Es este el segundo artículo de una serie de tres realizada por un grupo multidisciplinario de científicos de diversas instituciones, que ha estudiado los problemas de la producción científica en México. En el próximo número de Nexos aparecerá el último artículo de la serie, junto con otros análisis sobre el tema. Los tres artículos fueron presentados en el simposio La ciencia en México: un análisis de esa actividad (9 y 10 de junio de 1977), organizado por el Departamento de Ciencia de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM y por la Academia de la Investigación Científica, A. C. El simposio fue coordinado por Luis Cañedo, Luis Estrada y Jorge Flores. Las ponencias serán publicadas en breve por la UNAM.

Aunque en algunas disciplinas existía ya cierta tradición, la estructura actual del sistema científico nacional surge hacia la década de los cuarenta. En ese momento, la ciencia mexicana se desarrolla en torno a dos funciones principales: el avance de los conocimientos como satisfacción de la curiosidad humana y el mejoramiento de la calidad de la enseñanza. Al lado de ellas, el intento de imitar a los centros científicos extranjeros caracteriza a la mayor parte de las instituciones.

La estructura diseñada bajo este modelo avanza gradualmente hasta alcanzar un máximo cualitativo de desarrollo en los años cincuenta. Así, surgen en México individuos cuyos trabajos tienen el mismo nivel que los de científicos de los “países desarrollados”.

El envío de estudiantes de casi todas las disciplinas al extranjero pretende fortalecer y elevar la calidad de esa estructura, la cual, a pesar de todo, entra en una crisis generalizada durante la década de los sesenta. Entre otras causas, ello obedece al aumento de la población estudiantil, que da lugar, por un lado, a un mayor número de egresados y, por otro, a que estos provengan de una extracción social más variada. Como la estructura no puede dar cabida a tal número de personas, los nuevos profesionistas de la ciencia tienen que dedicarse a actividades ajenas a la investigación para las cuales no habían sido preparados.

En la década de los setenta se crea el CONACYT con la función explícita de relacionar la actividad científica mexicana con el resto de la actividad social. En ese momento, se responsabiliza a los científicos de no haber contribuido a la solución de los problemas nacionales. Bajo esta presión externa se agregan algunas otras funciones más a lo que “se cree” que es parte del quehacer científico. A partir de los textos de los científicos y de las publicaciones del CONACYT puede formularse la siguiente lista de funciones de la ciencia:

. Contribuir a la definición de objetivos sociales.

. Determinar e instrumentar los medios para lograrlo.

. Actuar como puntal de la conciencia crítica de la sociedad. 

. Desarrollar la cultura.

. Difundir la ciencia.

· Contribuir a la educación en general.

. Contribuir a la formación de recursos humanos de alto nivel.

. Desarrollar la tecnología.

Al hacer una revisión de los textos escritos por los mismos científicos, algunos temas destacan por la frecuencia con que aparecen.

El problema de la calidad de la enseñanza 

En términos generales, al hablar sobre la enseñanza muchos científicos suelen confundir dos cosas muy distintas: el llamado “nivel académico” y la enseñanza de buena calidad. Abanderados con la defensa del nivel académico, olvidan que éste es el resultado de una enseñanza bien planificada, bien organizada y bien ejecutada, lo cual sólo es posible con el concurso organizado de todos los sectores que integran un sistema educativo. Así, señalan el aumento de la población estudiantil y la consecuente improvisación de profesores. De aquí a encontrar la solución no hay más que un paso, y lo dan: basta con hacer una selección verdadera del estudiantado para que todos los problemas desaparezcan.

Sin embargo, estas “soluciones” solamente resuelven los problemas de aquellos que creen que la actividad docente es una parte accesoria de su trabajo y que la ejecutan por una responsabilidad social mal entendida, tratando de que les quite el menor tiempo posible pues su labor propia es otra.

No hace falta estar al tanto de los avances de la didáctica para ver que la posición simplista de confundir el problema de mejorar la calidad de la enseñanza con el de mantener un cierto nivel no sólo va en contra de los principios elementales de cualquier teoría de la instrucción, sino que además encierra una valoración que demerita las actividades educativas al rango de meros elementos de evaluación de metas vagas y difusas, como la de alcanzar “un buen nivel académico”, sin analizar si se han dado los elementos necesarios para que los estudiantes alcancen tales objetivos. Pero, lo que es peor, la solución de reducir el número de estudiantes mediante una rigurosa selección ignora un hecho tan evidente como que a pesar de que en la década pasada sólo llegaba a estudiar ciencias a los centros educativos del nivel superior un selecto número de estudiantes muy motivados, la calidad de la enseñanza era peor que la actual. Hay que agregar, además, que estas posiciones quieren validar, con el ropaje técnico de que se visten, la selección que la estructura social se encarga de hacer en contra de aquellos que disponen de pocos recursos económicos.

A pesar de quienes quieren hacer creer que las labores propias de los científicos sólo pueden ser desarrolladas por gente superdotada, lo cierto es que la creatividad y el rigor en las actividades científicas es algo que se aprende con la práctica bien orientada que proporciona una verdadera enseñanza. Así, es preciso crear las condiciones para que en los centros de enseñanza las actividades docentes estén organizadas bajo la óptica de un programa de investigación educativa concebido para todos sus profesores e investigadores de tiempo completo y en el que intervengan coordinadamente los otros factores del proceso educativo: los estudiantes, los trabajadores, los empleados, los planificadores, los evaluadores, los técnicos, etc.

