Publicación bimestral, No. 3 Octubre-noviembre de 1977. Apartado Postal 19-117, México 19, D.F.

Hace unos años el actual director de Arte Sociedad e Ideología, Béla J. Bak Geller, hacía sus primeros contactos con el mundillo cultural y editorial mexicano. Presumiblemente húngaro de origen y alemán de formación, el misterioso políglota se proponía hacer una revista. Invitaba a cuanto redactor tenía ocasión de conocer pronunciando nombres y nombres con asombroso eclecticismo. El aspecto ecuménico se ha desvanecido, pero para estas fechas el proyecto va en plena marcha y con ésta ya son tres las entregas de esta publicación lujosa, (véase la calidad de impresión, papel, tapas) y a la vez contestaria. Al directorio de Arte… lo caracteriza cierto cosmopolitismo. Después del Editor (Federico Krafft Vera) y del Director (Béla J. Bak Geller), aparece un Consejo de Redacción formado, entre otras personas, por miembros de otros comités editoriales (el de Nexos incluido): Adolfo Sánchez Vázquez, Carlos Quijano, Carlos Pereyra, José Luis Balcárcel, Francoise Perus, Hans R. Saettele, Humberto Ríos, Rubén Yánez y Mario Margulis. Hay también un cuerpo redactor: Rosa María Aponte, Aída Gambetta Chuk, Eleazar López Zamora, Jan Patula, María Rivera Ochoa, Dúrdica Ségota Tomac.

Las metas y propósitos de la revista: Dar testimonio de la creación cultural desde una perspectiva latinoamericana poniendo de relieve sus formas de inserción e influencia en el proceso histórico. Reflexionar acerca del espacio social abierto para la creación cultural y artística y analizar las políticas culturales de dominación y represión. Plantear los problemas concernientes a las formas y los contenidos en su vinculación dialéctica con miras a construir una política cultural alternativa. Aportar a la interpretación científica de la historia del arte y la cultura en América Latina. Contribuir al desarrollo teórico y conceptual sobre la naturaleza de la superestructura y su función histórica”.

De los números hasta ahora publicados, el tercero parece ser, con mucho, el más consistente. Entre otras, hay tres colaboraciones recomendables, las correspondientes a Estética y Filosofía, Artes Plásticas y Lingüística y Semiología.

En “El cambio histórico” Carlos Pereyra añade otro capítulo a lo que algún día podremos leer como una teoría marxista de la historia. Por lo pronto, esclarece el concepto de cambio histórico y emprende la crítica de los esquemas reduccionistas de quienes proponen causas, leyes y motores últimos de la historia. Pereyra se limita al rigor conceptual y metodológico manejando tesis, argumentos e ideas de Karl Marx, Fernando Braudel, Pierre Vilar, Lous Althusser, Cesare Luporini y otros (ojo Lorenzo Avila, corrector de Arte, sociedad e ideología: las notas están en desorden). Ana María Nethol aporta con su ensayo sobre Lingüística y dependencia” material de primer orden para la todavía incipiente discusión sobre el papel, las tareas y funciones de la lingüística en América latina. El tema puede parecer árido pero la doctora Nehol sabe abordarlo creativamente y al mismo tiempo politizarlo, relacionarlo con situaciones y momentos concretos de nuestra historia inmediata y remota. Aunque sin duda hay algo de academicismo programático en sus planteamientos, la doctora Nethol dictamina con acierto: “Para afrontar el compromiso no nos hace falta un juego de imaginación demasiado exigente: basta una ojeada de conjunto a las formas concretas que adquiere en nuestros países la presión dominante en los medios y en las escuelas, a la incidencia de las políticas del lenguaje en el ámbito cultural, a las consecuencias nefastas de la presión sobre el lenguaje a la hegemonía de un habla sobre otra con la consecuente segregación de las hablas populares, a la desactivación de las potencialidades discursivas de los sectores populares, a la naturalidad de las interpretaciones políticas sobre los discursos políticos. Finalmente, algo que es de vital importancia: ¿Cuál es la significación de nuestros propios discursos? ¿Cuáles son su circuito de comunicación y su operatividad política? Cómo podemos volverlos acción y rescatarlos del circuito universitario en que se mueven. (…) Tal vez así el criterio de práctica, a veces abusivamente utilizado, pueda adquirir su verdadero sentido: teniendo permanentemente en cuenta las condiciones y la destinación políticas de toda producción de conocimiento” (subraya A. C.). En el texto dedicado a las Artes Plásticas (“La figura del indio en el siglo XIX; fondo ideológico”) Ida Rodríguez Prampolini resume su investigación sobre el tema. No es un texto excelente, pero permite asomarse a la situación de la plástica y a los debates que sobre la pintura nacionalista se llevaron a cabo en el México del siglo XIX.

Las colaboraciones más discutibles, dignas de leerse por numerosos motivos, son las firmadas por Mario Benedetti y Pedro Orgambide.

