desde la calle se lo oía roncar en la noche, como de costumbre. Fue en lo mejor del primer sueño cuando un rebuzno de burro, modulado al final con el quiquiriquí de un gallito, irrumpió en la oscuridad de la habitación, entre la discreción del mobiliario, mientras los vidrios se habían abierto de par en par, súbitamente, como por un golpe de viento. El sofístico hombre se despertó sobresaltado de los sueños de causas y disputas con los vecinos colindantes y de cartas de delación a la Autoridad que lo complicaban todo, dada también las malas aguas que tenía en el estómago, con una ensalada de pepinos: comprendió enseguida que el corazón le palpitaba a más no poder. “¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Virgen Santa!”. Pero un chirrido de hierros en fuga se deslizó por los adoquines de la senda; que ya se precipitaba, con sus últimas vueltas y revueltas, sobre la parte de atrás del cuartel Garibaldi.

En la carrera Dalò cayó, se golpeó la nariz y los pómulos contra un peñasco, ¡pero de ésos…! Se levantó atontado, con una rodilla como para blasfemar: cojeando, volvió a rodar detrás de los otros. La sangre le goteaba en los dedos, sobre la chaqueta nueva; llovía sobre el sendero. La pelota, como un perro excitado por las palpitaciones, corría adelante entre las rocas, y rieron y corrieron hasta llegar al cuartel. Pero una última y tremenda patada la mandó quién sabe dónde. ¡Maldición!

Busca y rebusca, sube, vuelve atrás, pisotearon todas las lechugas del huerto que está como hundido en un barranco debajo del torreón del Garibaldi y debajo del frente de la casa de Gialdone. Aplastaron también, sin preocuparse demasiado, muchas ciruelas caídas, e higos, y cogieron otras, en la oscuridad, pero sabían a hormigas. Dentro del torreón parecía que nadie decía ni pío, no se oía ni siquiera un ronquido. Porque hay que saber que el Garibaldi es más que un castillo, es decir, un cuerpo sobre el monte, lleno de ratones, y todo madrigueras y peldaños y agujeros y celdas y escaleritas como un convento de ermitaños de montaña, de piedra cenicienta, donde antaño, en efecto, estaban ellos, y se levantaban a medianoche para decir las letanías, por penitencia. Ahora, ya no se podía vivir con correajes y cartucheras porque el cuero para algunos ratones es como la liebre en escabeche. Allí el viento es el amo, después las ratas, y allá tenían los camastros los cinco socios de la miseria. Aquel nido de tortícolis, con tres o cuatro ventanitas sin vidrios, daba en desplomo sobre las lechugas de Gialdone. Decidieron por fin suspender cualquier búsqueda: visto que en la oscuridad no se pisan más que cosas blandas, con los pies.

A la chita callando, a pesar de las frascas vaciadas a morro, se descolgaron por cierto muro, evitando cierta cancela que hacía “iii” apenas se la tocaba. Pero no la tocaron, así que no hizo “iii”. Al centinela, con su paso herrado, lo oían pasear tranquilamente adelante y atrás, por la acera del callejón, más allá del Comando. El agua goteaba sobre las chapas de los lavaderos, en los agujeros tenebrosos de las letrinas. En cuanto al oficial del día… ¡Oh, el oficial del día!

[1930]

 

Carlo Emilio Gadda

Fue uno de los escritores más importantes del siglo XX italiano, autor de El zafarrancho aquel de vía Merulana y El aprendizaje del dolor, entre otros libros.

Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale.

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