El problema de la valoración y la burocratización

Uno de los problemas más señalados por la comunidad científica y por los voceros del CONACYT es el de la administración de las instituciones donde se realizan actividades científicas. A él se añade el de la carencia tanto de planes que desarrollen objetivos institucionales claramente definidos, como de Mecanismos adecuados para la evaluación de tales metas.

Es un lugar común señalar que se carece de una infraestructura adecuada para la realización de la actividad científica, por ejemplo, para adquirir información, comprar equipo e instrumental, etc.

Aquí vuelve a darse el mismo fenómeno señalado en relación a la docencia: la realización de todas esas funciones que no son las que estrictamente sirvieron para desarrollar la estructura científica nacional es menospreciada, inconsciente o conscientemente, no sólo por aquellos que efectúan con éxito tales “funciones originales”, sino aun por aquellos que literalmente las han abandonado desde años atrás.

Por otra parte, como mecanismo de preservación, la ideología dominante establece un cartabón para medir y valorar la actividad científica individual, no en función de su relevancia social, sino de los intereses que defiende. Ante esta situación, es necesario que los propios científicos generen planes para el desarrollo pleno de las funciones sociales de la ciencia, es decir, de su función crítica -el señalamiento de objetivos sociales, el mejoramiento de la calidad de la enseñanza y el desarrollo de la cultura. Es conveniente insistir en que el desarrollo de la tecnología y la determinación e instrumentación de los medios para lograr los objetivos sociales previamente fijados, requieren de la previa transformación de la estructura social, pero también de cambios dentro de la misma estructura científica.

Los equipos interdisciplinarios

De unos años para acá, los voceros autorizados de la comunidad científica y los gubernamentales no sólo han insistido en la necesidad de volcarse hacia los problemas sociales, sino que han señalado el medio infalible de hacerlo: los equipos interdisciplinarios. Y una vez detectado un problema se trata de reunir a una serie de expertos de distintas disciplinas que tengan que ver con él y que, trabajando cada quien con su metodología y haciendo uso de los conocimientos propios de su campo, descubran las pautas para resolverlo.

Esto que suena tan fácil y lógico encubre una serie de trampas de orden ideológico.

Primera: desprecio por los problemas que plantea el sistema social, pues si bien es fácil darse cuenta de la existencia de problemas, no es fácil prever las disciplinas que intervendrán y menos aún los expertos que puedan atacarlos. Reaparece aquí la fe en la omnipotencia de los científicos ante la realidad. La postura que señala que los problemas del país no se resuelven porque las decisiones se toman sin consultar a los expertos, enmascara la pretensión de que esos problemas son mucho más fáciles que aquellos de orden básico a los que los científicos se enfrentan todos los días.

Segunda: efectivamente, la mayoría de los problemas tomados de la realidad social requiere para su estudio del concurso de diversas disciplinas, pero esas disciplinas se conjugan a partir de la problemática misma y no de antemano.

Estudiar y plantear soluciones, por ejemplo, en el campo de la educación, requiere de la conjugación de disciplinas tan dispares como la psicología, la didáctica, la sociología, la lingüística, la historia y aquellas cuyo contenido corresponde a los diversos campos que estén involucrados en el proceso educativo, como las matemáticas, la física, la química, etc. Quienes, provenientes de esos diversos campos, se asomen al problema educativo y lo hagan con la profundidad que requiere todo planteamiento científico, cambiarán en ese momento de problemática y metodología y pasarán entonces a trabajar en esta nueva disciplina.

Lo que se requiere no es formar equipos interdisciplinarios, sino atacar integralmente los problemas sociales. Esto traerá aparejada la creación de nuevos campos de actividad científica que se encuentran en zonas intermedias de los campos tradicionales, rompiendo así con los esquemas simplistas que fraccionan a la ciencia en territorios ajenos unos de otros y que permiten a unos cuantos dedicarse a problemas totalmente específicos, cuyo aporte al conjunto de conocimientos pasa totalmente desapercibido salvo para ellos y sus amigo nacionales y extranjeros.

Así, resulta preciso abordar los problemas de la estructura social con el máximo rigor y profundidad para dejar de lado las soluciones inmediatistas que se proponen desde fuera y desde dentro de la estructura científica.

Consideraciones finales 

Inmersa en la ideología de la dependencia, la función social que la comunidad científica en un principio se atribuía era simplemente la de contribuir al avance de los conocimientos. Desde los comienzos, se señalaba que esto era de gran importancia para mejorar la calidad de la enseñanza y con ello incidir sobre la cultura toda. La historia del desarrollo de la ciencia en México muestra la forma en que la comunidad científica fue asignándose gradualmente nuevas funciones, ya fuera por presiones internas (la explosión demográfica de los centros educativos, el propio crecimiento, la necesidad de allegarse recursos, etc.) o por presiones externas a la estructura (necesidad de satisfacer demandas provenientes del sector económico, la intervención del gobierno tratando de orientar la actividad científica hacia la tecnología, etc.)

Sin embargo, pese a estas nuevas funciones que se adjudica y que modifican un tanto su actividad, la comunidad científica mantiene como ideología dominante la inicial, lo que trae aparejada la misma vieja valoración del quehacer científico que se opone a la realización efectiva de muchas funciones que sólo formalmente se atribuye la ciencia nacional, como, por ejemplo, la de mejorar la calidad de la enseñanza y desarrollar la cultura.

Es necesario romper con tal ideología enraizada en los centros de decisión actuales, que la utilizan para perpetuar la estructura de la que emana su poder.

Notas

1. Larralde C. et al 1977 La Ciencia en México: La práctica de la ciencia aplicada, NEXOS 2, febrero de 1977.

2. Peimbert M. et al. 1977 La Ciencia en México. 1. Estructura e ideología.