Mario Benedetti ensaya y dictamina sobre “El escritor y la crítica en el contexto del subdesarrollo”. Amparado en que sus notas están centradas no “sobre la crítica literaria En América Latina” y en el justo pronunciamiento de que no hay en este continente “ningún sector, ningún campo específico que esté al margen de las luchas por la liberación”, Benedetti alterna criterios políticos y literarios incurriendo de lleno en una legítima labor de política cultural. El problema para los lectores es saber a qué signo reditúa en el fondo es política cultural y si los pronunciamientos del uruguayo contribuyen en verdad a enriquecer la interpretación científica del arte y la cultura en América Latina. No es posible desglosar en una reseña de esta naturaleza (“El concepto de crítica que el sistema defiende y propugna”, diría Benedetti) los aciertos, las paradojas, las peticiones de principio, los lugares comunes y los planteamientos irresponsables que contiene el comunicado en cuestión. Pero pueden referirse en forma provisional algunas de su líneas. De entrada Benedetti hace una apología implícita de las prácticas radicales: “En realidad si las fuerzas más retrógradas cambian el Congreso por la Libertad de la Cultura por los Escuadrones de la Muerte, ello quizá signifique que vamos por el buen camino; que ya no basta con neutralizarnos; que el intelectual latinoamericano, que el arte latinoamericano, que la cultura latinoamericana, han tenido su parte en la concientización de vastos sectores populares; que el artista y el escritor comparten hoy los riesgos de sus pueblos”. La tesis parte de un supuesto no confesado: el hostigamiento y la persecución que los aparatos policiacos han desatado sobre los intelectuales, nace en parte del hondo arraigo que éstos tienen en sus comunidades y en parte de su genuina eficacia contestataria. De ese modo el criterio para medir la fuerza crítica y la capacidad innovadora de una obra, es la virulencia de la represión sufrida: cuanto más me golpean, más revolucionario soy. Más adelante, Benedetti acusa: “la abundancia de ejemplos autoriza por lo menos la sospecha de que en algunos casos el interés casi fanático en las normas, en las estructuras, en los significantes puede ser una manera de eludir los contenidos, los referentes, los significados. O sea eludir los reclamos de la realidad”. Omite que también puede haber un interés “casi fanático” en los contenidos torturados y sangrientos. Un ejemplo es él mismo y su ya famosa teoría de dar voz a lo que no la tiene, para llenar los “blancos y silencios de la historia”. El peligro está justamente en que siguiendo su recta es posible llegar al extremo de saltarse la historia para quedarse con sus blancos y silencios. Véase si no el contraste entre estas dos citas extraídas del mismo artículo: “Sin literatura no hay crítica, decía Alfonso Reyes, pero todos entendimos que eso también quería decir que no hay crítica sin bibliotecas. O sea que no hay crítica sin información previa, sin lecturas cotejadas, sin citas corroborantes”. Pero al mismo tiempo, a la crítica de los periódicos y a la crítica “colonizada” y especializada, Benedetti opone, felicitándose, “algo así como una extensión clandestina de la literatura” que él gusta de llamar “crítica detracción a sangre”: “La verdad es que, cuando en alguno de nuestros países la represión alcanza a la cultura y unos libros son quemados, y otros son prohibidos, y otros ignorados, y otros más retirados preventivamente de los escaparates, entonces adquiere particular importancia esa crítica furtiva, subrepticia, esa crítica de tracción a sangre, gracias a la cual un lector, y otro y otro más, buscan a su librero de máxima confianza y logran que éste les dé muy a escondidas un ejemplar del libro explosivo -a lo mejor con una inocente tapa de Germán Arciniegas o del Jalil Gibrán- exactamente como si fuera un coctel molotov o medio kilo de trinitro tolueno”.

En la Sección de Testimonios Pedro Orgambide habla sobre “Literatura y represión en el cono Sur”. Inicia su parte declarando con razonable consistencia que “se trata de ver cuál es el pasado de este presente represivo, cuál es el reciente ayer de esta realidad aparentemente caótica”, para preguntarse en seguida por “el sentido mismo de la producción, tolerada y estimulada a veces, en épocas más apacibles, por las ideologías dominantes”. Orgambide propone una literatura “que diga, que se exprese, que exista fuera de la programación del aparato ideológico represivo”. El Aparato Represivo del Estado, como saben los lectores de Althusser, no está formado sólo por soldados y policías: “otras formas de coacción (…) son las que ejerce el Aparato Represivo de Estado sobre la cultura a través de los medios de información, de la administración y estricto control de la noticia, de su mismo lenguaje que se desprende de los precisos códigos de la censura”. Es ese el marco teórico en el que Robambide pondera la llamada “literatura de emergencia”: los poemas que son marginales porque han sido escritos por gente que cayó poco después en el combate, el reportaje sobre la tortura que cuestiona las premisas (sic) de la cultura burguesa, los “poemas, cuentos, canciones, artículos, notas, crónicas, misceláneas donde lo literario y lo político se integran en un sólo discurso” (…), “donde la metáfora y la consigna cobran nuevos significados”.

“Cuestionar las premisas de la cultura burguesa, de su lenguaje general, de su escritura” se vuelve aquí garantía de eficiencia revolucionaria, honestidad personal y calidad prosística. El alegato en pro de la literatura testimonial y de denuncia se explicaría por su capacidad para “promover la autoconciencia de la producción literaria, la relación entre texto y contexto”. Pero tanto Benedetti como Orgambide omiten que la mímesis de la represión y la reproducción de la violencia hacen el juego, para utilizar su lenguaje, al progresivo empobrecimiento impuesto por el discurso de la represión. Omiten que la literatura testimonial y de denuncia prolonga implícitamente la creencia en el carácter episódico, irracional, no estructural de la violencia, y la vuelve “natural” al reiterarla. Un ejemplo de ello es una de las declaraciones del Testimonio-alegato de Pedro Orgambide: “El despotismo premia a la obediente inteligencia: Borges es condecorado por Pinochet”. Quien como Orgambide está empeñado en una comprensión estructural, debía ir mucho más lejos: para ser congruente habría que decir no sólo que Borges es una inteligencia obediente: su literatura, su visión del mundo, su creencia en la eternidad y el retorno perpetuo de los nombres y de los cuerpos descalificarían su literatura de antemano, por proponer una visión deshumanizada y fatalista del mundo.

Adolfo Castañón