John Skirius: Jose Vasconcelos y la cruzada de 1929, México, Siglo XXI Editores, 1978. 235 pp.

No es, en definitiva, la copiosa documentación obtenida en archivos, entrevistas y periódicos ni la extensa bibliografía sobre y de Vasconcelos (que muestran lo que fue el vasconcelismo, sus alcances y su herencia, cómo lo divulgó la prensa de los Estados Unidos, hasta dónde llegaron las intromisiones del embajador norteamericano Dwight Morrow para eliminar a Vasconcelos, cuáles fueron las trampas y las argucias urdidas por el PNR en favor de su candidato, Ortíz Rubio, y en qué desembocó la pasión y la frustración de los jóvenes vasconcelistas), lo que confiere el libro de John Skirius, José Vasconcelos y la cruzada de 1929, esa regocijante frescura con que se lee. Sino más bien, una aguda habilidad para narrar y describir la historia y sus hombres, en vez de enjuiciarlos y/o exaltarlos.

Antes de insertarlo en la campaña presidencial, de 1929, Skirius habla del Vasconcelos que promovió el muralismo de Diego Rivera y los llamados de Gabriela Mistral -traída de Chile- para detener al imperialismo yanqui de “ojos azules”; de Vasconcelos que propició las cátedras de Pedro Henríquez Ureña y las ideas de Vicente Lombardo Toledano sobre la historia de México. El mismo que en su afán por convertir al pueblo mexicano en la vanguardia cultural de América Latina, quiso educarlo y enalteció la acción de los estudiantes a quienes entregó diplomas por “enseñanza voluntaria”; el Vasconcelos que ante la imposibilidad de ser gobernador de su estado natal, Oaxaca, desterrado, viaja primero por Europa en tanto se publican en México La raza cósmica (1925) e Indología (1927), “obras que presagiaban el mejoramiento de la raza india por el mestizaje natural y selectivo y después por los Estados Unidos, país donde fija su residencia. Desde allí anunció -en distintos artículos que México estaba urgido de un filósofo, un iluminado, un Buda, que lo guiara: sus discursos en universidades y barrios mexicanos lo presentaron sin aspiraciones políticas y aseguró que si volvía a la secretaría de Educación, expulsaría de México a los protestantes, reduciría el gasto del ejército y destinaría ese presupuesto a la construcción de escuelas.

Desde el hotel Cartwright, en lo alto de San Francisco, Vasconcelos, soñó hacer un peregrinaje a la India; le escribió a su apoderado en México, Manuel Gómez Morín pidiéndole dinero para su empresa; tal vez olvidó que meses atrás había dicho que necesitaba estudiar intensamente en el Museo Británico y poco después que debía vivir en una quinta italiana rodeada de jardines (evocaba un paraíso soleado cerca del Mediterráneo). Estas tres disparejas ambiciones vasconcelistas tendían a alejar al “Maestro” de México, adonde él no pensaba regresar. Mas a raíz del asesinato del presidente electo, general Obregón, Vasconcelos dio un giro de 180 grados.

A fines de 1928, Vasconcelos sustituyó el peregrinaje a la India por la imagen de un Francisco I. Madero. La última escala de este peregrino sería en la silla presidencial de México. Frente a un puñado de chicanos, estableció un paralelismo entre la caída de Porfirio Díaz y la de Alvaro Obregón; de ahí la necesidad de un nuevo Madero, como en 1910, “para encabezar un gobierno civil, democrático y antireeleccionista. Y ¿quién sino uno de los primeros maderistas? ¿Quién sino el principal crítico de la dictadura de Obregón y Calles? José Vasconcelos, para servirles” (P.50).

