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Publicamos un relato incluido en Anuncios Clasificados (Cal y arena, compilación de Delia Juárez G.), cuyo subtítulo es Se solicitan escritores con experiencia en cuento: relatos asombrosos, humorísticos, fantásticos. Presentarse con documentos.


El sexo ha dejado de interesarme. He cogido demasiado. Además es antihigiénico. Sólo me gusta que me la mamen. La bronca es que todas las mujeres con las que me he acostado son pésimas para mamarla. Sumemos el agravante de que desean ser penetradas. El preservativo no es una solución. El coito es cochino con o sin condón. Dejé de tener relaciones. Una salida a mi problema es ordeñarme a mí mismo, pero detesto masturbarme. Ni que estuviera en la secundaria.

Sé que mi actitud es una causal de divorcio: no soy casado. Sé que soy candidato a que me sean infiel: no tengo novia. He sufrido fuga de capital. Mis amantes me han cambiado por otros que sí las posean. Me llaman por teléfono para insultarme. Imploran por una despedida. “Una metidita”, ruegan. “The last one”. Decepcionadas, terminan por sacarme de sus vidas, de su Twitter, de su Facebook. Al principio sufrí. Tanta leche dentro y ni un catorce de febrero. Después, con la ayuda del rockstarismo zen me resigné. Concentro mis energías en la contemplación.

Pero cometí un error. No desactivé mis redes sociales. Soy un salado en Facebook. Ahí no levanto ni a una minusválida. Todas a las que me he ponchado salen de Twitter. Entonces apareció la prima de un amigo. Casada. Yo también estaba casado en ese tiempo. Concertamos una cita. Tras henchirme la vejiga a limonadas, nos enjaulamos en un motel. Durante el acto, chilló como un mono atacado por el ébola. Se sacudió como mordida por una serpiente. Me encajó las uñas en la espalda como si le estuviera poniendo el palo de su vida. Supongo que admiraba mi trabajo. Por mi parte, ofrecí una más de mis típicas actuaciones en las que no consigo eyacular. Me sacó el condón y comenzó a mamármela. No habían pasado ni siete minutos cuando me vine en su boca. Se los tragó toditos. Me exprimió hasta el moco padre. Ese esperma que tengo ahí pegado desde el principio de los tiempos. “No me llames”, me ordenó. “Te dejaré un inbox con los detalles de nuestra próxima cita”. Me pegó un apasionado beso y se marchó.

Aquella noche no conseguí dormir. Había encontrado el amor. Empecé a odiar a mi esposa. Era una remilgosa. Pura melindre. Apenas me la mamaba dos minutos comenzaba a gimotear. “Me canso”, era su pretexto. Me acostaba con la mostrenca esa, pero anhelaba que su lugar lo ocupara la mamadorcita moulinex de diez velocidades. Era la primera mujer que me hacía venirme en su boca en toda mi vida. Era una vergüenza que me sucediera a los treinta años. Días después recibí instrucciones. Los dos éramos casados. No podíamos arriesgarnos en moteles. Me haría una visita de sólo dos entradas en la oficina.

Quería mamármela en el baño. Pero había demasiada gente. No se me ocurría nada, hasta que vi en la acera de enfrente un letrero de “Se renta”. Marqué el número. Me podrían mostrar la casa en ese momento. La mamadorcita y yo fingimos ser una pareja. Después del habitual recorrido, le pedimos a la doña que nos la enseñó que nos dejara a solas unos minutos para discutirlo. Me la mamó en uno de los dos baños que tenía la casa. Me colgué de la barra donde se cuelga la cortina y me succionó toda la producción. Y volvió a comérselos, los engullía de todo corazón. “Me gusta tu lechita, sabe rica”, me dijo.

Ese día me habló de sus lecturas. Era admiradora de Cleopatra. Me contó que la egipcia bebía semen porque la conservaba joven. Ella compartía la misma creencia. Y no quería que malgastara mi lechita derramándola en un condón. “Siempre estoy sedienta. Si pudiera, nadaría todos los días en una piscina de eyaculación”, me confesó. Mientras me la soplaba, sonó su celular. Era el marido. Con sangre fría de tan amable le dijo que iba camino a casa. Me desconcertó. Era obvio que era feliz en su matrimonio. Yo estaba de cabrón porque me había casado con el Coronel Kurtz. ¿Pero ella? No me quedaban dudas de que amaba profundamente a su marido. “Yo soy Cleopatra y tú Marco Antonio”, me dijo. Volvió a restregarme el sabor de mi propio semen con un largo beso y se largó.

Nunca me la volví a coger.

Era negocio redondo. Nunca pagué motel. Durante un año recorrimos casas en renta. Fingíamos ser unos recién casados. Me la mamó en todas las propiedades que pretendíamos arrendar. Afirmaba que le brillaba más el pelo gracias a mi leche. Creo que la cagué. Debí confesarle que estaba enamorado de ella. La vida en casa era un infierno. El auténtico Apocalipsis now redux. Pero no lo hice. Y me abandonó. Un día me llamó por teléfono. Estaba embarazada. No podía volver a verme. Fue tanto mi encabronamiento, que me divorcié. Era el impulso que necesitaba para decidirme. Así que volví a la no práctica sexual.

Hace dos meses me escribió la mamadorcita moulinex. Sabía que cuando se le pasara el entusiasmo de la maternidad regresaría aburrida. Que lo puta la arrastraría al monte. Que se cansaría de la familia feliz. Pero no ha aparecido. Me manda inbox. “Necesito tu leche caliente”, me escribe. Algo dentro de mí me dice que no volveré a sentir sus colmillos sobre mi miembro. Tendré que seguir en la búsqueda de esa vampira que me arranque hasta el último chisguete de esperma. Que no demande penetración. Y sólo se dedique a mamar.

Mi alma gemela debe odiar el sexo pero amar el blowjob.

 

Carlos Velázquez
Escritor. Ha publicado Cuco Sánchez BluesLa Biblia Vaquera y La marrana negra de la literatura rosa, entre otros libros.

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Un comentario en “Se renta departamento
(Abarajame n la bañera, nena)

  1. No quiero parecer moralista ni puritano, pero este cuento del Sr. Velazquez no es digno de esta revista. Publicaciones de tal vulgaridad, sin calidad literaria son para pasquines de circulacion clandestina. Lastima.