Cuando Vasconcelos se despidió de California, no imaginó que iniciaba un penoso via crucis. Pero aseguró 300 dólares que Valentín Garfias, representante de un consorcio petrolero, consideró oportuno ofrecer al futuro presidente de México siempre y cuando éste tuviera en cuenta a la Cities Services. El dinero fue depositado con toda puntualidad en la cuenta bancaria de Vasconcelos en Los Angeles. A su paso por Mazatlán, una multitud lo recibió al grito de: “íCon Madero ayer, con Vasconcelos hoy!”. Este fue el preámbulo. Meses más tarde, acompañado de la elegante figura de Antonieta Rivas Mercado, Vasconcelos llegó a la ciudad de México como Jesucristo a Jerusalén, como el profeta a la tierra prometida. Asombrado de la acogida (tan espectacular como la de Madero, en 1911), poseído, dijo ante más de cien mil personas que lo aclamaban que ya era tiempo de terminar con las felonías de Huitzilopochtli y dar paso a Quelzalcóatl, dios de la civilización y la paz. “Cuatro nombres se mezclaron intencionalmente aquel Domingo de Ramos de 1929 para indicar la misma causa mesiánica: Cristo, Quetzalcóatl, Madero y Vasconcelos” (p. 100).

Los jóvenes que aclamaron ese día al “Maestro”, lo compararon con Bolívar, Madero y Tolstoi. Pensaron que en él sería posible una revolución espiritual que sin derramamiento de sangre creara una sociedad nueva. Uno de ellos, Mauricio Magdaleno, casi veinte años después, los llamó “educadores utópicos” (Las palabras perdidas, 1956) que soñaron para México un alfabeto uniforme y una cultura nacional que sacaría a la población campesina del atraso. Sin embargo, Magdaleno, -como Lorenzo Meyer o José C. Valdés- coincide en que 1929 fue una especie de encrucijada para México: consolidar el recién formado PNR, eliminar la rebelión escobarista, pactar con los cristeros y afrontar la Gran Depresión Mundial, fue un desafío para el callismo acrecentado por los ocho candidatos a la presidencia de la república que compitieron ese año, aprovechando un par de circunstancias: 1) el informe a la nación de 1928, conocido como el “testamento político de Calles”, en el que el Jefe Máximo afirmó que era tiempo que México pasara de país de caudillos a país de instituciones, y 2) la crisis de poder creada a raíz del asesinato del general Obregón.

II. Los métodos del PNR

Para Calles, una vez exterminados los escobaristas, fortalecidos de paso el PNR y el ejército (por fusilamiento o exilio se eliminó a 47 generales), pactada una tregua con las guerrillas cristeras, el desafío y los jóvenes vasconcelistas podían reducirse a las reglas del juego político. Pues como dice Lorenzo Meyer, “De ahí en adelante aquellos que intentaran desafiar la disciplina del poder central deberían pensarlo dos veces”.

A partir de la postulación de José Vasconcelos para presidente de México, en julio de 1929, el PNR confirmó que su naturaleza no era darle fluidez democrática a la vida política nacional, sino tiranizarla. Coludido con el gobierno, su seno materno, el PNR reprimió al vasconcelismo con todas sus fuerzas. En La Laguna, por ejemplo, se impidió el paso a dos mil campesinos que debían asistir a un mitin antigobiernista. De nuevo Vasconcelos habló de Quetzalcóatl y de Huitzilopochtli, de la civilización y la barbarie en la política mexicana; atacó a Morones y a la CROM y denunció que el Banco de México acababa de otorgar un crédito para construir un trapiche en El Mante, hacienda de Calles. La réplica la recibió en Torreón: “Salía Vasconcelos con la muchedumbre de una reunión en local cerrado cuando se hicieron unos cien disparos de ametralladora Thompson. El pánico se apoderó de la gente. Un líder obrero resultó muerto, y los periódicos publicaron profusamente el intento de asesinar a Vasconcelos” (p. 142).

Son incontables los datos ofrecidos por Skirius para demostrar las formas en que fue tomado el control y la brutalidad del PNR contra los vasconcelistas. Se les imponían multas, la policía los detenía con cualquier pretexto, se prohibían sus reuniones porque en ellas se usaba un “lenguaje insultante” contra las autoridades se sancionaba a los hoteleros si rentaban cuartos o sitios donde los “agitadores” pudieran reunirse, se les apagaban las luces y los oradores eran apresados. El PNR llegó al delirio: burócrata que no lo apoyara sería despedido de su trabajo.

III. “No fui derrotado. Fui engañado”.

Analizadas con sobriedad, las elecciones son seguramente la parte más espléndida e inquietante de José Vasconcelos y la cruzada de 1929. Que ganaría el candidato oficial, dice Skirius, a condición de un baño de sangre si hubiera sido preciso, quedó demostrado dos días antes de las elecciones: Gonzalo N. Santos, secretario del PNR, anunció que los resultados se darían a conocer misma noche de la votación (lo que resultaba imposible en un país tan incomunicado); por otra parte, en una declaración preelectoral, el PNR afirmó que Ortíz Rubio ganaría por 1 500 000 votos, el número exacto dado por el New York Herald Tribune al día siguiente de la votación. La sugerencia es contundente: a ningún precio perdería el PNR.

El día de las elecciones, el embajador norteamericano, Dwight Morrow, informó a la prensa de su país que todo en México había resultado pacífico (“Esta fue una de las grandes mentiras de su carrera”, p. 164). Los hechos demostraron lo contrario: en el estado de Veracruz los vasconcelistas controlaron las urnas y la tropa intervino; no era posible caminar por las calles de Xalapa, Córdoba o Veracruz (donde fueron muertas 14 personas) porque los disparos sonaban por doquier; en el Distrito Federal, se informó de 9 muertos y 19 heridos y se atribuyó a Vasconcelos poco más del 1% de los votos (517) de las cien mil personas que lo habían recibido el Domingo de Ramos. En una zona dominada por los vasconcelistas como Tampico, se impuso la ley marcial y los transportes quedaron suspendidos; así, los trabajadores de la Huasteca Petroleum Company, no pudieron entrar a la ciudad a votar por Vasconcelos; en cambio, 6 mil personas metidas en camiones acudieron a votar por el candidato oficial, una mitad eran soldados vestidos de civil, y la otra agraristas. El resultado final fue contundente: 6 mil votos para Ortiz Rubio y uno para Vasconcelos. De allá se reportó que había un muerto y 16 heridos. “El fraude electoral era flagrante” (p. 164).

El 2 de diciembre de 1929 a las nueve y media de la mañana, cruzó la frontera un candidato a la presidencia de México, derrotado; hacía más de un año había entrado por ese mismo lugar (Nogales, Arizona) con la seguridad de implantar un gobierno democrático basado en la alfabetización nacional, en el amor y el adiestramiento técnico. Días antes, Vasconcelos había permanecido en calidad de rehén, en Guaymas, Sonora; allí recibió la oferta de un emisario de Calles: reconocer a Ortiz Rubio como presidente y pasar a formar parte del gabinete; su rechazo fue tajante, similar al que había hecho en Cuernavaca a Morrow. Al llegar a los Estados Unidos Vasconcelos dijo a la prensa: “Vine a este país porque algunos de mis partidarios me dijeron que ya era un obstáculo, porque ellos exigen acción, y yo era un rehén en manos del gobierno. No fui derrotado Fui engañado” (p. 170). Su “misión milenaria” quedaba postergada. El “Maestro” esperó a que sus seguidores se rebelaran cuando él estaba ya a salvo, en su casa de Los Angeles. Algunos vasconcelistas criticaron acremente que su “guía” se hubiera retirado de la lucha sin levantar un dedo. Otros, pensaron suicidarse al comenzar el año 1930 y un exvasconcelista, Manuel Moreno Sánchez declaró que habían sido engañados “en un país maldito”. Enrique González Aparicio quiso matarse. En fin, la suerte de los seguidores de José Vasconcelos estuvo determinada en parte por los vaivenes de la política nacional; pero cada uno, aparte de la frustración del 19, terminó atizando distintas hogueras. Y si no que respondan los nombres: Enrique Ramírez y Ramírez, Adolfo López Mateos, Carlos Pellicer, Manuel Gómez Morín, Mauricio Magdaleno, Raúl Pous Ortíz, etc. La última flama vasconcelista fue apagada al descubrirse la matanza de Topilejo, conocida tardíamente. De no haber sido por aquel perro hambriento que lamió el brazo de un cadáver en Topilejo, jamás se hubiera hecho público ese linchamiento brutalmente calculado de “cerca de veinte hombres”, vasconcelistas, que devolvió a la vigilia a nuestro Ulises mexicano.